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Historia del médico y el baúl

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

Silas Q. Scuddamore era un joven americano de temperamento sencillo e inofensivo, lo que decía mucho a su favor, si se tiene en cuenta que era oriundo de Nueva Inglaterra, una región del Nuevo Mundo no precisamente famosa por esas cualidades. A pesar de ser considerablemente rico, anotaba todos sus gastos en una pequeña agenda y se dedicaba a estudiar los encantos de París desde el séptimo piso de uno de los hoteles del Barrio Latino. Su tacañería tenía mucho de costumbre, y su virtud, famosa entre sus socios, se debía sobre todo a su modestia y juventud.

La habitación contigua a la suya la ocupaba una señora de aspecto atractivo y atuendo elegante, a quien, a su llegada, él había tomado por una condesa. Con el tiempo se enteró de que se la conocía por el nombre de madame Zéphyrine y de que, fuese cual fuese su posición social, no era la de alguien con título nobiliario. Madame Zéphyrine, probablemente con la esperanza de seducir al joven americano, trataba siempre de impresionarle al cruzarse con él en las escaleras, con una educada inclinación de cabeza, alguna que otra palabra amable y una mirada arrebatadora de sus ojos negros, y luego desaparecía entre el frufrú de la seda al tiempo que exhibía un pie y un tobillo admirables. No obstante aquellos avances, lejos de animar al señor Scuddamore, lo sumían en el abatimiento y la timidez más profundas. Varias veces ella había ido a pedirle una lámpara, o se había disculpado por los supuestos estragos cometidos por su perrillo faldero, pero al joven la boca se le sellaba en presencia de un ser tan superior, olvidaba el francés que sabía y solo acertaba a mirarla con ojos asustados y balbucir hasta que ella se marchaba. La superficialidad de aquellas relaciones no era sin embargo óbice para que él dejase caer indirectas de carácter un tanto presuntuoso cuando se sentía a salvo a solas con otros hombres.

La habitación que había al otro lado del cuarto donde se alojaba el americano —en aquel hotel había tres habitaciones por planta— la ocupaba un viejo médico inglés de reputación más bien dudosa. El doctor Noel, pues así se llamaba, se había visto obligado a marcharse de Londres, donde contaba con una nutrida clientela, y se rumoreaba que el culpable de aquel cambio de aires había sido la policía. El caso es que, pese a que en otra época había sido un personaje relativamente conocido, ahora llevaba una vida sencilla y solitaria en el Barrio Latino y dedicaba la mayor parte del tiempo al estudio. El señor Scuddamore lo había conocido y, de vez en cuando, ambos cenaban frugalmente en un restaurante que había al otro lado de la calle.

Silas Q. Scuddamore tenía muchos pequeños vicios no demasiado reprobables que no se recataba en satisfacer mediante diversos procedimientos más o menos dudosos. La principal de sus debilidades era la curiosidad. Era un chismoso nato y la vida, sobre todo en aquellas parcelas en que tenía menos experiencia, le interesaba con pasión. Era un preguntón impertinente e incansable y planteaba sus preguntas con tanta pertinacia como indiscreción: cuando llevaba una carta al correo le habían visto sopesarla en la mano, darle vueltas y vueltas y estudiar con cuidado la dirección; y, cuando descubrió una grieta en el tabique que separaba su habitación de la de madame Zéphyrine, en lugar de taparla, la agrandó y la utilizó como mirilla para espiar lo que hacía su vecina.

Un día, a finales de marzo, quiso satisfacer una curiosidad siempre en aumento y agrandó un poco más el agujero para dominar otro rincón de la habitación. Esa noche, cuando se disponía a espiar los movimientos de madame Zéphyrine como de costumbre, le sorprendió ver que la abertura estaba oscurecida de un modo extraño por el otro lado, y todavía se sintió más confundido cuando retiraron de pronto el obstáculo y llegó a sus oídos una risita. Algún trozo de yeso había traicionado su secreto y su vecina le había devuelto la broma con otra similar. El señor Scuddamore sintió un profundo disgusto, criticó sin piedad el comportamiento de madame Zéphyrine e incluso se culpó a sí mismo; pero cuando descubrió al día siguiente que ella no había tomado ninguna medida para privarlo de su pasatiempo favorito, siguió aprovechándose de su descuido y satisfaciendo su curiosidad ociosa.

Al día siguiente, madame Zéphyrine recibió una larga visita de un hombre alto y corpulento de unos cincuenta años, a quien Silas nunca había visto antes. Su traje de tweed y su camisa de color lo identificaban como inglés no menos que sus patillas pobladas; y a Silas le produjeron escalofríos sus ojos grises y obtusos. Se pasó haciendo muecas toda la conversación, que tuvo lugar entre susurros. Más de una vez el joven de Nueva Inglaterra tuvo la impresión de que sus gestos señalaban a su habitación, pero por más atención que prestó, lo único que pudo oír con claridad fue esta observación hecha por el inglés en un tono algo agudo, como en respuesta a alguna duda o discrepancia:

—He estudiado sus gustos hasta el último detalle, y le repito que es usted la única mujer de esa clase a la que puedo recurrir.

En respuesta a lo cual, madame Zéphyrine suspiró y pareció resignarse como quien se somete a un superior falto de razón.

Esa tarde taparon por fin el observatorio colocando un armario por el otro lado, y, cuando Silas todavía estaba lamentándose por aquel infortunio, que atribuía a una perversa sugerencia del inglés, el conserje le llevó una carta que obviamente había sido escrita por una mujer. Estaba redactada en un francés de ortografía no demasiado rigurosa, carecía de firma e invitaba en términos muy animosos al joven americano a presentarse en cierto lugar del salón de baile Bullier a las once en punto de esa misma noche. La curiosidad y la timidez libraron una larga batalla en su interior: a veces era todo virtud, a veces todo fuego y atrevimiento; y el resultado fue que, mucho antes de las diez, Silas Q. Scuddamore se presentó impecablemente vestido en la puerta del salón de baile Bullier y pagó el dinero de entrada con la sensación no del todo desagradable de estar cometiendo una diablura temeraria.

