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Himno a América

[Poema - Texto completo.]

José de Diego

Ante Woodrow Wilson

Cuando el Planeta se abre en pedazos
y se derrumban montes y sierras
a cañonazos;
cuando entre cielos, mares y tierras
Satán agita sobre los pueblos enloquecidos sus rojos brazos
vos, en la cumbre del Globo, indemne
de nuestra América bajo la égida,
alzáis el magno verbo solemne
que repercute por los confines como una ráfaga de amor y vida.

Por el divino genio que expande,
como de un núcleo cósmico en génesis, la raza ibérica
fue para el cielo dos veces grande
y para el Mundo que en duple esfuerzo se completaba con nuestra América.

La obra del Padre fue revelada
en la esotérica
región esférica
por los filósofos entrevista, por los poetas adivinada:
la obra del Hijo fue terminada
y de su sangre resplandeciente
brotó la fuente
pura y sagrada
en los imperios desconocidos del sol poniente.

Pero faltaban las ígneas lenguas del Verbo Santo,
cuando el espíritu de vuestra raza lanzó su canto:
el canto fúgido de los proscritos sobre los mares
llenos, de llanto,
como un idilio en los primeros nuevos hogares,
como una antífona de campanas
en los primeros nuevos altares,
en las primeras nuevas mañanas…
¡y epopeya de rugidos militares,
al volar desde los bosques seculares
las trece Águilas cruzadas de banderas estelares
soberanas!

De las Águilas radiosas a los gritos triunfadores,
que de truenos y fulgores
encendían y llenaban el azur,

CANTOS DE REBELDÍA 121

respondieron los Condores:
respondieron los Condores victoriosos de la América del Sur,
que cruzaron desde el Ávila a la extrema cumbre andina
y bañáronse en el prístino arrebol
del gran Sol,
del gran Sol de la Argentina,
que se funde y perpetua rebotante de su ocaso al español.

Y los colores y las esferas
fueron llegando del Infinito
entre las alas de las banderas,
como si un rito
de hondo misterio
Dios celebrara por las Naciones
ya redimidas y les mandase sus bendiciones
consagradoras de las banderas con que alumbraba nuestro Hemisferio.

Abandonadas sobre las olas,
nuestras Antillas quedaron solas,
fuera del círculo de la luz…
¡Pero aun flotaba una insignia en lo alto,
para Quisqueya pujante que, en épico salto,
al déspota hunde y en mitad de la gloria recibe la Cruz!

Esa Cruz tiende un brazo de Hércules a la angustia cubana,
esa Cruz tiende un brazo de ángel a la fe borincana,
es de Ojeda, Velázquez y Ponce en tierras y mar,
de Caonabo, de Hatuey, de Agüeybana…
¡India, española, cristiana!
¡Sirve lo mismo para una trinchera que para un altar!

¡Cruz redentora dominicana!
¡Cruz encendida sobre el Baluarte!
j Cruz del acero que esgrimió Duarte !
¡Cruz Antillana!
Borinquen sola la gracia espera
del brazo angélico que forma parte
de tu bandera,
y si no puedes aquí elevarte
por la plegaria, por el derecho ni por el arte,
ni en la victoria de una trinchera…
¡ven a posarte
sobre las tumbas en que mi Patria luchando muera!

¡Tú eras el «signum» de la parábola de Isaías!
¡el estandarte
con que al Planeta, como el Zodiaco, ciñes y abrazas!
¡Por ti cantaron las profecías!
¡Por ti vinieron a nuestra América convocados pueblos y razas!

Parada en medio de los abismos,
en pie sobre ondas de sangre y llanto,
no maldecías de horror y espanto
¡santificaste de amor y gracia los heroísmos
de las Naciones que desgarraban su propio seno fuerte y fecundo
y así alumbraron por sus heridas al Nuevo Espíritu del Nuevo Mundo!

Súbito rompe la génesis en los cataclismos,
surge la Vida estallante de una convulsión…
¡América tiene en sus trágicas luchas los mismos
estruendos y saltos gloriosos de la Creación!

