Casa digital del escritor Luis López Nieves


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La infancia de un jefe

[Libro completo - Texto completo.]

Jean-Paul Sartre

“Estoy adorable con mi vestidito de ángel.” La señora Portier había dicho a mamá: “Su chiquito es delicioso. Está adorable con su vestidito de ángel”. El señor Bouffardier atrajo a Luciano a sus rodillas y le acarició los brazos: “Es una verdadera niñita, dijo sonriendo. ¿Cómo te llamas? ¿Jacobita, Luciana, Margarita?” Luciano se puso rojo y dijo: “Me llamo Luciano”. No estaba completamente seguro de no ser una niñita: muchas personas lo besaban llamándole señorita, todo el mundo encontraba que estaba tan encantador con sus alas de gasa, su largo traje azul, sus brazos desnudos y sus bucles rubios; tenía miedo de que la gente decidiera de pronto que ya no era un niñito; podía protestar, nadie lo escucharía, ya no le permitirían dejar su traje sino para dormir y por la mañana al despertarse lo encontraría al pie de su cama y cuando quisiera hacer pipí en el curso del día tendrían que levantarlo como a Nénette y sentarlo sobre los talones. Todo el mundo le diría: mi linda queridita; quizá ya ha pasado eso y soy una niñita; se sentía tan dulce por dentro que era un poco repugnante y su voz salía aflautada de sus labios y ofrecía las flores a todo el mundo con gestos amanerados; tenía deseos de besarse la sangría del codo. Pensó: Esto no es de veras. Le gustaba mucho cuando no era de veras, pero se había divertido todavía más el martes de carnaval: lo habían vestido de pierrot y había corrido y gritado saltando con Rirí y se habían escondido debajo de la mesa. Su mamá le dio un ligero golpe con los impertinentes: “Estoy orgullosa de mi muchachito”. Era imponente y bella, era la más gruesa y la más alta, de todas las señoras. Cuando pasó delante de la larga mesa cubierta con un mantel blanco, su papá que bebía una copa de champaña lo levantó del suelo diciendo: “Mi hombrecito”; Luciano tenía ganas de llorar y de decir “no”; pidió naranjada porque estaba helada y se le había prohibido beberla. Pero le sirvieron dos dedos en un vaso muy pequeño. Tenía un gusto pegajoso y no estaba tan helada. Luciano se puso a pensar en las naranjadas con aceite de ricino que le hicieron tragar cuando estaba tan enfermo. Estalló en sollozos y encontró muy consolador que lo sentaran entre papá y mamá en el automóvil. Mamá estrechaba a Luciano contra ella. Estaba cálida y perfumada, toda de seda. De tiempo en tiempo el interior del auto se ponía blanco como la tiza. Luciano guiñaba los ojos, las violetas que mamá llevaba en su corpiño salían de la sombra y Luciano respiraba de pronto su olor. Sollozaba todavía un poco, pero se sentía húmedo y complacido, apenas un poco pegajoso como la naranjada. Le hubiera gustado chapotear en su bañaderita y que mamá lo lavara con la esponja de goma. Se le permitió acostarse en la pieza de papá y mamá como cuando era bebé; rió e hizo rechinar los resortes de su camita y papá dijo: “Este chico está sobreexcitado”. Bebió un poco de agua de azahar y vio a papá en mangas de camisa.

Al día siguiente Luciano estaba seguro de haber olvidado algo. Se acordaba muy bien del sueño que había tenido: papá y mamá llevaban trajes de ángeles, Luciano estaba sentado totalmente desnudo en el servicio, jugaba con el tambor, papá y mamá daban vueltas a su alrededor; era una pesadilla. Pero antes del sueño, había habido algo, debió despertarse. Cuando trataba de recordar, veía un largo túnel negro iluminado por una lamparita azul, muy parecida al velador que se encendía por las noches en la habitación de sus padres. En el fondo de esta noche sombría y azul pasó algo —una cosa blanca—. Se sentó en el suelo, a los pies de mamá y tomó su tambor. Mamá le dijo: “¿Por qué me miras con esos ojos, monadita?” Él bajó los ojos y golpeó en su tambor gritando: “¡Bum, bum, tarambum!” Pero cuando ella volvió la cabeza se puso a mirarla minuciosamente, como si la viera por primera vez. Reconocía el traje azul estampado de rosas, también la cara. Sin embargo no era lo mismo. De pronto pensó que ya estaba, si pensaba un poquitito iba a encontrar lo que buscaba. El túnel se iluminó con una pálida luz gris y vio algo que se movía. Luciano tuvo miedo y gritó, el túnel desapareció: “¿Qué tienes, queridito?” —dijo mamá—. Se había arrodillado a su lado y parecía inquieta. “Me divierto”, dijo Luciano. Mamá olía bien, pero él tenía miedo que lo tocara, le parecía rara, papá también, por lo demás. Decidió que no iría nunca más a dormir a la habitación de ellos.

En los días siguientes, mamá no notó nada. Luciano estaba siempre entre sus faldas, como de costumbre, y charlaba con ella como un verdadero hombrecito. Le pidió que le contara Caperucita roja y mamá lo subió sobre las rodillas. Le habló del lobo y de la abuela de Caperucita roja, con un dedo levantado sonriente y grave. Luciano la miraba, decía: “Y después”, y algunas veces le tocaba los bucles que ella tenía en el cuello; pero no la escuchaba: se preguntaba si era esa su verdadera mamá. Cuando terminó su historia le dijo: “Mamá, cuéntame de cuando tú eras chiquita”. Y mamá contó: pero quizá mentía. Tal vez era antes un varoncito al que lo habían vestido como a Luciano la otra tarde y ella había continuado llevando esa ropa para parecer una niña. Tanteó suavemente sus bellos brazos gruesos que, bajo la seda, eran suaves como manteca. ¿Qué ocurriría si se le sacara la ropa a mamá y se le pusieran los pantalones de papá? Quizá le crecería en seguida un bigote negro. Apretó el brazo de mamá con todas sus fuerzas; tenía la impresión de que iba a transformarse bajo sus ojos en una bestia horrible —tal vez a convertirse en una mujer con barba como la mujer de la feria—. Ella rió abriendo mucho la boca y Luciano vio su lengua rosada y el fondo de su garganta: era sucio, tenía ganas de escupir adentro. “¡Ahaha!, decía mamá, cómo me aprietas, mi hombrecito. Apriétame bien fuerte, tanto como me quieres.” Luciano tomó una de las bellas manos con anillos de plata y la cubrió de besos. Pero al día siguiente cuando ella estaba sentada a su lado y le tenía las manos, mientras él estaba en el servicio y le decía: “¡Haz fuerza, Luciano, haz fuerza, mi tesorito, te lo ruego!” él dejó de pronto de hacer fuerza y le preguntó un poco sofocado: “Pero, por lo menos, ¿eres de veras mi verdadera mamá?” Ella le dijo: “¡Tontuelo!” Y le preguntó si eso no iba a salir rápido. A partir de ese día Luciano quedó persuadido de que ella representaba una comedia y no le dijo nunca más que se casaría con ella cuando fuera grande. Pero él no sabía cuál era esa comedia: pensaba que la noche del túnel habían venido ladrones a llevarse a papá y a mamá de sus camas y que habían dejado a estos dos en su lugar. O también que eran realmente papá y mamá de verdad; pero que durante el día representaban un papel y de noche eran totalmente distintos. Luciano apenas se sorprendió la noche de Navidad cuando se despertó sobresaltado y los vio poner los juguetes en la chimenea. Al día siguiente hablaron de papá Noel y Luciano se hizo el que les creía: pensaba que estaba en su papel, habían debido robar los juguetes. En febrero tuvo la escarlatina y se divirtió mucho.

Cuando se curó, tomó la costumbre de jugar al huérfano. Se sentaba en medio del césped, bajo el castaño, se llenaba las manos de tierra y pensaba: “Seré un huérfano, me llamaré Luis. Hará seis días que no como”. La niñera Germana lo llamó para el almuerzo y, en la mesa, continuó jugando; papá y mamá no notaron nada. Había sido recogido por unos ladrones que querían hacer de él un ratero. Cuando hubiera almorzado se escaparía e iría a denunciarlos. Comía y bebía muy poco: había leído en El albergue del Ángel Guardián que la primera comida de un hombre hambriento debía ser muy ligera. Era divertido porque todo el mundo jugaba. Papá y mamá jugaban a ser papá y mamá; mamá jugaba a atormentarse porque su monadita comía muy poco; papá jugaba a leer el periódico y a agitar de vez en cuando su dedo ante la cara de Luciano diciendo: “¡Vaya un hombrecito!”. Y Luciano también jugaba, pero terminó por no saber exactamente a qué. ¿Al huérfano? ¿O a ser Luciano? Miró la jarra. Había una lucecita roja que bailaba en el fondo del agua y se hubiera jurado que la mano de papá estaba dentro de la jarra, enorme y luminosa con pelitos negros sobre los dedos. Luciano tuvo de pronto la impresión de que la jarra también jugaba a ser una jarra. Finalmente tocó apenas los platos y tuvo tanta hambre por la tarde que necesitó robar una docena de ciruelas y estuvo a punto de indigestarse. Pensó que ya era suficiente de jugar a ser Luciano.

Sin embargo no podía evitarlo y le parecía que jugaba todo el tiempo. Hubiera querido ser como el señor Bouffardier que era tan feo y tan serio. El señor Bouffardier, cuando venía a comer, se inclinaba sobre la mano de mamá y decía: “Mis respetos, querida señora” y Luciano se plantaba en medio del salón y lo miraba con admiración. Pero nada de lo que le ocurría a Luciano era serio. Cuando se caía y se hacía un chichón, dejaba algunas veces de llorar y se preguntaba: “¿Tengo verdaderamente nana?”. Entonces se sentía todavía más triste y sus lágrimas volvían con más fuerza. Cuando besó la mano de mamá, diciendo: “Mis respetos, querida señora”, mamá le despeinó los cabellos diciéndole: “No está bien mi ratoncito, no debes burlarte de las personas grandes”. Y se sintió muy descorazonado. Solo el primero y el tercer viernes del mes se le daba alguna importancia. Esos días venían muchas señoras a ver a mamá y siempre había dos o tres que estaban de luto; a Luciano le agradaban las señoras de luto, sobre todo cuando tenían los pies grandes. En general le agradaban los grandes porque eran muy respetables —nunca pensaba uno que ellos se ensuciaran en la cama—, ni hicieran cualquiera de esas cosas que hacen los niñitos, porque tienen tantas ropas sobre el cuerpo y tan oscuras, que no se puede ni imaginar lo que hay debajo de ellas. Cuando están juntos comen de todo y hablan y hasta sus mismas risas son graves; es hermoso como durante la misa. Trataban a Luciano como un personaje. La señora Couffin alzaba a Luciano sobre sus rodillas y le palpaba las pantorrillas declarando: “Es el más lindo chiquito que he visto. Entonces lo interrogaba sobre sus gustos, lo besaba y le preguntaba lo que haría más tarde. Él contestaba a veces que sería un gran general como Juana de Arco y que quitaría Alsacia y Lorena a los Alemanes; y a veces que quería ser misionero. Mientras hablaba creía lo que decía. La señora Besse era una mujer alta y fuerte con bigotito. Derribaba a Luciano haciéndole cosquillas y diciéndole: “Mi muñequita”. Luciano estaba encantado, se reía de gusto y se retorcía bajo las cosquillas; pensaba que era una muñequita, una encantadora muñequita para personas grandes. Le hubiera gustado que la señora Besse lo desvistiera, lo lavara y le hiciera hacer nono en una cunita chiquita como a un bebé de goma. Algunas veces la señora Besse decía: “¿Sabe hablar, muñeca?”. Y le apretaba de pronto el estómago. Entonces Luciano hacía como si fuera una muñeca mecánica y decía “Cuic” con voz ahogada, y los dos reían.

El señor cura que venía a almorzar a la casa todos los sábados, le preguntó si quería mucho a su mamá. Luciano adoraba a su linda mamá y a su papá que era tan fuerte y tan bueno. Contestó: “Sí”, mirando al señor cura en los ojos, con un airecito atrevido que hizo reír a todo el mundo. El señor cura tenía la cabeza como una frambuesa, roja y grumosa con un pelo sobre cada grumo. Dijo a Luciano que estaba bien y que era necesario que quisiera siempre mucho a su mamá; después le preguntó a quién prefería Luciano, si a mamá o al buen Jesús. Luciano no pudo encontrar de inmediato la respuesta y se puso a sacudir sus bucles y a dar puntapiés en el aire gritando: “¡Bum tarambum!” y los grandes continuaron su conversación como si no existiera. Corrió al jardín y se deslizó fuera por la puerta de atrás; había llevado su bastoncito de junco. Naturalmente Luciano no debía nunca salir del jardín, estaba prohibido; de ordinario Luciano era un niñito muy educado, pero ese día tenía ganas de desobedecer. Miró con desconfianza el gran matorral de ortigas, se veía bien que era un lugar vedado, la pared estaba negruzca, las ortigas eran plantas malas y perjudiciales, un perro había hecho lo suyo precisamente al pie de las ortigas, se sentía el olor de la planta, de la inmundicia del perro y del vino caliente. Luciano azotó las ortigas con su bastón gritando: “Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá”. Veía las ortigas rotas que colgaban destrozadas dando un jugo blanco; sus tallos blancuzcos y velludos se habían deshilachado al romperse, escuchaba una vocecita solitaria que gritaba: “Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá”, había un moscón azul que zumbaba: era una mosca de la caca, Luciano les tenía miedo, y un olor prohibido, poderoso, pútrido y tranquilo le llenaba la nariz. Repitió: “Quiero a mi mamá”, pero su voz le pareció extraña; tuvo un miedo espantoso y huyó de una carrera hasta el salón. Desde ese día comprendió que no quería a su mamá. No se sentía culpable, pero redobló sus amabilidades porque pensaba que se debía aparentar toda la vida que uno amaba a los padres, si no uno era un desagradable muchachito. La señora Fleurier notaba a Luciano más y más tierno y justamente ese verano estalló la guerra y papá fue a batirse y mamá era feliz en medio de su desgracia al ver que Luciano la atendía tanto. A mediodía, cuando descansaba en el jardín en su hamaca, porque se sentía muy desgraciada, él corría a buscarle un almohadón y se lo deslizaba bajo la cabeza o bien le ponía una manta sobre las piernas y ella se defendía riendo: “Pero si tendré mucho calor, hombrecito mío, eres demasiado amable”. Él la besaba con ardor, sin aliento, diciéndole: “¡Mi mamá mía!” e iba a sentarse al pie del castaño.

Dijo: “Castaño”, y esperó. Pero nada sucedió. Mamá estaba acostada en el corredor, pequeña en el fondo de un pesado silencio sofocante. Se sentía olor a hierbas calientes, hubiera podido jugar a ser un explorador en la selva virgen; pero Luciano no tenía ya ganas de jugar. El aire temblaba por encima de la cresta roja del muro y el sol ponía manchas brillantes sobre la tierra y sobre las manos de Luciano. “Castaño.” Era chocante: cuando Luciano decía a su mamá: “Mi linda mamá mía” mamá sonreía y cuando llamó a Germana: sargenta, Germana lloró y se quejó a mamá. Pero cuando uno decía “castaño” no ocurría nada. Farfulló entre dientes: “Sucio árbol”, no estaba muy tranquilo, pero como el árbol no se movió repitió mas fuerte: “Sucio árbol, sucio castaño, espera y verás, espera un poco” y le dio algunos puntapiés. Pero el árbol permaneció tranquilo, tranquilo —como si fuera de madera—. A la noche, durante la comida, Luciano dijo a su mamá: “Sabes, mamá, pues bueno, los árboles son de madera”, haciendo una carita asombrada que a mamá le gustaba mucho. Pero mamá no había recibido carta por el correo de mediodía. Y dijo secamente: “No te hagas el imbécil”. Luciano se convirtió en un pequeño rómpelo-todo. Rompió todos sus juguetes para ver cómo estaban hechos. Cortó los brazos de un sillón con una vieja navaja de papá, tiró la tanagra del salón para ver si era hueca o si tenía algo adentro; cuando se paseaba decapitaba las plantas y las flores con su bastón; siempre quedaba profundamente desencantado; las cosas eran estúpidas, no existían de verdad. A menudo mamá le preguntaba mostrándole flores o árboles; “¿Cómo se llama esto?” pero Luciano sacudía la cabeza y contestaba: “Eso no es nada, eso no tiene nombre”. Nada de esto valía la pena de fijarse en ello. Era mucho más divertido arrancar las patas de una langosta porque vibraban entre los dedos como trompos y cuando se les apretaba el vientre salía una crema amarilla. Pero, de igual modo, las langostas no gritaban. Luciano hubiera querido hacer sufrir a uno de esos animales que gritan cuando se les hace mal, un pollo, por ejemplo, pero no se atrevía a acercarse. El señor Fleurier volvió en el mes de marzo, porque era un jefe y el general le dijo que sería más útil a la cabeza de su fábrica que en las trincheras como cualquier otro. Encontró a Luciano muy cambiado y dijo que no reconocía ya a su hombrecito. Luciano había caído en una especie de somnolencia; respondía lentamente, tenía siempre un dedo en la nariz, o bien soplaba sobre sus dedos y se ponía a olerlos y era necesario suplicarle para que moviera el vientre. Ahora iba solo al baño; era necesario simplemente que dejara la puerta entreabierta y de tiempo en tiempo mamá o Germana venían a estimularlo. Se quedaba horas enteras sobre el servicio y una vez se aburrió de tal modo que se durmió. El médico dijo que crecía demasiado rápidamente y prescribió un reconstituyente. Mamá quiso enseñar a Luciano juegos nuevos, pero Luciano encontraba que ya jugaba bastante y que todos los juegos se equivalían, eran siempre la misma cosa. Se enfurruñaba a menudo; también era un juego pero más bien divertido. Se preocupaba a mamá, uno se sentía triste y rencoroso, se ponía un poco sordo con la boca cosida y los ojos brumosos, por dentro se sentía tibio y hueco como cuando se está por las noches bajo las mantas y se siente el propio olor; uno estaba solo en el mundo. Luciano no podía salir de sus enfurruñamientos y cuando papá tomaba su voz burlona para decirle: “Estás enfadado”, Luciano se tiraba al suelo sollozando. Todavía iba a menudo al salón cuando mamá recibía, pero desde que le habían cortado los bucles las personas grandes se ocupaban menos de él o lo hacían para enseñarle moral y contarle historias instructivas. Cuando su primo Rirí vino a Ferolles debido a los bombardeos, con tía Berta, su linda mamá, Luciano trató de enseñarle a jugar. Pero Rirí estaba demasiado ocupado en detestar a los boches y además olía a bebé aunque tuviera seis meses más que Luciano; tenía algunas pecas en la cara y no siempre comprendía bien. No obstante, fue a él a quien Luciano confió que era sonámbulo. Algunas personas se levantan de noche y hablan y pasean dormidas: Luciano lo había leído en El pequeño explorador y pensó que debía haber un verdadero Luciano que caminaba, hablaba y amaba de verdad a sus padres durante la noche, solo que cuando llegaba la mañana olvidaba todo y comenzaba a hacer como que era Luciano. Al principio Luciano no creía más que a medias en esta historia, pero un día fueron cerca de las ortigas y Rirí mostró su pipí a Luciano y le dijo: “Mira que grande es; soy un muchacho grande. Cuando sea mucho más grande seré un hombre e iré a batirme contra los boches en las trincheras”. Luciano encontró muy raro a Rirí y tuvo un acceso de risa loca. “Muéstrame el tuyo”, dijo Rirí. Compararon y el de Luciano era el más pequeño, pero Rirí hacía trampas, tiraba del suyo para alargarlo. “El mío es el más grande” dijo Rirí. “Sí, pero yo soy sonámbulo”, dijo tranquilamente Luciano. Rirí no sabía lo que era un sonámbulo y Luciano tuvo que explicárselo. Cuando terminó pensó: “Entonces es verdad que soy sonámbulo” y tuvo terribles deseos de llorar. Como se acostaban en la misma cama convinieron en que la noche siguiente Rirí se quedaría despierto y observaría bien a Luciano cuando Luciano se levantara y recordaría todo lo que Luciano dijera. “Me despertarás al cabo de un momento, dijo Luciano, para ver si recuerdo lo que he hecho.” Por la noche, Luciano, que no podía dormirse, escuchó ronquidos agudos y tuvo que despertar a Rirí. “Zanzíbar” dijo Rirí. “Despiértate, Rirí, debes mirarme cuando me levante.” “Déjame dormir”, dijo Rirí con voz pastosa. Luciano lo sacudió y lo pellizcó bajo la camisa; Rirí se puso a gimotear y él permaneció despierto, con una rara sonrisa. Luciano pensó en una bicicleta que debía comprarle su papá, escuchó el silbido de una locomotora y después de pronto la sirvienta entró y corrió las cortinas; eran las ocho de la mañana. Nunca supo Luciano lo que había hecho durante la noche. El buen Jesús lo sabía, porque el buen Jesús lo veía todo. Luciano se arrodillaba en el reclinatorio y se esforzaba en estar quieto para que su mamá lo felicitara a la salida de misa, pero detestaba al buen Dios: el buen Dios sabía más sobre Luciano que Luciano mismo. Sabía que Luciano no amaba a su mamá ni a su papá, que se hacía el bien educado y que por la noche tocaba su pipí en la cama. Felizmente el buen Jesús no podía acordarse de todo porque había demasiados niñitos en el mundo. Cuando Luciano se golpeaba la frente diciendo “Picotin” el buen Jesús olvidaba de pronto todo lo que había visto. Luciano trató también de persuadir al buen Jesús de que amaba a su mamá. De tiempo en tiempo decía mentalmente: “Cómo quiero a mi querida mamá”. Había siempre en él un rinconcito que no estaba muy persuadido y naturalmente el buen Jesús veía ese rinconcito. En ese caso era Él quien ganaba. Pero a veces se podía absorber completamente en lo que decía. Uno pronunciaba muy rápidamente: “¡Oh, cómo quiero a mamá!” articulando muy bien y veía la cara de mamá y se sentía todo enternecido; uno pensaba vagamente que el buen Jesús miraba y después ni siquiera pensaba en esto, uno estaba espeso de ternura y luego estaban las palabras que bailaban en los oídos: mamá, mamá, MAMÁ. Claro que esto no duraba sino un momento, como cuando Luciano trataba de mantener una silla en equilibrio sobre dos patas. Pero si justamente en ese momento se pronunciaba “Pacota” el buen Jesús quedaba burlado. No había visto más que el bien y lo que había visto se grababa para siempre en Su memoria. Pero Luciano se cansó de este juego porque era necesario hacer mucho esfuerzo y finalmente nunca sabía si el buen Dios había ganado o perdido. Luciano no se ocupó más de Dios. Cuando hizo su primera comunión el señor cura dijo que era el muchachito más discreto y piadoso de todo el catecismo. Luciano comprendía rápidamente y tenía buena memoria, pero su cabeza estaba llena de niebla.

