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Historia del joven sacerdote

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

El reverendo señor Simon Rolles se había distinguido en las ciencias morales, y era más versado de lo habitual en el estudio de la divinidad. Su opúsculo «Sobre la doctrina cristiana de las obligaciones sociales» le mereció, en el momento de su publicación, cierto renombre en la Universidad de Oxford, y en los círculos eruditos y clericales se daba por sabido que el joven señor Rolles tenía en preparación una obra considerable —un infolio, según se decía— sobre la autoridad de los Padres de la Iglesia. No obstante, aquellos éxitos y proyectos ambiciosos no le habían procurado aún ningún ascenso, y seguía esperando el nombramiento de su primera coadjutoría cuando un paseo fortuito por esa parte de Londres, el aspecto plácido y feraz del jardín, sus deseos de soledad y estudio y lo barato del alojamiento, le llevaron a instalarse en casa del señor Raeburn, el jardinero de Stockdove Lane.

Cada tarde, después de trabajar siete u ocho horas sobre san Ambrosio o san Crisóstomo, tenía la costumbre de dar un paseo entre los rosales absorto en sus meditaciones. Y normalmente aquel era uno de los momentos más productivos del día. Pero, ni siquiera un sincero apetito de saber y el interés por graves problemas pendientes de solución son siempre suficientes para preservar la imaginación del filósofo de los contactos y los sobresaltos mundanos. Y, cuando el señor Rolles se encontró al secretario del general Vandeleur, ensangrentado y con la ropa hecha jirones en compañía de su casero, cuando los vio palidecer y tratar de evitar sus preguntas, y, sobre todo, cuando el primero negó su identidad con gesto imperturbable, olvidó rápidamente a los santos y los Padres en pro del vulgar interés de la curiosidad.

«No me equivoco —pensó—. Ese es, sin duda, el señor Hartley. ¿En qué lío se habrá metido? ¿Por qué reniega de su nombre? ¿Y qué se traerá entre manos con ese granuja siniestro de mi casero?».

Mientras lo pensaba, otra circunstancia anómala atrajo su atención. El rostro del señor Raeburn apareció en una ventana baja junto a la puerta, y por pura casualidad su mirada se cruzó con la del señor Rolles. El jardinero pareció desconcertado e incluso temeroso, e inmediatamente después bajaron de golpe la persiana.

«Puede que todo esto tenga una explicación —reflexionó el señor Rolles—, y tal vez sea una explicación muy lógica, pero tengo que admitir que a mí no me lo parece. Suspicaces, solapados, falsos, taimados…, por mi alma —pensó— que creo que esos dos traman alguna fechoría».

El detective que todos llevamos dentro despertó y empezó a clamar en el interior del señor Rolles, quien con un paso rápido y decidido que nada tenía que ver con su habitual manera de andar, procedió a dar una vuelta por el jardín. En cuanto llegó al lugar donde se había producido la escalada de Harry, reparó en el rosal roto y en las huellas de pisadas en el barro. Levantó la vista y vio unos arañazos en la tapia y un trozo de pantalón que ondeaba sobre una botella rota. ¡Así que esa había sido la puerta de entrada elegida por el amigo del señor Raeburn! ¡Así era como el secretario del general Vandeleur iba a admirar las flores de un jardín! El joven clérigo silbó para sus adentros mientras se agachaba a examinar el terreno. Dedujo dónde había aterrizado Harry tras su arriesgado salto, reconoció los pies planos del señor Raeburn allí donde se había hundido al coger al secretario por el cuello, y al observar más de cerca le pareció distinguir las marcas de unos dedos, como si algo se les hubiese caído y lo hubieran recogido a toda prisa.

«Palabra que esto se pone interesante», pensó.

Justo entonces vio algo incrustado en el suelo. Poco después, había desenterrado un fino estuche de tafilete, con adornos y cierre dorado. Lo habían pisoteado y había escapado así a la búsqueda apresurada del señor Raeburn. El señor Rolles abrió el estuche y contuvo el aliento casi horrorizado por la sorpresa, pues ante sus ojos, en un lecho de terciopelo verde, tenía un diamante de magnitudes prodigiosas y de la mayor transparencia. Era del tamaño de un huevo de pato y estaba hermosamente tallado sin la menor imperfección, cuando le daba la luz del sol tenía un brillo eléctrico y parecía arder en su mano con innumerables fuegos internos.