No así el Estigio junto a sus bordes,
en que se encienden las locas guerras,
llama tus brazos misericordes
para los cielos, mares y tierras,
en que el Espíritu del Mal agita sus rojos brazos
y se derrumban montes y sierras
a cañonazos…
Mas tu Evangelio de libertades guardas perenne,
unges a un hombre de nuestra América bajo la égida
y se alza el amplio verbo solemne
que repercute por los confines como una ráfaga de amor y vida.

Con siete vueltas cercando a Europa ruge el Estigio,
y el magno verbo que en el fastigio
del Capitolio recoge el austro, difunde el bóreas,
envuelve ¡oh Prócer! vuestro prestigio
y va cantando de polo a polo con el prodigio
del resonante vuelo invisible de vuestras Águilas incorpóreas.

De vuestras Águilas… Una de ellas,
que tuvo el vértigo de la altura,
precipitada de las estrellas
cayó en la sombra, perdió su espíritu, tornose oscura.
Águila negra de alma de cuervo,
rapaz y torva,
de pico acerbo,
de garra corva,
en cada pueblo libre de América tendría un siervo
y así el destino y el rumbo estorba
de las potentes águilas líricas de vuestro verbo…

«Si las circunstancias nos han obligado alguna vez a ocupar territorios que de otro modo nunca hubiésemos intentado adquirir, yo sé que digo la verdad declarando misión nuestra solamente administrar esos territorios, no para nuestro uso exclusivo, sino para el de los pueblos que los habitan y, al echar esta carga sobre nuestras conciencias, jamás pensamos que esos pueblos son nuestros, para nuestro beneficio, sino que nos consideramos como guardianes de los cuantiosos
intereses de aquellos a quienes pertenecen en realidad; guardianes, sí, prestos a devolver el cargo de confianza, cuando el propósito fuere posible y hacedero.»

«De nuestra ambición tiene conocimiento todo el mundo. No es solamente ser libres y prósperos nosotros mismos, sino también ser amigos y partidarios solícitos de aquellos que son libres o desean la libertad en todo el Planeta. Si hemos realizado agresivos propósitos y mezquinas ambiciones, han sido el fruto de nuestra irreflcxión como nacionalidad joven y los hemos apartado. Creo absolutamente que nunca volveremos a tomar un pie de territorio por conquista. En ninguna circunstancia volveremos a hacer que un pueblo independiente esté sujeto a nuestro dominio; porque nosotros creemos, creemos fervorosamcnte, en el derecho de cada pueblo a escoger su propia soberanía, libres todos de dominadores. Para nosotros mismos, solo deseamos la libertad en nuestro propio desenvolvimcinto : y en esta gran cuestión nuestra asociamos a los pueblos de nuestro Hemisferio:»

«Los Estados de América no son rivales hostiles, sino amigos que cooperan juntos, y el progresivo concepto de la comunidad de sus intereses, lo mismo en cuestiones políticas que económicas, puede darles una nueva significación como factores en asuntos internacionales y en la historia política del Mundo. Esto es panamericanismo. No tiene un espíritu imperialista. Es la encarnación, la encarnación efectiva del espíritu de la ley, la independencia, la libertad y el mutuo servicio.»

Palabras dulces y armoniosas,
como las brisas que pasan ledas entre los cálices de las rosas…
¿encierran un arrepentimiento
o solo tienen, como las brisas, risas de viento?

Las mocedades son generosas
y nunca alientan las mocedades
culpas odiosas
de mezquindades
y de violencias tan alevosas,
como las patas de un elefante pisando cuerpos de mariposas.

México siente dos veces el furor de la zanca
de la Bestia maligna que aturde los cielos del Norte
y el puñal y el corte
del pico feroz que a pedazos los miembros le arranca.
El Águila negra sabía
que México tiene en la cumbre un Águila blanca,
mas en lucha con una serpiente bravía,
privada en su anhelo de fuerza y acción,
porque si suelta del pico y las garras a la Tiranía
la sierpe mortal se le enrosca sobre el corazón.

Prendidas las uñas tajantes de la zarpa inmensa
al cuello infeliz de Colombia indefensa,

convierten la obra del genio en degollación…
¡de sangre, de cieno y de oro se llena el abismo
y al tenderse el canal milagroso en el Itsmo
encréspanse y lanzan los mares coléricos una maldición!