El domingo aclaraba. Las nieblas se desgarraban cuando Luciano se paseaba con papá por el camino de París. Llevaba su lindo trajecito marinero y encontraban a los obreros de papá que saludaban a papá y a Luciano. Papá se acercaba a ellos y ellos decían: “Buen día, señor Fleurier”, y también: “Buen día, señorito”. A Luciano le gustaban mucho los obreros porque eran personas grandes pero no como las otras. En primer lugar le llamaban “señor”. Y después llevaban gorras y tenían gruesas manos de uñas cortas que parecían siempre enfermas y agrietadas… Eran responsables y respetuosos. No era posible tirar del bigote del tío Bouligaud: papá reñiría a Luciano, pero el tío Bouligaud para hablar a papá se sacaba la gorra y papá y Luciano conservaban sus sombreros sobre sus cabezas y papá hablaba con una gruesa voz cordial y brusca: “Y bueno, tío Bouligaud, espera usted a su hijo, ¿cuándo tendrá permiso?”. “A fin de mes, señor Fleurier, gracias señor Fleurier.” El tío Bouligaud parecía muy feliz y no se permitía dar una palmada en el trasero de Luciano llamándolo sapo, como el señor Bouffardier. Luciano detestaba al señor Bouffardier porque era demasiado feo. Pero cuando veía al tío Bouligaud se sentía enternecido y tenía ganas de ser bueno. Una vez, de regreso del paseo, papá subió a Luciano sobre sus rodillas y le explicó lo que era un jefe. Luciano quiso saber cómo hablaba papá a los obreros cuando estaba en la fábrica y papá le enseñó cómo había que hacerlo y su voz estaba totalmente cambiada. “¿Me convertiré yo también en un jefe?” preguntó Luciano. “Pero seguramente, hombrecito mío, para eso te hice.” “¿Y a quién mandaré?” “Pues, bueno, cuando me haya muerto, serás el patrón de mi fábrica y mandarás a mis obreros.” “Pero habrán muerto también.” “Pues, bueno, mandarás a sus hijos, y es necesario que sepas hacerte obedecer y querer.” “¿Y cómo me haré querer, papá?” Papá reflexionó un poco y dijo: “En primer lugar es necesario que los conozcas a todos por sus nombres”. Luciano quedó profundamente emocionado y cuando el hijo del contramaestre Morel fue a casa a anunciar que su padre se había cortado dos dedos, Luciano le habló seria y dulcemente mirándolo en los ojos y llamándolo Morel. Mamá dijo que estaba orgullosa de tener un muchachito tan bueno y tan sensible. Después vino el armisticio, papá leía el diario en voz alta todas las noches, todo el mundo hablaba de los rusos, y del gobierno alemán y de las reparaciones y papá mostraba los países en un mapa a Luciano: Luciano pasó el año más aburrido de su vida, prefería cuando estaban en guerra; ahora todo el mundo parecía desocupado y la luz que se veía en los ojos de la señora Coffin se había extinguido. En octubre de 1919 la señora Fleurier le hizo seguir, como externo, los cursos de la escuela San José.

Hacía calor en el escritorio del abate Geromet. Luciano estaba de pie cerca del sillón del señor abate, había puesto sus manos detrás de la espalda y se aburría de firme: “¿No se irá a marchar pronto mamá?” Pero la señora Fleurier no pensaba todavía en irse. Estaba sentada en la punta de un sillón verde y tendía su amplio pecho hacia el señor abate: hablaba muy rápidamente y tenía su voz musical de cuando estaba enojada y no quería demostrarlo. El señor abate hablaba lentamente y las palabras parecían mucho más largas en su boca que en la de otra persona; hubiérase dicho que las chupaba un poco como a los caramelos, antes de dejarlas pasar. Explicaba a mamá que Luciano era un buen muchachito, cortés y trabajador, pero terriblemente indiferente a todo, y la señora Fleurier dijo que estaba muy desilusionada porque había pensado que un cambio de ambiente le haría bien. Preguntó si por lo menos jugaba durante los recreos. “Ay, señora, contestó el buen padre, los mismos juegos no parecen interesarle mucho. En ocasiones es turbulento y aun violento pero se cansa pronto; creo que le falta perseverancia.” Luciano pensó: “Hablan de mí”. Eran dos personas grandes y él era el tema de la conversación, como si fuera la guerra, el gobierno alemán o el señor Poincaré: tenían aire grave y razonaban sobre su caso. Pero ni siquiera esta idea le causó placer. Sus oídos estaban llenos de las palabritas cantantes de su madre, de las palabras chupadas y pegajosas del señor abate; tenía ganas de llorar. Felizmente sonó la campana y le devolvieron la libertad. Pero durante la clase de geografía estaba muy nervioso y pidió al abate Jasquin permiso para ir al servicio porque tenía necesidad de moverse.

Al principio la soledad, la frescura y el buen olor del servicio lo calmaron. Se había acuclillado por tranquilizar su conciencia, pero no tenía ganas; levantó la cabeza y se puso a leer las inscripciones con que estaba cubierta la puerta. Habían escrito con lápiz azul: “Barataud es una chinche”. Luciano sonrió: era cierto, Barataud era una chinche, era minúsculo y se decía que crecería algo más, muy poco, porque su papá era chiquito, casi un enano. Luciano se preguntó si Barataud habría leído esa inscripción, pensó que no, de otro modo la hubiera borrado. Barataud se habría chupado el dedo y frotado las letras hasta que desaparecieran. Luciano se regocijó un poco al imaginar que Barataud iría al servicio a las cuatro, bajaría su pequeño pantalón de terciopelo y leería: “Barataud es una chinche”. Tal vez nunca había pensado que era tan pequeño, Luciano se prometió llamarlo chinche desde la mañana siguiente en el recreo. Se levantó y leyó en la pared de la derecha otra inscripción trazada con la misma escritura azul: “Luciano Fleurier es un gran espárrago”. La borró cuidadosamente y volvió a la clase. “Es verdad, pensó mirando a sus camaradas, todos son más chicos que yo.” Se sintió incómodo. “Gran espárrago.” Estaba sentado en su escritorito de madera de las Islas. Germana estaba en la cocina, mamá no había vuelto aún. Escribió: “gran espárrago” sobre una hoja en blanco para corregir la ortografía. Pero las palabras le parecieron demasiado conocidas y no le produjeron ningún efecto. Llamó: “Germana, mi buena Germana.” “¿Qué quiere ahora?”, preguntó Germana. “Germana, querría que escribiera en este papel: Luciano Fleurier es un gran espárrago”. “¿Está loco, señor Luciano?”. Él le rodeó el cuello con los brazos: “Germana, Germanita, ¡sea buena!” Germana se echó a reír y se enjugó los dedos grasientos en el delantal. Mientras escribía, él no la miraba, pero en seguida se llevó la hoja a su habitación y la contempló largamente. La escritura de Germana era puntiaguda. Luciano creyó escuchar una voz seca que le decía al oído: “gran espárrago”. Pensó: “Soy grande”. Estaba lleno de vergüenza: grande como Barataud era chico y los otros se burlaban a su espalda. Era como si lo hubieran encantado: hasta entonces le había parecido natural ver a sus camaradas de arriba abajo. Pero ahora le parecía que lo habían condenado de pronto a ser grande para el resto de sus días. Por la noche preguntó a su padre si podría achicarse si lo deseaba con todas sus fuerzas. El señor Fleurier dijo que no: todos los Fleurier eran grandes y fuertes y Luciano crecería aún. Luciano quedó desesperado. Cuando su madre lo hubo acostado se levantó y fue a mirarse al espejo: “Soy grande”. Pero era lindo mirarse, eso no se notaba, no parecía ni grande ni chico. Levantó un poco el camisón y vio sus piernas: entonces se imaginó que Costil decía a Hebrard: “Mira, mira las largas piernas del espárrago”. Y eso le hizo mal. Hacía frío, Luciano se estremeció y alguien dijo: “El espárrago tiene carne de gallina”. Luciano levantó más todavía la falda de su camisón y todos vieron su ombligo y todo lo suyo y después corrió y se deslizó en la cama. Cuando metió la mano bajo el camisón pensó que Costil lo veía y decía: “¡Miren un poco lo que hace el gran espárrago!”. Se agitó y se volvió en la cama murmurando: “¡Gran espárrago! ¡Gran espárrago!” hasta que hizo nacer bajo sus dedos una pequeña comezón acidulada.

Los días siguientes tuvo ganas de pedir permiso al señor abate para sentarse en el fondo de la clase. Debido a Boisset, a Winckelmann y a Costil que estaban detrás y le podían mirar la nuca. Luciano sentía su nuca, pero no la veía y a menudo la olvidaba. Pero mientras contestaba lo mejor que podía al señor abate y recitaba la tirada de don Diego, los otros estaban detrás y miraban su nuca y podían burlarse pensando: “Qué flaca es. ¡Tiene dos cordones en el cuello!” Luciano se esforzaba en engolar la voz y expresar la humillación de don Diego. Con su voz hacía lo que quería, pero su nuca estaba siempre allí, apacible e inexpresiva como alguien que descansa y Boisset la veía. No se atrevió a cambiar de lugar porque el último banco estaba reservado para los malos; pero la nuca y los omoplatos le picaban todo el tiempo y se veía obligado a rascarse sin cesar. Luciano inventó un nuevo juego: por la mañana cuando tomaba su ducha solo en el baño, como un grande, imaginaba que alguien lo miraba por el agujero de la cerradura, a veces Costil, a veces el tío Bouligaud, a veces Germana. Entonces se volvía en todas direcciones para que lo vieran de todos lados y a veces daba vuelta su trasero hacia la puerta y se ponía en cuatro pies para que quedara bien combado y bien ridículo; el señor Bouffardier se aproximaba muy despacio para ponerle una lavativa. Un día que estaba en el baño escuchó algunos crujidos; era Germana que enceraba el pasillo. Su corazón dejó de latir, abrió suavemente la puerta y salió con el pantalón sobre los talones y la camisa enrollada alrededor de la cintura. Se veía obligado a dar pequeños saltos para avanzar sin perder el equilibrio. Germana levantó sobre él una mirada plácida: “¿Está por correr una carrera de embolsados?”, preguntó. Él se subió rabiosamente el pantalón y corrió a echarse sobre la cama. La señora Fleurier estaba desolada, a menudo decía a su marido: “¡Mira qué aire torpe tiene, tan gracioso que era cuando chiquito! ¿No es una lástima?”. El señor Fleurier arrojaba una mirada distraída sobre Luciano y respondía: “Es la edad”. Luciano no sabía qué hacer de su cuerpo; cualquier cosa que emprendiera tenía la impresión de que ese cuerpo estaba dispuesto a existir por todas partes a la vez, sin pedirle su opinión. Luciano se complacía en imaginar que era invisible y luego tomó la costumbre de mirar por el ojo de la cerradura para vengarse y ver cómo estaban hechos los otros, sin que lo supieran. Vio a su madre mientras se lavaba, estaba sentada en el bidet, tenía aire adormecido y seguramente había olvidado totalmente su cuerpo y aun su cara porque pensaba que nadie la veía. La esponja iba y venía sola sobre esa carne abandonada; tenía movimientos perezosos y hacía la impresión de que iba a detenerse en la mitad del camino. Mamá frotó un trapo con un pedazo de jabón y su mano desapareció entre sus piernas. Su rostro era reposado, casi triste, seguramente pensaba en otra cosa, en la educación de Luciano o en el señor Poincaré. Pero durante ese tiempo ella era esa gorda masa rosada, ese cuerpo voluminoso que se aplastaba sobre la losa del bidet. Otra vez Luciano se quitó los zapatos y subió hasta la bohardilla. Vio a Germana. Llevaba un largo camisón verde que le caía hasta los pies, se peinaba ante un pequeño espejo redondo y sonreía dulcemente a su imagen. A Luciano le dio una risa loca y tuvo que bajar rápidamente. Después se hacía sonrisas y aun muecas ante el espejo del salón, y al cabo de un rato lo asaltaban miedos espantosos.

Luciano terminó por adormecerse con frecuencia; pero nadie lo advirtió, salvo la señora Coffin que lo llamaba su bello del bosque durmiente; una gran bola de aire que no podía ni tragar ni escupir le mantenía siempre la boca entreabierta; era su bostezo; cuando estaba solo la bola crecía, acariciándole suavemente el paladar y la lengua; su boca se abría muy grande y las lágrimas rodaban por sus mejillas: eran momentos muy agradables. Ya no se divertía tanto cuando estaba en el baño, pero en cambio le gustaba mucho estornudar, eso lo despertaba y durante un momento miraba a su alrededor con aire animado, después se amodorraba de nuevo. Aprendió a conocer las diversas clases de sueño: en invierno, se sentaba delante de la chimenea y tendía la cabeza hacia el fuego; cuando estaba bien roja y bien asada, se vaciaba de golpe; llamaba a eso: “dormirse por la cabeza”. El domingo por la mañana, al contrario, se dormía por los pies: entraba en el baño, se inclinaba lentamente y el sueño subía a lo largo de sus piernas y de sus costados chapoteando; por encima del cuerpo adormecido, totalmente blanco e hinchado debajo del agua, y que parecía un pollo hervido, reinaba una cabecita rubia, llena de palabras sabias, templum, templi, templo, seísmo, iconoclasta. En clase el sueño era blanco, atravesado de relámpagos: “¿Qué quiere usted que haga contra tres?”. Primero Luciano Fleurier. “¿Qué es el Tercer Estado?: nada”. Primero Luciano Fleurier, segundo Winckelmann. Pellereau fue el primero en álgebra; no tenía más que un testículo, el otro no había bajado; hacía pagar diez centavos por verlo y cincuenta por tocarlo. Luciano dio los cincuenta centavos, dudó, extendió la mano y la retiró sin tocar, pero luego su arrepentimiento fue tan vivo que lo mantuvo a veces hasta una hora despierto. Era menos bueno en geología que en historia, primero Winckelmann, segundo Fleurier. El domingo iba a pasearse en bicicleta con Costil y Winckelmann. A través de campiñas rojizas que el calor abrumaba, los ciclistas se deslizaban sobre la suave tierra; las piernas de Luciano eran vivas y musculosas pero el olor adormecedor del camino se le subía a la cabeza, se inclinaba sobre su manubrio, los ojos se le nublaban y se cerraban a medias. Tuvo tres veces seguidas el primer premio. Le dieron Fabiola, o la Iglesia de las catacumbas, El genio del cristianismo y la Vida del cardenal Lavigerie. Cuando regresó de las vacaciones, Costil les enseñó a todos el De profundis morpionibus y El artillero de Metz. Luciano decidió hacerlo mejor y consultó el Larousse médico de su padre en el artículo “útero”; luego les explicó cómo estaban hechas las mujeres y hasta les hizo unos croquis en el pizarrón y Costil declaró que era para vomitar; pero desde entonces no pudieron oír hablar de trompas sin estallar de risa, y Luciano pensaba con satisfacción que en toda Francia no se encontraría un alumno de segundo y quizá ni aun de retórica que conociera tan bien como él los órganos femeninos.

Cuando los Fleurier se instalaron en París, fue como un estampido de magnesio. Luciano no podía dormir a causa de los cines, de los autos y de las calles. Aprendió a distinguir un Voisin de un Packard, un Hispano-Suiza de un Rolls, y en ocasiones hablaba de coches rebajados; hacía más de un año que llevaba pantalones largos. Para recompensarlo por su éxito en la primera parte del bachillerato su padre lo mandó a Inglaterra. Luciano vio praderas llenas de agua y acantilados blancos; boxeó con Juan Latimer y aprendió el “over-arm-stroke”, pero una buena mañana despertó amodorrado, le había vuelto eso y regresó todo somnoliento a París. La clase de matemáticas-elemental del Liceo Condorcet contaba con treinta y siete alumnos. Ocho de estos alumnos decían que estaban avivados y trataban a los otros de pulguitas. Los avivados despreciaron a Luciano hasta el primero de noviembre, pero el día de Todos los Santos Luciano fue a pasearse con Garry, el más avivado de todos y le dio, negligentemente, pruebas de conocimientos anatómicos tan precisos, que Garry quedó asombrado. Luciano no entró en el grupo de los avivados porque sus padres no lo dejaban salir de noche, pero tuvo con ellos relaciones de potencia a potencia.

El jueves, tía Berta iba a almorzar con Rirí a la calle Rainouard. Se había vuelto enorme y triste y pasaba el tiempo suspirando; pero como su piel se conservaba muy fina y muy blanca, a Luciano le hubiera gustado verla totalmente desnuda. Por la noche, en su cama, pensaba en eso: sería en un día de invierno en el bosque de Bolonia, la descubrirían desnuda en un soto, los brazos cruzados sobre el pecho, temblando, con la carne de gallina. Imaginaba que un transeúnte miope la tocaba con la punta del bastón diciendo: “¿Pero, qué es esto? ¿Qué es esto?” Luciano no se entendía muy bien con su primo: Rirí se había convertido en un lindo jovencito, algo demasiado elegante, seguía su filosofía en Lakanal y no entendía nada de matemáticas. Luciano no podía dejar de pensar que Rirí, cuando tenía más de siete años, hacía todavía sus necesidades en el pantalón, y que entonces caminaba con las piernas separadas como un pato y miraba a su mamá con ojos cándidos diciendo: “Pero no, mamá, no he hecho nada, te lo juro”. Y le repugnaba tocar la mano de Rirí. No obstante era muy amable con él y le explicaba las lecciones de matemáticas; a menudo tenía que hacer un gran esfuerzo sobre sí mismo para no impacientarse, porque Rirí no era muy inteligente. Pero no se violentaba nunca y conservaba una voz reposada y muy calmada. La señora Fleurier encontraba que Luciano tenía mucho tacto, pero tía Berta no le demostraba ninguna gratitud. Cuando Luciano proponía a Rirí darle algunas lecciones, ella enrojecía un poco y se agitaba en la silla diciendo: “Nada de eso, eres demasiado amable, mi Lucianito, pero Rirí es un muchacho grande. Si quisiera podría, no hay que acostumbrarlo a contar con los demás”. Una noche, la señora Fleurier dijo bruscamente a Luciano: “¿Crees quizá que Rirí te agradece lo que haces por él?, pues bien, desengáñate, muchachito: pretende que te das ‘corte’; tu tía Berta me lo ha dicho”. Había tomado su voz musical y un aire de bondad; Luciano comprendió que estaba loca de rabia. Se sentía vagamente intrigado y no encontró nada que contestar. Al día siguiente y al otro tuvo mucho trabajo y olvidó esa historia.

El domingo por la mañana dejó bruscamente su lapicera y se preguntó: “¿Acaso me doy ‘corte’?”. Eran las once. Luciano sentado en su escritorio miraba los rosados personajes de la cretona que tapizaba la pared; sentía sobre su mejilla izquierda el calor seco y polvoriento del primer sol de abril y sobre su mejilla derecha el pesado y espeso calor del radiador. “¿Acaso me doy ‘corte’?” Era difícil contestar. Luciano intentó primero recordar su última conversación con Rirí y juzgar imparcialmente su propia actitud. Se había inclinado sobre Rirí y le había dicho sonriendo: “¿Pescas? Si no pescas, viejo Rirí, no temas decírmelo: comenzaremos de nuevo”. Algo más tarde había cometido un error en un razonamiento delicado y había dicho alegremente: “A tiempo para mí”. Era una expresión que tenía del señor Fleurier y que lo divertía. No tenía ninguna importancia: “Pero ¿acaso me daba ‘corte’ mientras decía eso?”. A fuerza de buscar, hizo reaparecer de pronto alguna cosa blanca, redonda, suave como un pedazo de nube: era su pensamiento del otro día: “¿Pescas?”. Y había tenido eso en la cabeza pero no podía describirlo. Luciano hizo esfuerzos desesperados para mirar ese pedazo de nube y sintió de pronto que se caía adentro con la cabeza primero, se encontró de lleno entre el vapor y él mismo se volvió vapor, no era más que un calor blanco y húmedo que olía a ropa interior. Quiso arrancarse de ese vapor y retroceder pero venía con él. Pensó: “Soy yo, Luciano Fleurier, estoy en mi pieza, hago un problema de física, es domingo”, pero sus pensamientos se mezclaban enredándose, blanco sobre blanco. Se sacudió y se puso a detallar los personajes de la cretona, dos pastoras, dos pastores y el Amor. Luego de pronto se dijo: “Yo soy…” se produjo una ligera caída; se había despertado de su larga somnolencia.