Era época de carnaval, por lo que el salón estaba abarrotado y había mucho ruido. Las luces y el gentío acobardaron al principio a nuestro joven aventurero, pero luego se le subieron a la cabeza y le infundieron más valor del que era habitual en él. Se sintió capaz de enfrentarse al mismo diablo, y avanzó por el salón con el paso decidido de un triunfador. Mientras se pavoneaba de aquel modo, vio a madame Zéphyrine y a su amigo inglés que conversaban detrás de una columna. Enseguida lo dominaron unos deseos felinos de escucharlos a hurtadillas. Se acercó más y más por detrás a la pareja, hasta que alcanzó a oír lo que decían.

—Es ese hombre —estaba diciendo el inglés—, el de allí…, el rubio de cabello largo que está hablando con la chica de verde.

Silas identificó a un joven muy apuesto de poca estatura, que era sin duda de quien estaban hablando.

—De acuerdo —dijo madame Zéphyrine—. Haré lo que pueda. Pero tenga presente que hasta la mejor podría fracasar en un asunto como este.

—¡Tonterías! —replicó su compañero—; yo respondo del éxito. ¿Acaso no la he escogido entre otras treinta? Vaya usted, pero no se fíe del príncipe. No comprendo qué condenada coincidencia puede haberlo traído aquí esta noche. ¡Como si no hubiese en París una docena de salones de baile mucho más dignos de él que este bullicio de estudiantes y dependientes! ¡Mírelo allí sentado, parece más un emperador en su palacio que un príncipe de vacaciones!

Silas volvió a estar de suerte. Reparó en una persona más bien robusta y muy apuesta, de porte elegante y cortés, que estaba sentada a una mesa con otro joven muy elegante al que sacaba varios años y que le hablaba con evidente deferencia. La palabra «príncipe» rechinó en los oídos republicanos de Silas, y el aspecto de la persona que ostentaba dicho título ejerció la habitual fascinación sobre él. Dejó a madame Zéphyrine y al inglés que cuidaran el uno del otro, y se abrió paso entre la gente para acercarse a la mesa que el príncipe y su acompañante se habían dignado escoger.

—Os digo, Geraldine —estaba diciendo el primero—, que es una locura. Vos mismo (me alegra poder recordároslo) escogisteis a vuestro hermano para esta misión tan peligrosa, y tenéis el deber de supervisar su conducta. Primero ha consentido en quedarse todo este tiempo en París, y eso ha sido ya una imprudencia, teniendo en cuenta el carácter del hombre con quien tiene que habérselas; y ahora, cuando quedan menos de cuarenta y ocho horas para su partida, cuando faltan dos o tres días para la prueba decisiva, decidme: ¿os parece este el sitio más indicado para pasar el rato? Debería estar practicando en una galería de tiro, dormir bien y hacer un ejercicio moderado, seguir una dieta rigurosa y dejarse de vino blanco y brandy. ¿Acaso cree que se trata de una broma? El asunto es muy serio, Geraldine.

—Conozco demasiado al muchacho para entrometerme —replicó el coronel Geraldine—, y lo bastante para no preocuparme. Es más cauto de lo que imagináis y de espíritu indomable. Si se tratara de una mujer no diría yo tanto, pero le confié al presidente y a los dos lacayos sin dudarlo un instante.

—Me alegra oíroslo decir —replicó el príncipe—, pero sabed que sigo intranquilo. Esos criados son espías bien entrenados, y, no obstante, ¿no ha conseguido ese criminal eludir tres veces su vigilancia y pasar varias horas seguidas dedicado a asuntos privados y muy probablemente peligrosos? Un aficionado podría haberlo perdido por accidente, pero que Rudolph y Jérome perdieran su pista solo prueba que fue hecho adrede por un hombre que tenía motivos poderosos y medios excepcionales.

—Creo que ahora se trata de un asunto entre mi hermano y yo —replicó Geraldine en un tono ligeramente ofensivo.

—Y yo permito que así sea, coronel Geraldine —replicó el príncipe Florizel—, tal vez por eso mismo, deberíais mostraros más dispuesto a aceptar mis consejos. Pero basta. Esa chica de amarillo baila muy bien.

Y la conversación derivó hacia las cuestiones habituales de un salón de baile parisino en época de carnaval.

Silas recordó dónde estaba, y que se acercaba la hora en que tendría que ir al lugar de la cita. Cuanto más lo pensaba menos le gustaba la idea, y como en ese momento un remolino en la muchedumbre le empujó hacia la salida, se dejó arrastrar sin oponer resistencia. El remolino lo arrojó en un rincón debajo de la galería, donde oyó la voz de madame Zéphyrine. Estaba hablando en francés con el joven de los rizos rubios a quien había señalado el desconocido inglés hacía menos de media hora.

—Si no estuviese en juego mi reputación —dijo—, no pondría más condiciones que las que mi corazón impusiera. Pero no tenéis más que indicárselo al portero y os dejará pasar sin decir palabra.

—Pero ¿por qué decir lo de la deuda? —objetó su compañero.

—¡Cielos! —dijo ella—, ¿pensáis que no sé cómo funciona mi propio hotel?

Y se marchó sujetando afectuosamente del brazo a su compañero.

Eso recordó a Silas lo de su billete amoroso.

«Diez minutos más —pensó— y puede que esté paseándome con una mujer como esa, e incluso mejor vestida…, tal vez una auténtica dama, posiblemente una mujer con título».

