Casa digital del escritor Luis López Nieves


Recibe gratis un cuento clásico semanal por correo electrónico

La aventura de los coches de punto

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

El teniente Brackenbury Rich había dado muestras de su muy grande valor en una de las muchas batallas libradas en las montañas de la India. Incluso capturó en una ocasión a un jefe enemigo, con sus propias manos; así, cuando regresó a Inglaterra, reconocido ya como un héroe, a consecuencia de una grave herida de sable que sufriera, y enfermo además de fiebres, la sociedad se aprestaba a reconocerle de acuerdo con su ya bien labrada fama de héroe.

El teniente, sin embargo, se distinguía sobre todo por su modestia, y aunque no pueda negarse que llevaba en la sangre el veneno de la aventura, despreciaba la adulación y a los aduladores… Así que, para que se pasara aquella euforia, decidió hacer una escala en Argel, en uno de cuyos balnearios se repuso durante un tiempo, y arribó al fin a Inglaterra cuando se agotaba ya el eco de sus hazañas. Se presentó en Londres de manera tan inadvertida como siempre lo había querido; no tenía padres, sus únicos parientes vivían lejos de la ciudad, así que, como si fuera un extranjero, se instaló en la capital del país por el que tan valientemente había derramado su sangre.

Al día siguiente de su llegada cenó solo en un club militar, tras recibir el afecto de varios compañeros de armas que le felicitaron efusivamente; todos ellos tenían compromisos previos, y el teniente, por suerte para él, no tardó en verse libre de aquel leve asedio. Iba vestido de etiqueta, como para acudir a una representación teatral. Desconocía las costumbres de la gran ciudad; había pasado de una escuela provinciana a la Academia militar, y de ahí directamente al Oriente, para servir al Imperio; creía, sin embargo, que se abrían ante él mil y una aventuras de lo más placenteras, así que, después de cenar, adelantando marcialmente su bastón a cada paso, echó a caminar hacia el oeste de la ciudad. Ya había oscurecido, la temperatura aún era grata aunque amenazaba lluvia… Los muchos rostros club con los que se cruzaba, a la luz de las farolas, dispararon su imaginación; creyó, así, que podría caminar por doquier bajo una atmósfera tan fabulosamente destinada a mostrarle los tesoros más ocultos de la ciudad, ser uno más de los cuatro millones de almas privilegiadas que alberga Londres. Al pasar ante una casa, la contemplaba maravillado pensando en lo que podría acontecer en su interior; al cruzarse con alguien, lo miraba a los ojos con un interés inusitado, el mismo que pondría en sus miradas un criminal o el hombre más generoso. «Se habla mucho de la guerra —se decía— y sin embargo es aquí donde está el auténtico campo de batalla de la humanidad». Un poco más adelante, sin embargo, se extrañó de que a pesar de llevar ya un buen rato paseando aún no le hubiera salido al paso una sombra, siquiera, de aventura… «Bueno, todo se andará, cada cosa a su debido tiempo —se dijo—; aún no soy más que un extraño en esta ciudad, pero no tardará mucho en arrastrarme su formidable corriente de almas».

Era ya muy de noche cuando, de repente, comenzó a caer un chaparrón de agua helada; se refugió el teniente bajo unos árboles y desde allí vio un coche de punto en el que el cochero, desde el pescante, le hacía señas para que se acercara y lo tomase porque estaba libre. Tanta y tan bendita coincidencia hizo que el teniente Brackenbury levantara su bastón, pidiéndole efectivamente el servicio al cochero, y poco después se acomodaba en lo que creyó era uno de los típicos simones londinenses de alquiler.

—El señor dirá…

—Lléveme a donde usted quiera —dijo Brackenbury.

Apenas un segundo después iba el coche bajo la lluvia, entre hileras de casas, todas semejantes, todas con su jardín a la entrada, hermosas bajo la lluvia y la luz de las farolas. Eran tan iguales las casas que había aquí y allá, en una calle o en otra, en esta plazuela o en aquella plaza, que no tardó mucho en despistarse el teniente Brackenbury.

Suspicaz, creyó por un momento que el cochero daba vueltas y más vueltas por una misma zona, pero al observar la velocidad a que iba el coche supo que no ocurría tal circunstancia. Aquel hombre conducía el coche a un lugar concreto, hacía trotar a su caballo con auténtica seguridad. El teniente no podía por menos que elogiar la destreza de aquel cochero al llevar su coche entre semejante laberinto de calles; no obstante, le era difícil imaginar siquiera el porqué de aquella prisa, lo que comenzó a preocuparle… No en vano había oído referir alguna historia acerca de las desgracias ocurridas en Londres a los forasteros… ¿Y si el cochero formaba parte de una banda de criminales? ¿Y si lo llevara a cualquier arrabal para ser asesinado?

El coche giró en una esquina, mientras pensaba aquello el teniente, y se detuvo un poco más allá, ante la entrada con jardín de una casa, en una calle amplia. Había mucha luz en la casa, de la que partía entonces otro coche de punto que acababa de dejar allí a un caballero, al que vio Brackenbury ser recibido por varios criados en los peldaños de la entrada. Creyó que el cochero, por equivocación, se había detenido ante una casa en la que era evidente que se daba una recepción y siguió fumando su cigarro con calma, suponiendo que el cochero partiría de inmediato… Pero no; abrió por el contrario la portezuela.

—Ya hemos llegado, señor —dijo el cochero.

—¿Que ya hemos llegado? —se extrañó el teniente—. ¿Dónde estamos?