No era agradable, los pastores saltaron hacia atrás, a Luciano le pareció que los miraba a través del largo tubo de un anteojo. En lugar de ese estupor que le era tan dulce y que se perdía voluptuosamente en sus propios repliegues, había ahora una pequeña perplejidad muy despierta que se preguntaba: “¿Quién soy yo?”

—¿Quién soy yo? Miro el escritorio, miro el cuaderno. Me llamo Luciano Fleurier, pero eso no es más que un nombre. Me doy “corte”. No me doy “corte”. No sé; esto no tiene sentido.

“Soy un buen alumno. No. Es una farsa: a un buen alumno le gusta trabajar, a mí no. Tengo buenas notas, pero no me gusta trabajar. Tampoco lo detesto, me importa un bledo. Me burlo de todo. Nunca seré un jefe.” Pensó con angustia: “¿Pero, qué llegaré a ser?”. Pasó un momento; se rascó la mejilla y guiñó un ojo porque el sol lo deslumbraba: “¿Qué soy yo?”. Y había esa bruma enroscada sobre sí mismo, indefinida: “¡Yo!”. Miró a lo lejos. La palabra sonaba en su cabeza y luego tal vez podía adivinarse algo como la punta sombría de una pirámide cuyos lados se hundían a lo lejos en la bruma. Luciano se estremeció y sus manos temblaron: “¡Ahí está!, pensaba. ¡Ahí está! Estoy seguro de ello: yo no existo”.

Durante los meses que siguieron, Luciano intentó a menudo volverse a adormecer, pero no lo logró ya; dormía muy regularmente nueve horas por noche y el resto del tiempo se sentía vivo y más y más perplejo: sus padres decían que jamás se había portado tan bien. Cuando se le ocurría pensar que no tenía madera para jefe, se sentía romántico y tenía deseos de caminar horas y horas bajo la luna; pero sus padres no le permitían todavía salir de noche, A menudo entonces se estiraba sobre su cama y se tomaba la temperatura: el termómetro marcaba 37.5 ó 37.6, y Luciano pensaba entonces, con amargo placer, que sus padres le encontrarían buena cara. “No existo.” Cerraba los ojos y se dejaba ir: la existencia es una ilusión; puesto que sé que no existo no tengo más que taparme las orejas, no pensar en nada y me aniquilaré. Pero la ilusión era tenaz. Por lo menos tenía sobre la demás gente la superioridad muy maliciosa de poseer un secreto: Garry, por ejemplo, no existía más que Luciano. Pero bastaba verlo resoplar tumultuosamente en medio de sus admiradores: se comprendía de inmediato que creía a pie juntillas en su propia existencia. El señor Fleurier tampoco existía —ni Rirí, ni nadie— el mundo era una comedia sin actores. Luciano que había obtenido la nota 15 por su disertación sobre “La moral y la ciencia” soñó en escribir un “Tratado del aniquilamiento”, e imaginó que, leyéndolo, la gente se reabsorbería unos después de otros como los vampiros al canto del gallo. Antes de comenzar la redacción de su tratado, quiso conocer la opinión del Babuino, su profesor de filosofía. “Perdón, señor, le dijo al terminar la clase, ¿se puede acaso sostener que nosotros no existimos?” El Babuino dijo que no: “Cogito —dijo—, ergo sum. Usted existe puesto que duda de su existencia”. Luciano no quedó muy convencido, pero renunció a escribir su obra. En julio terminó sin brillo su bachillerato de matemáticas y partió para Ferolles con sus padres. La perplejidad no pasaba nunca, era como un deseo de estornudar.

El tío Bouligaud había muerto y la mentalidad de los obreros del señor Fleurier había cambiado mucho. Cobraban actualmente salarios altos y sus mujeres compraban medias de seda. La señora Bouffardier citaba algunos detalles asombrosos a la señora Fleurier: “Mi sirvienta me contaba que vio ayer en la casa de comidas a la pequeña Ansiaume, que es hija de un buen obrero de su marido, de la que nos ocupamos cuando perdió a su madre. Se ha casado con un ajustador de Baupertuis. Pues bien, ¡encargaba un pollo de veinte francos! ¡Y con una arrogancia! Nada es bastante bueno para ellas. Quieren tener todo lo que nosotros tenemos”. Ahora, cuando Luciano daba los domingos un pequeño paseo con su padre, los obreros se tocaban apenas las gorras al verlos y hasta había algunos que cruzaban para no saludarlos. Un día Luciano encontró al hijo de Bouligaud que no pareció reconocerlo. Luciano se excitó un poco: era el momento de probarse que era un jefe. Hizo pesar sobre Julio Bouligaud una mirada de águila y avanzó hacia él con las manos detrás de la espalda. Pero Bouligaud no pareció intimidado: volvió hacia Luciano los ojos vacíos y cruzó a su lado silbando. “No me ha reconocido”, se dijo Luciano. Pero estaba profundamente desilusionado y los días que siguieron pensó más que nunca que el mundo no existía.

El pequeño revólver de la señora Fleurier estaba guardado en el cajón izquierdo de la cómoda. Su marido se lo había regalado en septiembre de 1914, antes de partir para el frente. Luciano lo tomó y lo volvió largo tiempo entre sus dedos: era una pequeña joya, con cañón dorado y la culata con cachas de nácar. No podía contarse con un tratado de filosofía para persuadir a la gente de que no existían. Lo que era necesario era un acto, un acto verdaderamente desesperado que disipara las apariencias y mostrara a plena luz la inexistencia del mundo. Una detonación, un cuerpo joven desangrándose sobre una alfombra, algunas palabras garabateadas sobre una hoja: “Me mato porque no existo. Y ustedes, hermanos míos, tampoco existen”. La gente leería el diario por la mañana, verían: “Un adolescente se ha atrevido”. Y cada uno de ellos se sentiría terriblemente turbado y se preguntaría: “¿Y yo? ¿Acaso existo?”. Se habían conocido en la historia, entre otras cuando se publicó Werther, tales epidemias de suicidios; Luciano pensó que “mártir” en griego quiere decir “testigo”. Era demasiado sensible para ser un jefe, pero no para ser un mártir. Desde entonces entró a menudo en el tocador de su madre y miraba el revólver y se sentía agonizar. Llegó hasta morder el cañón dorado apretando fuertemente los dedos sobre la culata. Después se sentía más alegre porque pensaba que todos los verdaderos jefes habían conocido la tentación del suicidio. Por ejemplo, Napoleón. Luciano no se engañaba, sabía que tocaba el fondo de la desesperación, pero esperaba salir de esta crisis con un alma templada y leyó con interés el Memorial de Santa Elena. Sin embargo era necesario tomar una decisión. Luciano fijó el 30 de septiembre como último término de sus dudas. Los últimos días fueron extremadamente penosos: ciertamente la crisis era saludable, pero exigía de Luciano una tensión tan fuerte que temía romperse un día como un vaso. No se atrevía ya a tocar el revólver, se contentaba con abrir el cajón, levantaba un poco las combinaciones de su madre y contemplaba largamente al pequeño monstruo glacial y testarudo que se asentaba en un hueco de seda rosa. Sin embargo, cuando se decidió a vivir sintió un vivo descontento y se encontró totalmente ocioso. Felizmente lo absorbieron los múltiples cuidados del regreso: sus padres lo enviaron al Liceo San Luis para seguir los cursos preparatorios de la escuela central. Llevaba un lindo casquete de borde rojo con una insignia y cantaba:

Es el pistón él que hace marchar las máquinas;
Es el pistón el que hace marchar los vagones…

Esta nueva dignidad de “pistón” llenaba de orgullo a Luciano; y además su clase no se parecía a las otras; tenía tradiciones y un ceremonial: era una fuerza. Por ejemplo, era costumbre que una voz preguntara un cuarto de hora antes de terminar la clase de francés: “¿Qué es un cyrard?”, y todo el mundo respondía en sordina: “Es un idiota”. Después de lo cual la voz continuaba: “¿Qué es un agro?” y le respondían un poco más alto: “Es un idiota”. Entonces el señor Béthune, que era casi ciego y llevaba anteojos negros, decía con cansancio: “¡Por favor, señores!”. Había algunos instantes de silencio absoluto y los alumnos se miraban con sonrisas de inteligencia; luego alguien gritaba: “¿Qué es un pistón?” y rugían todos juntos: “¡Es un gran tipo!”. En esos momentos Luciano se sentía galvanizado. Por la noche relataba minuciosamente a sus padres los diversos incidentes del día, y cuando decía: “Entonces toda la clase se echó a reír…” o bien: “Toda la clase decidió poner a Meyrinez en cuarentena” las palabras al pasar le caldeaban la boca como un trago de alcohol. Sin embargo los primeros meses fueron muy duros: Luciano fracasó en sus exámenes de matemáticas y de física, y luego, individualmente, sus camaradas no le eran muy simpáticos; eran casi todos becados, la mayoría estúpidos, sucios y mal educados, no hay ni uno solo, dijo a su padre, de quien quisiera hacerme amigo. “Los becados, dijo soñadoramente el señor Fleurier, representan una minoría intelectual y, no obstante, resultan malos jefes: han quemado una etapa.” Al escuchar hablar de “malos jefes” Luciano sintió un pinchazo desagradable en el corazón y pensó nuevamente en matarse durante la semana siguiente; pero no sentía el mismo entusiasmo que durante las vacaciones. En el mes de enero, un nuevo alumno llamado Berliac escandalizó a toda la clase; llevaba trajes entallados verdes o malva, a la última moda, con pequeños cuellos redondos y pantalones como se veían en los figurines de los sastres, tan estrechos que uno se preguntaba cómo podía ponérselos. Desde el principio se clasificó último en matemáticas: “Me c… en eso, declaró, yo soy literato; hago matemáticas para mortificarme”. Al cabo de un mes había seducido a todo el mundo; distribuyó cigarrillos de contrabando, les dijo que tenía mujeres y les mostró cartas que le habían enviado. Todo el mundo decidió que era un tipo elegante y que había que dejarlo tranquilo. Luciano admiraba mucho sus maneras y su elegancia, pero Berliac trataba a Luciano con condescendencia y le llamaba “niño rico”. “Después de todo, dijo Luciano, vale más eso que ser niño pobre.” Berliac sonrió: “Eres un ciniquito”, le dijo, y, al día siguiente le dio a leer uno de sus poemas: “Carusso engullía todas las noches ojos crudos, aparte de eso era sobrio como un camello. Una dama hizo un ramo con los ojos de su familia y lo lanzó a la escena. Todos se inclinan ante este gesto ejemplar. Pero no olviden que su hora de gloria duró treinta y siete minutos; exactamente desde el primer bravo hasta que se apagó la gran araña de la Ópera (por lo demás era necesario que ella dejara a su marido, laureado en muchos concursos, que tapaba con dos cruces de guerra las cavidades rosadas de sus órbitas). Y noten bien esto: todos aquellos de entre nosotros que coman demasiada carne humana en conserva perecerán de escorbuto”. “Está muy bien”, dijo Luciano desconcertado. “Los obtengo, dijo Berliac con negligencia, por una técnica nueva: se llama la escritura automática.” Por ese tiempo Luciano sintió un violento deseo de matarse y pidió consejo a Berliac. “¿Qué debo hacer?” preguntó cuando hubo expuesto su caso. Berliac lo había escuchado en silencio: tenía la costumbre de chuparse los dedos y de cubrir luego de saliva los granos que tenía en la cara, de manera que su piel brillaba en placas como un camino después de la lluvia. “Haz lo que quieras, dijo por último, eso no tiene ninguna importancia.” Reflexionó un poco y agregó subrayando las palabras: “Nada tiene nunca ninguna importancia”. Luciano quedó un poco desilusionado, pero comprendió que Berliac estaba profundamente interesado, cuando lo invitó el jueves siguiente a merendar con su madre. La señora Berliac fue muy amable; tenía dos verrugas y una mancha de vino sobre la mejilla izquierda. “Tú ves, dijo Berliac a Luciano, las verdaderas víctimas de la guerra somos nosotros.” Era exactamente la opinión de Luciano y convinieron en que los dos pertenecían a una generación sacrificada. Caía el día, Berliac se había acostado en su cama, con las manos anudadas detrás de la nuca. Fumaron cigarrillos ingleses, pusieron discos en el gramófono y Luciano escuchó la voz de Sofía Tucker y la de Al Johnson. Se pusieron melancólicos y Luciano pensó que Berliac era su mejor amigo. Berliac le preguntó si conocía el psicoanálisis; su voz era seria y miraba a Luciano con gravedad. “Hasta los quince años he deseado a mi madre”, le confió. Luciano se sintió muy incómodo; tenía miedo de ruborizarse y además recordaba las verrugas de la señora Berliac y no comprendía que se la pudiera desear. No obstante, cuando volvió para traerles algunas bebidas se sintió vagamente turbado y trató de adivinar su pecho a través del delantal amarillo que llevaba. Cuando salió, Berliac dijo con voz positiva: “Naturalmente tú también habrás deseado acostarte con tu madre”. No interrogaba, afirmaba. Luciano se encogió de hombros: “Naturalmente” dijo. Al día siguiente estaba inquieto, tenía miedo de que Berliac repitiera su conversación. Pero se tranquilizó pronto: “Después de todo, pensó, él está más comprometido que yo”.

Quedó muy seducido por el giro científico que habían tomado sus confidencias y el jueves siguiente leyó una obra de Freud sobre el sueño, en la biblioteca Santa Genoveva. Fue una revelación: “Conque es así, se repetía Luciano caminando al azar por las calles: conque es así”. Compró de inmediato la Introducción al psicoanálisis y la Psicopatología de la vida cotidiana y todo se volvió claro para él. Esa extraña impresión de no existir, ese vacío que había habido largo tiempo en su conciencia, sus somnolencias, sus perplejidades, sus vanos esfuerzos para conocerse, que nunca encontraban más que una cortina de bruma… “Maldición, pensó, tengo un complejo.” Contó a Berliac cómo en su infancia se había imaginado que era sonámbulo y cómo los objetos no le parecían nunca totalmente reales: “Debo tener, concluyó, un complejo de huida por la mentira”. “¡Exactamente como yo, dijo Berliac, tenemos complejos casa!” Tomaron la costumbre de interpretar sus sueños y hasta sus menores gestos; Berliac tenía siempre tantas historias que contar, que Luciano sospechaba que las inventaba o al menos las embellecía. Pero se entendían muy bien y abordaban los más delicados temas con objetividad; se confesaron que llevaban una máscara de alegría para engañar a sus círculos, pero que, en el fondo, estaban terriblemente atormentados. Luciano se libró de sus inquietudes. Se arrojó con avidez sobre el psicoanálisis porque entendía que era lo que le convenía en el momento actual; se sentía fortalecido, ya no tenía necesidad de hacerse mala sangre y estar siempre buscando en su conciencia las manifestaciones palpables de su carácter. El verdadero Luciano estaba profundamente escondido en lo inconsciente, era necesario soñar con él, sin verlo jamás, como con un ausente querido. Luciano pensaba todo el día en sus complejos e imaginaba con orgullo el mundo oscuro, cruel y violento que se agitaba bajo los vapores de su conciencia. “Comprende, decía a Berliac, aparentemente yo era un chico medio dormido e indiferente a todo, nada interesante. Y aun por dentro, sabes, tenía tal aspecto de ser realmente así, que yo mismo casi me dejé engañar. Pero sabía bien que había otra cosa.” “Siempre hay otra cosa”, contestaba Berliac. Y se sonreían con orgullo. Luciano compuso un poema titulado “Cuando se desgarre la bruma” y Berliac lo encontró famoso, pero reprochó a Luciano haberlo escrito en versos regulares. Lo aprendieron sin embargo de memoria y cuando querían hablar de sus libidos decían con gusto:

“Los grandes cangrejos ocultos bajo el manto de la bruma.” Después, sencillamente los “cangrejos” guiñando el ojo. Pero al cabo de algún tiempo Luciano, cuando estaba solo y sobre todo por la noche, comenzó a encontrar todo esto un poco espantoso. No se atrevía a mirar a su madre a la cara, y cuando la besaba antes de irse a acostar temía que un poder tenebroso desviara su beso y lo hiciera caer sobre la boca de la señora Fleurier; era como si llevara en sí mismo un volcán. Luciano se trató con precaución para no violentar el alma suntuosa y siniestra que se había descubierto. Conocía al presente todo su valor y temía sus terribles despertares: “Tengo miedo de mí mismo”, se decía, desde hacía seis meses había renunciado a las prácticas solitarias porque lo aburrían y tenía demasiado trabajo, pero volvió a ellas: era preciso que cada uno siguiera su inclinación; los libros de Freud estaban llenos de historias de desdichados jóvenes que habían tenido brotes de neurosis por haber roto demasiado bruscamente con sus hábitos. “¿No nos volveremos locos?”, preguntó a Berliac. Y de hecho, algunos jueves se sentía extraño: la penumbra se había deslizado solapadamente en la habitación de Berliac, habían fumado paquetes enteros de cigarrillos opiáceos, sus manos temblaban. Entonces uno de ellos se levantaba sin decir una palabra, caminaba lentamente hasta la puerta y daba vuelta al conmutador. Una luz amarilla invadía la pieza y se miraban con desconfianza.

Luciano no tardó en notar que su amistad con Berliac descansaba sobre un mal entendido: nadie más sensible que él, ciertamente, a la belleza patética del complejo de Edipo, pero veía en él, ante todo, el signo de una fuerza de pasión que deseaba derivar más tarde hacia otros fines. Por el contrario, Berliac parecía complacerse en su estado y no quería salir de él. “Somos tipos embromados, decía con orgullo, fracasados. Nunca seremos nada.” “Nunca nada”, respondía Luciano como un eco. Pero estaba furioso. De regreso de las vacaciones de Pascua, Berliac le contó que había compartido la habitación de su madre en un hotel de Dijon: se había levantado al amanecer, se había acercado a la cama donde su madre todavía dormía y había rebatido suavemente las mantas. “Su camisón estaba levantado”, dijo burlón. Al oír estas palabras Luciano no pudo dejar de despreciar un poco a Berliac y se sintió muy solo. Era lindo tener algunos complejos pero era necesario saber liquidarlos a tiempo: ¿cómo un hombre hecho podría asumir responsabilidades y tomar el mando de nada si conservara una sexualidad infantil? Luciano comenzó a inquietarse seriamente: le hubiera gustado pedir consejo a una persona autorizada, pero no sabía a quién dirigirse. Berliac le había hablado a menudo de un superrealista llamado Bergère que era muy versado en psicoanálisis y que parecía haber adquirido un gran ascendiente sobre él; pero nunca había propuesto a Luciano presentárselo. Luciano quedó también muy desilusionado porque había contado con Berliac para conseguir mujeres; pensaba que la posesión de una linda querida cambiaría naturalmente el curso de sus ideas. Pero Berliac no hablaba nunca de sus buenas amigas. Algunas veces iban por las grandes avenidas y seguían a algunas tipejas, pero no se atrevían a hablarles; “¡Qué quieres, pobre viejo!, decía Berliac, no somos de la raza que les agrada. Las mujeres sienten en nosotros alguna cosa que las espanta”. Luciano no contestaba; Berliac comenzaba a fastidiarlo. Hacía a menudo bromas de muy mal gusto sobre los padres de Luciano, los llamaba señor y señora Blanducho. Luciano comprendía muy bien que un superrealista desprecia la burguesía en general, pero Berliac había sido invitado muchas veces por la señora Fleurier que lo había tratado con confianza y amistad: a falta de gratitud, una simple preocupación de decencia hubiera debido impedirle hablar de ellos en ese tono. Además Berliac era terrible con su manía de pedir dinero prestado y no devolverlo; en el ómnibus nunca tenía cambio y era necesario pagar por él; en los cafés solo una vez de cada cinco proponía pagar el gasto. Luciano le dijo por lo claro un día que no comprendía eso, que entre camaradas se debían dividir todos los gastos de los paseos. Berliac le miró profundamente y le dijo: “No me cabe duda: eres un anal” y le explicó la relación freudiana: heces = oro, y la teoría freudiana de la avaricia. “Querría saber una cosa, dijo, ¿hasta qué edad te ha limpiado tu madre?”. Estuvieron a punto de reñir.

Desde que empezó el mes de mayo Berliac se puso a faltar al Liceo: Luciano iba a encontrarlo después de las clases en un bar de la calle Petitchamps donde bebían vermouth “Crucifix”. Un martes a la tarde Luciano encontró a Berliac sentado ante un vaso vacío. “Ya estás aquí, dijo Berliac, escucha, tengo que largarme, tengo cita a las cinco con mi dentista. Espérame, vive al lado, tardaré una media hora.” “O. K.” contestó Luciano dejándose caer en una silla. “Francisco, tráigame un vermouth solo.” En ese momento entró un hombre en el bar y viéndolos sonrió con aire asombrado. Berliac enrojeció y se levantó apresuradamente. “¿Quién puede ser?”; se preguntó Luciano. Berliac estrechando la mano del desconocido se las arregló para ocultar a Luciano; hablaba con voz baja y rápida; el otro contestó con voz clara: “nada de eso, chiquito mío, nada de eso, tú no serás nunca más que un payaso”. Al mismo tiempo se levantaba sobre la punta de los pies y miraba a Luciano por encima de la cabeza de Berliac, con tranquila seguridad. Podía contar treinta y cinco años, tenía pálido el rostro y magníficos cabellos blancos: “Seguramente es Bergère pensó Luciano, latiéndole el corazón, ¡qué hermoso es!”