Luego recordó la ortografía de la carta y se quedó un tanto abatido.

«Bueno, tal vez lo escribiera la doncella», pensó.

Faltaban pocos minutos para dar la hora y, al ver acercarse el momento, su corazón empezó a latir a un ritmo muy desagradable. Pensó con alivio que no estaba en absoluto obligado a presentarse. La virtud y la cobardía se aliaron y volvió a dirigirse a la salida, aunque esta vez por voluntad propia y abriéndose paso entre el torrente de personas que fluía ahora en dirección contraria. Tal vez lo fatigase aquella prolongada resistencia o puede que estuviera de ese humor en que el mero hecho de insistir durante varios minutos en la misma determinación acaba por producir una reacción y nos empuja a un propósito distinto. Al menos se dio la vuelta por tercera vez y no se detuvo hasta encontrar un sitio donde esconderse, a pocos metros del lugar señalado.

Allí fue presa de una terrible zozobra e incluso imploró varias veces la ayuda de Dios, pues Silas había tenido una educación muy devota. Ahora no le apetecía lo más mínimo aquel encuentro, nada le impedía huir, aparte del absurdo temor a que lo tildaran de timorato, sin embargo era tan poderoso que pudo con todas las demás consideraciones y, aunque no logró decidirlo a avanzar, desde luego le impidió emprender la huida. Por fin, vio en el reloj que pasaban diez minutos de la hora. El joven Scuddamore empezó a recobrar los ánimos, se asomó desde su rincón y comprobó que no había nadie en el lugar de la cita: sin duda su anónima admiradora se había cansado y se había ido. Se volvió tan audaz como antes apocado. Le pareció que si se presentaba a la cita, aunque fuese tarde, nadie podría acusarle de cobardía. Empezaba a sospechar que había sido objeto de una broma e incluso se felicitó por su astucia al haberlo advertido y echado por tierra los planes de quienes pretendían burlarse de él. ¡Así de fatuos son los jóvenes!

Reforzado por aquellas consideraciones, avanzó decidido desde su rincón, y apenas había dado dos pasos cuando le pusieron una mano en el brazo. Se volvió y vio a una dama de proporciones bastante generosas y expresión solemne, aunque carente de severidad.

—Veo que está hecho usted todo un donjuán —dijo ella—, y que le gusta hacerse esperar. Pero estaba decidida a verle. Y cuando una mujer llega al extremo de dar ella el primer paso, es que hace mucho que ha dejado de lado su orgullo.

A Silas le impresionaron tanto el tamaño y los atractivos de su corresponsal como la precipitación con que lo había abordado. Pero ella no tardó en tranquilizarlo. Su actitud era cordial y comprensiva, le animaba y le reía las gracias y, en poco rato, a base de carantoñas y una buena cantidad de brandy caliente, no solo le había impulsado a creer que estaba enamorado, sino a declararle su amor con la mayor vehemencia.

—¡Ay! —dijo ella—, no sé si no acabaré lamentando este momento, por mucho que me halaguen sus palabras. Hasta este instante era yo la que sufría, pero ahora, mi pobre muchacho, seremos dos. No soy libre, y no me atrevo a pedirle que me visite en mi casa, pues me vigilan ojos muy celosos. Veamos —añadió—, soy mayor que usted, aunque mucho más débil, y, aunque confío en su valor y en su determinación, lo mejor será aprovechar mi conocimiento del mundo en provecho mutuo. ¿Dónde vive usted?

Él le explicó que se alojaba en un hotel y le dio el nombre de la calle y el número.

La mujer pareció reflexionar unos minutos con cierto esfuerzo.

—Comprendo —dijo por fin—. Será usted fiel y obediente, ¿verdad? —Silas se apresuró a persuadirla de su fidelidad—. Mañana por la noche, entonces —prosiguió ella con una prometedora sonrisa—, quédese en casa toda la tarde y, si le visita algún amigo, deshágase de él enseguida con el primer pretexto que se le ocurra. Las puertas deben de cerrarlas a las diez, ¿no? —preguntó.

—A las once —respondió Silas.

—A las once y cuarto —prosiguió la dama—, salga del edificio. Limítese a pedir que le abran la puerta, y no entable conversación con el portero, porque eso lo echaría todo a perder. Vaya directo a la esquina de los jardines de Luxemburgo con el bulevar, yo le estaré esperando. Confío en que seguirá usted mis instrucciones al pie de la letra, y recuerde: si me desobedece en cualquier cosa, le ocasionará muchas complicaciones a una mujer cuyo único delito es haberle visto y amado.

—No comprendo a qué vienen estas instrucciones —dijo Silas.

—Me parece que ya empieza a tratarme como si fuese mi dueño —exclamó ella, dándole golpecitos en el brazo con el abanico—. ¡Paciencia, paciencia! Ya habrá tiempo para eso. A las mujeres nos gusta que nos obedezcan al principio, aunque luego disfrutemos obedeciendo. Haga lo que le digo, por el amor de Dios, o no respondo de nada. De hecho, ahora que lo pienso —añadió, con el aire de quien acaba de reparar en una dificultad—, se me ocurre un plan para alejar a los entrometidos. Pídale al portero que no deje pasar a nadie, salvo a una persona que tal vez vaya esa noche a cobrar una deuda; y hágalo con cierta vehemencia, como si le asustara la entrevista, para que se tome en serio sus palabras.

—Crea usted que sé cómo protegerme de los intrusos —dijo él, un tanto ofendido.

—Prefiero arreglarlo a mi manera —respondió ella con frialdad—. Conozco a los hombres: no valoran en nada la reputación de una mujer. —Silas se ruborizó y agachó un poco la cabeza, pues el plan que tenía en perspectiva había incluido pavonearse un poco con los amigos—. Por encima de todo —añadió ella—, no hable con el portero al salir.