—Usted me dijo que lo llevara a donde quisiera —dijo el cochero soltando una risita—. Pues bien, aquí estamos…

La voz del cochero pareció al teniente, además de segura, excesivamente cortés en un hombre de su condición; reparó entonces en la prisa que parecía haberse dado, y en algo que hasta entonces no había tenido en cuenta: se trataba de un coche muy lujoso para ser de punto…

—Tenga la bondad de explicarse, se lo ruego —pidió el teniente al cochero—. ¿Le parece oportuno que me baje y me cale, con lo que está lloviendo? Mire, lo siento mucho, pero creo que soy yo quien decide qué hacer…

—Naturalmente, señor —dijo el cochero—. Pero permita que se lo explique todo, pues sé qué decidirá hacer usted en cuanto me haya escuchado… En esa casa, como ve, se está celebrando una reunión de varios caballeros; la verdad es que no sé bien si quien da esta recepción es un forastero en Londres o un hombre algo excéntrico, se lo aseguro… El caso es que yo cobro por traer aquí a hombres que tengan todo el aspecto de un caballero auténtico y que además vaguen por ahí solos y vestidos de etiqueta, como usted; me piden, sobre todo, que traiga caballeros con pinta de ser militares… Entre usted, preséntese y diga que viene de parte de Mr. Morris, nada más…

—¿Es usted Mr. Morris? —preguntó el teniente Brackenbury.

—No, señor —dijo el cochero—. Mr. Morris es el dueño de la casa.

—La verdad es que me parece una manera un tanto extraña de reunir a unos cuantos caballeros —dijo el teniente—, pero bueno, admitamos que un excéntrico tiene derecho a ciertos caprichos que a nadie ofenden… Pero ¿y si no acepto la invitación de ese tal Mr. Morris?

—Pues no tendré más remedio que llevarle al mismo lugar donde le recogí, esas son mis órdenes —respondió el cochero—. Después seguiré buscando otros caballeros que respondan a las características antes dichas, hasta la medianoche… Al parecer Mr. Morris no quiere más que caballeros con auténtico espíritu de aventura…

Aquello decidió al teniente a dar un paso adelante. «Al fin y al cabo —pensaba mientras bajaba del coche— no he tenido que esperar en exceso para encontrar una aventura en la que emplearme».

No había hecho sino pisar la acera y ya partía el coche por donde viniera… El teniente Brackenbury llamó al cochero con un grito, con la intención de darle al menos una propina, pero en vano; alguien, sin embargo, oyó desde la casa aquel grito y al momento se abrió la puerta dejando salir un chorro de luz que cayó sobre el jardín. Un criado acudió presto al encuentro con el teniente para protegerle de la lluvia con su paraguas.

—No se preocupe, que el servicio del coche ya está pagado —le dijo con mucha educación el criado, tapándole con el paraguas hasta la puerta.

Nada más entrar acudieron a él varios sirvientes más para hacerse cargo de su abrigo, de su sombrero y de su bastón, dándole una placa con un número; después lo invitaron a subir por la escalera que conducía a la planta superior, a cuyos lados había plantas tropicales; un mayordomo de aspecto imponente, arriba, le preguntó su nombre y luego lo anunció con gran solemnidad: «El teniente Mr. Brackenbury Rich».

Un joven caballero, alto y de porte distinguido, se acercó a darle la bienvenida en términos muy cordiales y respetuosos. Cientos de velas perfumadas daban luz al salón, en el que había también, al igual que en la escalera de subida, plantas tropicales bellísimas y raras; y a un lado, una mesa con viandas exquisitas y tentadoras; además, varios criados iban de un lado a otro con bandejas de frutas y otras repletas de copas de champán. En total había unos quince invitados a la recepción, hombres todos ellos, de aspecto distinguido y en la flor de la edad. Divididos en dos grupos, unos se afanaban alrededor de una ruleta y otros en torno a una mesa en la que se jugaba al bacarrá… «Bueno, bueno —se dijo el teniente—, ya comprendo; esto es una casa de juego y el cochero se encarga de buscar a los clientes».

Tomó buena nota de todo cuanto allí acontecía y el anfitrión le salió al paso para darle personalmente la bienvenida; le sorprendió la natural elegancia de las maneras de Mr. Morris, su aspecto noble; su amabilidad y la resolución de carácter de que hacía gala, su franca cordialidad, no le parecían al teniente lo propio en el dueño de un garito; al contrario, su tono y su conversación le parecieron de un hombre de rango superior. El teniente Brackenbury sintió una súbita simpatía por aquel caballero, y aunque se reprochaba su debilidad muy en su fuero interno, no pudo sino aceptar que se sentía gratamente acompañado por Mr. Morris.

—He oído hablar mucho de usted, teniente Rich —le dijo Mr. Morris en voz baja, en tono confidencial—; no sabe cuánto me alegra tenerle aquí… Su porte no desmerece en nada de su fama, caballero, que ya le precedía antes de que arribara usted desde la India… Le ruego se olvide de la forma acaso extraña en que ha llegado usted a mi casa y sepa que es para mí un auténtico honor tenerle como invitado… No sabe cómo le admiro por haber acabado con todos esos bárbaros —añadió soltando una carcajada—, y supongo que para un hombre como usted las ceremonias y las recepciones formales son poca cosa…

Mr. Morris llevó al teniente a la mesa, para que se sirviera algunas de las viandas que allí había. «Es uno de los caballeros de trato más agradable que he conocido jamás —se decía el teniente—; seguro que no hay otro lugar mejor que esta casa en todo Londres, para pasar una velada agradable».

