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La señorita campesina

[Cuento - Texto completo.]

Alexandr Puchkin

En una de nuestras provincias alejadas se encontraban las propiedades de Iván Petróvich Bérestov. De joven sirvió en la guardia, se retiró a principios del año 1797, se marchó a su pueblo y desde entonces no había salido de allí. Se casó con una noble de familia pobre que murió al dar a luz, mientras él se encontraba en un campo apartado. Los ejercicios de la administración de la finca no tardaron en consolarle. Hizo una casa según su propio proyecto, construyó una fábrica de paños, triplicó los beneficios y empezó a considerarse el hombre más inteligente de toda la región, cosa que no discutían los vecinos, que visitaban su casa con sus familias y perros. Los días de diario llevaba una chaqueta de terciopelo de algodón, los días de fiesta se ponía una levita de paño de fabricación casera; él mismo llevaba las cuentas y no leía nada, excepto las Noticias del Senado. Por lo general la gente lo quería, aunque se le juzgaba orgulloso. El único que se llevaba mal con él era Grigory Ivánovich Múromsky, su vecino más cercano. Era este un verdadero señor ruso. Habiendo dilapidado en Moscú la mayor parte de sus bienes, y ya viudo para aquella época, se marchó a su última aldea, donde siguió haciendo diabluras, pero ya de una manera nueva. Hizo un parque inglés que le hacía gastar casi todo el resto de sus ingresos. Sus mozos de cuadra vestían como jockeys ingleses. Su hija tenía una institutriz inglesa. Explotaba sus tierras según el método inglés; «pero a la manera extraña no nace el trigo ruso» y pese a la considerable disminución de los gastos, los ingresos de Grigory Ivánovich no aumentaban; incluso en el campo encontraba la manera de contraer nuevas deudas; con todo, tenía fama de hombre bastante listo, ya que fue el primero de los terratenientes de su provincia que tuvo la idea de hipotecar sus propiedades al Consejo Tutelar: operación que por entonces parecía extraordinariamente compleja y osada. Entre la gente que lo censuraba era Bérestov quien se expresaba con más severidad. El odio a las innovaciones constituía el rasgo distintivo de su carácter. No podía hablar con indiferencia de la anglomanía de su vecino y a cada minuto encontraba la ocasión para criticarlo. Si enseñaba sus propiedades a un vecino, al responder a las alabanzas de su buena administración, decía con una pícara sonrisa: «Pues sí, no es como en casa de mi vecino Grigory Ivánovich. ¡Qué vamos a poder arruinarnos a la inglesa! No aspiramos más que a poder comer a la rusa». Estas y otras bromas similares gracias a la solicitud de los vecinos llegaban a conocimiento de Grigory Ivánovich con añadiduras y explicaciones. El anglómano aguantaba la crítica con la misma impaciencia que nuestros periodistas. Rabiaba, y puso a su Zoilo el mote de oso y provinciano.

Así eran las relaciones de estos dos propietarios cuando el hijo de Bérestov vino a verle a la aldea. Se había educado en la universidad de *** y tenía la intención de ingresar en el servicio militar, pero el padre no daba su consentimiento. El joven se sentía totalmente incapaz para el servicio civil. Ninguno de los dos cedía, y el joven Alexey entretanto se puso a vivir como un señor del campo, dejándose el bigote por si acaso.

Alexey, sin duda alguna, era un buen mozo. Efectivamente, sería una lástima si el uniforme militar nunca llegara a ceñir su cuerpo esbelto y si, en lugar de componer una bella estampa montado a caballo, tuviera que pasar su juventud encorvado sobre unos papeles de oficina. Viendo cómo en las cacerías siempre cabalgaba primero, sin elegir camino, los vecinos decían unánimes que nunca llegaría a ser un jefe de servicio como Dios manda. Las señoritas le echaban miradas que a veces se detenían durante bastante rato; pero Alexey les hacía poco caso y ellas suponían que la causa de esta insensibilidad residía en una relación amorosa. De hecho, circulaba por la región la copia de las señas de una de sus cartas: «Para Akulina Petrovna Kúrochkina; Moscú, frente al monasterio Alexéyevsky, casa del calderero Savéliev; le ruego que haga llegar esta carta a A. N. R.».