—¿Y por qué? —dijo él—. De todas sus indicaciones, me parece la menos importante.

—Al principio cuestionó usted también la conveniencia de las otras y ahora sabe que son imprescindibles —replicó ella—. Créame, con el tiempo comprenderá su utilidad; ¿y qué voy a pensar del afecto que me tiene si en la primera cita ya me niega usted estas naderías? —Silas se deshizo en disculpas y explicaciones, hasta que ella miró el reloj, juntó las manos y contuvo un grito de sorpresa—. ¡Cielos! —exclamó—. ¿Tan tarde se ha hecho? No tengo un instante que perder. ¡Ay, pobres de nosotras, qué esclavas somos las mujeres! ¡Qué riesgos no habré corrido ya por usted!

Y, después de repetirle sus instrucciones, que combinó hábilmente con arrumacos y miradas lánguidas, le dijo adiós y se perdió entre la multitud.

Silas pasó todo el día siguiente imbuido de su propia importancia: ahora estaba seguro de que se trataba de una condesa, y cuando se hizo de noche obedeció minuciosamente sus instrucciones y a la hora acordada se presentó en la esquina de los jardines de Luxemburgo. Allí no había nadie. Esperó casi media hora, mirando a la cara a todos los que pasaban o merodeaban por allí, incluso se pasó por las otras esquinas del bulevar y dio una vuelta completa a la verja del jardín, pero no encontró a ninguna hermosa condesa dispuesta a arrojarse en sus brazos. Por fin, muy de mala gana, empezó a desandar sus pasos hacia el hotel. De camino recordó las palabras que había oído intercambiar a madame Zéphyrine y el joven rubio y tuvo una vaga sensación de intranquilidad.

«Al parecer —pensó— todo el mundo tiene que contarle mentiras al portero».

Llamó al timbre, la puerta se abrió y salió el portero en ropa de cama para llevarle una lámpara.

—¿Se ha ido ya? —inquirió el portero.

—¿Qué? ¿A quién se refiere? —preguntó Silas con cierta sequedad, porque estaba irritado por la decepción.

—No lo he visto salir —prosiguió el portero—, pero espero que le haya pagado usted. En esta casa no queremos huéspedes que no pagan sus deudas.

—¿A quién demonios se refiere? —preguntó Silas bruscamente—. No entiendo ni una palabra de todo este galimatías.

—Pues al joven bajito y rubio que vino a cobrar su deuda —replicó el otro—. ¿A quién iba a referirme si no? Usted mismo me pidió que no dejara pasar a nadie más.

—Pero, hombre de Dios, no irá a decirme que ha venido —respondió Silas.

—Yo solo creo lo que veo —repuso el portero, y contuvo la risa con un gesto burlón.

—Es usted un granuja insolente —gritó Silas, y se volvió y echó a correr escaleras arriba con la sensación de haber hecho una ridícula exhibición de mal genio y muy alarmado.

—Entonces, ¿no necesita la lámpara? —gritó el portero.

Pero Silas aceleró el paso y no paró hasta llegar al séptimo piso y plantarse delante de la puerta de su cuarto. Allí se detuvo un momento a recobrar el aliento, asaltado por los más negros presentimientos y temeroso incluso de entrar en la habitación.

Cuando lo hizo por fin, le alivió encontrarla a oscuras y, en apariencia, vacía. Soltó un profundo suspiro. Otra vez estaba a salvo en casa, y esa sería no solo su primera sino también su última locura. Las cerillas estaban en una mesita junto a la cama y anduvo a tientas en esa dirección. Al hacerlo se renovaron sus aprensiones y, cuando su pie topó con un obstáculo, le alegró mucho comprobar que se trataba de algo tan poco alarmante como una silla. Por fin tocó unas cortinas. Por la situación de la ventana, que era vagamente visible, supo que debía de estar al pie de la cama y que no tenía más que rodearla para llegar a la mencionada mesita.

Bajó la mano, pero lo que tocó no fue una simple colcha, sino una colcha que tenía debajo algo parecido al contorno de una pierna humana. Silas apartó el brazo y se quedó un momento como petrificado.

«¿Qué…, qué será esto?», pensó.

Escuchó con atención, pero no oyó respirar. Una vez más, con gran esfuerzo, alargó los dedos en dirección a lo que había tocado antes, pero esta vez retrocedió un metro de un salto y se quedó allí estremecido de terror. Había algo en su cama. No sabía qué, pero había algo.

Pasaron unos segundos antes de que pudiera volver a moverse. Luego, guiado por su instinto, fue directo a las cerillas y, de espaldas a la cama, encendió una vela. En cuanto prendió la llama se volvió despacio y buscó con la mirada lo que tanto temía ver. Y, en efecto, sus peores temores se hicieron realidad. La colcha estaba cuidadosamente extendida sobre la almohada, pero moldeaba el contorno de un cuerpo que yacía inmóvil; y cuando se adelantó y apartó las sábanas, encontró al joven a quien había visto en el salón de baile Bullier la noche anterior: tenía los ojos abiertos y sin expresión, el rostro hinchado y amoratado y un fino reguero de sangre que le caía de la nariz.

Silas emitió un gemido largo y trémulo, soltó la vela y cayó de rodillas junto a la cama.

Unos prolongados aunque discretos golpecitos en la puerta lo sacaron del estupor en que lo había sumido aquel terrible descubrimiento. Tardó unos segundos en recordar su situación, y cuando corrió a impedir que entrara nadie, fue demasiado tarde. El doctor Noel, con un gorro de dormir y una lámpara que iluminaba sus facciones largas y pálidas, avanzó con timidez inclinando la cabeza y mirando a su alrededor como un pájaro, abrió la puerta muy despacio y se plantó en mitad de la habitación.