El cieno y el oro con que ahora se fragua
el frío veneno
que astuta la Bestia maligna brindó a Nicaragua…
¡el oro y el cieno
que no enturbiarán el fulgor carmesí
de la sangre del héroe moreno
que alumbra una franja de la noble bandera de Haití!

Y con las doce nítidas Águilas de intensa albura
que se atrevieron contra el magnifico León hispano,
inerme entonces por la impotencia de su bravura
entre las olas del Océano,
la negra Águila imperialista,
de los combates ya el fin cercano,
fue a la conquista
y con sus alas nubló una punta de aquel lucero,
que era el espíritu genetlíaco del invencible pueblo cubano.

Y ¡oh, mi Cordero!
¡santo Cordero de la parábola del Bautista!
¡santo Cordero que acompañaste al León de España
hasta el postrero
día terrible de la hecatombe de la campaña,
por débil eras la única víctima propiciatoria!
¡y fue tu entraña
el desgarrado, único, rojo girón sangriento de la victoria!

Hay un poeta, Cordero, a tus plantas, que tiene una lira
y esa lira suspira
tu cándido amor:
si tu dolor una vez la desata y estira.,,
¡el monstruo verá cual relumbra en los aires de ira
una espada que ha sido una lira de amor y dolor!

Desde la roca portorriqueña,
el ave fúnebre se irgue en acecho
hacia el Estrecho
de que se adueña;
como puñales, de hirientes plumas
eriza el pecho,
abre sus alas, como tormentas, entre las brumas,
y en lentos círculos se desliza sobre una rama
de la gigante Ceiba orgullosa de las espumas
que las primeras naves dejaron en el Ozama.

Profanar osa con sus miradas el venerando
emplazamiento de las Iglesias y los Castillos,
donde cantaba sus versos puros Leonor de Ovando
confundíanse las odas místicas con las arengas de los caudillos;
los viejos arcos y torreones
en que el fantasma de un centinela circula errante
y la Basílica que entre leones
custodia la urna de los despojos bajo el espíritu del Almirante;
todos los ámbitos de Quisqueya
llenos de tumbas y de blasones,
en que hasta el polvo de los rincones
guarda semillas, eternamente germinadoras, de la epopeya.

Epopeya que en collados y montañas y llanuras,
si el acecho del Vestiglo en asalto se convierte,
volará por los hogares, llamará en las sepulturas,
al clamor de la trompeta larga y fuerte,
como el ángel de las rojas vestiduras
sobro el antro apocalíptico de la vida y de la muerte.

Cruzarán por el espacio unas tropas encubiertas
sonará en alguna nube el tronar de un arcabuz…
¡y las muchedumbres vivas, alentadas por las muertas,
clavarán al monstruo horrendo, con las dos alas abiertas,
del pendón de la República y en los brazos de la Cruz!

Así, Maestro, cuando el destino
de vuestras Águilas inmortales,
aquellas mismas Águilas fúlgidas que soltó Washington en el camino
de sus banderas y de las cúspides siderales,
cuando su augusta misión no estorbe
la Águila negra de los ejércitos medioevales,
irán llevando por todo el Orbe,
sin una sola protesta herida,
de vuestro verbo los augurales
himnos triunfales
repercutientes en los confines como una ráfaga de amor y vida.

Así, vos mismo, que habéis logrado, sobre la meta,
la visión lúcida de los designios providenciales
en las Naciones del Nuevo Mundo… ¡Sed el Profeta!
Bajad al Águila usurpadora de sus breñales
y, ante los pueblos americanos,
¡lanzadla ahogada por vuestras manos
a la honda sima de los espíritus infernales!

En el pináculo del mundo entonces,
radiará América sus ideales,
no cual la efigie de duras piedras y fríos bronces
sobre la roca chata y minúscula de una bahía,
sino viviente, con el aliento omnipoderoso
que en el espacio diera el Coloso
de las ocultas profundidades del núcleo eterno de la Energía.

Y, en el concierto de sus Naciones,
dichosa y libre se elevaría,
templo de todas las religiones,
fuente de toda sabiduría,
amor de todos los corazones,
hogar abierto para el proscrito,
¡faro bendito,
guiando el cruce por el Planeta de las futuras generaciones
y el del Planeta por los misterios iluminados del Infinito!


Cantos de rebeldía, 1916


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