Aquellos de mis lectores que no hayan vivido en el campo no se pueden imaginar qué delicia son estas señoritas de provincias. Educadas al aire libre, a la sombra de los manzanos de su huerto, extraen el conocimiento del mundo y de la vida de los libros. El aislamiento, la libertad y la lectura pronto desarrollan sus sentimientos y pasiones, desconocidos por nuestras bellas y distraídas damas. Para estas señoritas el sonido de una campanilla ya es una aventura, el viaje a la ciudad más cercana constituye un gran acontecimiento en la vida y la visita de un invitado deja un recuerdo largo, a veces eterno. Naturalmente, la gente es libre de burlarse de algunas de sus rarezas; pero las bromas de un observador superficial no pueden hacer desaparecer las virtudes esenciales, siendo la principal «la particularidad del carácter», «la originalidad» (individualité), sin lo cual, según Jean Paul, tampoco existe la grandeza humana. Es posible que en la capital las mujeres reciban una educación mejor; pero los hábitos del gran mundo pronto igualan el carácter y hacen los espíritus tan uniformes como los sombreros. Todo esto se dice sin ánimo de juzgar ni condenar, aunque nota nostra manet, como dice un antiguo comentarista.

Es fácil de imaginar la impresión que tuvo que causar Alexey en el círculo de nuestras señoritas. Fue el primero en aparecer ante ellas sombrío y desilusionado, fue el primero en hablarles de las alegrías perdidas y su juventud marchita; además, llevaba una sortija negra con una cabeza de muerto grabada. Todo esto era extraordinariamente nuevo en aquella provincia. Las señoritas se volvían locas por él.

Pero quien lo seguía con más atención era la hija de mi anglómano, Liza (o Betsy, como la solía llamar Grigory Ivánovich). Los padres no se trataban, ella todavía no había visto a Alexey, mientras que todas las jóvenes vecinas no hacían más que hablar de él. La muchacha tenía diecisiete años. Unos ojos negros animaban su rostro agradable de tez morena. Era hija única y por tanto estaba mimada. Su viveza y las constantes travesuras causaban la admiración del padre y la desesperación de su institutriz, miss Jackson, una estirada señorita de cuarenta años que usaba blanquete y se pintaba las cejas, dos veces al año releía Pamela, percibía por ello dos mil rublos y se moría de aburrimiento «en esta bárbara Rusia».

Liza tenía una doncella llamada Nastia; era algo mayor pero tan frívola como su señorita. Liza la quería mucho, le descubría todos sus secretos y juntas planeaban todas sus diversiones; en una palabra, en el pueblo de Prilúchino Nastia era un personaje mucho más importante que cualquier confidente de una tragedia francesa.

—Permítame que haga hoy una visita —dijo Nastia un día al vestir a su señorita.

—Cuando quieras, ¿y adónde vas?

—A Tuguílovo, a casa de los Bérestov. Es el santo de la mujer del cocinero, vino ayer para invitarnos a comer.

—¡Vaya! —dijo Liza—. Los señores no tienen tratos y los criados convidan unos a otros.

—¡Y qué nos importan los señores! —repuso Liza—. Además, soy de usted y no de su papá, y usted todavía no ha reñido con el joven Bérestov. Que se peleen los viejos si les divierte.

—Bueno, procura ver a Alexey Bérestov y cuéntame con detalle qué aspecto tiene y qué clase de persona es.

Nastia se lo prometió, y Liza pasó todo el día esperando impacientemente su regreso. Nastia apareció por la noche.

—Bien, Lizaveta Grigóryevna —dijo al entrar en la habitación—, he visto al joven Bérestov, lo he mirado todo lo que he querido: hemos pasado el día juntos.

—¿Cómo? Cuenta, cuéntamelo por orden.

—Como quiera; fuimos yo, Anisya Yegórovna, Nenila, Dunka…

—Bueno, ya lo sé, ¿y luego?

—Lo que usted diga. Llegamos a la hora de comer. La habitación estaba llena de gente. Estaban los de Kolíbino, Zajaryevo, la intendenta con sus hijas, los de Jliupin…

—Bien, ¿y Bérestov?

—Espérese un momento. Nos sentamos a la mesa, la intendenta en el lugar de honor, yo junto a ella… las hijas pusieron cara de ofendidas, pero a mí qué me importa…

—Ay, Nastia, ¡qué pesada te pones con tus detalles!