—Me pareció oír un grito —empezó el médico—, temí que pudiera encontrarse usted mal y me he atrevido a irrumpir aquí. —Silas, con el rostro encendido y el corazón latiéndole temeroso a toda prisa, se interpuso entre el médico y la cama, pero no acertó a articular respuesta—. Está usted a oscuras —prosiguió el médico—, y sin embargo ni siquiera ha empezado a desvestirse para meterse en la cama. No me convencerá fácilmente de lo contrario a lo que ven mis ojos; y su semblante dice por sí solo que necesita usted de un amigo o un médico… ¿Cuál de los dos prefiere? Deje que le tome el pulso, que suele ser un fiel reflejo del corazón.

Avanzó hacia Silas, que siguió retrocediendo, y trató de cogerle por la muñeca, pero los nervios del joven americano habían sufrido demasiadas tensiones para seguir resistiéndolo. Esquivó al médico con un movimiento febril y, echándose al suelo, prorrumpió en llanto.

En cuanto el doctor Noel vio al muerto en la cama, su rostro se ensombreció; volvió corriendo a la puerta que había dejado abierta de par en par, la cerró a toda prisa y le dio dos vueltas a la llave.

—¡En pie! —gritó dirigiéndose a Silas con voz estridente—, no es momento para echarse a llorar. ¿Qué es lo que ha hecho? ¿Cómo ha llegado a su cuarto ese cadáver? Será mejor que hable sin tapujos con quien puede ayudarle. ¿Acaso cree que busco su perdición? ¿Cree que ese trozo de carne sin vida sobre su almohada puede alterar en lo más mínimo la simpatía que usted me inspira? Joven incauto, el horror con que la ley ciega e injusta considera una acción jamás incumbe a quien la perpetra si se pregunta a sus allegados y, si uno de mis mejores amigos viniera a verme empapado en sangre, eso no cambiaría ni un ápice el afecto que sentiría por él. Levántese —dijo—, el bien y el mal son solo una quimera: en esta vida no hay nada salvo el destino, y sean cuales sean las circunstancias, tiene usted a su lado a alguien dispuesto a ayudarle hasta el final.

Animado de ese modo, Silas recobró la compostura, y con voz entrecortada, y ayudado por las preguntas del médico, se las arregló para ponerle al corriente de los hechos. Sin embargo, omitió la conversación entre el príncipe y Geraldine, puesto que apenas había entendido lo que decían y no pensó que pudiera tener relación con su propia desgracia.

—¡Ay! —gritó el doctor Noel—, o mucho me engaño o ha caído usted en las manos de la gente más peligrosa de Europa. Pobre muchacho, ¡qué trampa han urdido para su candidez!, ¡a qué peligros han conducido a sus jóvenes pies! Ese hombre —preguntó—, el inglés a quien vio usted dos veces y de quien sospecho que es el cerebro de la conspiración, ¿podría describírmelo? ¿Era joven o viejo? ¿Alto o bajo? —Pero Silas, que pese a ser tan curioso no era nada observador, solo fue capaz de darle unas pocas generalidades con las que era imposible reconocerlo—. ¡Debería ser asignatura obligada en las escuelas! —exclamó, enfadado, el médico—. ¿De qué sirven la vista y el habla si uno no acierta a fijarse y recordar los rasgos de su enemigo? Conozco a todos los maleantes de Europa y podría haberlo identificado y conseguido así nuevas armas en su defensa. Cultive usted ese arte en el futuro, mi pobre muchacho, puede serle de gran ayuda.

—¡El futuro! —repitió Silas—. ¿Qué futuro me queda salvo la horca?

—La juventud no es más que una época cobarde —replicó el médico—, en la que los problemas parecen más negros de lo que son. Yo soy viejo, y sin embargo nunca desespero.

—¿Cómo voy a contarle semejante historia a la policía? —preguntó Silas.

—De ninguna manera —respondió el médico—. Por lo que llevo visto de la conspiración de la que es usted víctima, su caso es indefendible por ese lado y, dado lo estrechas de miras que son las autoridades, pensarían sin duda que es usted culpable. Y no olvide que solo conocemos parte del complot: los conspiradores probablemente habrán tramado otras muchas circunstancias que una investigación policial sacaría a la luz y ayudarían a hacer caer las culpas sobre usted.

—¡Entonces estoy perdido! —gritó Silas.

—No he dicho eso —respondió el doctor Noel—, soy persona cauta.

—Pero ¡mire usted! —objetó Silas, señalando al cadáver—. He ahí ese objeto sobre mi cama: es imposible hacerlo desaparecer, deshacerse de él o mirarlo sin espanto.

—¿Espanto? —replicó el médico—. No. Cuando esta especie de reloj se estropea, a mí me parece tan solo un mecanismo muy ingenioso, digno de ser estudiado con el escalpelo. Una vez la sangre está fría y coagulada, ya no es sangre humana; la carne muerta no es la misma carne que deseamos en nuestros amantes o respetamos en nuestros amigos. La gracia, el atractivo, el terror han desaparecido con el espíritu que la animaba. Acostúmbrese usted a verlo con compostura, pues si mi plan resulta practicable tendrá que vivir unos días muy cerca de eso que ahora tanto le horripila.

—¿Su plan? —gritó Silas—. ¿Qué plan es ese? Dígamelo cuanto antes, doctor, pues apenas me queda valor suficiente para seguir existiendo.

Sin responder, el doctor Noel se volvió hacia la cama y procedió a examinar el cadáver.