Berliac había tomado al hombre de los cabellos blancos por el codo, con gesto tímidamente autoritario:

—Venga conmigo —dijo— voy a casa de mi dentista, es a dos pasos.

—Pero creo que estás con un amigo —contestó el otro sin quitar los ojos de Luciano— deberías presentarnos.

Luciano se levantó sonriendo: “Agárrate esa”, pensó; tenía las mejillas ardiendo. El cuello de Berliac se hundió entre los hombros y durante un segundo Luciano creyó que se iba a negar. “Bueno, preséntame pues”, dijo con voz alegre. Pero apenas habló, la sangre afluyó a sus sienes, hubiera querido hundirse bajo tierra. Berliac dio vuelta la cara y farfulló sin mirar a nadie:

—Luciano Fleurier, un compañero del Liceo: el señor Aquiles Bergère.

—Señor, admiro sus obras —dijo Luciano con voz débil. Bergère le tomó la mano entre sus largas manos finas y le obligó a sentarse. Hubo un silencio; Bergère envolvía a Luciano en una cálida y tierna mirada; guardaba su mano entre las de él: “¿Está inquieto?”, le preguntó con dulzura.

Luciano se aclaró la voz y devolvió a Bergère una mirada firme:

—Estoy inquieto —respondió claramente. Le parecía que acababa de sufrir las pruebas de una iniciación. Berliac dudó un instante, luego volvió rabiosamente a ocupar su lugar arrojando su sombrero sobre la mesa. Luciano ardía en ganas de contar a Bergère su tentativa de suicidio; era uno de esos con quienes hay que hablar de las cosas abruptamente y sin preparación. No se atrevió a decir nada a causa de Berliac; odiaba a Berliac.

—¿Tienen raki? —preguntó Bergère al mozo.

—No, no tienen —dijo Berliac con apresuramiento—; es una pequeña “boîte” encantadora, pero no tienen más que vermouth para beber.

—¿Qué es esa cosa amarilla que tienen allá abajo en una garrafa? —preguntó Bergère con una seguridad llena de blandura.

—Es “Crucifix” blanco —contestó el mozo.

—Bueno, tráigame de eso.

Berliac se retorcía en su silla; parecía vacilar entre el deseo de alabar a sus amigos y el temor de hacer brillar a Luciano a sus expensas. Terminó por decir con voz lúgubre y orgullosa:

—Este quiso matarse.

—¡Caramba! —dijo Bergère— ya me lo esperaba.

Hubo un nuevo silencio; Luciano había bajado los ojos con aire modesto pero se preguntaba si Berliac no abandonaría rápido el campo. Bergère miró de pronto su reloj.

—¿Y tu dentista? —preguntó.

Berliac se levantó de mala gana.

—Acompáñeme, Bergère —suplicó— es a dos pasos.

—¿Para qué? Mientras vuelves, haré compañía a tu camarada.

Berliac se demoró todavía un momento; saltaba de un pie a otro.

—Vamos; lárgate —dijo Bergère con voz imperiosa— nos encontrarás aquí.

Cuando Berliac se fue, Bergère se levantó y fue a sentarse, sin cumplimientos, al lado de Luciano. Luciano le contó largamente su suicidio; le explicó también que había deseado a su madre, que era un sádico-anal, que en el fondo nada le agradaba y que todo era una comedia. Bergère lo escuchaba sin decir nada, mirándolo profundamente, y Luciano encontraba delicioso el ser comprendido. Cuando terminó, Bergère le pasó familiarmente el brazo sobre los hombros y Luciano aspiró un olor a agua de Colonia y a tabaco inglés.

—¿Sabe cómo llamo yo a su estado, Luciano?

Luciano miró a Bergère con esperanza; no quedó desilusionado.

—Yo lo llamo —dijo Bergère— el Desorden.

Desorden: la palabra había comenzado tierna y blanca como un rayo de luna, pero la “en” final tenía el fragor broncíneo del cuerno.

—Desorden… —dijo Luciano.

Se sentía grave e inquieto como cuando dijo a Rirí que era sonámbulo. El bar estaba sombrío, pero la puerta se abría de par en par sobre la calle, sobre la niebla luminosa y rubia de la primavera; bajo el delicado perfume que se desprendía de Bergère, Luciano percibía el pesado olor de la sala oscura, olor a vino tinto y a madera húmeda. “Desorden… —pensaba— ¿adonde me va a llevar?”. No sabía si se había descubierto una dignidad o una enfermedad nueva, veía cerca de sus ojos los ágiles labios de Bergère que cubrían y descubrían sin descanso el brillo de un diente de oro.

—Amo los seres que viven en desorden —dijo Bergère—, y encuentro que tiene usted una suerte extraordinaria. Porque, en fin, esto es algo que le ha sido dado. Ve todos esos cerdos. Todos son tranquilos. Sería necesario echarlos a las hormigas rojas para estimularlos un poco. ¿Sabe usted lo que hacen esos concienzudos animalitos?

—Comen hombres —dijo Luciano.

—Sí, limpian los esqueletos de su carne humana.

—Lo sé —dijo Luciano— ¿y yo? ¿Qué debo hacer?

—Nada, por el amor de Dios —dijo Bergère con cómico espanto—. Y sobre todo no se vaya a sentar. A menos —dijo riendo— que lo haga sobre un palo. ¿Ha leído usted a Rimbaud?

—No —dijo Luciano.

—Le prestaré las Iluminaciones. Escúcheme, es necesario que nos volvamos a ver. Si usted está libre el jueves, pase por casa a eso de las tres; vivo en Montparnasse, 9, calle Campagne-Première.

El jueves siguiente Luciano fue a casa de Bergère y volvió casi todos los días del mes de mayo. Convinieron en decir a Berliac que se veían una vez por semana, porque querían ser francos con él y no querían darle un disgusto. Berliac se mostró completamente indiscreto y dijo a Luciano burlonamente: “Entonces ¿es una pasión? Él te ha servido la inquietud y tú le has servido el suicidio: ¿bien jugado, eh?” Luciano protestó. “Te haré notar —dijo enrojeciendo— que fuiste tú quien habló primero de mi suicidio.” “Oh —dijo Berliac— fue solamente para evitarte la vergüenza de hacerlo tú mismo.” Espaciaron sus encuentros. “Todo lo que me gustaba en él —dijo un día Luciano a Bergère— es lo que usted le había prestado. Ahora me doy cuenta de eso.” “Berliac es un mono, dijo riendo Bergère, es lo que siempre me ha atraído hacia él. ¿Sabe que su abuela materna es judía? Eso explica muchas cosas.” “En efecto”, contestó Luciano. Agregó después de un momento: “Por lo demás tiene algo de encantador”. El departamento de Bergère estaba lleno de objetos raros y cómicos: Taburetes cuyos asientos de terciopelo rojo descansaban sobre piernas de mujer de madera pintada, estatuitas negras, un cinturón de castidad de hierro forjado con puntas, senos de yeso en los cuales se habían plantado cucharitas; sobre el escritorio un gigantesco piojo de bronce y un cráneo de monje robado de un osario de Mistra, servían de pisapapeles. Las paredes estaban tapizadas de participaciones que anunciaban la muerte del surrealista Bergère. Pese a todo, el departamento daba una impresión de inteligente comodidad y a Luciano le agradaba extenderse en el profundo diván del salón de fumar. Lo que le asombraba particularmente era la enorme cantidad de sorpresas y de burlas que Bergère había acumulado sobre un estante: fluido glacial, polvo para estornudar, picapica, azúcar flotante, excremento diabólico, ligas de novia. Bergère tomaba, mientras hablaba, el excremento diabólico entre sus dedos y lo consideraba con gravedad. “Estas bromas —decía—, tienen un valor revolucionario; inquietan. Hay más poder destructivo en ellas que en las obras completas de Lenin.” Luciano, sorprendido y encantado, miraba alternativamente ese bello rostro atormentado de ojos hundidos y esos largos dedos finos que sostenían con gracia un excremento perfectamente imitado. Bergère le hablaba a menudo de Rimbaud y del “desorden sistemático de todos los sentidos”. “Cuando usted pueda, al pasar por la plaza de la Concordia, ver distintamente y a voluntad una negra de rodillas en trance de chupar el obelisco; podrá decir que ha reventado el decorado y que está salvado.” Le prestó las Iluminaciones, Los cantos de Maldoror y las obras del marqués de Sade. Luciano trató concienzudamente de comprenderlos, pero muchas cosas se le escapaban y estaba asombrado porque Rimbaud era pederasta. Se lo dijo a Bergère, que se echó a reír: “¿Pero por qué, pequeño?” Luciano quedó muy molesto. Se ruborizó y durante un minuto se puso a odiar a Bergère con todas sus fuerzas; pero se dominó, levantó la cabeza y dijo con sencilla franqueza: “He dicho una tontería”. Bergère le acarició los cabellos; parecía enternecido: “Esos grandes ojos llenos de turbación, dijo, esos ojos de gacela… Sí, Luciano, ha dicho una tontería. La pederastia de Rimbaud es el primero y genial desarreglo de su sensibilidad. A ella debemos sus poemas. Creer que hay objetos específicos del deseo sexual y que estos objetos son las mujeres, porque tienen un agujero entre las piernas, es el odioso y voluntario error de los ‘sentados’. ¡Mire!”. Sacó de su escritorio una docena de fotos amarillentas y las arrojó sobre las rodillas de Luciano. Luciano vio unas horribles rameras desnudas, riendo con bocas desdentadas, apartando sus piernas como labios y mostrando entre sus muslos algo así como una lengua musgosa. “Compré la colección por tres francos en Bou-Saada —dijo Bergère—. Si usted besa el trasero de esas mujeres, usted es un hijo de familia y todo el mundo dice que lleva vida de soltero. Porque son mujeres. ¿Comprende? Le digo que lo primero que hay que hacer es persuadirse de que todo puede ser objeto del deseo sexual, una máquina de coser, una probeta, un caballo o un zapato. Yo, dijo sonriendo, he hecho el amor con moscas. He conocido un fusilero guardacostas que se acostaba con patos, les ponía la cabeza en un cajón, los mantenía sólidamente por las patas y, ¡adelante!” Bergère pellizcó distraídamente la oreja de Luciano y concluyó: “El pato moría y se lo comía el batallón”. Luciano salía de estas conversaciones con la cabeza ardiendo, pensaba que Bergère era un genio, pero le sucedía a veces despertarse por las noches empapado en sudor, llena la cabeza de visiones monstruosas y obscenas y se preguntaba si Bergère ejercía sobre él una buena influencia: “¡Estar solo! —gemía retorciéndose las manos—, no tener a nadie que me aconseje, que me diga si voy por el buen camino”. Si iba hasta el fin, si practicaba porque sí el desarreglo de todos sus sentidos, ¿no iba acaso a perder pie y a ahogarse? Un día que Bergère le había hablado largamente de André Bretón, Luciano murmuró como en un sueño: “Sí, pero ¿si después de eso no puedo volver atrás?” Bergère se sobresaltó: “¿Volver atrás?”. ¿Quién habla de volver atrás? Si usted se vuelve loco, tanto mejor. Después, como dice Rimbaud, “vendrán otros horribles trabajadores”. “Era lo que yo pensaba”, dijo Luciano tristemente. Había notado que estas largas conversaciones tenían un resultado opuesto al que deseaba Bergère: en cuanto Luciano se sorprendía experimentando una sensación un poco fina, una impresión original, se ponía a temblar: “Ahora empieza”, pensaba. Hubiera deseado con gusto tener solamente las percepciones más triviales y más rudas; solo se sentía a gusto por las noches con sus padres: eran su refugio. Hablaban de Briand, de la mala voluntad de los alemanes, del alumbramiento de la prima Juana y del precio de la vida. Luciano cambiaba voluptuosamente con ellos palabras de un vulgar buen sentido. Un día cuando volvió a su habitación, después de haber dejado a Bergère, cerró maquinalmente la puerta con llave y echó cerrojo. Cuando se dio cuenta de su gesto se esforzó por reír pero no pudo dormir durante la noche: acababa de comprender que tenía miedo.

No obstante, por nada del mundo hubiera dejado de frecuentar a Bergère. “Me fascina”, se decía. Además apreciaba vivamente la camaradería tan delicada y de un género tan particular que Bergère había sabido establecer entre ellos. Sin dejar un tono viril y casi rudo, Bergère tenía el arte de hacer sentir y por así decir, tocar a Luciano, su ternura: le rehacía, por ejemplo, el nudo de la corbata, lo reprendía por ir mal arreglado, y lo peinaba con un peine de oro que provenía de Cambodge. Hizo descubrir a Luciano su propio cuerpo y le explicó la belleza áspera y patética de la juventud: “Usted es Rimbaud, le decía, él tenía sus grandes manos cuando vino a París para ver a Verlaine; tenía ese rostro rosado de joven campesino bien nutrido y ese largo cuerpo frágil de jovencita rubia”. Obligaba a Luciano a desatarse la corbata y a abrirse la camisa y después lo conducía, muy confuso, ante un espejo y le hacía admirar la armonía encantadora de sus mejillas rojas y de su garganta blanca; entonces rozaba con mano ligera las caderas de Luciano y agregaba tristemente: “Uno debería matarse a los veinte años”. Ahora, a menudo, Luciano se miraba en los espejos y aprendía a gozar de su joven gracia llena de torpeza: “Soy Rimbaud”, pensaba por la noche, quitándose la ropa con gestos llenos de dulzura, y empezaba a creer que tendría la vida breve y trágica de una flor demasiado bella. En esos momentos le parecía que había conocido mucho tiempo antes impresiones análogas y le volvió a la memoria una imagen absurda: se volvió a ver chiquito, con una larga vestidura azul y alas de ángel, distribuyendo flores en una venta de caridad. Miraba sus largas piernas. “¿Será verdad que tengo la piel tan suave?”, pensaba divertido. Y una vez se paseó los labios por el antebrazo, desde la muñeca hasta el pliegue del codo, a lo largo de una encantadora venita azul.

Un día, al entrar en casa de Bergère, tuvo una sorpresa desagradable: Berliac estaba allí y se ocupaba en sacar con un cuchillo fragmentos de una sustancia negruzca que tenía el aspecto de un terrón de tierra. Los dos jóvenes hacía diez días que no se habían visto; se estrecharon la mano con frialdad. “¿Ves esto?”, dijo Berliac, es haschich. Vamos a ponerlo en estas pipas entre dos capas de tabaco rubio, hace un efecto asombroso. Hay una para ti, agregó. “Gracias, dijo Luciano, no quiero.” Los otros dos se echaron a reír y Berliac insistió, con malos ojos: “Pero, eres un idiota, viejo, no te puedes figurar lo agradable que es”. “Te he dicho que no”, dijo Luciano. Berliac no contestó nada, se limitó a sonreír con aire superior y Luciano vio que Bergère también sonreía. Golpeó con el pie y dijo: “No quiero, no quiero deslomarme, encuentro idiota tomar esas cosas que embrutecen”. Aquello se le escapó a su pesar, pero cuando comprendió el alcance de lo que acababa de decir e imaginó lo que Bergère podía pensar de él, sintió deseos de matar a Berliac y las lágrimas le subieron a los ojos. “Tú eres un burgués —dijo Berliac encogiéndose de hombros—, te haces el que nadas, pero tienes muchísimo miedo de perder pie.” “No quiero tomar la costumbre de los estupefacientes —dijo Luciano con voz más tranquila—, es una esclavitud como cualquier otra y quiero estar disponible.” “Di que tienes miedo de comprometerte”, contestó violentamente Berliac. Luciano iba a darle un par de bofetadas cuando escuchó la voz imperiosa de Bergère: “Déjalo, Carlos —decía a Berliac—. Él tiene razón. Su miedo a comprometerse es también desorden”. Fumaron los dos extendidos sobre el diván y un olor a papel de Armenia se difundió por toda la pieza. Luciano estaba sentado en un taburete de terciopelo rojo y los contemplaba en silencio. Berliac, al cabo de un momento, dejó caer su cabeza hacia atrás y pestañeó con una sonrisa húmeda. Luciano lo miraba con rencor y se sentía humillado. Por último Berliac se levantó y dejó la pieza con paso inseguro: había conservado todo el tiempo sobre sus labios esa mala sonrisa adormecida y voluptuosa. “Deme una pipa”, dijo Luciano con voz ronca. Bergère se echo a reír: “No vale la pena, dijo. No te molestes por Berliac. ¿Sabes lo que hace en este momento?”. “Me c… en eso.” “Bueno, sábelo de cualquier modo, vomita, dijo tranquilamente Bergère. Es el único efecto que le produce siempre el haschich. Lo demás solo es comedia, pero lo hago fumar a veces porque quiere asombrarme y eso me divierte.” Al día siguiente Berliac fue al Liceo y quiso tratar con superioridad a Luciano: “Tú subes a los trenes, dijo, pero eliges cuidadosamente los que se quedan en la estación”. Pero se encontró con una pared: “Eres un farsante, le contestó Luciano, ¿acaso crees que no sé lo que hacías ayer en el baño? ¡Vomitabas, viejo!” Berliac se puso pálido “¿Bergère te lo dijo?” “¿Quién quieres que haya sido?” “Está bien, balbuceó Berliac, pero jamás hubiera creído que Bergère fuera un tipo capaz de burlarse de sus antiguos compañeros con los nuevos.” Luciano se sentía un poco inquieto: había prometido a Bergère no repetir nada. “Vamos, vamos, dijo, no se ha burlado de ti, quiso mostrarme simplemente que eso no colaba.” Pero Berliac le volvió la espalda y se alejó sin estrecharle la mano. Luciano no estaba muy orgulloso cuando volvió a casa de Bergère. “¿Qué le dijo usted a Berliac?”, preguntó Bergère con aire displicente. Luciano bajó la cabeza sin contestar, estaba abrumado. Pero sintió de pronto la mano de Bergère sobre la nuca: “Eso no es nada, pequeño. De todos modos era necesario que terminara: los comediantes no me divierten nunca mucho tiempo”. Luciano recobró algo de coraje; levantó la cabeza y sonrió: “Pero yo también soy un comediante, dijo pestañeando”. “Sí, pero tú, tú eres bello”, contestó Bergère atrayéndolo hacia sí. Luciano se dejó hacer; se sentía suave como una niña y tenía lágrimas en los ojos. Bergère lo besó en las mejillas y le mordisqueó la oreja llamándolo ya “mi bella canallita”, ya “mi hermanito”, y Luciano pensaba que era muy agradable tener un hermano mayor tan indulgente y comprensivo.

El señor y la señora Fleurier quisieron conocer a ese Bergère del que Luciano hablaba tanto y lo invitaron a comer. Todo el mundo lo encontró encantador, hasta Germana que nunca había visto un hombre tan buen mozo. El señor Fleurier había conocido al general Nizan, tío de Bergère, y habló de él largo tiempo. También la señora Fleurier tuvo el mayor gusto en confiarle a Luciano para las vacaciones de Pentecostés. Fueron en auto a Rouen. Luciano quería ver la catedral y la municipalidad, pero Bergère se negó en redondo: “¿Esas inmundicias?”, preguntó con insolencia. Finalmente fueron a pasar dos horas en un burdel de la calle de los Franciscanos y Bergère estuvo grande: llamaba a todas las rameras “señoritas” golpeando con la rodilla a Luciano debajo de la mesa; después aceptó subir con una de ellas, pero volvió a bajar a los cinco minutos: “Levantemos campamento —susurró—, antes de que se arme”. Pagaron rápidamente y salieron. Bergère contó lo que había pasado; aprovechó que la mujer había vuelto la espalda para echar en la cama un gran puñado de picapica, después le declaró que era impotente y volvió a bajar. Luciano había bebido dos whiskies y estaba un poco alegre: cantó “El artillero de Metz” y el “De profundis Morpionibus”; encontraba admirable que Bergère fuera a la vez tan profundo y tan chiquilín.