—¡No sea usted tan impaciente! Bueno, nos levantamos de la mesa… y estuvimos más de tres horas comiendo, no se crea, la comida era de las buenas: un pastel blanc-mangé azul, rojo y a rayas… Bueno, nos levantamos de la mesa y fuimos al jardín a jugar al escondite, y aquí apareció el joven señor.

—¿Y qué? ¿Es verdad que es muy bien parecido?

—No se lo puede usted ni imaginar, una belleza. Alto, esbelto, las mejillas encendidas…

—¿Ah, sí? Yo pensaba que era pálido. ¿Y qué? ¿Qué te pareció? ¿Triste, pensativo?

—¡Qué va! Nunca he visto a un hombre tan loco. Se le antojó ponerse a correr con nosotras.

—¡Correr con ustedes! ¡Imposible!

—Muy posible. ¡Y no sabe usted qué ocurrencia tuvo! En cuanto nos cazaba, ¡venga a besarnos!

—Nastia, digas lo que digas, estás mintiendo.

—Diga lo que diga, es la pura verdad. No sé ni cómo pude quitármelo de encima. Pues así pasó todo el día con nosotras.

—Pero ¿no dicen que está enamorado y que no mira a nadie?

—No lo sé, señorita, a mí me miraba, hasta demasiado, y también a Tania, y a la hija del intendente, y a Pasha la de Kolíbino, y aunque sea pecado el decirlo, el muy bribón no ofendió a nadie.

—¡Qué sorprendente! ¿Y qué se dice de él en la casa?

—Dicen que es un señor buenísimo, muy alegre y bondadoso. Solo tiene una cosa mala: le gusta demasiado perseguir a las chicas. Aunque por mí, eso tampoco es grave: ya sentará la cabeza con los años.

—¡Cuánto me gustaría verlo! —dijo Liza con un suspiro.

—¡Ni que fuera tan difícil! Tuguílovo no está lejos, solamente a tres verstas: vaya a dar un paseo hacia allí, también puede ir a caballo; seguro que se lo encuentra. Sé que todas las mañanas temprano va con la escopeta a cazar.

—No, eso no estaría bien. Puede pensar que lo estoy persiguiendo. Además, nuestros padres no se tratan, por lo tanto yo tampoco podré conocerlo… ¡Ay, Nastia! ¿Sabes qué? ¡Me voy a disfrazar de campesina!

—¿Por qué no? Póngase una camisa gruesa, un sarafán y vaya tranquilamente a Tuguílovo; le juro que Bérestov no la deja pasar.

—Además, hablo perfectamente como la gente del lugar. Ay, Nastia, mi querida Nastia, ¡qué idea tan maravillosa!

Liza se acostó con la intención de llevar a cabo su divertido plan pasara lo que pasara. Al día siguiente desde por la mañana emprendió la realización de su proyecto: mandó comprar en el mercado hilo grueso, algodón azul y botones de cobre, con la ayuda de Nastia cortó la camisa y el sarafán, puso a coser a todas las sirvientas de la casa y hacia la noche todo estaba listo. Liza se probó el traje recién hecho y viéndose en el espejo tuvo que reconocer que nunca se había encontrado tan encantadora. Ensayó su papel, haciendo profundas reverencias al andar, seguidas por repetidas inclinaciones de cabeza, semejantes a las de los gatos de barro de los mercados; habló como las campesinas, tapándose la cara con una manga cuando se reía, y mereció la total aprobación de Nastia. Tuvo una dificultad: intentó caminar por el patio descalza, pero sus delicados pies se resintieron de los pinchazos de la hierba, y la arena y las piedrecitas le parecieron insoportables. También en eso le ayudó Nastia: tomó las medidas de los pies de Liza, fue corriendo al prado a ver a Trofim, el pastor, y la encargó un par de laptis a medida. Al día siguiente Liza se despertó al amanecer. En la casa todos dormían. Nastia estaba en la puerta esperando al pastor. Se oyó el sonido del cuerno y el rebaño del pueblo empezó a desfilar a lo largo de la casa señorial. Al pasar delante de Nastia Trofim le entregó unos pequeños laptis de colores y recibió cincuenta kópeks de recompensa. Liza, sin hacer ruido, se vistió de campesina, le susurró a Nastia unas instrucciones referentes a miss Jackson, salió por la puerta trasera y atravesando el huerto corrió hacia el campo.