Bebió una copa de un champán excelente, y como varios de los allí presentes fumaban magníficos cigarros, prendió uno de los suyos, de muy buena manufactura filipina, y se acercó a la ruleta para hacer alguna apuesta; pero no pudo por menos que ser testigo, y sonriente siempre, eso sí, de la fortuna de otros jugadores… Sin de los suicidas embargo, observó al poco que todos los allí presentes eran estudiados con detenimiento; Mr. Morris iba de un caballero a otro, muy en su papel de anfitrión, pero ni uno solo de los hombres que allí había quedaba lejos del alcance de sus miradas escrutadoras; observaba de manera penetrante el comportamiento de los que perdían mucho dinero en el juego, parecía tomar nota del total de las apuestas, y todo eso sin dejar de conversar con uno u otro; daba la impresión de que no se le iba el menor detalle. Eso, empero, llegó a molestar a Mr. Brackenbury, que comenzó a preguntarse si no se trataría aquello de una casa ilegal de juegos. Procedió entonces a seguir con cierta discreción los movimientos de Mr. Morris, que no borraba de sus labios la sonrisa, y le pareció advertir en él, sin embargo, algo tenso y fingido en su gesto, como si llevara una máscara; era la suya, en suma, una sonrisa a través de la cual se veía mucha preocupación. El teniente perdió de inmediato todo interés en el juego y en las risas y conversaciones de los otros, y se concentró en el seguimiento de cuanto hacía Mr. Morris. «Vaya, vaya —se dijo—. Mr. Morris no malgasta su tiempo, no… Todo esto habrá de tener un objeto, claro, y a partir de ahora el mío no será otro sino descubrir de cuál se trata el suyo». Así, observó el teniente Brackenbury que de cuando en cuando el anfitrión apartaba a uno de los jugadores, se lo llevaba a una sala contigua, y al rato volvía a hacer acto de presencia en el salón, sin que del otro se volviera a tener noticia… Aquello, por repetirse con alguna frecuencia, no pudo por menos que inquietar y asombrar a un tiempo al teniente, que decidió investigar aquel misterio… Así, salió disimuladamente a la antesala, se escondió tras unos gruesos cortinones verdes que cubrían el ventanal, y apenas llevaba allí agazapado unos pocos minutos cuando oyó pasos y una conversación que poco a poco se aproximaban desde el salón de juegos. Vio entre los cortinones a Mr. Morris, acompañado de un caballero grueso y muy rojo, como congestionado, con aspecto de viajante de comercio al que las cosas le iban bien; ya había reparado en él antes el teniente, por ser el más vulgar de todos los que allí se daban cita, por ser el que reía con carcajadas más destempladas; como ambos se pararon muy cerca de donde estaba escondido, pudo oírles hablar con claridad absoluta.

—Perdóneme si le parezco brusco —le decía Mr. Morris con muy buenos modales—, pero ha de tener usted en cuenta que en una ciudad tan grande como Londres suceden a menudo equivocaciones accidentales, que es nuestro deber prevenir en la medida de nuestras posibilidades… Mucho me temo que se ha equivocado usted al honrar mi casa con su visita, caballero; debo confesarle que no recuerdo su nombre, pero permita que le haga una pregunta, reiterándole de nuevo mis disculpas por ser tan franco. Se lo diré sin más rodeos: ¿En casa de quién cree usted que está?

—En la casa de Mr. Morris —dijo el otro cargado de razones, aunque demostrando confusión.

—Bien, pero ¿en casa de Mr. John Morris, o en casa de Mr. James Morris? —le preguntó el otro.

—Pues… ¡no lo sé! —exclamó el jugador, anonadado—. La verdad es que no conozco personalmente a ningún Mr. Morris, y a usted tampoco le conocía, hasta hoy…

—Comprendo —dijo secamente Mr. Morris—. Se lo digo porque en esta calle vive otro hombre que responde al mismo apellido, y supongo que cualquier policía podrá llevarle hasta su casa, si le pregunta dónde vive… En lo que a mí respecta, le confieso que me alegra su error, pues gracias a eso he podido gozar del placer de su compañía durante un buen rato… Ahora, permítame expresarle mi esperanza de volver a vernos en otra ocasión, pero no quiero retenerle por más tiempo en mi casa, mucho menos ahora que sé que le espera otro amigo… ¡John! —llamó Mr. Morris a uno de los criados—. Haga el favor de traer el abrigo de este caballero.

Siempre con gran educación, Mr. Morris acompañó hasta la antesala a aquel hombre y pidió al mayordomo que lo llevase a la puerta de salida. Cuando volvía al salón, el teniente oyó cómo suspiraba al pasar frente a los cortinones tras los que se escondía; Mr. Brackenbury volvió a decirse que aquel hombre se veía abrumado por algo, que era preso de una gran ansiedad, que aquella reunión le alteraba los nervios.

Al menos durante una hora más siguieron llegando coches de punto a la casa, tan de seguido que Mr. Morris no hacía sino despedir a un huésped y le llegaba otro invitado, de manera que permanecía inalterable el número de caballeros reunidos. Después fueron espaciándose las llegadas y un poco más tarde se acabaron; el proceso de expulsión que seguía Mr. Morris, sin embargo, continuaba; cuando en el salón apenas quedaban unos pocos caballeros, se interrumpió la partida de bacarrá, lo que hizo que algún invitado decidiera irse por sí mismo. Mr. Morris seguía prodigando sus atenciones a los pocos que quedaban; atendía a cada cual con una simpatía evidente y siempre tenía en los labios la palabra oportuna, la risa más conveniente; más que un anfitrión parecía la dueña de una casa, pues había en sus maneras algo de coquetería femenina, algo de ese encanto propio de las mujeres, razón, sin duda, de que cautivara el corazón de todos los que trataban con él.