“No he reservado más que una habitación, dijo Bergère cuando llegaron al hotel, pero tiene un gran cuarto de baño.” Luciano no se sorprendió; durante el viaje había pensado vagamente que compartiría la habitación con Bergère; pero sin detenerse nunca mucho sobre esta idea. Ahora que no podía retroceder encontraba la cosa un poco desagradable, sobre todo porque no tenía los pies limpios. Mientras subían las valijas imaginó que Bergère le diría: “Qué sucio eres, vas a manchar las sábanas”. Y él le respondería con insolencia: “Tiene usted ideas muy burguesas sobre la limpieza”. Pero Bergère lo empujó al baño con su valija, diciéndole: “Arréglate ahí adentro, yo voy a desvestirme en la habitación”. Luciano tomó un baño de pies y un baño de asiento. Tenía ganas de ir al servicio pero no se atrevió y se contentó con orinar en el lavatorio; después se puso su camisón, se calzó las pantuflas que su madre le había prestado (las suyas estaban agujereadas) y golpeó: “¿Está listo?”, preguntó. “Sí, sí, entra”. Bergère se había puesto una “robe de chambre” negra sobre un pijama azul celeste. La habitación olía a agua de Colonia. “¿No hay más que una cama?”, preguntó Luciano. Bergère no contestó: miraba a Luciano con un estupor que acabó en una formidable carcajada. “¿Pero estás en camisón?, dijo riéndose. ¿Qué has hecho de tu gorro de dormir? ¡Ah, no! Esto es demasiado gracioso, querría que te vieras.” “Hace dos años, dijo Luciano muy vejado, que le pido a mi madre que me compre pijamas.” Bergère fue hacia él: “Vamos, sácate eso, dijo en un tono que no admitía réplica, te voy a dar uno de los míos; te va a quedar un poco grande, pero siempre te quedará mejor que eso”. Luciano permanecía clavado en el medio de la pieza, los ojos fijos sobre los rombos rojos y verdes de la alfombra. Hubiera preferido volver al baño, pero tuvo miedo de pasar por un imbécil y con un movimiento seco mandó a pasear su camisón por encima de la cabeza. Hubo un instante de silencio: Bergère miraba a Luciano sonriendo y Luciano comprendió de pronto que estaba totalmente desnudo en medio de la habitación y que tenía en los pies las pantuflas con pompones de su madre. Miró sus manos —las grandes manos de Rimbaud— y hubiera querido ponérselas sobre el vientre y ocultar por lo menos eso, pero se contuvo y las puso valientemente a su espalda. En las paredes, entre dos filas de rombos, había de vez en cuando un cuadradito violeta. “Palabra, dijo Bergère, es tan casto como una doncella: mírate en el espejo, Luciano, has enrojecido hasta el pecho. Sin embargo estás mejor así que con ese camisón.” “Sí, dijo Luciano con esfuerzo, pero nunca tiene uno aspecto presentable cuando está en cueros. Pásame rápido el pijama.” Bergère le arrojó un pijama de seda que olía a lavanda y se metieron en la cama. Hubo un pesado silencio: “Esto va mal, dijo Luciano, tengo ganas de vomitar”. Bergère no contestó y Luciano tuvo un eructo de whisky. “Va a acostarse conmigo” se dijo. Y los rombos de la tapicería se pusieron a girar mientras el asfixiante olor del agua de colonia se le asía a la garganta. “No hubiera debido aceptar hacer este viaje.” No había tenido suerte, veinte veces, en estos últimos tiempos, había estado a dos dedos de descubrir lo que Bergère quería de él, y cada vez, como si hubiera sido de gusto, había sobrevenido un incidente que lo había hecho cambiar de idea. Y ahora estaba allí, en la cama de ese tipo, enteramente a su disposición. “Voy a tomar mi almohada e iré a acostarme al baño.” Pero no se atrevió; pensó en la mirada irónica de Bergère. Y se echó a reír: “Pienso en la p… de hace un momento, dijo, debe estar rascándose…”. Bergère tampoco contestó; Luciano lo miró de reojo; estaba acostado de espaldas, con aire de inocente, las manos debajo de la nuca. Entonces un violento furor se apoderó de Luciano, se incorporó sobre un codo y le dijo: “Bueno, ¿qué espera? ¿Es para enhebrar perlas para lo que me ha traído aquí?”.

Era demasiado tarde para lamentar su frase: Bergère volvió hacia él y lo consideró con mirada divertida: “Mírenme esta atorrantita con su cara de ángel. ¡Vamos!, bebé, no me lo has mandado decir: cuentas conmigo para descarriarte, los sentiditos”. Todavía le miró un momento, sus rostros casi se tocaban y luego tomó a Luciano en sus brazos y le acarició el pecho bajo el saco del pijama. Eso no era desagradable: cosquilleaba un poco, solo que Bergère estaba espantoso: había tomado aire de idiota y repetía con esfuerzo: “No tienes vergüenza, cochinito. ¡No tienes vergüenza, cochinito!”, como los discos de fono que anuncian en las estaciones la partida de los trenes. Por el contrario, la mano de Bergère, viva y ligera, parecía una persona. Rozaba dulcemente la punta de los pechos de Luciano, hubiérase dicho la caricia del agua tibia cuando se entra en el baño. Luciano hubiera querido tomar aquella mano, arrancarla de sí y retorcerla, pero Bergère se hubiera burlado: mírenme este doncel. La mano se deslizó lentamente a lo largo de su vientre y tardó en deshacer el nudo del cordón que sostenía el pantalón. Él la dejó hacer, se sentía pesado y húmedo como una esponja mojada y tenía un miedo espantoso. Bergère había apartado las mantas, había puesto la cabeza sobre el pecho de Luciano y parecía auscultarlo. Luciano tuvo uno después de otro dos eructos agrios y temió vomitar sobre los hermosos cabellos plateados, que eran tan dignos. “Me aprieta usted el estómago”, dijo. Bergère se levantó un poco y pasó una mano bajo los riñones de Luciano; la otra mano no acariciaba más, zamarreaba. “Tienes unas lindas nalguitas”, dijo de pronto Bergère. Luciano creía estar en una pesadilla: “¿Le gustan?” preguntó con coquetería. Pero Bergère lo dejó de pronto y levantó la cabeza con aire de despecho: “Maldito farsantuelo, dijo rabiosamente, este quiere jugar a los Rimbaud y hace más de una hora que lucho con él sin llegar a excitarlo”. Lágrimas de enervamiento subieron a los ojos de Luciano y rechazó a Bergère con todas sus fuerzas. “No es culpa mía, dijo con voz sibilante, me ha hecho usted beber demasiado, tengo ganas de vomitar.” “Bueno, ¡anda!, ¡anda!, dijo Bergère, y tómate tu tiempo.” Y agregó entre dientes: “Encantadora velada”. Luciano se subió el pantalón, se puso la “robe de chambre” negra y salió. Cuando hubo cerrado la puerta del baño, se sintió tan solo y tan desamparado que estalló en sollozos. No tenía pañuelo en el bolsillo de la “robe de chambre” y se enjugó los ojos y la nariz con papel higiénico. Pero aun cuando se metió dos dedos en la garganta, no llegó a vomitar. Entonces dejó caer maquinalmente su pantalón y se sentó tiritando en el trono: “qué cochino, pensaba, qué cochino”. Estaba atrozmente humillado, pero no sabía si sentía vergüenza por haber soportado las caricias de Bergère o por no haberse turbado con ellas. El corredor crujía del otro lado de la puerta y Luciano se sobresaltaba a cada crujido, pero no podía resolverse a entrar en la habitación: “Sin embargo es necesario que vaya, pensaba, es necesario, si no se burlará de mí, ¡con Berliac!”, y se levantaba a medias, pero en seguida evocaba la cara de Bergère, su aire estúpido, le oía decir: “¡No tienes vergüenza, cochinito!”. ¡Volvía a caer sobre el asiento, desesperado! Al cabo de un momento, tuvo una violenta diarrea que lo alivió algo: “Esto se va por abajo, pensó, lo prefiero así”. En realidad no sentía ganas de vomitar. “Va a hacerme daño”, pensó bruscamente y creyó que iba a desmayarse. Luciano llegó a tener tanto frío que se puso a castañetear los dientes; pensó que iba a enfermarse y se levantó bruscamente. Cuando entró, Bergère lo miró con aire forzado; fumaba un cigarrillo, su pijama estaba abierto y se veía su delgado torso. Luciano se sacó lentamente las pantuflas y la “robe de chambre” y se deslizó sin una palabra bajo las mantas. “¿Cómo va eso?”, preguntó Bergère. Luciano se encogió de hombros: “Tengo frío”. “¿Quieres que te haga entrar en calor?” “Siga ensayando”, dijo Luciano. Al instante se sintió aplastado por un peso enorme. Una boca tibia y blanda se pegó contra la suya; se hubiera dicho un bistec crudo. Luciano ya no comprendía nada, no sabía más dónde estaba, y se sentía ahogado a medias, pero estaba contento porque sentía calor. Pensó en la señora Besse que le apoyaba la mano en el vientre llamándole “mi muñequita” y en Hebrard que lo llamaba “gran espárrago” y en las duchas que se daba por la mañana imaginándose que el señor Bouffardier iba a entrar a ponerle una lavativa y se dijo: “soy su muñequita”. En ese momento Bergère lanzó un grito de triunfo: “¡Por fin te decides!, dijo ¡vamos!, agregó jadeando, haremos algo contigo”. Luciano se empeñó en sacarse por sí mismo el pijama.

Al día siguiente se despertaron a mediodía. El mozo les llevó el desayuno a la cama y Luciano encontró que tenía aire grosero: “Me toma por un golfo”, pensó con un estremecimiento de desagrado. Bergère estuvo muy amable, se vistió primero y se fue a fumar un cigarrillo en la plaza del Mercado Viejo, mientras Luciano tomaba su baño. “Lo que pasa, pensó Luciano, frotándose cuidadosamente con el guante de crin, es que es aburrido.” Pasado el primer momento de terror y cuando noto que no era tan doloroso como había creído, cayó en un pesado fastidio. Esperaba siempre que terminara aquello para poder dormir, pero Bergère no lo dejó tranquilo hasta después de las cuatro de la mañana. “De cualquier modo, tengo que terminar mi programa de trigonometría”, se dijo. Y se esforzó en no pensar más que en su trabajo. El día fue largo. Bergère le contó la vida de Lautremont, pero Luciano lo escuchó con poca atención; Bergère lo fastidiaba un poco. A la noche se acostaron en Caudebec y naturalmente Bergère molestó a Luciano durante un buen rato, pero hacia la una de la mañana Luciano le dijo claramente que tenía sueño y Bergère, sin enfadarse, lo dejó en paz. Volvieron a París al atardecer. A pesar de todo Luciano no estaba descontento de sí mismo.

Sus padres lo acogieron con los brazos abiertos: “¿Le has agradecido por lo menos al señor Bergère?”, preguntó su madre. Se quedó un momento charlando con ellos sobre la campiña normanda y se acostó temprano. Durmió como un ángel, pero al día siguiente al despertar le pareció que tiritaba por dentro. Se levantó y se contempló largo rato en el espejo: “Soy un pederasta”, se dijo. Y se derrumbó. “Levántate, Luciano, gritó su madre a través de la puerta. Tienes que ir al Liceo esta mañana.” “Sí, mamá”, contesto Luciano con docilidad, pero se dejó caer sobre la cama y se puso a mirarse los dedos del pie: “Es demasiado injusto, yo me daba cuenta. No tengo experiencia”. Esos dedos, un hombre los había chupado uno después de otro. Luciano volvió la cabeza con violencia: “Él lo sabía. Lo que me ha hecho hacer tiene un nombre, eso se llama acostarse con un hombre y él lo sabía. Era triste —Luciano sonrió con amargura— podía uno preguntarse durante días enteros: ¿soy inteligente?, ¿me doy ‘corte’? Y uno nunca llegaba a decidirlo. Y al lado de eso había etiquetas que se le pegaban a uno un buen día y que era necesario llevar toda la vida: por ejemplo, Luciano era alto y rubio, se parecía a su padre, era hijo único y desde ayer era pederasta”. Se diría de él: “Fleurier, ¿usted recuerda, ese rubio alto a quien le gustan los hombres?”, y la gente contestaría: “¡Ah!, ¡sí! ¡El invertido! Muy bien, ya sé quién es”.

Se vistió y salió pero no tuvo coraje de ir al Liceo. Bajó por la avenida Lamballe hasta el Sena y siguió por los muelles. Las calles olían a hojas verdes, a alquitrán y a tabaco inglés. Un tiempo ideal para llevar trajes limpios sobre un cuerpo bien lavado, con un alma flamante. Toda la gente tenía un aire muy moral. Solo Luciano se sentía turbio e insólito en esa primavera: “Es la pendiente fatal —pensaba— comencé por el complejo de Edipo, después me volví sádico-anal y ahora finalmente, para remate, soy pederasta; ¿dónde me detendré?”. Evidentemente su caso no era todavía muy grave; no había experimentado gran placer con las caricias de Bergère. “Pero ¿si tomo la costumbre?”, pensó con angustia. “No podré pasarme sin eso, ¡será como la morfina!” Se volvería un hombre tarado, nadie querría recibirlo, los obreros de su padre se burlarían cuando les diera una orden. Luciano imaginó con complacencia su espantoso destino. Se veía a los treinta y cinco años, melindroso y lleno de afeites y ya un señor de bigotes con la Legión de Honor, levantaba su bastón con aire terrible: “Su presencia aquí, señor, es un insulto para mis hijas”. Cuando de pronto vaciló y dejó bruscamente de jugar: acababa de recordar una frase de Bergère. Era en Caudebec, durante la noche, Bergère había dicho: “¡Eh, pero mira, te empieza a gustar!”. ¿Qué había querido decir? Naturalmente, Luciano no era de madera y a fuerza de ser manoseado… “Eso no prueba nada”, se dijo con inquietud. Pero pretendían que esa gente era extraordinaria para descubrir a sus semejantes, que tenían como un sexto sentido. Luciano miró largo tiempo a un sargento de policía que dirigía el tránsito ante el puente de Jena. “¿Ese agente podría excitarme?” Miraba el pantalón azul del agente e imaginaba los muslos musculosos y velludos: “¿Acaso me impresiona?”. Experimentó un alivio: “Esto no es tan grave, pensó, todavía puedo salvarme. Ha abusado de mi desorden, pero yo no soy verdaderamente pederasta”. Recomenzó la experiencia con todos los hombres que se le cruzaban y siempre el resultado era negativo: “¡Uf!, pensó, bueno, me he calentado”. Era una advertencia, he ahí todo. No había que recomenzar porque una mala costumbre se adquiere rápidamente y luego era necesario con toda urgencia que se curara de sus complejos. Resolvió hacerse psicoanalizar por un especialista, sin decirlo a sus padres. Luego tomaría una querida y se volvería un hombre como todos.

Luciano comenzaba a tranquilizarse cuando pensó de pronto en Bergère: en ese mismo momento, Bergère existía en alguna parte de París, encantado de sí mismo y con la cabeza llena de recuerdos: “Sabe cómo estoy hecho, conoce mi boca, me dijo: ‘Tienes un olor que no olvidaré nunca’. Irá a jactarse entre sus amigos, diciendo: ‘Ha sido mío’, como si yo fuera una golfa. En ese mismo instante quizá estaba contando sus noches a… —el corazón de Luciano dejó de latir— ¡a Berliac! Si hace eso lo mato: Berliac me detesta, lo contará a toda la clase; soy un tipo acabado, los compañeros se negarán a estrecharme la mano. Diré que no es verdad, se dijo Luciano con extravío, haré una denuncia ¡diré que me ha violado!”. Luciano odiaba a Bergère con todas sus fuerzas: sin él, sin esa conciencia escandalosa e irremediable todo hubiera podido arreglarse, nadie hubiera dicho nada y Luciano mismo hubiera terminado por olvidar. “¡Si se muriera súbitamente! Dios mío, te lo ruego, haz que muera esta noche antes de haber dicho nada a nadie. ¡Dios mío!, haz que esta historia quede enterrada, ¡tú no puedes querer que me vuelva pederasta! En todo caso, estoy en su poder, pensó Luciano con rabia. Va a ser necesario que vuelva a su casa y que haga todo lo que él quiera, y que le diga que eso me gusta. ¡Si no estoy perdido!” Dio todavía algunos pasos y agregó como medida de precaución: “¡Dios mío! Haz que Berliac también se muera”.

Luciano no quiso tomar la responsabilidad de volver a casa de Bergère. Durante las semanas que siguieron creía encontrarlo a cada paso, y cuando trabajaba en su habitación, se sobresaltaba al ruido del timbre; de noche tenía pesadillas espantosas: Bergère lo tomaba a la fuerza en medio del patio del liceo San Luis; todos los pistones estaban allí y los miraban riéndose. Pero Bergère no hizo ninguna tentativa para volver a verlo y no dio señales de vida. “No quería más que mi pellejo”, pensó Luciano vejado. Berliac también había desaparecido, y Guigard, que iba algunas veces, los domingos, a las carreras con él, afirmaba que había salido de París a consecuencias de una crisis de depresión nerviosa. Luciano se calmó poco a poco: su viaje a Rouen le hacía el efecto de un sueño oscuro y grotesco, sin relación con nada; había olvidado casi todos sus detalles, solo guardaba la impresión de un pesado olor a carne y a agua de colonia y de un intolerable fastidio. El señor Fleurier preguntó muchas veces qué era del amigo Bergère: “Tendremos que invitarlo a Ferolles para retribuirle”. “Se ha ido a Nueva York”, terminó por contestar Luciano. Iba muchas veces a pasear en bote por el Marne con Guigard y su hermana y Guigard le enseñó a bailar. “Me despierto —pensaba— renazco.” Pero sentía todavía bastante a menudo algo que pesaba sobre su espalda como un zurrón: eran sus complejos; se preguntó si no debía ir a buscar a Freud a Viena: “Partiré sin dinero, a pie si es necesario, le diré: no tengo un centavo pero soy un caso”. En una cálida tarde de junio encontró en el boulevard San Miguel al Babuino, su exprofesor de filosofía. “Entonces, Fleurier, dijo el Babuino, ¿se prepara para el Central?” “Sí, señor”, dijo Luciano. “Usted hubiera podido, dijo el Babuino, orientarse hacia los estudios literarios. Era bueno en filosofía.” No he abandonado la filosofía, dijo Luciano, he leído algo este año. Freud, por ejemplo. A propósito, agregó con súbita inspiración, quería preguntarle, señor, ¿qué piensa del psicoanálisis? El Babuino se echó a reír: “Es una moda que pasará —dijo—. Lo que hay de mejor en Freud, lo encontrará ya en Platón. Por lo demás —agregó con un tono que no admitía réplica—, le diré que no me ocupo de esas frivolidades. Usted haría mejor en leer a Spinoza”. Luciano se sintió liberado de un fardo enorme y volvió a su casa a pie, silbando: “Era una pesadilla —pensó— ¡pero ya no queda nada de ella!”. El sol estaba pesado y caliente ese día, pero Luciano levantó la cabeza y lo miró sin pestañear; era el sol de todo el mundo y Luciano tenía derecho a mirarlo de frente; ¡estaba salvado! “Frivolidades, pensaba, eran frivolidades. Han tratado de descarrilarme, pero no han podido.” En realidad nunca había dejado de resistir: Bergère lo había embobado con sus razonamientos, pero Luciano no había comprendido bien, por ejemplo, que la pederastia de Rimbaud era una tara; y cuando ese pequeño langostino de Berliac quiso hacerle fumar haschich, Luciano lo había mandado claramente a paseo: “¡He estado a punto de perderme —pensó—, pero me ha protegido mi salud moral!”. Por la noche, durante la comida miró a su padre con simpatía. El señor Fleurier era cuadrado de hombros, tenía los gestos pesados y lentos de un campesino, con algo de raza, y los ojos grises, metálicos y fríos de un jefe. “Me le parezco”, pensó Luciano. Recordó que los Fleurier de padres a hijos eran jefes industriales desde hacía cuatro generaciones. “Por mucho que digan, ¡la familia existe!” Y pensó con orgullo en la salud moral de los Fleurier.

Luciano no se presentó ese año al concurso de la Escuela Central y los Fleurier partieron pronto para Ferolles. Quedó encantado de volver a encontrar la casa, el jardín, la usina, la pequeña ciudad calmada y equilibrada. Era otro mundo: decidió levantarse temprano para hacer largos paseos por la región: “Quiero —dijo a su padre— llenarme los pulmones de aire puro y hacer provisión de salud, antes de entrar en la gran prisión”. Acompañó a su madre a casa de los Bouffardier y de los Besse y todo el mundo encontró que se había convertido en un gran muchacho razonable y reposado. Hebrard y Winckelmann, que seguían cursos de derecho en París, habían vuelto a Ferolles para las vacaciones. Luciano salió muchas veces con ellos y hablaron de las bromas que le hacían al abate Jacquemart, de sus buenos paseos en bicicletas y cantaron el “Artillero de Metz” a tres voces. Luciano apreciaba vivamente la ruda franqueza y la solidaridad de sus antiguos compañeros y se reprochaba haberlos descuidado. Confesó a Hebrard que París no le gustaba mucho, pero Hebrard no podía comprenderlo: sus padres lo habían confiado a un abate y estaba muy sujeto: conservaba todavía el deslumbramiento de sus visitas al museo del Louvre y el de la velada que pasó en la Ópera. Luciano quedó enternecido ante esa simplicidad; se sentía el hermano mayor de Hebrard y de Winckelmann y comenzó a decirse que no lamentaba haber tenido una vida tan tormentosa: había ganado experiencia. Les habló de Freud y del psicoanálisis y se divirtió un poco escandalizándolos. Criticaron violentamente la teoría de los complejos, pero sus objeciones eran ingenuas y Luciano se los demostró; luego agregó que colocándose en un punto de vista filosófico se podía fácilmente refutar los errores de Freud. Ellos lo admiraron mucho, pero Luciano hizo como que no lo notaba.

El señor Fleurier explicó a Luciano el mecanismo de la fábrica. Lo llevó a visitar los edificios centrales y Luciano observó largamente el trabajo de los obreros. “Si yo muriera, dijo el señor Fleurier, sería necesario que tú pudieras tomar, de un día para otro, todos los comandos de la fábrica.” Luciano lo reprendió y le dijo: “¡Mi viejo papá; haz el favor de no hablar de eso!” pero se quedó serio durante muchos días pensando en las responsabilidades que tendría tarde o temprano. Tuvieron largas conversaciones sobre los deberes del patrón y el señor Fleurier le demostró que la propiedad era no solo un derecho sino también un deber. “A qué vienen a fastidiarnos con sus luchas de clase —dijo— ¡cómo si los intereses de los patrones y los obreros fueran opuestos! Mira mi caso, Luciano. Soy un pequeño patrón, lo que se llama un ‘margoulin’ en la jerga parisién. ¡Pues bien! Hago vivir a cien obreros con sus familias. Si hago buenos negocios son los primeros en aprovecharse de ellos. Pero si me veo obligado a cerrar la fábrica, helos en la mitad de la calle. Yo no tengo derecho, dijo con energía, a hacer malos negocios. Eso es lo que yo llamo solidaridad de clases.”