Sabía poco de piedras preciosas, pero el diamante del rajá era una maravilla que se explicaba por sí sola: cualquier niño de pueblo al encontrarlo habría salido corriendo y gritando hasta la casa más próxima; y un salvaje se habría prosternado para adorar tan imponente fetiche. La belleza de la piedra halagó la mirada del joven clérigo y la idea de su valor incalculable sobrepasó su intelecto. Sabía que lo que tenía en la mano valía más que las rentas de muchos años de una sede arzobispal; que bastaría para construir catedrales más majestuosas que la de Ely o la de Colonia; que quien lo poseyera estaría libre para siempre de la maldición original y podría seguir sus inclinaciones sin prisa ni preocupaciones, sin estorbos ni obstáculos. Y, al girarlo de pronto, los rayos brotaron de él con renovado brillo y parecieron atravesarle el corazón.

Las acciones decisivas se llevan a cabo en un momento, sin que medie conscientemente la parte racional del hombre. Eso fue lo que le ocurrió al señor Rolles. Miró en torno suyo, no vio, como el señor Raeburn, más que el jardín iluminado por el sol, las copas de los árboles y la casa con las persianas bajadas, y en menos de un segundo había cerrado el estuche, se lo había guardado en el bolsillo y estaba corriendo a su estudio con la precipitación del culpable.

El reverendo señor Rolles había robado el diamante del rajá.

A primera hora de la tarde, la policía se presentó en compañía de Harry Hartley. El jardinero, que estaba fuera de sí de terror, no tardó en entregarles su parte del botín, y las joyas se identificaron e inventariaron en presencia del secretario. En cuanto al señor Rolles, se presentó muy servicial, contó de buen grado todo lo que sabía y lamentó no poder hacer más para ayudar a los oficiales a cumplir con su deber.

—Sin embargo —añadió—, supongo que su labor estará ya casi concluida.

—Ni muchísimo menos —replicó el detective de Scotland Yard, y procedió a narrar el segundo robo del que había sido víctima Harry, y a describirle al joven clérigo las joyas más valiosas que aún seguían desaparecidas, explayándose sobre todo en el diamante del rajá.

—Debe de valer una fortuna —observó el señor Rolles.

—Diez fortunas…, veinte fortunas —gritó el oficial.

—Cuanto más valga —observó astutamente Simon—, más difícil será venderlo. Un objeto así tiene unas características inconfundibles, y supongo que será tan difícil deshacerse de él como de la catedral de San Pablo.

—¡Oh, es cierto! —dijo el oficial—, pero si el ladrón es medianamente inteligente, lo hará cortar en tres o cuatro trozos y todavía tendrá bastante para hacerse rico.

—Gracias —dijo el clérigo—. No imagina lo mucho que me ha interesado su conversación.

Tras lo cual el funcionario admitió que en su profesión llegaban a saberse cosas muy raras y acto seguido se despidió.

El señor Rolles volvió a su habitación. Le pareció más pequeña y austera de lo normal, la materia de su gran obra nunca le había parecido tan carente de interés, y contempló su biblioteca con desdén. Cogió, uno por uno, varios tomos de los Padres de la Iglesia, y los hojeó, pero no encontró nada que sirviera a su propósito.

«Estos señores —pensó— son, no cabe duda, muy buenos escritores, pero parecen ignorarlo todo de la vida. Heme aquí, lo bastante ilustrado para ser obispo, y no sé cómo deshacerme de un diamante robado. Un simple policía me sugiere una idea, y a pesar de todos mis infolios no tengo ni idea de cómo ponerla en práctica. Es como para inspirarle a cualquiera ideas muy poco favorables acerca de la educación universitaria».