Casi no quedaban invitados cuando el teniente salió del salón, para tomar un poco de aire fresco aprovechando que había cesado la lluvia; mas, apenas había llegado a la antesala, cuando se detuvo en seco y observó que habían desaparecido las plantas que adornaban antes la escalera; bajó y vio entonces, frente a la casa, que tres grandes furgones de los que se dedican a hacer mudanzas recibían aquello que los criados se afanaban en sacar de la casa; algún criado que ya había concluido su tarea se ponía el abrigo y se largaba; aquello semejaba el final de un baile pueblerino, cuando se recogen las cosas alquiladas para la fiesta. El teniente Brackenbury no podía por menos, naturalmente, que sentirse intrigado, aun en mayor medida que antes… Primero había visto cómo Mr. Morris despedía a sus invitados, que en realidad no eran tales; después, que se iban los criados… Dio en pensar que en realidad no eran criados… «Todo esto parece una farsa —se dijo—; esto es como lo de esos hongos que brotan de noche y se esfuman con el sol». Aprovechó una ocasión propicia y subió rápidamente a la última planta de la casa; como lo imaginaba, estaba vacía, no había un solo mueble, ni un cuadro en las paredes de las habitaciones. Era más que claro que, aunque la casa tuviera las paredes perfectamente pintadas en unas habitaciones, y ricamente empapeladas en otras, allí no vivía un alma. Quizás nadie la hubiera ocupado antes… Al joven oficial le parecía imposible, ahora, que apenas un poco antes hubiera allí tanta animación, lujo y diversión… Se dijo que aquella representación tenía que costar por fuerza una fortuna… Pero ¿quién demonios era Mr. Morris? ¿Por qué aquella su representación de una sola noche en la zona más occidental de Londres? ¿Por qué esa elección tan extraña de sus invitados, un poco al azar, o muy al azar, y en mitad de la noche? Advirtió que había pasado demasiado tiempo, y bajó Brackenbury al salón de juegos. Apenas quedaban ya cinco personas, contando a Mr. Morris y él mismo. Mr. Morris, que se había sentado, se levantó con una sonrisa cuando lo vio entrar.

—Señores —dijo entonces con su tono más solemne—, creo que ya es hora de que les cuente por qué les he apartado hoy de sus divertimentos habituales, confiando en que esta velada no les haya aburrido más de lo necesario. Mi intención, sin embargo, no era la de entretenerles a ustedes, sino recabar su ayuda en un momento de necesidad. Les tengo a todos por auténticos caballeros, su porte les hace justicia, señores, y su sola presencia supone para mí la mejor garantía. Lo digo ya sin ambages: solicito de ustedes la prestación de un servicio arriesgado, que me lleva a pedirles el máximo de discreción ante lo que puedan ver u oír. Comprendo que pueda parecerles cómico este asunto, pues se lo pide un completo desconocido, al que acaso tomen ustedes por un extravagante… Así pues, si alguno de ustedes cree haber escuchado ya bastante, o no tiene la mejor disposición de seguir, ni siente el menor atractivo por las propuestas arriesgadas ni los actos propios de un Quijote, aquí tiene mi mano para estrechar la suya deseándole buenas noches y un feliz regreso a su casa.

Respondió al punto un hombre alto, de cabello negro, algo cargado de espaldas:

—Caballero, agradezco su sinceridad —dijo—; yo, siguiendo su invitación, opto por marcharme; nada le reprocho, aunque no puedo negarle que su actitud y sus palabras me parecen, cuando menos, sospechosas… Bien, me marcho; quizás crea usted que no tengo derecho a decir lo que he dicho, en vez de irme sin más…

—No, por favor, nada de eso —respondió cordial Mr. Morris—; diga usted lo que le parezca que debe decir… Tampoco hay que exagerar la importancia de mis palabras…

—¿Y bien, caballeros? —siguió aquel hombre alto y cargado de hombros—. ¿Qué opinan ustedes? Es cierto que hemos pasado una velada muy agradable; ¿nos vamos todos, o se queda alguien? Si nos vamos, cosa que sugiero, creo que en breve, cuando salga el sol y se sepan libres e inocentes, me agradecerán habérselo propuesto…

Dijo aquello con enorme convicción y gran energía; su rostro, pleno de seguridad y muy grave de expresión, parecía el de un iluminado. Otro hombre de los que allí estaban se puso de inmediato en pie, y no sin demostrar cierto miedo en sus ojos, se aprestó a irse cuanto antes. Solo dos caballeros siguieron sin moverse de sus asientos: el teniente Brackenbury Rich y un viejo mayor de caballería que tenía la nariz muy colorada, de bebedor… Parecieron indiferentes al discurso del hombre alto y moreno; cambiaron una mirada cómplice mientras aquel hablaba, como diciéndose que lo que sugería nada tenía que ver con ellos. Mr. Morris acompañó a la puerta de salida a los desertores, cerró cuando se fueron y volvió, aparentemente aliviado, junto a los dos oficiales.

—Señores —les dijo—, he procedido a elegir a mis hombres como Josué lo hace en la Biblia; estoy seguro de que son ustedes los mejores que podría hallar en todo Londres; su porte llamó la atención de mis cocheros, y también la mía, se lo aseguro… He podido observar su desenvoltura y dignidad entre desconocidos; les he visto jugar y perder con enorme compostura y sin aspavientos… Y además de someterles a la prueba de mis palabras, que admito desconcertantes, ustedes han manifestado la misma corrección y tranquilidad que si les invitara a una cena… Creo, pues, haber elegido bien; no en vano he sido durante años el discípulo y a la vez hombre de confianza del caballero más prudente y al tiempo corajudo de entre todos los grandes potentados de Europa.