Todo fue bien durante más de tres semanas; Luciano casi no pensaba ya en Bergère, lo había perdonado: esperaba sencillamente no volverlo a ver más en la vida. Algunas veces, cuando se cambiaba de camisa, se aproximaba al espejo y se miraba con asombro: “un hombre ha deseado este cuerpo”, pensaba. Paseaba lentamente las manos sobre sus piernas y pensaba: “Un hombre fue turbado por estas piernas”. Tocaba su cintura y lamentaba no ser otro para poder acariciar su propia carne como una tela de seda. A veces añoraba sus complejos; eran sólidos, pesaban mucho, su enorme masa sombría lo lastraba. Ahora eso había terminado, Luciano no creía ya en ellos y se sentía lleno de una penosa ligereza. Por lo demás no era del todo desagradable, era más bien una especie de desencanto muy soportable, un poco disgustante, que podía en rigor pasar por aburrimiento. “No soy nada, pensaba, pero nada me ha ensuciado. Berliac fue suciamente arrastrado. Bien puedo soportar un poco de incertidumbre: es el rescate de la pureza.”

En el transcurso de un paseo se sentó sobre un talud y pensó: “He dormido seis años y después un buen día salí de mi crisálida”. Estaba muy animado y miró el paisaje con agrado. “¡Estoy hecho para la acción!” Pero al instante estos pensamientos de gloria se volvieron insípidos. Dijo a media voz: “Que esperen un poco y verán lo que valgo”. Había hablado con fuerza pero las palabras rodaban fuera de él como coquillas vacías. “¿Qué tengo?” Esta extraña inquietud, que él no quería reconocer, le había hecho mucho mal antes. Pensó: “Es este silencio… este país…” Ningún ser viviente salvo los grillos que arrastraban penosamente en el polvo sus abdómenes amarillos y negros. Luciano detestaba los grillos porque tenían siempre aspecto de estar medio reventados. Del otro lado del camino una landa grisácea, abrumadora, agrietada, se dejaba deslizar hasta el río. Nadie veía a Luciano, nadie lo escuchaba, saltó sobre sus pies y tuvo la impresión de que sus movimientos no encontrarían ninguna resistencia ni aun la de la gravedad. Ahora estaba de pie bajo un telón de nubes grises: era como si existiera en el vacío. “Este silencio”… pensó. Era más que el silencio, era la nada. Alrededor de Luciano el campo estaba extraordinariamente tranquilo y húmedo; inhumano: parecía que se hacía pequeño y retenía el aliento para no molestarlo. “Cuando el artillero de Metz volvió a la guarnición…” El sonido se extinguió sobre sus labios como una llama en el vacío: Luciano estaba solo, sin sombra, sin eco, en medio de esa naturaleza demasiado discreta que no pesaba. Se sacudió y trató de retomar el hilo de sus pensamientos. “Estoy hecho para la acción. En primer lugar tengo reservas: puedo hacer tonterías, pero no voy lejos porque me reconquisto.” Pensó: “Tengo salud moral”. Pero se detuvo haciendo una mueca de disgusto, de tal modo le pareció absurdo hablar de “salud moral”, en ese camino blanco que atravesaban algunos animales agonizantes. De rabia, Luciano pisó un grillo; sintió bajo la suela una pequeña bolita elástica, y cuando levantó el pie el grillo vivía todavía: Luciano lo pisó de nuevo. “Estoy perplejo. Estoy perplejo. Es como el año pasado.” Se puso a pensar en Winckelmann que lo llamaba “el as de los ases”, en el señor Fleurier que lo trataba como a un hombre, en la señora Besse que le dijo: “Es este muchachón al que yo llamaba mi muñequita. Ya no me atrevo a tutearlo, me intimida”. Pero estaban lejos, muy lejos, y le pareció que el verdadero Luciano estaba perdido y no había más que una larva blanca y perpleja. “¿Qué es lo que soy?” Kilómetros y kilómetros de landa, un sol pesado y rajante, sin hierbas, sin olor, y luego, de pronto, saliendo derecho de esa corteza gris, el espárrago de tal modo insólito que no tenía ni sombra detrás de él. “¿Qué es lo que soy?” La pregunta no había cambiado desde las vacaciones precedentes, hubiérase dicho que esperaba a Luciano en el mismo lugar en que la había dejado; o mejor aún que no era una pregunta, era un estado. Luciano se encogió de hombros: “Soy demasiado escrupuloso, pensó, me analizo demasiado”.

Los días siguientes se esforzó en no analizarse: hubiera querido fascinarse con las cosas; contemplaba largamente las hueveras, los aros de servilletas, los árboles, las fachadas; halagó mucho a su madre pidiéndole que le mostrara su platería. Pero mientras miraba la platería, pensaba que miraba la platería, y detrás de su mirada palpitaba una Pequeña niebla viviente. A Luciano le costaba trabajo absorberse en una conversación con el señor Fleurier, esta niebla abundante y tenue, cuya opaca inconsistencia se parecía falsamente a la luz, se deslizaba detrás de la atención que prestaba a las palabras de su padre: esa niebla él mismo. Irritado, de cuando en cuando, Luciano dejaba de escuchar, y se revolvía tratando de atrapar la niebla y mirarla de frente: no encontraba más que el vacío, la niebla quedaba siempre detrás.

Germana fue a buscar llorando a la señora Fleurier: su hermano tenía una bronconeumonía. “Mi pobre Germana, dijo la señora Fleurier, ¡usted que siempre decía que era tan fuerte!” Le dio un mes de vacaciones e hizo venir para reemplazarla a la hija de un obrero de la fábrica, la pequeña Berta Mozelle que tenía diecisiete años. Era pequeña, con trenzas rubias anudadas alrededor de la cabeza; cojeaba ligeramente. Como venía de Concarneau, la señora Fleurier le pidió que llevara una cofia de encajes: “será más bonito”. Desde los primeros días cada vez que encontraba a Luciano sus grandes ojos azules reflejaban una admiración humilde y apasionada y Luciano comprendió que ella lo adoraba. Le habló familiarmente y le preguntó varias veces: “¿Está contenta con nosotros?”. En los corredores se divertía rozándola para ver si le hacía efecto. Pero ella lo enternecía y él tuvo en ese amor un precioso consuelo; pensaba a menudo, con algo de emoción, en la imagen que Berta debía hacerse de él. “En realidad, en nada me parezco a los jóvenes obreros que ella trata.” Hizo entrar a Winckelmann al antecomedor con un pretexto y Winckelmann encontró que estaba bien formada. “Eres un tipo de suerte —dijo—, en tu lugar ya me verías.” Pero Luciano dudaba: ella olía a sudor y su camiseta negra estaba raída bajo los brazos. En una lluviosa tarde de septiembre la señora Fleurier se hizo llevar a París en auto y Luciano se quedó solo en su habitación. Se acostó en su cama y se puso a bostezar. Le parecía ser una nube caprichosa y fugaz, siempre la misma y siempre otra, siempre en trance de diluirse en el aire por los bordes: “Me pregunto ¿para qué existo?”. Estaba allí, digería, bostezaba, escuchaba la lluvia que golpeaba contra los vidrios y estaba esa bruma blanca que se deshilachaba en su cabeza; ¿y después? Su existencia era un escándalo y las responsabilidades que asumiría más tarde bastaban apenas para justificarla. “Después de todo, yo no he pedido nacer”, se dijo. Y tuvo un impulso de piedad para sí mismo. Se acordó de sus inquietudes de niño, de su larga somnolencia, y se le aparecieron bajo una luz nueva: en el fondo no había dejado de estar embarazado por su vida, por ese regalo voluminoso e inútil y la había llevado en sus brazos sin saber qué hacer de ella, ni dónde depositarla. “He pasado mi tiempo en lamentarme de haber nacido.” Pero estaba demasiado deprimido para llevar más lejos sus pensamientos; se levantó, encendió un cigarrillo y bajó a la cocina para pedir a Berta que le hiciera un poco de té.

Ella no lo vio entrar. Él le tocó la espalda y se sobresaltó violentamente: “¿La he asustado?”, preguntó. Ella lo miraba con aire espantado apoyando las dos manos sobre la mesa, su pecho se levantaba; al cabo de un momento sonrió y dijo: “Me he asustado. Creía que no había nadie”. Luciano le devolvió la sonrisa con indulgencia y le dijo: “¿Sería tan amable de prepararme una taza de té?”. “En seguida, señor Luciano”, contestó la pequeña y huyó hacia su hornillo; la presencia de Luciano parecía serle penosa. Luciano permanecía, incierto, en la puerta. Y bien, preguntó paternalmente, “¿está usted a gusto en casa?” Berta le volvía la espalda y llenaba una cacerola en la canilla. El ruido del agua cubrió su respuesta. Luciano esperó un momento y cuando hubo dejado la cacerola sobre la hornalla del gas, continuó: “¿Ha fumado ya?”. “A veces”, contestó la pequeña con desconfianza. Él abrió su paquete de Craven y se lo tendió. No estaba muy contento, le parecía que se comprometía; no hubiera debido hacerla fumar. “¿Usted quiere que fume?”, dijo sorprendida. “¿Por qué no?” “La señora me va a reprender.” Luciano tuvo una desagradable impresión de complicidad; se echó a reír y dijo: “No se lo contaremos”. Berta se ruborizó, tomó un cigarrillo con la punta de los dedos y lo colocó en su boca. “¿Debo ofrecerle fuego? Sería incorrecto.” Le dijo: “Y bueno, ¿no lo prende?”. Ella lo irritaba, se quedaba ahí, con los brazos rígidos, roja y dócil, los labios apretados alrededor del cigarrillo; hubiérase dicho que se había hundido un termómetro en la boca. Terminó por tomar un fósforo de azufre de una caja de hojalata, lo frotó, fumó algunas bocanadas parpadeando y dijo: “Es suave”, luego sacó precipitadamente el cigarrillo de la boca y lo apretó torpemente entre los cinco dedos. “Es una víctima nata”, pensó Luciano. No obstante se desheló un poco cuando él le preguntó si le agradaba su Bretaña; ella le describió las diferentes clases de cofias bretonas y hasta cantó con una voz dulce y falsa una canción de Rosporden. Luciano la riñó gentilmente, pero ella no comprendió la broma y lo miró con aire azorado: en esos momentos se parecía a un conejo. Él se había sentado en un escabel y se sentía muy cómodo: “Siéntese pues”, le dijo. “Oh, no, señor Luciano, no delante del señor Luciano.” Él la tomó por las axilas y la atrajo sobre sus rodillas. “¿Y así?”, le preguntó. Ella se dejó hacer, murmurando: ¡Sobre sus rodillas! con aire de éxtasis y de reproche, con un extraño acento, y Luciano pensó con fastidio: “Me comprometo demasiado; nunca debí ir tan lejos”. Se calló; ella permanecía en sus rodillas, cálida, muy tranquila, pero Luciano sentía latir su corazón. “Es una cosa mía, pensó, puedo hacer con ella lo que quiera.” La dejó, tomó la tetera y subió a su habitación: Berta no hizo el menor gesto para detenerlo. Antes de beber el té, Luciano se lavó las manos con el jabón perfumado de su madre, porque tenían olor a axilas.

“¿Acaso voy a acostarme con ella?” Los días siguientes Luciano estuvo muy absorto por este pequeño problema: Berta se ponía todo el tiempo en su camino y lo miraba con grandes ojos tristes de perrito faldero. La moral quedó victoriosa: Luciano comprendió que arriesgaba dejarla encinta porque no tenía bastante experiencia (imposible comprar preservativos en Ferolles, era demasiado conocido) y que provocaría muchos disgustos al señor Fleurier. Se dijo también que más tarde tendría menos autoridad en la fábrica si la hija de uno de sus obreros podía jactarse de haberse acostado con él. “No tengo derecho a tocarla.” Durante los últimos días de septiembre evitó encontrarse solo con Berta. “Bueno, le dijo Winckelmann, ¿qué esperas?” “No sigo, contestó secamente Luciano, no me gustan los amores serviles.” Winckelmann, que oía hablar de amores serviles por primera vez, lanzó un ligero silbido y se calló.

Luciano estaba muy satisfecho de sí mismo: se había conducido como un tipo elegante y esto rescataba muchos errores. “Ella estaba al caer”, se decía, con un poco de añoranza. Pero reflexionando pensó: “Es como si la hubiera tenido: se ofreció y yo no quise”. En adelante ya no se consideró virgen. Estas ligeras satisfacciones le ocuparon algunos días, pero se fundieron también en la bruma. Al comenzar octubre se sentía tan melancólico como cuando se inició el anterior año escolar.

Berliac no había vuelto y nadie tenía noticias de él. Luciano notó muchas caras desconocidas; su vecino de la derecha que se llamaba Lemordant había hecho un año de matemáticas especiales en Poitiers. Era todavía más alto que Luciano y con su bigote negro tenía ya el aspecto de un hombre. Luciano volvió a ver sin gusto a sus camaradas, le parecieron pueriles e inocentemente bulliciosos: seminaristas. Se asociaba todavía a sus manifestaciones colectivas, pero con desgano, como por otra parte se lo permitía su condición de “mayor”. Lemordant le hubiera traído más porque estaba maduro; pero no parecía haber adquirido esta madurez como Luciano, a través de múltiples y penosas experiencias: era adulto de nacimiento. Luciano contemplaba a menudo con plena satisfacción esa cabeza voluminosa y pensativa, sin cuello, plantada al sesgo sobre los hombros; parecía imposible hacer entrar nada en ella ni por las orejas, ni por sus ojillos chinos, rosados y vidriosos: “Es un tipo que tiene convicciones”, pensaba Luciano con respeto; y se preguntaba, no sin envidia, cuál sería esa certidumbre que daba a Lemordant una conciencia tan completa de sí mismo. “He ahí cómo debería ser yo; una roca.” En cualquier forma estaba un poco sorprendido de que Lemordant fuera accesible a las razones matemáticas; pero el señor Husson lo tranquilizó cuando entregó los primeros deberes: Luciano era séptimo y Lemordant obtuvo un cinco y el lugar setenta y ocho; todo estaba en orden. Lemordant no se emocionó; parecía esperar lo peor, y su boca minúscula, sus gordas mejillas amarillas y lisas no estaban hechas para expresar sentimientos: era un Buda. Solo una vez se le vio enojado; el día en que Loewy lo atropelló en el vestuario. Emitió primero una decena de gruñidos agudos moviendo los párpados: “¡A Polonia, dijo por último, a Polonia!, sucio judío, y no vengas a joder entre nosotros”. Dominaba a Loewy con toda su estatura y su busto macizo vacilaba sobre sus largas piernas. Terminó por darle un par de bofetadas y el pequeño Loewy presentó excusas: el asunto quedó ahí.

Los jueves Luciano salía con Guigard que lo llevaba a bailar con las amigas de su hermana. Pero Guigard terminó por confesar que esas cabriolas lo cansaban. “Tengo una amiga, le confió, es la principal en lo de Plionier en la calle Royal. Justamente tiene una compinche que no tiene a nadie; tú deberías venir con nosotros el sábado a la noche.” Luciano hizo una escena a sus padres y obtuvo el permiso de salir todos los sábados; le dejarían la llave bajo el felpudo. Se reunió con Guigard alrededor de las nueve en un bar de la calle Saint-Honoré. “Ya verás, dijo Guigard, Fanny es encantadora, y además lo que tiene de mejor es que sabe vestirse.” “¿Y la mía?” “No la conozco, sé que es delicada y que acaba de llegar a París; es de Angulema. A propósito, agregó, no hagas planchas. Yo soy Pedro Daurat. Como tú eres rubio he dicho que tienes sangre inglesa, es mejor. Te llamas Luciano Bonnières.” “¿Pero por qué?, preguntó Luciano intrigado.” “Viejo, contestó Guigard, por principio. Puedes hacer lo que quieras con esas mujeres pero nunca decirles tu nombre.” “Bueno, bueno, dijo Luciano, ¿y de qué me ocupo?” “Puedes decir que eres estudiante; vale más; comprende, eso las halaga y no te obliga a salidas costosas. Los gastos van a medias, naturalmente, pero esta noche me dejas pagar a mí; estoy acostumbrado; te diré el lunes lo que me debes.” Luciano pensó en seguida que Guigard trataba de sacar pequeños beneficios: “¡Qué desconfiado me he vuelto!”, pensó divertido. Fanny entró casi de inmediato; era una muchacha alta, morena y delgada, con largos muslos y un rostro muy pintado. Luciano la encontró intimidante. “Este es Bonnières, de quien te hablé, dijo Guigard.” “Encantada, dijo Fanny con aire de miope, aquí está Maud, mi amiguita.” Luciano vio una individua pequeña, sin edad, tocada con una maceta de flores invertida. No estaba pintada y parecía gris junto a la brillante Fanny. Luciano quedó amargamente desilusionado, pero notó que tenía una linda boca y además con ella no tendría necesidad de andar rogando. Guigard había tenido cuidado de pagar los bocks¹ con anterioridad, de modo que pudo aprovecharse de la confusión de la llegada para empujar alegremente a las dos jóvenes hacia la puerta, sin dejarles tiempo de tomar nada. Luciano lo encontró muy de su gusto; el señor Fleurier no le daba más que ciento veinticinco francos por semana, y con ese dinero tenía que pagar también su viático. La velada fue muy divertida; fueron a bailar al Barrio Latino a una pequeña sala cálida y rosada con rincones de sombra en donde el aperitivo costaba cinco francos. Había muchos estudiantes con mujeres del género de Fanny, pero menos bien. Fanny estuvo soberbia: miró en los ojos a un gordo barbudo que fumaba en pipa y dijo en voz alta: “Me horroriza la gente que fuma en pipa en los dancings”. El tipo se puso encarnado y guardó la pipa, todavía encendida, en su bolsillo. Trataba a Guigard y a Luciano con un poco de condescendencia y les dijo muchas veces: “Ustedes son unos sucios mocositos” con aire maternal y gentil. Luciano se sentía lleno de seguridad y todo azucarado; dijo a Fanny muchas cositas divertidas y sonreía diciéndolas. Finalmente la sonrisa no abandonó su cara y supo encontrar una voz refinada con algo de dejadez y de tierna cortesía teñida de ironía. Pero Fanny le hablaba poco; tomaba el mentón de Guigard y tiraba sobre la mandíbula para hacer sobresalir la boca; cuando los labios quedaban gruesos y un poco babosos, como frutos henchidos de jugo, ella los lamía a lengüetazos llamándole “Baby”. Luciano estaba horriblemente molesto y encontraba ridículo a Guigard: Guigard tenía rouge al costado de la boca y la marca de los dedos en las mejillas. Pero el comportamiento de las otras parejas era todavía más descuidado: todo el mundo se besaba; de tiempo en tiempo, la encargada del guardarropa pasaba con una bandejita y arrojaba serpentinas y bolas multicolores gritando: “¡Oh, niños míos, diviértanse, ríanse, olé, olé!”. Y todo el mundo se reía. Luciano terminó por acordarse de la existencia de Maud y le dijo sonriendo: “Mire esos tortolitos”. Señalaba a Guigard y a Fanny y agregó: “Nosotros ¡nobles ancianos!…” no acabó la frase pero sonrió tan pícaramente que Maud sonrió también. Ella se sacó el sombrero y Luciano notó con placer que era un poco mejor que las otras mujeres del dancing; entonces la invitó a bailar y le contó los albortos que hacían a los profesores en el año en que se recibió de bachiller. Ella bailaba bien, tenía ojos negros y serios y un aire discreto. Luciano le habló de Berta y le dijo que tenia algunos remordimientos. “Pero, agregó, eso era mejor para ella.” Maud encontró la historia de Berta poética y triste y preguntó cuánto ganaba Berta en casa de los padres de Luciano. “No siempre es divertido para una chica, agregó, el estar empleada.” Guigard y Fanny no se ocupaban más de ellos, se acariciaban y la cara de Guigard estaba toda húmeda. Luciano repetía de tiempo en tiempo: “Mire los tortolitos, pero mírelos”. Y tenía preparada su frase: “Me dan ganas de hacer otro tanto”. Pero no se atrevía a colocarla y se contentaba con sonreír; luego fingió que él y Maud eran viejos compinches, desdeñosos del amor, y la llamó: “viejo hermano” e hizo ademán de palmearle el hombro. Fanny volvió de pronto la cabeza y los miró con sorpresa. “Vamos, mocosuelos, ¿qué hacen? Bésense, pues se están muriendo de ganas.” Luciano tomó a Maud en sus brazos, estaba un poco molesto porque Fanny los miraba: hubiera querido que el beso fuera largo y logrado pero se preguntaba cómo hacía la gente para respirar. Finalmente no era tan difícil como pensaba, bastaba besar de través para dejar libre la nariz. Escuchaba contar a Guigard: “uno, dos… tres… cuatro…” y dejó a Maud al cincuenta y dos. “No está mal para un debutante, dijo Guigard, pero yo lo haré mejor.” Luciano miró su reloj pulsera y contó a su vez: Guigard dejó la boca de Fanny a los ciento cincuenta y nueve segundos. Luciano estaba furioso y encontraba estúpido este concurso. “Dejé a Maud por discreción, pensó, pero no es nada difícil, una vez que se sabe respirar puede continuarse indefinidamente.” Propuso una segunda partida y la ganó. Cuando terminaron Maud miró a Luciano y le dijo seriamente: “Besa usted bien”. Luciano enrojeció de placer: “Para servirla”, contestó inclinándose. Pero de cualquier forma hubiera preferido besar a Fanny. Se separaron a eso de las doce y media a causa del último metro. Luciano estaba muy contento; saltó y bailó por la calle Raymouard y pensó: “El asunto está a caer”. Las comisuras de la boca le dolían de tanto sonreír.