Le dio una patada a la estantería, se puso el sombrero y salió de la casa en dirección a un club del que era miembro. Tenía la esperanza de encontrar a algún hombre con experiencia que pudiera darle un buen consejo en aquel lugar mundano. En la biblioteca encontró a varios clérigos rurales y a un archidiácono; había tres periodistas y un escritor especializado en metafísica jugando al billar; en el comedor tan solo vio las mismas caras vulgares y marchitas de siempre. Ninguno de ellos, pensó el señor Rolles, sabría más que él de un asunto tan peligroso: ninguno podría ayudarle en aquel trance. Por fin, en el salón de fumadores, al subir por las escaleras, se topó con un caballero corpulento y vestido con evidente sencillez. Estaba fumando un puro y leyendo el Fortnightly Review; su rostro no mostraba la menor señal de preocupación o cansancio y su aspecto invitaba a las confidencias y parecía exigir sumisión. Cuanto más escrutó sus rasgos el joven clérigo, más se convenció de que había dado con alguien capaz de darle los consejos apropiados.

—Señor —dijo—, disculpad mi brusquedad, pero juzgo por vuestro aspecto que sois hombre de mundo.

—Lo cierto es que tengo motivos fundados para reclamar ese título —replicó el desconocido, dejando la revista a un lado con una mirada entre divertida y sorprendida.

—Yo, señor —continuó el cura—, soy un recluso, un estudioso, un ser que vive entre tinteros e infolios patrísticos. Un suceso reciente me ha hecho reparar en mi desatino y ahora aspiro a informarme sobre la vida. Y por la vida —añadió—, no me refiero a las novelas de Thackeray, sino a los crímenes y posibilidades secretas de nuestra sociedad, y al correcto modo de proceder ante acontecimientos excepcionales. Soy un lector paciente, ¿es posible aprender esas cosas en los libros?

—Me ponéis en un aprieto —dijo el desconocido—. Confieso que no soy aficionado a los libros, salvo para entretenerme en un viaje de ferrocarril; aunque tengo entendido que hay tratados muy exactos de astronomía, el empleo de los globos terráqueos, la agricultura y el arte de hacer flores de papel. Respecto a los aspectos menos notorios de la vida me temo que no encontraréis nada demasiado verídico. Pero, esperad —añadió—: ¿habéis leído a Gaboriau?

El señor Rolles admitió que no había oído aquel nombre.

—Podéis extraer algunas ideas de Gaboriau —concluyó el desconocido—. Al menos es sugerente y es un autor muy estudiado por el príncipe Bismarck, en el peor de los casos perderéis el tiempo en buena compañía.

—Señor —dijo el cura—, le quedo infinitamente obligado por su amabilidad.

—Ya me habéis pagado de sobra —replicó el otro.

—¿Cómo? —inquirió Simon.

—Por lo original de vuestra pregunta —replicó el caballero, y con un gesto educado, como si le pidiera permiso, siguió leyendo el Fortnightly Review.

De vuelta a casa, el señor Rolles compró un libro sobre piedras preciosas y varias novelas de Gaboriau. Estas últimas las hojeó con ansiedad hasta altas horas de la madrugada, pero, aunque le sugirieron muchas ideas nuevas, no encontró en ninguna parte lo que se podía hacer con un diamante robado. Además, le irritó descubrir que la información estaba dispersa entre historias románticas en lugar de expuesta sobriamente al estilo de un manual, y concluyó que, pese a que el escritor había reflexionado mucho sobre aquellas cuestiones, carecía por completo de un método educativo. No obstante, no pudo contener su admiración respecto al carácter y los méritos de Lecoq.

«Ciertamente, era un ser excepcional —meditó el señor Rolles—. Conocía el mundo como yo el Argumento de Paley. No había nada que no pudiera hacer con sus propias manos pese a tener todas las probabilidades en contra. ¡Cielos! —se dijo de pronto—, ¿no será esa la lección? ¿No debería aprender a cortar diamantes yo mismo?».

Le pareció haberse librado de pronto de todas sus dudas; recordó que conocía a un joyero, un tal B. Macculloch de Edimburgo, que estaría encantado de iniciarle en el oficio; unos meses, tal vez unos años, de arduos esfuerzos y sería lo bastante experto y hábil para cortar ventajosamente el diamante del rajá. Hecho lo cual podría volver a sus investigaciones, convertido en un estudioso rico y opulento, envidiado y respetado por todos. Visiones doradas le acompañaron durante el sueño, y se despertó reconfortado y aliviado con el sol de la mañana.