—En la batalla de Bunderchang pedí doce voluntarios —comenzó a decir el mayor— y se presentaron todos mis hombres… Pero también es verdad que los jugadores de ruleta no son soldados en el frente de batalla… Creo, pues, que se dará usted por satisfecho de contar con dos hombres, pues seguro que no defraudaremos sus expectativas; no somos de los que dan la espalda a la primera dificultad… Por lo demás, esos que salieron huyendo despavoridos, ¡bah!, no son sino pobres diablos; he visto a miles como ellos a lo largo de mi vida… De usted, teniente Rich —dijo dirigiéndose entonces a Mr. Brackenbury—, he oído hablar mucho y bien en los últimos meses… Seguro que también ha oído hablar de mí… Permita que me presente, soy el mayor O’Rooke.

El viejo militar tendió su mano temblorosa, y también roja, al joven teniente.

—¿Y quién no ha oído hablar de usted, mayor? —dijo Mr. Brackenbury.

—Bien, en cuanto acabemos este asunto que nos une —terció entonces Mr. Morris—, sin duda me agradecerán la oportunidad que les he dado de conocerse, una gran recompensa para ambos.

—Bueno, díganos ahora de qué se trata —le pidió el mayor O’Rooke—. ¿Quizás de un duelo?

—Podríamos llamarlo así —dijo Mr. Morris—. Un duelo, sí, con enemigos desconocidos, pero no por ello menos desleales y peligrosos… Un duelo, cabe añadir, a muerte… Pero, por favor, no sigan llamándome Mr. Morris, sino Mr. Hammersmith, y no me hagan preguntas ni quieran investigar acerca de mi verdadera identidad, ni sobre la de la persona a la que tendré el enorme placer de presentarles en breve… Hace tres días esa persona tuvo que desaparecer de su residencia, por atender a un asunto de justicia privada, digámoslo así; hasta hoy mismo, por la mañana, no he sabido lo que ocurría. Comprendan que, por estar bajo un juramento que aceptó acaso con excesiva ligereza, se ve obligado a borrar de la faz de la tierra a un villano cruel, pero sin acudir a la ley ni a sus servidores. Han muerto dos notables caballeros en ese empeño… Uno de ellos era mi propio hermano. O mucho me equivoco, o mi buen amigo corre un peligro semejante… Pero de momento, al menos, no ha perdido la vida en el empeño, como lo demuestra esta misiva.

Mr. Morris, o el coronel Geraldine, para ser más exactos, procedió a leer una carta que decía:

 

«Mayor Hammersmith, el miércoles a las tres de la madrugada, un hombre de mi absoluta confianza le hará pasar por la pequeña puerta de los jardines de la Casa de Rochester, en Regent’s Park. Por favor, le pido que no se retrase ni un segundo. Traiga mis espadas y un par de caballeros nobles y prudentes, si da con ellos, que no me conozcan. No diga a nadie mi verdadero nombre.

 

T. Godall».

 

—Mi amigo es hombre de buen juicio —siguió el coronel Geraldine, una vez satisfecha en parte la curiosidad de los otros—, y aunque solo fuera por eso, aunque no tuviera ni más méritos ni títulos, habría que seguir siempre sus instrucciones. No es necesario que les diga que yo tampoco sé de qué se trata este asunto en sus últimas consecuencias, pues aún no he acudido a la casa de Rochester para entrevistarme con mi buen amigo… Me limité a dirigirme a una empresa de alquiler y en pocas horas quedó dispuesta esta casa, según lo requerido, siguiendo las órdenes recibidas para que la preparase convenientemente, tal y como ustedes la han conocido, para una recepción. Les confieso que estoy satisfecho del resultado, toda vez que esto me ha permitido, además, conocerles a ustedes, mayor O’Rooke y teniente Brackenbury Rich… Quizás los más sorprendidos sean los sirvientes, ya que mañana esta casa saldrá a la venta… Pero, bueno; convengamos en que hasta las aventuras más serias y arriesgadas tienen un lado cómico…

—Y esperemos que un final feliz —apostilló el teniente.

El coronel Geraldine consultó entonces su reloj.

—Van a ser las dos de la madrugada, así que disponemos de una hora, además de un buen coche a la puerta… Díganme si puedo contar con ustedes definitivamente…

—En mi ya larga vida —comenzó a decir el mayor O’Rooke— jamás he faltado a la palabra dada; ni siquiera me he puesto a salvo de una apuesta haciendo otra…

El teniente Brackenbury, por su parte, reiteró su buena disposición en términos caballerosos; después de beber un par de vasos de vino, el coronel Geraldine entregó a cada uno de los militares un revólver cargado y subieron los tres al coche.

La casa de Rochester era una residencia imponente, junto al canal, aislada del resto del vecindario por sus grandes y frondosos jardines. Era como el parc aux cerfs de un noble o de un hombre muy rico. Desde la calle se podía observar que todo allí estaba a oscuras, que la mansión parecía desierta, como si su dueño llevara muchos meses ausente. Una vez despedido el coche, se dirigieron los tres a una discreta puerta de entrada, al final de un callejón, entre dos muros del jardín; faltaban unos minutos para la hora señalada y llovía de nuevo con mucha fuerza, por lo que los aventureros buscaron refugio bajo una hiedra frondosa, mientras hablaban en voz muy baja de la prueba que habrían de afrontar. El coronel Geraldine, de pronto, alzó la mano para pedir silencio. Entre el fragor de la lluvia pudieron oír así unos pasos y voces de hombres al otro lado del muro; voces en las que, según se acercaban a su altura, el teniente Brackenbury pudo distinguir lo que decían, pues poseía un oído muy agudo.