—Desde luego, está muerto —murmuró—. Sí, me lo había imaginado: le han vaciado los bolsillos. Y le han cortado la etiqueta a la camisa. Un trabajo concienzudo y bien hecho. Por suerte es de corta estatura. —Silas oyó aquellas palabras con extrema ansiedad. Por fin, concluida la autopsia, el médico tomó asiento y se dirigió al joven americano con una sonrisa—: Desde el momento en que entré en su habitación —dijo—, aunque mi lengua y mis oídos hayan estado muy ocupados, no he dejado que mis ojos estuvieran ociosos. Hace un rato reparé en que tiene usted en ese rincón uno de esos artilugios grotescos que sus compatriotas arrastran consigo a todos los rincones del globo…, en una palabra: un baúl. Hasta ese momento no había logrado comprender la utilidad de esos trastos, sin embargo después se me ocurrieron varias posibilidades: no sabría decir si lo empleaban ustedes en el comercio de esclavos, o para disimular las consecuencias de un uso relajado del machete, pero una cosa está clara: el objeto de semejante cajón no es otro que contener un cadáver.

—No me parece —gritó Silas— que este sea el momento más idóneo para andarse con bromas.

—Aunque pueda expresarme de un modo un tanto jocoso —replicó el médico—, la intención de mis palabras es muy seria. Y lo primero que debemos hacer, mi joven amigo, es vaciar el baúl de todo lo que contiene. —Silas acató la autoridad del doctor Noel y se puso a sus órdenes. Enseguida vaciaron el baúl de su contenido y lo dejaron todo por el suelo; luego cogieron el cadáver del hombre asesinado, Silas sosteniéndolo por los talones y el médico por los sobacos, lo sacaron de la cama y, con cierta dificultad, lo doblaron y metieron en la caja vacía. Con muchos esfuerzos, lograron cerrar la tapa de tan extraño equipaje y el propio médico se encargó de atarlo y cerrarlo con llave, mientras Silas guardaba todo lo que habían sacado en el armario y unos cajones—. Ahora —dijo el médico— hemos dado el primer paso en el camino de su salvación. Mañana, o más bien hoy, tendrá usted que acallar las sospechas del portero pagándole lo que le deba, entretanto tenga por seguro que me ocuparé de hacer las gestiones necesarias para llevar el asunto a buen término. Y ahora acompáñeme a mi habitación, donde le administraré un sedante eficaz aunque inofensivo, pues ocurra lo que ocurra es imprescindible que descanse.

El día siguiente fue el más largo que recordaría Silas, parecía que no iba a acabar nunca. Privó a sus amigos del placer de su compañía y se quedó sentado en un rincón contemplando fijamente el baúl con aire deprimido. Ahora sufrió sus antiguas indiscreciones en carne propia, pues habían vuelto a abrir el observatorio y le pareció notar que le espiaban constantemente desde el apartamento de madame Zéphyrine. La cosa llegó a ser tan irritante, que por fin se vio obligado a tapar a su vez el agujero y, una vez convencido de que no lo vigilaban, pasó la mayor parte del tiempo rezando entre lágrimas contritas.

Era ya de noche cuando el doctor Noel entró en la habitación llevando dos sobres sellados sin dirección, uno más bien voluminoso y el otro tan fino que parecía vacío.

—Silas —dijo sentándose en la mesa—, ha llegado el momento de que le explique el plan que he trazado para salvarle. Mañana por la mañana, a primera hora, el príncipe Florizel de Bohemia regresa a Londres, después de unos días de diversión en el carnaval parisino. Hace mucho tiempo, tuve ocasión de prestarle al coronel Geraldine, su caballerizo mayor, uno de esos servicios, frecuentes en mi profesión, y que los interesados nunca olvidan. No hace falta que le explique la naturaleza de la deuda que contrajo conmigo, baste con decir que me consta que estará dispuesto a ayudarme en todo lo que pueda. El caso es que es necesario que viaje usted a Londres sin que le registren el baúl. El servicio de aduanas parecía un obstáculo insalvable, pero luego caí en que, por una cuestión de cortesía, los equipajes de las personas de tanta importancia como el príncipe pasan la frontera sin que los aduaneros los inspeccionen. Fui a ver al coronel Geraldine y obtuve una respuesta afirmativa. Mañana, si va usted al hotel donde se aloja el príncipe, pondrán su equipaje con el suyo y viajará usted como si fuese parte de su séquito.

—Ahora que lo dice, me parece que ya he visto antes al príncipe y al coronel Geraldine; incluso oí parte de su conversación la otra noche en el salón de baile Bullier.

—Es probable, porque al príncipe le encanta mezclarse con todo tipo de gente —replicó el médico—. Una vez en Londres, su labor casi habrá terminado. En este sobre más voluminoso le he metido una carta a la que no me he atrevido a poner dirección, en el otro encontrará usted las señas de la casa a la que debe usted llevarlo con su baúl, donde se harán cargo de él y no tendrá que volver a preocuparse.

—¡Ay! —dijo Silas—, ojalá pudiera creerle, pero ¿cómo voy a hacerlo? Me plantea usted una agradable perspectiva, pero, dígame: ¿cómo voy a confiar en un plan tan inverosímil? Sea usted más explícito y deme más detalles para que pueda comprender qué es lo que pretende.

El médico pareció impresionado.

—Muchacho —dijo—, no sabe qué difícil es lo que me pide. Pero sea. Ya estoy curado de espanto, y sería raro que le negara a usted esto después de haberle ayudado tanto. Sepa que, aunque ahora parezca una persona moderada, frugal, solitaria y aficionada al estudio, de joven mi nombre estuvo en boca de los hombres más astutos y peligrosos de Londres; y aunque exteriormente parecía digno de respeto y consideración, mi verdadero poder radicaba en mis amistades turbias, terribles y criminales. Es a una de las personas que tenía bajo mis órdenes a quien me he dirigido ahora para librarle a usted de su carga. Se trataba de hombres de orígenes y habilidades muy diversas, unidos por un horrible juramento y dedicados al mismo propósito: nuestro negocio eran los asesinatos, y por muy inocente que pueda parecerle ahora mi aspecto, yo era el jefe de aquella banda temible.