Ese día la policía iba a precintar la casa del señor Raeburn, lo que le proporcionó una excusa para partir. Preparó alegremente el equipaje, lo llevó a la estación de King’s Cross, lo dejó en la consigna y volvió al club para pasar allí el resto de la tarde y cenar.

—Si cena usted aquí, Rolles —le dijo un conocido—, tal vez vea a dos de los hombres más notables de Inglaterra: el príncipe Florizel de Bohemia y el viejo Jack Vandeleur.

—He oído hablar del príncipe —replicó el señor Rolles—, y me han presentado al general Vandeleur.

—¡El general Vandeleur es un burro! —repuso el otro—. Este es su hermano John, el gran aventurero, experto en piedras preciosas y uno de los diplomáticos más brillantes de Europa. ¿No has oído hablar de su duelo con el duc de Val d’Orge? ¿De sus éxitos y atrocidades cuando fue dictador del Paraguay? ¿De la habilidad con que recobró las joyas de sir Samuel Levi? ¿Ni de sus servicios durante el motín de la India…, servicios de los que el gobierno se benefició, pero no se atrevió a reconocer? Haces que me pregunte en qué consiste la fama o incluso la infamia, pues Jack Vandeleur tiene motivos sobrados para aspirar a ambas cosas. Corre abajo —prosiguió—, siéntate cerca de ellos y ten los oídos bien abiertos. O mucho me equivoco u oirás cosas muy interesantes.

—Pero ¿cómo los conoceré? —inquirió el clérigo.

—¡Conocerlos! —gritó su amigo—, pues porque el príncipe es el caballero más elegante de Europa, el único que parece un auténtico rey; y en cuanto a Jack Vandeleur, si puedes imaginarte a Ulises a los setenta años y con una cicatriz de sable en la cara, ¡es como si lo tuvieras delante de tus ojos! ¡Conocerlos! ¡Podrías reconocerlos entre la multitud en un día de Derby!

Rolles corrió al comedor. Tal como le había dicho su amigo era imposible confundir a la pareja en cuestión. El viejo John Vandeleur era un hombre de una fuerza notable y obviamente bragado en las actividades más peligrosas. No tenía el porte de un espadachín ni el de un marino y menos aún el de alguien acostumbrado a la silla de montar, sino el de todos a la vez, como resultado y expresión de sus muchos hábitos y destrezas. Sus rasgos eran decididos y aguileños, su gesto arrogante y rapaz; en conjunto, parecía un hombre de acción rápido, violento y sin escrúpulos, y su espesa melena blanca y la cicatriz de sable que le cruzaba la cara desde la nariz a la sien añadía un toque de salvajismo a una cabeza ya de por sí bastante amenazadora.

El señor Rolles se sorprendió al reconocer en su compañero, el príncipe de Bohemia, al caballero que le había recomendado estudiar a Gaboriau. Sin duda el príncipe, que raramente visitaba el club del que, al igual que la mayoría, era miembro honorario, estaba esperando a John Vandeleur cuando Simon le había abordado la noche anterior.

Los demás comensales se habían retirado modestamente a los rincones de la sala y habían dejado un tanto aislada a la distinguida pareja, sin embargo el joven clérigo no se dejó dominar por el temor y ocupó con aire decidido la mesa más próxima.

La conversación, desde luego fue toda una novedad para los oídos del joven. El ex dictador del Paraguay narró muchas vivencias extraordinarias en distintos rincones del mundo, y el príncipe añadía comentarios que, para un hombre reflexivo, eran incluso más interesantes que los relatos del otro. El joven clérigo pudo contemplar así dos formas de experiencias reunidas y no supo cuál admirar más: la del desesperado protagonista o la del experto conocedor de la vida; la del hombre que hablaba sin tapujos de sus vivencias y peligros o la del hombre que parecía, como un dios, saberlo todo y no haber sufrido nada. La actitud de ambos encajaba a la perfección con su papel en la conversación. El dictador incurría en brutalidades tanto de gesto como de palabra: golpeaba la mesa con la mano abierta o cerrada y hablaba con voz alta y cautivadora. El príncipe, por su parte, era todo un ejemplo de calma y corrección: el menor movimiento, la inflexión más ínfima, tenían en él más relevancia que todas las voces y ademanes de su compañero, y si alguna vez, como debía de ser sin duda, hacía alusión a alguna vivencia personal, lo hacía con tanta habilidad que pasaba desapercibida entre el resto de la conversación.