—¿Ya está lista la tumba? —decía una de las voces.

—Sí, detrás de los laureles —decía otra voz—. Después pondremos encima leños y estacas.

El primero se echó a reír con unas carcajadas siniestras.

—Dentro de una hora —dijo.

Por el sonido de los pasos supieron que aquellos dos hombres se habían separado en dirección opuesta.

Se abrió entonces la pequeña puerta y asomó por ella una cara muy pálida que les hizo una seña para que entraran. Lo hicieron en perfecto silencio y la puerta volvió a cerrarse; los tres siguieron a aquel hombre por los senderos de los grandes jardines hasta llegar a otra puerta. Entraron, cruzaron una gran cocina, en la que solo una vela daba luz y en la que no se veía mueble alguno, subieron después por una escalera de caracol, y un tropel de ratas asustadas hizo comprender a los dos militares que estaban en verdad en una mansión abandonada.

El hombre que les había franqueado la entrada iba delante de ellos con una vela en la mano. Era un hombre muy viejo y flaco, encorvado pero ágil de pasos, que a cada poco se volvía para pedirles que tuvieran cuidado, pero sin hablar. El coronel Geraldine iba justo detrás de él, con las espadas bajo un brazo y la pistola en la mano libre. Al teniente Brackenbury el corazón le palpitaba con fuerza y alarma; sabía que habían llegado justo a tiempo y que, por la prisa que se daba en caminar el viejo cargado de hombros, en breve comenzaría la acción; aquello era tan tenebroso, en el fondo, tal amenaza se palpaba en el ambiente, el lugar semejaba el idóneo para los más funestos lances, que se le hubiera perdonado la turbación incluso a un hombre de más edad y experiencia que el teniente Brackenbury, quien cerraba la marcha mientras subían por aquella escalera.

Nada más llegar al final, el viejo que les servía de guía abrió una puerta y les hizo entrar en una habitación pequeña, en la que una chimenea de fuego pobre y una lámpara humeante de carburo daban luz. Junto a la chimenea había un hombre en los primeros años de su madurez, distinguido de aspecto a pesar de estar algo grueso. Fumaba tranquilamente un cigarro y tenía en la mesa una copa de la que emanaba un aroma muy agradable.

—Bienvenido —dijo estrechando la mano del coronel Geraldine—, ya sabía que es usted un hombre puntual.

—Cuenta usted, además, con mi mayor devoción —le respondió el coronel con una reverencia.

—Por favor, presénteme a los caballeros que lo acompañan —le dijo aquel hombre, y cuando el coronel atendió su petición, añadió—: Señores, me gustaría poder ofrecerles algo más grato y divertido, pues no me parece muy fino empezar una amistad con este asunto tan serio, pero la fuerza de los acontecimientos no obliga a otra cosa, por encima incluso de la cortesía más obvia… Espero que sepan perdonarme por esta ingrata noche, mas confío también en que unos caballeros con su bien templado carácter comprenderán cuán agradecido les estoy por el gran servicio que me brindan.

—Su Alteza —dijo el mayor—, perdone mi franqueza, pero soy un hombre incapaz del menor disimulo… Desde hace un buen rato sospecho del mayor Hammersmith, pero con Mr. Godall no hay confusión posible… Sería imposible hallar en todo Londres a dos personas, no más, que no hayan oído hablar del príncipe Florizel de Bohemia.

—¡El príncipe Florizel de Bohemia! —exclamó el teniente, admirado, clavando sus ojos en aquella figura en penumbra que tenía ante sí.

—No lamento que mi personalidad haya dejado de ser una incógnita —dijo entonces el príncipe—, pues así puedo agradecerles lo que hacen más vivamente. Además, estoy seguro de que hubieran hecho lo mismo por Mr. Godall, pero quizás en mi condición de príncipe pueda hacer más por ustedes… En definitiva, yo soy quien sale ganando —dijo con gran deferencia hacia ambos.

Poco después el príncipe y los dos oficiales del ejército hablaban acerca de la situación militar en la India y de la instrucción de las tropas en general. Demostró el príncipe a sus interlocutores que también en cuestiones militares era un hombre perfectamente informado, por lo muy ponderadas que eran sus opiniones. Aquellas maneras del príncipe, su actitud de suma elegancia en un momento quizás de peligro mortal, despertaron la admiración más profunda y el respeto del joven teniente Brackenbury; tan sensible era, pues, a sus modales como al buen juicio de que hacía gala en la conversación, pues la sola presencia del príncipe ennoblecía a quienes tenía delante. Brackenbury, en su entusiasmo, llegó a proclamar entonces su felicidad por hallarse ante un soberano auténtico, ante un hombre por el que podría entregarse la vida gustosamente.

Habían pasado unos minutos, cuando aquel viejo encorvado que les condujera hasta el príncipe, y que hasta ese instante había permanecido sentado discretamente en un rincón, se puso en pie, reloj en mano, y se dirigió al príncipe para decirle algo al oído.

—De acuerdo, doctor Noel —dijo el príncipe, y siguió dirigiéndose a los demás—: Perdonen si les dejo en la oscuridad, pero ha llegado el momento…

El doctor Noel apagó la lámpara; una luz mortecina, que avisaba de la próxima irrupción del amanecer, empezaba a percibirse en los cristales de la ventana, tenuemente; cuando el príncipe se levantó del asiento que ocupaba no pudieron ni el teniente ni el mayor distinguir sus facciones ni la emoción que se dibujaba en su rostro… El príncipe, en actitud de alerta, se acercó sigilosamente hasta la puerta.