Tomó la costumbre de ver a Maud los jueves a las seis y los sábados por la noche. Ella se dejaba besar pero no quería entregarse. Luciano se quejó a Guigard, quien lo tranquilizó: “No te preocupes, dijo Guigard. Fanny está segura de que se acostará; solo que es joven y no ha tenido sino dos amantes. Fanny te recomienda ser muy tierno con ella”. “¿Tierno? dijo Luciano, ¿te das cuenta?” Rieron los dos y Guigard concluyó: “Haz lo que quieras, viejo”. Luciano fue muy tierno. Besaba mucho a Maud y le decía que la amaba pero a la larga eso era un poco monótono y luego no estaba muy orgulloso de salir con ella; le hubiera gustado darle consejos sobre sus vestidos, pero estaba llena de prejuicios y se enojaba muy pronto. Entre beso y beso permanecían silenciosos, con los ojos fijos y teniéndose las manos. “Sabe Dios en qué piensa ella con esos ojos tan severos.” Luciano pensaba siempre en la misma cosa: en esa pequeña existencia triste y vaga que era la suya, y se decía: “Quisiera ser Lemordant, !ese es uno que ha encontrado su camino!”. En esos momentos se veía como si fuera otro: sentado cerca de una mujer que lo amaba, la mano en su mano, los labios todavía húmedos de sus besos y rechazando la humilde felicidad que ella le ofrecía: solo. Entonces estrechaba con fuerza los dedos de la pequeña Maud y las lágrimas le subían a los ojos: hubiera querido hacerla feliz.

Una mañana de diciembre Lemordant se acercó a Luciano; tenía un papel: “¿Quieres firmar?” le preguntó. ¿Qué es? “Es por los judíos de la Normal Sup. Han mandado a La Obra un papelucho contra la preparación militar obligatoria con doscientas firmas. Entonces, nosotros protestamos, necesitamos por lo menos mil nombres: hay que arrastrar a los cyrard, a los flotantes, a los agro, a los X, toda la morralla.” Luciano se sintió halagado y preguntó: “¿Se va a publicar?”. “En La Acción seguramente, y quizá también en El Eco de París.” Luciano tenía ganas de firmar de inmediato pero pensó que no sería bastante serio. Tomó el papel y lo leyó atentamente. Lemordant agregó: Creo que tú no haces política; es asunto tuyo. Pero eres francés, tienes derecho a dar tu opinión”. Cuando oyó lo de “tienes derecho a dar tu opinión”, Luciano se sintió atravesado por un inexplicable y rápido regocijo. Firmó. Al día siguiente compró La Acción Francesa, pero el manifiesto no figuraba en ella. No apareció hasta el jueves, Luciano lo encontró en la segunda página bajo este título: “La juventud de Francia da un buen directo a la mandíbula de la judería internacional”. Su nombre estaba allí, condensado, definitivo, no muy lejos del de Lemordant, casi tan extraño como el de Fléche y el de Flipot que lo rodeaban; caía bien. “Luciano Fleurier —pensó—, un nombre de campesino, un nombre muy francés.” Leyó en voz alta toda la serie de nombres que comenzaban con F y cuando le llegó el turno al suyo lo pronunció haciéndose el que no lo reconocía. Luego guardó el diario en el bolsillo y volvió a su casa muy contento.

Él mismo fue algunos días más tarde a buscar a Lemordant. “¿Haces política?” le preguntó. “Soy de la liga, dijo Lemordant, ¿acostumbras leer La Acción?” “No muy a menudo, confesó Luciano, hasta ahora eso no me interesaba pero creo que estoy cambiando.” Lemordant lo miraba sin curiosidad, con su aire impenetrable. Luciano le contó a grandes rasgos lo que Bergère había llamado su “desorden”. “¿De dónde eres?” preguntó Lemordant. “De Ferolles, mi padre tiene allí una fábrica.” “¿Cuánto tiempo estuviste allá?” “Hasta el segundo.” “Ya comprendo, dijo Lemordant; y bueno, es muy sencillo, eres un desarraigado: ¿Has leído a Barrès?” “He leído Colette Baudoche.” “No es eso, dijo Lemordant con impaciencia, esta tarde voy a traerte los Desarraigados. Es tu historia, allí encontrás el mal y su remedio.” El libro estaba encuadernado en cuero verde. En las primeras páginas un “ex libris Andrés Lemordant” se destacaba en letras góticas. Luciano quedó sorprendido; nunca hubiera pensado que Lemordant pudiera tener un nombre de pila.

Comenzó su lectura con mucha desconfianza: tantas veces ya se le había querido explicar; tantas veces se le habían prestado libros diciéndole: “Lee eso, es completamente tu caso”. Luciano pensó con una sonrisa un poco triste en que él no era de los que se pueden turbar con una frase. El complejo de Edipo, el Desorden: ¡qué de puerilidades y qué lejos estaba todo eso! Pero quedó seducido desde las primeras páginas: en primer lugar no se trataba de psicología —Luciano estaba hasta la coronilla de psicología—; los jóvenes de que hablaba Barrès no eran individuos abstractos, que no pertenecían a ninguna clase como Rimbaud o Verlaine, ni enfermos como todos esos vieneses desorbitados que se hacían psicoanalizar por Freud. Barrès comenzaba por colocarlos en su medio, en su familia: habían sido bien educados en provincia, dentro de sólidas tradiciones; a Luciano le pareció que Sturel se le parecía: “Por lo tanto es verdad, se dijo, soy un desarraigado”. Pensó en la salud moral de los Fleurier, una salud que no se adquiere más que en el campo, en su fuerza física (su abuelo torcía un sueldo de bronce entre los dedos; se acordó con emoción de los amaneceres de Ferolles: se levantaba, bajaba despacio para no despertar a sus padres, montaba en su bicicleta y el suave paisaje de la Isla de Francia lo envolvía en su discreta caricia). “Siempre he detestado a París”, pensó con violencia. Leyó también El jardín de Berenice y de tiempo en tiempo interrumpía su lectura y se ponía a reflexionar, los ojos en el vacío; he aquí pues que nuevamente se le ofrecía un carácter y un destino, un medio de escapar a las interminables charlas de su conciencia, un método para definirse y apreciarse. ¡Y cómo prefería a las bestias inmundas y lúbricas de Freud el inconsciente lleno de agrestes olores que le regalaba Barrès! Para captarlo Luciano no tenía más que alejarse de la estéril y peligrosa contemplación de sí mismo: era necesario que estudiara el suelo y el subsuelo de Ferolles, que descifrara el sentido de las colinas onduladas que descienden hasta la Sernette; que se dirigiera a la geografía humana y a la historia. O bien, más sencillamente, debía volver a Ferolles y vivir allí: lo encontraría a sus pies, inofensivo y fértil, extendido a través de la campiña ferolliana, mezclado a los bosques, a las fuentes, a las hierbas, como un humus nutritivo en el que Luciano por fin encontraría la fuerza necesaria para convertirse en jefe. Luciano salía muy exaltado de estos largos ensueños, y aun de vez en cuando tenía la impresión de haber encontrado su camino. Ahora cuando permanecía silencioso junto a Maud, con un brazo alrededor de su talle, algunas palabras, algunos trozos de frases resonaban en él; “reanudar la tradición”, “la tierra y los muertos” palabras profundas y opacas, inagotables. “¡Qué tentador es!”, pensaba. No obstante no osaba creer en ello: ya demasiado a menudo había sufrido desengaños. Expuso sus temores a Lemordant: “Eso sería demasiado hermoso”. “Querido mío, contestó Lemordant, uno no cree de inmediato en lo que quiere creer: es necesario alguna práctica.” Reflexionó un poco y dijo: “Deberías venir con nosotros”. Luciano aceptó con alegría, pero hizo notar que conservaba su libertad: “Voy, dijo, pero no me comprometo a nada. Quiero ver y reflexionar”.

Luciano quedó encantado por la camaradería de los jóvenes “camelots”; le hicieron una acogida cordial y simple y de inmediato se sintió cómodo entre ellos. Conoció bien pronto la “barra” de Lemordant, una veintena de estudiantes que llevaban casi todos la boina de terciopelo. Tenían apeadero en el primer piso de la cervecería “Polder” donde jugaban al bridge o al billar. Luciano iba a encontrarlos allí a menudo y bien pronto comprendió que lo habían adoptado, porque era siempre recibido a los gritos de: “¡Aquí está el más buen mozo!”, o “¡Es nuestro Fleurier nacional!”. Pero era su buen humor el que seducía sobre todo a Luciano: nada de pedante ni de austero; pocas conversaciones políticas. Se reía y se cantaba, eso era todo, se pegaban algunos gritos o bien se batían palmas en honor de la juventud estudiosa. Lemordant mismo, sin compartir una autoridad que nadie hubiera osado discutirle, se templaba un poco, se dejaba ir hasta la sonrisa. Generalmente Luciano se callaba, su mirada vagaba sobre esos jóvenes vocingleros y musculosos: “Son una fuerza”, pensaba. Entre ellos descubría poco a poco el verdadero sentido de la juventud: no residía en la gracia afectada que apreciaba un Bergère; la juventud era el porvenir de Francia. Por otra parte los camaradas de Lemordant no tenían el encanto turbio de la adolescencia; eran adultos y muchos llevaban barba. Mirándolos bien se encontraba en todos ellos un aire de parentesco: habían terminado con los errores y las incertidumbres de su edad, no tenían nada que aprender, estaban formados. Al principio sus bromas ligeras y feroces escandalizaban un poco a Luciano; hubiera podido creérseles inconscientes. Cuando Rémy anunció que a la señora Dubus, la mujer del dirigente radical, un camión le había cortado las piernas, Luciano esperaba que rindieran un breve homenaje a un adversario desdichado. Pero todos se echaron a reír y se golpearon los muslos diciendo: “¡La vieja carroña!” y “¡Estimable camionero!”. Luciano quedó un poco contrariado, pero comprendió de pronto que esa gran risa purificadora era un refugio: habían presentido un peligro, no querían una cobarde piedad y se cerraban. Luciano se echó también a reír. Poco a poco su travesura se le apareció bajo su verdadera luz: no tenía sino la apariencia de la frivolidad, en el fondo era la afirmación de un derecho: su convicción era tan profunda, tan religiosa, que les daba el derecho de parecer frívolos, de mandar a paseo con una broma o una pirueta todo lo que no era lo esencial. Entre el humor helado de Charles Maurras y las bromas de Desperreau, por ejemplo (llevaba en el bolsillo un trozo viejo de preservativo al que llamaba el prepucio de Blum), no había más que una diferencia de grado. En el mes de enero la universidad anunció una sesión solemne en el transcurso de la cual se confería el grado de “doctor honoris causa” a dos mineralogistas suecos. “Vas a ver un buen alboroto”, dijo Lemordant a Luciano, entregándole una invitación. El gran anfiteatro estaba lleno. Cuando Luciano vio entrar a los sones de la Marsellesa al presidente de la república y al rector, el corazón le empezó a latir y temió por sus amigos. Casi en seguida algunos jóvenes se levantaron en las tribunas y se pusieron a gritar. Luciano reconoció con simpatía a Rémy, rojo como un tomate, que se debatía entre dos hombres que le tiraban del traje, gritando: “Francia para los franceses”. Pero le gustó más particularmente ver a un señor de edad, que soplaba con aire de niño terrible en una cornetita. “¡Qué sano es!”, pensó. Le gustaba vivamente esa original mezcla de gravedad testaruda y de turbulencia que daba a los más jóvenes un aire maduro y a los de más edad un aspecto de diablillos. Bien pronto también Luciano trató de bromear. Tuvo algunos éxitos y cuando decía de Herriot: “Si ese muere en su cama es porque no hay Dios”, sentía nacer en él un furor sagrado. Entonces apretaba las mandíbulas y durante un momento se sentía tan convencido, tan austero, tan fuerte, como Rémy o Desperreau. “Lemordant tiene razón, pensó, es necesario practicar, todo está en eso.” Aprendió también a rehusar la discusión. Guigard que no era más que un republicano, lo cubría de objeciones. Luciano lo escuchaba con paciencia, pero al cabo de un momento se cerraba. Guigard seguía hablando, pero Luciano ni siquiera lo miraba: alisaba la raya de su pantalón y se divertía en hacer anillos con el humo de su cigarrillo, mirando a las mujeres. A pesar de todo, oía algunas de las objeciones de Guigard, pero ellas perdían bruscamente su fuerza y se deslizaban sobre él ligeras y fútiles. Guigard terminaba por callarse; muy impresionado.

Luciano habló a sus padres de sus nuevos amigos y el señor Fleurier le preguntó si iba a hacerse “camelot”. Luciano dudó y dijo gravemente: “Estoy tentado, verdaderamente tentado”. “Luciano, te lo ruego, no lo hagas, dijo su madre, son muy revoltosos y una desgracia ocurre pronto. ¿Quieres que te torturen o que te metan en la cárcel? Y además, eres demasiado joven para hacer política.” Luciano solo contestó con una sonrisa firme y el señor Fleurier intervino: “Déjale hacer, mi querida, déjale seguir su idea; es necesario pasar por eso”. A partir de ese día le pareció a Luciano que sus padres lo trataban con cierta consideración. No obstante, no se decidía; esas semanas le enseñaron mucho: se representaba una después de otra la curiosidad benevolente de su padre, las inquietudes de la señora Fleurier, el naciente respeto de Guigard, la insistencia de Lemordant, la impaciencia de Rémy, y se decía inclinando la cabeza: “No es cosa sin importancia”. Tuvo una larga conversación con Lemordant y Lemordant comprendió muy bien sus razones y le dijo que no se apresurara. Luciano tenía todavía crisis de duda: tenía la impresión de no ser más que una pequeña transparencia gelatinosa que temblaba sobre el banco de un café y la bulliciosa agitación de los “camelots” le parecía absurda. Pero en otros momentos se sentía duro y pesado como una piedra y era casi feliz.

Estaba en los mejores términos con toda la barra. Les cantó: “El casamiento de Rebeca”, que Hebrard le había enseñado en las últimas vacaciones y todo el mundo declaró que era muy divertido. Puesto en vena, Luciano hizo muchas reflexiones mordaces sobre los judíos y habló de Berliac que era tan avaro: “Yo me decía siempre: pero, por qué es tan roñoso, cómo es posible ser tan roñoso. Y luego, un buen día comprendí: era de la tribu”. Todo el mundo se echó a reír y una especie de exaltación se apoderó de Luciano: se sentía verdaderamente furioso contra los judíos, y el recuerdo de Berliac le era profundamente desagradable. Lemordant le miró en los ojos y le dijo: “Tú eres un puro”. Desde entonces pedían a menudo a Luciano: “Fleurier, dinos una buena sobre los judíos”. Y Luciano contaba historias judías que había oído a su padre; le bastaba comenzar con un cierto tono: “una día Levy si incontró con Plum…” para provocar la hilaridad de sus amigos. Un día Rémy y Patenotre contaron que se habían cruzado con un judío argelino al borde del Sena y que le habían hecho dar un miedo horrible avanzando hacia él como si quisieran arrojarlo al agua: “Yo me decía, concluyó Rémy, qué lástima que Fleurier no esté con nosotros”. “Quizá haya sido mejor que no haya estado, interrumpió Desperreau, porque hubiera echado sin más al judío al agua.” Luciano no tenía rival para reconocer los judíos a primera vista. Cuando salía con Guigard lo tocaba con el codo: “No te vuelvas en seguida, el gordito que está detrás de nosotros: ¡es uno!”. “Tienes olfato para eso”, decía Guigard. Fanny tampoco podía ver a los judíos; un jueves subieron los cuatro a la habitación de Maud y Luciano cantó “El casamiento de Rebeca”. Fanny no podía más, decía: “Basta, basta, me voy a hacer pipí en los calzones”, y cuando él terminó le lanzó una mirada feliz, casi tierna. En la cervecería “Polder” terminaron por dar bromas a Luciano. Siempre se encontraba alguien que dijera negligentemente: “Fleurier que quiere tanto a los judíos…”, o bien, “León Blum, el gran amigo de Fleurier…”, y los otros estaban encantados, reteniendo la respiración con la boca abierta. Luciano se ponía colorado, golpeaba sobre la mesa gritando: “¡Maldito sea…!” y ellos se echaban a reír, decían “¡marchó, marchó! No marchó ¡corrió!”. Los acompañaba a menudo a reuniones políticas y escuchó al profesor Claudio y a Máximo Real del Sarte. Su trabajo se resentía un poco de estas nuevas obligaciones, pero como, en cualquier caso, Luciano no podía contar ese año con triunfar en el concurso de la Central, el señor Fleurier se mostró indulgente: “Es necesario, dijo a su mujer, que Luciano aprenda su oficio de hombre”. Cuando salían de estas reuniones Luciano y sus amigos llevaban la cabeza ardiendo y hacían chiquilladas. Una vez eran unos diez y encontraron un hombrecito oliváceo que atravesaba la calle Saint-André-des-Arts leyendo la Humanidad. Lo arrinconaron contra un muro y Rémy le ordenó: “Tire ese diario”. El tipejo quería ganar tiempo, pero Desperreau se deslizó detrás de él y lo agarró de la cintura mientras Lemordant con su puño poderoso le arrancaba el diario. Era muy divertido. El hombrecito furibundo daba puntapiés en el vacío gritando: “¡Déjenme, déjenme!”, con un acento raro y Lemordant, muy tranquilo, rompía el diario. Pero cuando Desperreau consintió en largar al hombre, las cosas empezaron a echarse a perder; el otro se arrojó sobre Lemordant y lo hubiera golpeado si Rémy no le hubiera mandado a tiempo un buen puñetazo detrás de la oreja. El tipo fue a golpear contra la pared y los miró a todos con malos ojos, diciendo: “¡Sucios franceses!”. “Repite lo que has dicho”, pidió fríamente Marchesseau. Luciano comprendió que iba a pasar algo malo: Marchesseau no entendía de bromas cuando se trataba de Francia. “¡Sucios franceses!”, dijo el meteco². Recibió una formidable bofetada y se lanzó hacia adelante con la cabeza baja aullando: “¡Sucios franceses! ¡Sucios burgueses, los detesto! Quisiera que reventaran todos, todos, todos”. Y una ola de otras injurias inmundas de una violencia que Luciano jamás hubiera podido imaginar. Entonces perdieron la paciencia y se vieron obligados a unirse todos y a darle una buena lección. Al cabo de un momento lo dejaron y el tipo se dejó ir contra la pared; vacilaba, un puñetazo le había cerrado el ojo derecho y todos estaban a su alrededor, cansados de golpear, esperando que cayera. El tipo torció la boca y escupió: “¡Sucios franceses!”. “¿Quieres que volvamos a empezar?”, preguntó Desperreau jadeante. El tipo no pareció escucharlo, los miró desafiante con su ojo izquierdo y repitió: “¡Sucios franceses! ¡Sucios franceses!”. Hubo un momento de duda y Luciano comprendió que sus compinches iban a abandonar la partida. Entonces algo fue más fuerte que él, saltó hacia adelante y golpeó con todas sus fuerzas. Oyó algo que crujía, y el hombrecito lo miró con aire débil y sorprendido: “Sucios…”, farfulló. Pero su ojo golpeado se transformó en un globo rojo y sin pupila; cayó de rodillas y no dijo nada más. “Abandonemos el campo”, sopló Rémy. Corrieron y no se detuvieron hasta la plaza San Miguel. Nadie los perseguía. Se arreglaron las corbatas y se limpiaron los unos a los otros con la palma de la mano.

Transcurrió la velada sin que los jóvenes hicieran alusión a su aventura y se mostraban particularmente amables los unos con los otros: habían abandonado esa brutalidad púdica que les servía de ordinario para velar sus sentimientos. Se hablaban con cortesía y Luciano pensó que por primera vez se portaban tal como debían ser con sus familias; él mismo estaba un poco enervado, no tenía costumbre de pegarse en plena calle como entre granujas. Pensó en Maud y en Fanny con ternura.

No pudo conciliar el sueño: “No puedo continuar, pensó, siguiéndolos en sus equipos como aficionado. Ahora todo está bien pesado, es necesario que me afilie”. Se sentía grave y casi religioso cuando anunció la buena noticia a Lemordant: “Es cosa resuelta, le dijo, estoy con ustedes”. Lemordant le palmeó el hombro y la “barra” festejó el acontecimiento bebiendo unas cuantas buenas botellas. Habían vuelto a tomar su tono brutal y alegre y no hablaron del incidente de la víspera. Marchesseau dijo simplemente a Luciano: “¡Tienes un buen punch!” y Luciano contestó: “¡Era un judío!”.