—¿Qué? —exclamó Silas—. ¿Un asesino? ¿Y alguien que hacía del asesinato un negocio? ¿Cómo voy a estrechar su mano? ¿Cómo voy a aceptar su ayuda? Anciano siniestro y criminal, ¿se aprovechará usted de mi juventud y mi desdicha?

El médico soltó una carcajada amarga.

—Es usted difícil de contentar, señor Scuddamore —dijo—, pero le doy a escoger entre la compañía del asesino o la del asesinado. Si su conciencia es tan delicada que le impide aceptar mi ayuda, no tiene más que decirlo y me marcharé de inmediato. Luego haga usted con el baúl y su contenido lo que mejor convenga a su recta conciencia.

—Admito que me he equivocado —replicó Silas—. Tendría que haber recordado la generosidad con que se ofreció usted a encubrirme, incluso antes de que le hubiese convencido de mi inocencia, así que seguiré con gratitud sus consejos.

—Eso está muy bien —respondió el médico—, veo que empieza usted a aprender de la experiencia.

—Por otro lado —prosiguió el americano—, ya que admite estar familiarizado con tan trágico negocio, y que la gente a la que me ha recomendado son sus antiguos socios y amigos, ¿no podría ocuparse usted mismo del transporte del baúl y librarme ahora mismo de un objeto tan detestable?

—Palabra que le admiro a usted —replicó el médico—. Si piensa que no me he entrometido bastante en sus asuntos, créame que yo opino lo contrario. Acepte o rechace mi ayuda tal como se la ofrezco y déjese de tanto agradecimiento, pues valoro menos su gratitud que su intelecto. Llegará el día, si es que llega usted a viejo y conserva sus facultades mentales, en que pensará de forma muy diferente de todo esto, y se sonrojará por su comportamiento de esta noche.

Y con esas palabras, el médico se levantó de la silla, repitió breve y claramente sus indicaciones, y salió de la habitación sin dar ocasión a que Silas le contestara.

A la mañana siguiente, Silas se presentó en el hotel donde le recibió con mucha educación el coronel Geraldine, y desde ese momento se atenuaron sus temores más inmediatos sobre el baúl y su horripilante contenido. El viaje transcurrió sin muchos incidentes, aunque el joven se horrorizó al oír a los marineros y los mozos de cuerda quejarse del peso exagerado del equipaje del príncipe. Silas viajó en un carruaje con los ayudas de cámara, pues el príncipe quiso estar solo con su caballerizo mayor. No obstante, una vez a bordo del vapor, Silas atrajo la atención del príncipe por el aire melancólico y la actitud con que contemplaba la pila de equipajes, pues seguía lleno de aprensión por el futuro.

—Ahí hay un joven —observó el príncipe— que parece muy afligido por algún motivo.

—Se trata —replicó Geraldine— del americano a quien os pedí que dejarais viajar en compañía de vuestro séquito.

—Eso me recuerda que no he sido muy cortés con él —dijo el príncipe Florizel y, acercándose a Silas, le habló con estas palabras en un tono exquisitamente condescendiente—: Caballero, me ha alegrado mucho satisfacer el deseo que me pidió por mediación del coronel Geraldine. Le ruego que recuerde que estaré encantado de servirle en cualquier otra cosa de mayor importancia en el futuro. —Y luego le hizo algunas preguntas sobre la situación política en América, a las que Silas respondió con sensatez y comedimiento—. Todavía es usted joven —dijo el príncipe—, pero veo que es usted muy serio para sus años. Tal vez dedica usted demasiado su atención a estudios de solemne naturaleza. Aunque, por otro lado, también es posible que esté siendo indiscreto al preguntarle por algún asunto que le resulte doloroso.

—Desde luego, no me faltan motivos para tenerme por el más desdichado de los hombres —dijo Silas—, nunca se ha abusado tanto de un inocente.

—No le pediré que me haga usted confidencias —replicó el príncipe Florizel—, pero tenga presente que una recomendación del coronel Geraldine es un salvoconducto infalible, y que no solo estoy dispuesto a ayudarle, sino que probablemente esté más en mi mano hacerlo que en la de otros muchos.

A Silas le encantó la amabilidad de aquel importante personaje, pero pronto volvieron a embargarlo sus lúgubres preocupaciones, pues ni siquiera la protección brindada por un príncipe a un republicano puede librar de sus inquietudes a un espíritu angustiado.

El tren llegó a Charing Cross, donde los oficiales de aduanas respetaron el equipaje del príncipe del modo habitual. Los esperaban unos elegantísimos carruajes que condujeron a Silas, con todos los demás, a la residencia del príncipe. Una vez allí, el coronel Geraldine fue a verle y le expresó su satisfacción por haberle sido de ayuda a un amigo del médico, a quien tenía mucho aprecio.

—Espero —añadió— que no se haya dañado su porcelana. Se dieron órdenes de que tratasen con especial cuidado los efectos personales del príncipe.

Después de dar órdenes a los sirvientes para que pusieran uno de los carruajes a disposición del joven caballero y cargasen el baúl en la parte trasera, le estrechó la mano y se excusó alegando sus múltiples ocupaciones en la casa del príncipe.

Silas rompió el sello del sobre que contenía las señas y le pidió al elegante lacayo que lo llevara a Box Court, esquina con el Strand. Por lo visto, el lugar no le era del todo desconocido a aquel hombre, pues dio la impresión de sorprenderse y le pidió que repitiera la dirección. Silas subió al lujoso vehículo con el corazón en un puño y esperó a que lo llevaran a su destino. La entrada a Box Court era demasiado estrecha para que pasara un carruaje, pues era un mero pasaje peatonal rodeado por una verja con un bolardo a cada lado. En uno de aquellos bolardos había sentado un hombre que se puso en pie enseguida e intercambió un gesto amistoso con el cochero, entretanto el lacayo abrió la puerta y le preguntó a Silas si quería que bajaran el baúl y a qué número debían llevarlo.