—Les ruego encarecidamente que observen el más completo silencio —dijo— y que se oculten en lo más oscuro de esta habitación.

Los tres militares y el médico obedecieron al instante; en los siguientes diez minutos no se dejó sentir en la casa de Rochester más que las carreras de las ratas que la habitaban. Después, una puerta chirrió al abrirse, rompiendo el tremendo silencio; al instante oyeron pasos que subían por la escalera de la cocina; quien fuera, parecía detenerse a cada poco, como si se parase para escuchar, llenando con ello de inquietud y ansiedad a quienes esperaban arriba, en la habitación a oscuras. El doctor Noel, no obstante ser un hombre acostumbrado a las emociones fuertes, parecía tan afectado por la espera que inspiraba compasión; al respirar, sus pulmones emitían un leve silbido, le rechinaban los dientes, se oía el chasquido de sus articulaciones cada vez que cambiaba de postura… Una mano se posó al fin en la puerta y descorrió el cerrojo despacio, sin poder evitar el ruido; se hizo a continuación otra breve pausa; el teniente Brackenbury observó no sin dificultad que el príncipe se agazapaba, como presto a desarrollar un esfuerzo titánico. Se abrió la puerta, dejando pasar a la habitación un poco de la primera claridad del día; en la entrada apareció inmóvil un hombre de notable estatura que blandía en la mano un cuchillo. Tenía la boca abierta como un perro de presa a punto de lanzarse al ataque; en la dudosa luz de la madrugada se percibía, empero, el brillo de sus dientes. Todos pudieron observar que chorreaba agua en cantidad… Con pasos sigilosos atravesó el umbral. Se dejó sentir un salto, un grito ahogado, un breve forcejeo, jadeos… Antes de que el coronel Geraldine pudiera acudir en su ayuda, el príncipe Florizel tenía atrapado por los hombros a aquel hombre, al que había desarmado.

—Doctor Noel —dijo el príncipe—, haga el favor de encender la lámpara…

Puso el príncipe a aquel hombre a disposición del coronel Geraldine y del teniente Brackenbury y se situó de espaldas a la chimenea; en cuanto el médico encendió la lámpara de carburo los allí presentes pudieron observar cuán grande era la severidad que mostraba el rostro del príncipe; ya no era Florizel el magnánimo, el caballero despreocupado y jovial, sino el príncipe de Bohemia, colérico, animado por una intención mortal… Alzó imponente su cabeza para dirigirse al hombre al que había atrapado, que no era otro sino el presidente del Club de los suicidas.

—Presidente —comenzó a decir el príncipe—, acaba de caer usted en la trampa que me había tendido, y que será, se lo aseguro, la última que pueda idear… Veo también que ha atravesado el canal a nado, pues bien: habrá sido su último baño. Su viejo cómplice, el doctor Noel, no solo no me ha traicionado, como esperaba usted, sino que es hora mi aliado fiel; él también aspira a que se haga justicia. Esa tumba que hizo cavar esta tarde para mí será su tumba; póngase de rodillas y rece, si es que sabe hacerlo, pues le queda poco tiempo de vida y Dios está cansado de sus maldades.

El presidente del Club de los suicidas no decía palabra, ni hacía gesto alguno; estaba cabizbajo, mirando al suelo con furia, como si la mirada del príncipe le impidiera alzar la suya.

—Caballeros —prosiguió el príncipe, ahora menos grave—, aquí tienen al hombre que durante tanto tiempo logró escaparse de mis manos; ahora, gracias al doctor Noel, lo tengo al fin en mi poder. Hacer una relación completa de sus crímenes llevaría mucho más tiempo del que disponemos, pero estoy convencido de que si por el canal corriese la sangre de sus víctimas este miserable estaría tan empapado o más que ahora… Sin embargo, incluso con un hombre como él, quiero guardar las formas propias de una aventura honrosa… Ustedes serán los jueces; es cierto que procederemos, más que a un duelo, a la ejecución de un villano, por lo que ceder a esta canalla la elección de las armas sería extremar las cosas más allá de lo que se merece, y no puedo permitirme la muerte en este lance —siguió diciendo el príncipe mientras sacaba las espadas de sus vainas—. Una bala que da en un blanco por azar… Un cobarde al que ese mismo azar torna certero… En fin, he decidido, y espero que estén de acuerdo con ello, zanjar este asunto chocando las espadas.

El mayor O’Rooke y el teniente Brackenbury, a quien se había dirigido especialmente el príncipe, mostraron su aprobación. El príncipe dijo entonces al presidente del Club de los suicidas:

—Elija su espada y no se demore; estoy impaciente por acabar con usted de una vez por todas.

El presidente, por primera vez desde que fuera capturado, pareció cobrar vida y expresión; alzó la cabeza y dijo:

—¿Me propone un duelo? —dijo—. ¿Batirnos en duelo usted y yo?

—Aunque no lo crea, pienso concederle ese honor —le respondió el príncipe.

—¡Vaya! —exclamó el presidente—. Un duelo en buen terreno, ¿quién sabe lo que puede ocurrir? Su Alteza me parece muy generoso conmigo; si ocurriera lo peor para mí, bueno, al menos me habrá matado uno de los más notables caballeros de Europa…

Quedó libre el presidente del Club de los suicidas y al momento se dirigió a la mesa en la que estaban las espadas, para elegir una con mucha atención. Por su actitud parecía seguro de librar con bien la vida en el lance, cosa que alarmó a los militares, al punto de rogar estos al príncipe que no le concediera tal honor a un villano.