Por fin la conversación derivó hacia los últimos robos y el diamante del rajá.

—Ese diamante estaría mejor en el fondo del mar —observó el príncipe Florizel.

—Como Vandeleur que soy —replicó el dictador—, comprenderéis, alteza, que no comparta vuestra opinión.

—Hablo desde el punto de vista del bien público —prosiguió el príncipe—. Una joya tan valiosa debería pertenecer a la colección de un príncipe o al tesoro de una gran nación. Entregársela a una persona corriente equivale a poner precio a su virtud, y si el rajá de Kashgar, que, según tengo entendido es un príncipe muy ilustrado, pretendía vengarse de los europeos, no habría podido hacerlo de forma más eficaz que enviándonos esa manzana de la discordia. No hay honradez lo bastante fuerte para resistir esa prueba. Yo mismo, que tengo muchos privilegios y obligaciones propios, apenas podría tocar ese cristal fascinante y seguir a salvo. En cuanto a vos, que sois buscador de diamantes por gusto y profesión, no creo que haya crimen que no fueseis capaz de cometer, ni que tengáis un amigo en el mundo a quien no estuvieseis dispuesto a traicionar; ignoro si tenéis familia, pero, en caso de que así sea, afirmo que sacrificaríais a vuestros propios hijos… y todo, ¿para qué? No para ser más rico, ni para disfrutar de más comodidades o gozar de mayor respeto, sino simplemente para decir que el diamante era vuestro durante unos años hasta el día de vuestra muerte, y para abrir de vez en cuando una caja fuerte y contemplarlo como quien admira un cuadro.

—Cierto —replicó Vandeleur—. He cazado muchas cosas, desde hombres y mujeres hasta mosquitos; he buceado en busca de coral; he acechado a ballenas y tigres y un diamante es la presa más valiosa de todas. Tiene belleza y valor y es lo único que puede recompensar plenamente los ardores de la caza. Ahora mismo, como supondrá vuestra Alteza, estoy tras su pista: ¡tengo buen olfato y mucha experiencia, conozco las piedras de la colección de mi hermano como un pastor a sus ovejas y, si no las recupero todas, estoy dispuesto a perecer en el intento!

—Sir Thomas Vandeleur tendrá muchos motivos para estaros agradecido —dijo el príncipe.

—No estoy tan seguro —repuso el dictador con una carcajada—. Uno de los Vandeleur los tendrá. Thomas, o John, Peter o Paul…, todos somos apóstoles.

—No os comprendo —dijo el príncipe con cierto desagrado.

Y, en ese preciso instante, el camarero informó al señor Vandeleur de que su coche estaba en la puerta.

El señor Rolles miró el reloj, y vio que él también tenía que marcharse. La coincidencia le sorprendió de un modo muy desagradable, pues estaba deseando perder de vista al buscador de diamantes.

Las largas horas de estudio habían alterado los nervios del joven, por lo que tenía costumbre de viajar del modo más lujoso posible, y en esta ocasión había reservado una litera en el coche cama.

—Estará usted muy cómodo —le dijo el revisor—, no viaja nadie más en su compartimento, y solo hay un caballero de edad avanzada al otro extremo del vagón.

Ya casi era la hora y estaban pidiendo los billetes cuando el señor Rolles vio entrar al otro pasajero precedido por varios mozos: ciertamente, no había nadie en el mundo a quien no hubiera preferido como compañía, pues se trataba nada menos que del viejo John Vandeleur, el ex dictador.