—Al número tres, si tiene usted la bondad —dijo Silas.

Al lacayo y al hombre que habían encontrado sentado en el bolardo, incluso con la ayuda del propio Silas, les costó mucho esfuerzo cargar con el baúl; y antes de que pudieran dejarlo en la puerta de la casa en cuestión, al joven americano le horrorizó ver a una veintena de curiosos que se distraían observándolos. Sin embargo, llamó a la puerta con tan buena cara como pudo y entregó el sobre al hombre que le abrió.

—Ahora no está en casa —dijo—, pero si deja usted la carta y vuelve mañana a primera hora, le diré si puede recibirle y cuándo. ¿Quiere usted dejar el baúl? —añadió.

—Desde luego —gritó Silas, y enseguida se arrepintió de su precipitación y afirmó con idéntico énfasis que se llevaría el baúl consigo al hotel.

Los curiosos se tomaron a guasa su indecisión y le siguieron entre pullas hasta el carruaje; Silas lleno de vergüenza y temor, les imploró a los sirvientes que lo llevaran a alguna casa de huéspedes cómoda y silenciosa que quedara cerca de allí.

El carruaje del príncipe dejó a Silas en el hotel Craven en la calle del mismo nombre y partió de inmediato, dejándolo solo con los criados de la pensión. La única habitación vacía, al parecer, era un cuchitril en el cuarto piso que daba a la parte de atrás. Un par de robustos mozos de cuerda subieron el baúl con muchas quejas y dificultades hasta aquel agujero de eremita. No hace falta decir que Silas los siguió de cerca durante el ascenso y que el corazón parecía salírsele del pecho en cada rellano. Un paso en falso, pensaba, y el cajón podía caer por la barandilla y aterrizar hecho pedazos en el vestíbulo con su fatídico contenido.

Una vez en la habitación, se sentó en el borde de la cama para recuperarse del sufrimiento que acababa de pasar, pero apenas lo había hecho cuando volvió a reparar en el peligro que corría, al ver los manejos de los criados, que se habían arrodillado junto al baúl para desatar los complicados nudos.

—¡Déjenlo así! —gritó Silas—. No necesitaré sacar nada mientras me aloje aquí.

—Pues ya podía haberlo dejado en el vestíbulo —gruñó el hombre—, es tan grande y pesado como una casa. No sé qué puede llevar usted ahí dentro. Si es dinero, es usted mucho más rico que yo.

—¿Dinero? —repitió Silas, muy asustado de pronto—. ¿Qué quiere decir con eso? No tengo dinero, así que deje de decir tonterías.

—De acuerdo, jefe —respondió el mozo de cuerda con un guiño—. Nadie tocará el dinero de su señoría. Soy una tumba —añadió—, pero es una caja muy pesada, y no me importaría beber algo a la salud de su señoría.

Silas le obligó a aceptar dos napoleones, se disculpó por tener que pagarle con dinero extranjero y le rogó que tuviera en cuenta que acababa de llegar. Y el hombre gruñó aún más, echó una mirada desdeñosa al dinero que tenía en la mano y al baúl y viceversa y consintió por fin en retirarse.

El cadáver llevaba ya casi dos días en el baúl de Silas y, en cuanto lo dejaron solo, el desdichado americano se puso a husmear todas las rendijas con mucha atención. Pero el tiempo era frío, y el baúl todavía era capaz de contener, sin revelarlo, su asombroso secreto.

Se sentó en una silla que había al lado y se tapó la cara con las manos sumido en las más profundas reflexiones. Si no se libraba pronto de aquello, no había duda de que acabarían por descubrirlo. Solo, en una ciudad extranjera, sin cómplices ni amigos: si la carta de recomendación del médico no surtía efecto, estaba irremediablemente perdido. Pensó patéticamente en los ambiciosos planes que había trazado para el futuro: ahora ya no se convertiría en el héroe y portavoz de su ciudad natal de Bangor, Maine; no iría, tal como había anticipado, de cargo en cargo y de homenaje en homenaje; podía ir olvidando toda esperanza de llegar a ser presidente de Estados Unidos y dejar como recuerdo una estatua, del peor estilo artístico, como adorno del Capitolio en Washington. ¡Ahí estaba, encadenado a un inglés muerto y hecho un ovillo dentro de un baúl, y obligado a deshacerse de él o a desaparecer para siempre de los anales de la gloria nacional!

No osaré reproducir aquí las palabras que dedicó el joven al médico, al hombre asesinado, a madame Zéphyrine, a los mozos de cuerda del hotel, a los sirvientes del príncipe y, en suma, a todos quienes habían estado remotamente relacionados con aquella horrible desdicha.

Hacia las siete de la tarde, bajó discretamente a cenar, pero el amarillento salón le horrorizó: le dio la impresión de que los demás comensales le miraban con suspicacia y no podía quitarse de la cabeza el baúl de arriba. Cuando el camarero se acercó para ofrecerle un poco de queso, sus nervios estaban ya tan de punta que se levantó de un salto de la silla y derramó casi media pinta de cerveza sobre el mantel.

Al terminar la cena, el camarero se ofreció a indicarle dónde estaba el salón de fumadores, y aunque habría preferido volver de inmediato con su peligroso tesoro, no tuvo valor para negarse y dejó que lo llevaran escaleras abajo al lúgubre sótano iluminado con luz de gas que era, y probablemente siga siendo, el fumadero del hotel Craven.

*FIN*


“Story of the Physician and the Saratoga Trunk”,
London, 1878


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