—Caballeros —les dijo el príncipe—, esto no es sino una farsa; pierdan cuidado, que acabaré con él en muy poco tiempo.

—No se confíe en exceso Su Alteza —terció el coronel Geraldine.

—Mr. Geraldine —dijo el príncipe—, ¿es que alguna vez no he satisfecho mis deudas de honor? Le debo a usted la muerte de este hombre y una vez más cumpliré mi palabra.

Al fin pareció hallar el presidente la espada con la mejor hoja; con un gesto en el que había una cierta nobleza demostró que estaba preparado para el combate; tan infame criminal parecía, sin embargo, viril y grácil ante la inminencia del peligro. El príncipe Florizel escogió su espada al azar.

—Coronel Geraldine, doctor Noel —dijo—, les ruego que esperen donde están el final del lance. No quiero que ninguno de mis amigos participe en esto. Usted, mayor O’Rooke, es hombre de edad y de prestigio reconocido, por lo que le pido me permita encomendar al presidente a sus buenos oficios. Usted, teniente Rich, encárguese de mí, por favor se lo pido; un joven oficial siempre tiene algo que aprender de estas situaciones…

—Será un honor para mí, Alteza —dijo el teniente Brackenbury.

—De acuerdo —dijo el príncipe—. Teniente, confío en poder demostrarle mi amistad y mi gratitud en circunstancias más gratas…

Abandonó el príncipe la habitación; tras él iban el presidente del Club de los suicidas y los dos padrinos. Arriba quedaron el coronel Geraldine y el doctor Noel, que se asomaron rápidamente a la ventana en su afán de no perderse detalle de lo que sucedía. Había cesado la lluvia; era ya casi de día y trinaban los pájaros en los frondosos jardines, que ocultaban al príncipe y a quienes con él iban, salvo cuando pasaron ante una zona en la que crecían las flores. Aquello fue cuanto pudieron ver, por mucho que se esforzaron, el coronel Geraldine y el doctor Noel; el jardín era tan boscoso, en realidad, y tan apartado de la casa estaba el claro escogido por el príncipe para librar el duelo, que ni el sonido de las hojas de las espadas al chocarse podía llegar hasta donde se encontraban.

—Lo lleva al lugar en el que han cavado la tumba —dijo el médico sin poder evitar un escalofrío.

—¡Ojalá esté Dios de parte de quien defiende el derecho!

Durante la espera no cesó de estremecerse el doctor Noel y el coronel Geraldine se empapó de sudor, de tan inquieto. Pasaron unos cuantos minutos, el día clareó mucho más, trinaban con mayores bríos los pájaros… Unos pasos hicieron que se volvieran hacia la puerta, abandonando la ventana… Entró en la habitación el príncipe, seguido por los dos oficiales del ejército de la India. Dios, en efecto, había estado de parte del derecho.

—La verdad es que me avergüenzo de la emocionada alegría que siento —dijo el príncipe Florizel—; eso me parece una jactancia impropia de mi rango, pero no puedo sino confesar que la mera existencia de ese maldito perro de los infiernos me dolía como una enfermedad… Su muerte me ayuda a descansar más que una noche de buen sueño. Mr. Geraldine —añadió el príncipe al tiempo que tiraba al suelo su espada—, ahí está, en la hoja de esa espada, la sangre del hombre que asesinó a su hermano… Supongo que no le desagrada contemplarla. Mas —siguió diciendo—, ¡cuán extraña es la materia de la que estamos hechos los hombres! Apenas hace cinco minutos que me he vengado de ese canalla y ya me pregunto si la venganza tiene sentido en esta precaria existencia nuestra… Pues ¿cómo remediar todo el mal que hizo ese hombre? Llegó a amasar una auténtica fortuna con sus crímenes, esta misma casa fue suya… Y esa su criminal carrera forma ya parte de la historia y a la vez del destino de la humanidad. Aunque siguiera yo dando estocadas con mi espada hasta el día del Juicio final, su hermano, Mr. Geraldine, seguiría muerto, al igual que otros mil inocentes, a los que deshonró y corrompió ese canalla… ¡Y qué poco es la vida de un hombre cuando se le pone fin! ¡Y qué grande es esa vida cuando sirve para algo de provecho! Pero me pregunto si no habrá en esta existencia nuestra algo tan decepcionante como colmar lo que tanto se anhela…

—Se ha hecho la justicia divina —dijo el doctor Noel—. Eso es lo que pienso. Su lección, Alteza, ha sido tan cruel como ejemplar; por mi parte, solo aguardo con pavor mi hora…

—¿Qué dice usted? ¿Cómo que aguarda su hora? —se extrañó el príncipe—. Usted me ha ayudado a castigar a quien más lo merecía. Doctor Noel, muchos y muy honestos y nobles afanes nos aguardan a usted y a mí juntos; con eso pagará más que de sobra sus antiguas deudas…

—Bien, mientras eso acontece —dijo el médico—, permita, Alteza, que vaya a enterrar a mi viejo amigo.

 

Así —observa mi erudito árabe— termina felizmente este cuento. El príncipe, no habría necesidad de decirlo, no arrojó al olvido a quienes le prestaron ayuda en esta impar aventura, pues gozan hasta el presente, las carreras de esos hombres, del apoyo que les da la autoridad magnánima del príncipe, así como de su amistad, toda una delicia para sus vidas privadas. Agrupar tan extraños acontecimientos, en los que el príncipe fue mano de la Providencia —sigue diciendo mi autor árabe— supondría llenar de libros el mundo habitable.

*FIN*


“The Adventure of the Hansom Cabs”,
London, 1878


Más Cuentos de Robert Louis Stevenson