Los coches cama de la línea Great Northern estaban divididos en tres compartimentos: uno a cada extremo para los pasajeros y uno en el medio donde estaban los servicios. Una puerta corredera separaba el aseo de los otros dos compartimentos, pero, como no había pestillos ni cerrojos, el conjunto formaba un todo único.

Cuando el señor Rolles estudió su situación, comprendió que estaba indefenso. Si el dictador decidía hacerle una visita por la noche, no tendría más remedio que recibirle: no tenía dónde refugiarse, y estaba tan a su merced como si estuviera en medio del campo. Dicha situación le produjo cierta inquietud. Recordó con alarma las jactanciosas afirmaciones de su compañero de viaje en la mesa, y los alardes de inmoralidad que había hecho en presencia del disgustado príncipe. Recordó haber leído que había gente, dotada de una peculiar percepción de los metales preciosos, que era capaz de detectar la presencia del oro incluso a través de las paredes y a distancias considerables. ¿Ocurriría lo mismo con los diamantes?, se preguntó; y en tal caso, ¿quién era más probable que tuviera aquel don sino una persona que se jactaba de ser buscador de diamantes? Comprendió que tenía todos los motivos del mundo para temer a aquel hombre, y deseó ansioso que amaneciera.

Entretanto, tomó toda clase de precauciones: ocultó el diamante en el bolsillo interior de una larga serie de abrigos y se encomendó devotamente al cuidado de la Providencia.

El tren siguió como siempre su marcha veloz y constante y, hacia la mitad del viaje, el sueño empezó a prevalecer sobre la intranquilidad que embargaba al señor Rolles. Por un tiempo trató de resistirse a su influencia, pero fue dominándolo poco a poco y, cuando estaban a punto de llegar a York, se resignó a tumbarse en una de las literas y a cerrar un rato los ojos, el joven clérigo se quedó dormido casi al instante. Su último pensamiento fue para su temible compañero de viaje.

Cuando despertó todavía estaba oscuro, salvo por el parpadeo de la lamparilla, y la trepidación y el ruido continuo atestiguaban que el tren seguía avanzando sin disminuir la velocidad. Se incorporó aterrorizado, pues unas inquietantes pesadillas habían perturbado su descanso, y le costó unos segundos recobrar el dominio de sí mismo; sin embargo, cuando volvió a acostarse, ya no pudo conciliar el sueño y se quedó tumbado con el cerebro en un estado de violenta agitación y la mirada fija en la puerta del aseo. Se caló aún más el sombrero de clérigo para protegerse de la luz y recurrió a los procedimientos con que tratan de cortejar al sueño los insomnes más experimentados, como contar hasta mil o dejar la mente en blanco. En el caso del señor Rolles, todos resultaron inútiles: le acosaban una docena de preocupaciones diferentes, el anciano al otro extremo del vagón le obsesionaba del modo más alarmante y por mucho que cambiara de postura el diamante que llevaba en el bolsillo le producía un considerable malestar. Le abrasaba, era demasiado grande, se le clavaba en las costillas, y había fracciones infinitesimales de segundo en las que se sentía tentado de tirarlo por la ventana.

Mientras estaba allí tumbado, ocurrió un extraño incidente.

La puerta del aseo se movió un poco, luego un poco más, y por fin se abrió dejando un hueco de unos cincuenta centímetros. La lámpara del aseo no tenía pantalla, y por la abertura iluminada el señor Rolles vio la cabeza del señor Vandeleur en actitud de profunda atención. Comprendió que la mirada del dictador estaba fija en su rostro, y el instinto de conservación le impulsó a contener el aliento, no hacer el menor movimiento, seguir con la vista baja y observar a su visitante a través de las pestañas. Al cabo de un instante, la cabeza se apartó y volvieron a cerrar la puerta.

 

En este punto, y acaso en contra de todos los cánones, nuestro autor árabe decide dar conclusión a la “Historia del joven sacerdote”. Lo lamento de veras, pero no debo sino seguir lo que dice el original, remitiendo al lector a la siguiente parte del cuento, la titulada “Historia de la casa de las persianas verdes”, donde encontrará la conclusión de las aventuras de Mr. Rolles.

*FIN*


“Story of the Young Man in Holy Orders”,
London, 1878


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