Al día siguiente Luciano fue a reunirse con Maud llevando un grueso bastón de junco que había comprado en una tienda del boulevard San Miguel. Maud comprendió de inmediato, miró el bastón y dijo: “Entonces, ¿es cosa hecha?”. “Cosa hecha”, dijo Luciano, sonriendo. Maud pareció halagada; personalmente, se inclinaba más bien a las ideas izquierdistas, pero tenía un espíritu amplio: “Encuentro, decía, que en todos los partidos hay algo bueno”. Durante la velada le rascó varias veces la nuca llamándolo su pequeño “camelot”. Un sábado a la noche, poco tiempo después, Maud se sintió fatigada. “Creo que me vuelvo a casa, dijo, pero puedes subir conmigo si te portas bien: me darás la mano y serás muy amable con tu pequeña Maud que se siente mal; le contarás cuentos.” Luciano no estaba muy entusiasmado: la habitación de Maud lo entristecía por su cuidada pobreza; parecía la habitación de una sirvienta. Pero hubiera sido criminal dejar pasar tan buena ocasión. Apenas entró, Maud se tiró sobre su cama diciendo: “Uff ¡qué bien estoy!”. Luego se calló y miró a Luciano en los ojos frunciendo los labios. Él se acostó a su lado y ella se puso una mano sobre los ojos apartando los dedos y diciendo con voz infantil: “Cucú, te veo, sabes, Luciano, te veo”. Él se sentía pesado y húmedo, ella le puso los dedos en la boca y él los chupó, después de lo cual le habló tiernamente; le dijo: “La pequeña Maud está enferma; que desdichada es, pobrecita Maud”, y le acarició todo el cuerpo; ella había cerrado los ojos y sonreía misteriosamente. Al cabo de un momento él había levantado la falda de Maud y se encontró que estaban haciendo el amor. Luciano pensó: “Soy hábil”. “Bueno, dijo Maud cuando hubieron terminado, ¡si hubiera esperado esto…! Miró a Luciano con tierno reproche.” “¡Gran pícaro! Creí que serias juicioso.” Luciano dijo que estaba tan sorprendido como ella. “Esto se ha hecho sin pensar”, dijo. Ella reflexionó un poco y le dijo seriamente: “No lamento nada. Antes era quizá más puro, pero era menos completo”.

“Tengo una querida”, pensó Luciano en el metro. Estaba vacío y cansado, impregnado de un olor a ajenjo y a pescado fresco. Se sentó manteniéndose rígido para evitar el contacto de su camisa impregnada en sudor, le parecía que su cuerpo era de leche cuajada. Se repetía con fuerza: “Tengo una querida”, pero se sentía frustrado; lo que había deseado de Maud, todavía la víspera, era su rostro angosto y cerrado con su aire discreto, su delgada silueta, su aspecto digno, su reputación de muchacha seria, su desprecio por el sexo masculino, todo eso que hacía de ella una persona extraña, verdaderamente otra, dura y definitiva, siempre fuera de alcance, con sus pequeños pensamientos propios, sus pudores, sus medias de seda, su traje de crèpe, su permanente. Y todo este barniz se había fundido bajo su abrazo, solo había quedado la carne, había aproximado sus labios a un rostro sin ojos, desnudo como un vientre; había poseído una gran flor de carne mojada. Volvió a ver a la bestia ciega que palpitaba entre las sábanas con agitaciones y bostezos velludos: era nosotros dos. No habían formado más que uno, ya no podía distinguir su carne de la de Maud; nadie le había dado nunca esa impresión de disgustante intimidad, salvo quizá Rirí, cuando Rirí le mostraba su pipí detrás de una zarza, o cuando se había ensuciado y permanecía acostado sobre el vientre moviendo las piernas, el trasero desnudo, mientras secaban su pantalón. Luciano se tranquilizó un poco pensando en Guigard; mañana le diría: “Me acosté con Maud, es una mujercita asombrosa, viejo; tiene eso en la sangre”. Pero no estaba cómodo: se sentía desnudo entre el polvoriento calor del metro, desnudo bajo una delgada película de vestidos, rígido y desnudo al lado de un sacerdote, frente a dos señoras maduras, como un gran espárrago sucio.

Guigard lo felicitó vivamente. Estaba un poco cansado de Fanny: “Verdaderamente tiene demasiado mal carácter. Ayer me puso mala cara toda la noche”. Los dos estuvieron de acuerdo; era necesario que hubiera mujeres como esas, porque no se podía permanecer casto hasta el matrimonio y luego ellas no eran ni interesadas ni enfermas, pero hubiera sido un error apegarse a ellas. Guigard habló de las verdaderas jovencitas con mucha delicadeza y Luciano le preguntó por su hermana. “Está bien, viejo, dijo Guigard, dice que eres un ingrato, ¿sabes?, agregó con un poco de abandono, no estoy descontento de tener una hermana; sin eso habría cosas que no comprendería.” Luciano lo comprendió perfectamente. Desde entonces hablaron a menudo de las jovencitas, se sentían llenos de poesía y Guigard citaba con gusto las palabras de uno de sus tíos que había tenido mucho éxito con las mujeres: “Tal vez no he hecho siempre el bien en mi perra vida, pero hay una cosa que Dios me tendrá en cuenta: antes me hubiera dejado cortar las manos que tocar a una jovencita”. Volvieron a veces a casa de las amigas de Pierrette Guigard. Luciano quería mucho a Pierrette, le hablaba como un hermano mayor un poco gruñón y le estaba reconocido porque no se había cortado el cabello. Estaba muy ocupado por sus actividades políticas; todos los domingos por la mañana iba a vender La Acción Francesa, frente a la iglesia de Neuilly. Durante más de dos horas Luciano se paseaba de un punto a otro con rostro severo. Las jovencitas que salían de misa levantaban a veces hacia él sus bellos ojos francos; entonces Luciano se dulcificaba un poco, se sentía puro y fuerte y les sonreía. Explicó a la “barra” que respetaba a las mujeres y se sintió satisfecho de encontrar en ellos la comprensión que deseaba. Por lo demás, casi todos tenían hermanas.

El 17 de abril los Guigard dieron una fiesta por los dieciocho años de Pierrette y, naturalmente, invitaron a Luciano. Era muy amigo de Pierrette, ella lo llamaba su bailarín y él sospechaba que estaba un poco enamorada de él. La señora Guigard había invitado mucha gente y la tarde prometía ser alegre. Luciano bailó varias veces con Pierrette y después fue a buscar a Guigard que recibía a sus amigos en el salón de fumar. “Salud, dijo Guigard, creo que todos se conocen: Fleurier, Simón, Vanusse, Ledoux.” Mientras Guigard nombraba a sus camaradas, Luciano vio a un joven alto, pelirrojo y crespo, de piel lechosa y duras cejas negras, que se aproximaba vacilando y la cólera le trastornó: “¿Qué hace aquí ese tipo?, se preguntó, ¡sin embargo Guigard sabe bien que no puedo aguantar a los judíos!”. Giró sobre sus talones y se alejó rápidamente para evitar las presentaciones. “¿Quién es ese judío?” preguntó un momento más tarde a Pierrette. “Es Weill, hace estudios superiores de Comercio; mi hermano lo conoció en la sala de armas.” “Me horrorizan los judíos”, dijo Luciano. Pierrette se rió ligeramente: “Este es un buen muchacho, dijo. Lléveme al comedor”. Luciano tomó una copa de champagne y apenas había tenido tiempo de calmarse, se encontró cara a cara con Guigard y Weill. Fulminó a Guigard con los ojos y dio vuelta la espalda. Pero Pierrette lo tenía del brazo y Guigard lo abordó con franqueza: “Mi amigo Fleurier, mi amigo Weill, dijo con tranquilidad, ahora ya se conocen ustedes”. Weill tendió la mano y Luciano se sintió muy incómodo. Felizmente se acordó, de pronto, de Desperreau: “Fleurier hubiera arrojado al judío al agua en un momento”. Hundió las manos en los bolsillos, dio la espalda a Guigard y se fue. “No podré volver a poner los pies en esta casa”, pensó al pedir su sombrero. Sentía un amargo orgullo. “He aquí lo que cuesta tener convicciones arraigadas; ya no se puede vivir en sociedad.” Pero en la calle desapareció su orgullo y Luciano se sintió muy inquieto. “¡Guigard debe estar furioso!” Inclinó la cabeza y trató de decirse con convicción: “¡No tenía derecho de invitar a un judío si me invitaba a mí!”. Pero su cólera había decaído: volvía a ver con una especie de malestar la asombrada cara de Weill, su mano extendida, y se sentía inclinado a la conciliación. “Pierrette piensa seguramente que soy un salvaje, hubiera debido estrechar esa mano. Después de todo no me comprometía a nada. Saludar reservadamente y alejarme en seguida eso es lo que había que hacer.” Se preguntó si todavía estaría a tiempo de volver a casa de los Guigard. Se acercaría a Weill y le diría: “Discúlpeme, he tenido un mal momento”. Le daría la mano y conversaría con él amablemente. Pero no: era demasiado tarde, su gesto era irreparable. “¡Qué necesidad tenía, pensó con irritación, de mostrar mis opiniones a gente que no puede comprenderlas!” Se encogió nerviosamente de hombros: era un desastre. En ese mismo instante Guigard y Pierrette comentarían su conducta. Guigard diría: “¡Está completamente loco!” Luciano apretó los puños: “¡Oh!, pensó con desesperación, ¡cómo los odio! ¡Cómo odio a los judíos!”. Y trató de tomar un poco de fuerza en la contemplación de ese odio inmenso. Pero se fundía bajo su mirada, y hasta cuando pensó en León Blum que recibía dinero de Alemania y odiaba a los franceses, solo sintió una pesada indiferencia. Luciano tuvo la suerte de encontrar a Maud en casa. Le dijo que la amaba y la poseyó varias veces con una especie de rabia. “Todo está perdido, se decía, nunca seré más que un cualquiera.” “¡No, no, decía Maud, detente, mi queridito, eso no, está prohibido!” Pero terminó por dejarse hacer: Luciano quiso besarla por todas partes. Se sentía infantil y perverso, tenía ganas de llorar.

Al día siguiente por la mañana, en el liceo, a Luciano se le apretó el corazón viendo a Guigard. Guigard tenía aire de disimulo y se hizo el que no lo veía. Luciano rabiaba tanto que no pudo tomar apuntes. “Puerco, pensaba, puerco.” Al terminar las clases Guigard se le acercó, estaba descolorido: “Si resuella, pensó Luciano aterrorizado, le suelto una bofetada”. Permanecieron un instante uno al lado del otro, mirando cada uno la punta de sus zapatos. Por fin, Guigard dijo con voz alterada: “Discúlpame, viejo, no hubiera debido darte ese golpe”. Luciano se sobresaltó y lo miró con desconfianza. Pero Guigard continuó penosamente: “Lo encontré en la sala, comprendes, entonces quise… hicimos algunos asaltos juntos y él me invitó a su casa, pero yo comprendo, sabes, no hubiera debido, no sé cómo se hizo eso, pero cuando escribí las invitaciones, no pensé ni un segundo en eso…” Luciano no decía nada, porque no le salían las palabras, pero se sentía inclinado a la indulgencia. Guigard agregó con la cabeza baja: “Bueno… como plancha…”. “Pedazo de zanahoria, dijo Luciano golpeándole en el hombro, bien sé que no lo hiciste expresamente.” Y agregó con generosidad: “Por lo demás yo también estuve mal. Me he conducido como un salvaje. Pero, qué quieres, es más fuerte que yo, no puedo tocarlos, es algo físico. Tengo la impresión de que tienen escamas en las manos. ¿Qué dijo Pierrette?” “Se rió como una loca”, dijo Guigard lastimosamente. “¿Y el tipo?” “Comprendió. Le dije lo que pude, pero tomó el portante al cuarto de hora.” Agregó, siempre con trabajo: “Mis padres dicen que tienes razón, que tú no podías proceder de otro modo desde el momento que tienes una convicción”. Luciano saboreó la palabra: “convicción”. Sentía deseos de estrechar a Guigard entre sus brazos: “No es nada, mi viejo, le dijo, no es nada desde el momento que quedamos amigos”. Bajó por el boulevard San Miguel en un estado de extraordinaria excitación: le parecía que ya no era él mismo.

Se dijo: “Es extraño, este no soy yo. ¡No me reconozco!” El tiempo era cálido y dulce; la gente pasaba, llevando en las caras la primera sonrisa asombrada de la primavera; entre esta blanda multitud Luciano se hundía como una cuña de acero, pensaba: “Este no soy yo. Yo, todavía la víspera, era un gordo insecto hinchado, parecido a los grillos de Ferolles”; ahora Luciano se sentía limpio y neto como un cronómetro. Entró en “La Fuente” y pidió un pernot. La barra no frecuentaba “La Fuente” porque en ella pululaban los metecos; pero ese día ni los metecos ni los judíos incomodaban a Luciano. En medio de esos cuerpos oliváceos que zumbaban ligeramente como un campo de avena bajo el viento, se sentía extraño y amenazante, un monstruoso reloj pegado contra la banqueta y rutilante. Reconoció divertido a un pequeño judío que los J. P. habían rociado en el trimestre precedente, en el patio de la Facultad de Derecho. El pequeño monstruo, gordo y pensativo, no guardaba rastro de los golpes, había debido quedarse encerrado un tiempo y después había vuelto a tomar su forma redonda; pero había en él una especie de resignación obscena.

Por el momento parecía feliz: bostezó voluptuosamente; un rayo de sol le cosquilleó la nariz, se rascó y sonrió. ¿Era una sonrisa? ¿O tal vez una pequeña oscilación que había nacido afuera, en algún rincón de la sala y que había venido a morir sobre su boca? Todos esos metecos flotaban en un agua sombría y pesada, cuyo oleaje conmovía sus carnes blandas, elevando sus brazos, agitando sus dedos, jugando un poco con sus labios. ¡Pobres tipos! Luciano sintió casi piedad de ellos. ¿Qué venían a hacer a Francia? ¿Qué corrientes marinas los habían traído y depositado aquí? Por mucho que se vistieran decentemente en casa de los sastres del boulevard San Miguel, no eran más que medusas. Luciano pensó que él no era una medusa; que no pertenecía a esa fauna humillada, y se dijo: “Yo estoy anclado”. Y luego, de pronto, olvidó “La Fuente” y los metecos, y no vio más que una espalda, una ancha espalda jorobada de músculos, que se alejaba con tranquila fuerza, que se perdía implacable en la bruma. Vio también a Guigard: Guigard estaba pálido, seguía con los ojos esa espalda y decía a Pierrette, invisible: “¡Bueno, como plancha!…” Luciano se sintió invadido por una alegría casi intolerable: ¡esa espalda poderosa y solitaria era la suya! ¡Y la escena había pasado ayer! Durante un instante, mediante un enorme esfuerzo fue Guigard; siguió su propia espalda con los ojos de Guigard, experimentó ante sí mismo la humillación de Guigard y se sintió deliciosamente aterrorizado. “Eso le servirá de lección”, pensó. Cambió el decorado: era en el tocador de Pierrette, esto ocurría en el futuro. Pierrette y Guigard indicaban, con aire algo contrariado, un nombre en una lista de invitaciones. Luciano no estaba presente pero su influencia pesaba sobre ellos. Guigard decía: “¡Ah no! ¡Ese no! ¡Estaría bueno con Luciano! ¡Luciano que no puede sufrir a los judíos!” Luciano se contempló una vez más y pensó: “¡Luciano soy yo! ¡Alguien que no puede sufrir a los judíos!” Esa frase la había pronunciado a menudo, pero hoy no se parecía a la de otras veces. No del todo. Seguramente, en apariencia era una simple comprobación, como si se dijera: “A Luciano no le gustan las ostras” o bien “A Luciano le gusta el baile”. Pero no había que engañarse, el gusto por el baile quizá hubiera podido descubrirse también en el pequeño judío, eso no tenía más importancia que un estremecimiento de la médula, no había más que mirar a ese maldito judío para comprender que sus gustos y sus disgustos quedaban adheridos a él como su olor, como los reflejos de su piel que desaparecerían con él como los movimientos de sus pesados párpados, como sus sonrisas goteantes de voluptuosidad. Pero el antisemitismo de Luciano era de otra especie; despiadado y puro, apuntaba fuera de él, como una hoja de acero, amenazando otros pechos. “Esto… pensaba, es… es sagrado.” Se acordó que cuando era pequeño su madre le decía algunas veces con un tono especial: “Papá trabaja en su escritorio”. Y esa frase le parecía una fórmula sagrada que le confería, de pronto, una nube de obligaciones religiosas, como no jugar con su carabina de aire comprimido, ni gritar “¡Tarambambom!”; caminaba por los corredores en puntas de pie, como si estuviera en una catedral. “Ahora me toca a mí”, pensó con satisfacción. Los demás decían, bajando la voz: “A Luciano no le gustan los judíos” y la gente se sentía paralizada, los miembros traspasados por una nube de flechitas dolorosas. “Guigard y Pierrette, se dijo con enternecimiento, son unas criaturas.” Habían sido muy culpables, pero bastó que Luciano les mostrara un poco los dientes, y en seguida habían sentido remordimientos, habían hablado en voz baja y se habían puesto a caminar en puntas de pie.

Por segunda vez, Luciano se sintió lleno de respeto por sí mismo. Pero esta vez no necesitaba de los ojos de Guigard, era a sus propios ojos que aparecía respetable —a sus ojos que percibían por fin su envoltura de carne, de gustos y de disgustos, de costumbres y de humores. “Allí donde me buscaba, pensó, no podía encontrarme.” Había hecho, de buena fe, el recuento de todo lo que era. “Pero si yo no debiera ser más que lo que soy, no valdría más que ese pequeño judío.” Escudriñando así en esa intimidad de mucosas, ¿qué se podía descubrir sino la tristeza de la carne, la innoble mentira de la igualdad, el desorden? “Primera máxima, se dijo Luciano, no tratar de ver dentro de sí; no hay error más peligroso.” El verdadero Luciano —ahora lo sabía— había que buscarlo en los ojos de los demás, en la temerosa obediencia de Pierrette y de Guigard, en la atención llena de esperanzas de todos esos seres que crecían y maduraban para él, de esos jóvenes aprendices que se convertirían en sus obreros, en los habitantes de Ferolles, grandes y chicos, de quienes un día sería el alcalde. Luciano experimentaba casi miedo, se sentía casi demasiado grande para él. ¡Tanta gente lo esperaba, lista para el combate!; y él era, él sería siempre esa inmensa espera de los otros. “Eso es, un jefe”, pensó. Vio reaparecer una espalda ancha y musculosa y luego, de pronto, una catedral. Estaba adentro y se paseaba, silenciosamente, bajo la luz tamizada que caía de los vitrales. “¡Solo que, esta vez, la catedral soy yo!” Fijó la mirada con intensidad en sus vecinos, un cubano alto, moreno y suave como un cigarro. Le era absolutamente necesario encontrar palabras para expresar su extraordinario descubrimiento. Levantó dulcemente, con precaución, la mano hasta su frente, como un cirio encendido, luego se recogió un instante, pensativo y sagrado, y las palabras vinieron por sí mismas: “¡Tengo derechos!” ¡Derechos! Algo del género de los triángulos y los círculos; era algo tan perfecto que no existía, se podían trazar millares de redondeles con el compás, no se llegaría a realizar ni un solo círculo. Del mismo modo, generaciones de obreros podrían obedecer escrupulosamente las órdenes de Luciano; no agotarían nunca su derecho a mandar, los derechos estaban más allá de la existencia, como los objetos matemáticos y los dogmas religiosos. Y he aquí que Luciano era justamente eso, un enorme racimo de responsabilidades y de derechos. Durante largo tiempo había creído que existía por azar, a la deriva: pero se equivocó por haber reflexionado demasiado. Mucho antes de su nacimiento, su lugar estaba ya marcado bajo el sol, en Ferolles. Ya —aún mucho antes del matrimonio de su padre— se le esperaba; si había venido al mundo era para ocupar ese lugar: “Existo, pensó, porque tengo el derecho de existir”. Y, quizá por primera vez, tuvo una visión fulgurante y gloriosa de su destino. Se recibiría en la Central, más tarde o más temprano (por lo demás eso no tendría ninguna importancia). Entonces largaría a Maud (ella quería todo el tiempo acostarse con él, era matador; sus cuerpos confundidos despedían en el tórrido calor de ese comienzo de primavera un olor a guiso algo quemado). “Y además, que Maud es de todo el mundo, hoy es mía, mañana de otro, todo esto no tiene ningún sentido.” Iría a vivir en Ferolles. En alguna parte de Francia había una jovencita ingenua del tipo de Pierrette; una provinciana de ojos de flor que se guardaba casta para él: algunas veces trataba de imaginar a su futuro dueño, ese hombre terrible y dulce, pero no lo lograba. Era virgen; en lo más secreto de su cuerpo reconocía el derecho de Luciano de poseerla. La desposaría, sería su mujer, el más tierno de sus derechos. Cuando ella se desvistiera por la noche, con pequeños gestos sagrados, aquello sería como un holocausto. La tomaría en sus brazos con la aprobación de todos; le diría: “¡Tú eres para mí!”. Lo que ella le mostrara tendría el deber de no mostrarlo más que a él, y el acto de amor sería para él un inventario voluptuoso de sus bienes. Su más tierno derecho, su derecho más íntimo: el derecho de ser respetado hasta en su carne, obedecido hasta en su lecho. “Me casaré joven”, pensó. Se dijo también que tendría muchos hijos; luego pensó en la obra de su padre; estaba impaciente por continuarla y se preguntaba si el señor Fleurier no se moriría pronto.

Un reloj dio las doce de la mañana; Luciano se levantó. La metamorfosis estaba terminada: una hora antes, en ese café había entrado un adolescente gracioso e incierto; el que salía era un hombre, un jefe entre los franceses. Luciano dio algunos pasos en la gloriosa luz de una mañana de Francia. En la esquina de la calle de las Escuelas y del boulevard San Miguel, se aproximó a una papelería y se miró en el espejo; hubiera querido encontrar en su rostro el aire impermeable que admiraba en el de Lemordant. Pero el espejo no le devolvió más que una linda carita obstinada, que no tenía todavía nada de muy terrible: “Me dejaré crecer el bigote”, decidió Luciano.

FIN


“L’Enfance d’un chef”,
Le mur, 1939
1. bock: cerveza
2. meteco: extranjero


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