En el Este brillaba el amanecer y las filas doradas de nubes parecían esperar al sol como los cortesanos esperan al rey. El cielo despejado, el fresco matinal, el rocío, la brisa y el cantar de los pájaros llenaron el corazón de Liza de una alegría infantil; temiendo encontrarse a alguien conocido parecía que iba volando. Al acercarse al bosque que estaba en el límite de las posesiones de su padre Liza caminó más despacio. Allí debía esperar a Alexey. El corazón le latía con fuerza sin saber ella por qué; pero el miedo que acompaña nuestras travesuras juveniles constituye su atractivo principal. Liza se adentró en el espesor del bosque. Un ruido sordo y resonante saludó a la joven. Su alegría se fue calmando. Poco a poco se entregó al dulce ensueño. Pensaba… pero ¿será posible definir exactamente en qué piensa una joven de diecisiete años estando sola en el bosque a las seis de una mañana primaveral? Así pues, iba avanzando por un camino bordeado por grandes árboles cuando de pronto un hermoso perro perdiguero empezó a ladrarle. Liza se asustó y dio un grito. En el mismo instante se oyó una voz que decía: «Tout beau, Sbogar, ici…», y el joven cazador apareció entre los matorrales.

—No tengas miedo —le dijo a Liza—, mi perro no muerde.

Liza ya se había repuesto del susto y supo en seguida aprovechar las circunstancias:

—No, señor —dijo adoptando un aire entre asustado y tímido—, es que da mucho miedo: parece muy fiero y se me va a echar encima otra vez.

Alexey (el lector ya lo habrá reconocido) miraba fijamente a la joven campesina.

—Te acompaño si tienes miedo —le dijo—, ¿me dejarás ir a tu lado?

—¿Quién te lo impide? —contestó Liza—, el camino es de todos.

—¿De dónde eres?

—De Prilúchino; soy la hija de Vasily el herrero, voy por setas —Liza llevaba una cesta colgada de una cuerda—. ¿Y tú? ¿No serás de Tuguílovo?

—Así es. Soy el ayuda de cámara del joven señor —Alexey pretendía igualar sus relaciones. Pero Liza lo miró y se echó a reír:

—¡Qué mentiroso! ¿Crees que soy tonta? Veo que tú eres el señor.

—¿Por qué lo crees?

—Por todo.

—A ver, dime por qué.

—¿Cómo se puede confundir a un señor con el criado? Vistes y hablas de otra manera, además, llamaste al perro en extranjero.

Liza cada vez le gustaba más a Alexey. Acostumbrado a no gastar demasiados cumplidos con bellas pueblerinas intentó abrazarla; pero Liza se apartó de un salto y adoptó un aire tan severo y frío que, pese a la gracia que esto le hizo a Alexey, le desalentó de intentos futuros.

—Si quiere que sigamos siendo amigos —dijo ella muy seria— haga el favor de comportarse.

—¿Quién te ha enseñado estas finezas? —preguntó Alexey riéndose a carcajadas—. ¿No será mi amiga Nástenka, la doncella de tu señorita? ¡He aquí los caminos por los que se difunde la educación!

Liza comprendió que se había salido de su papel y se corrigió inmediatamente.

—¿Qué te crees? —dijo—. ¿Que nunca piso la casa de los señores? No te creas: he visto y he oído de todo. Vaya —continuó—, hablando contigo no voy a coger ni una seta. Sigue, señor, tu camino y yo seguiré el mío. Vete con Dios…

Liza quería retirarse. Alexey la detuvo cogiéndole la mano.

—¿Cómo te llamas, mi alma?

—Akulina —contestó Liza procurando liberar sus dedos de la mano de Alexey—, suéltame, tengo que ir a casa.

—Bueno, amiga Akulina, te prometo que le haré una visita a tu padre, Vasily, el herrero.

—¿Qué dices? —repuso Liza con viveza—. No lo hagas, te lo pido por Dios. Si en mi casa se enteran de que he estado en el bosque sola hablando con un señor, no quiero ni pensar lo que puede ocurrir; mi padre, Vasily, el herrero, sería capaz de matarme.

—Es que quiero volver a verte.

—Ya vendré alguna vez por setas.

—¿Cuándo?

—Mañana mismo.

—Akulina, querida, te daría un beso pero no me atrevo. Entonces, mañana a la misma hora.

—Sí, sí.

—¿No me vas a engañar?

—No, no te engaño.

—Júramelo por Dios.

—Te lo juro por el Viernes Santo.

Los jóvenes se separaron. Liza salió del bosque, atravesó el campo, se deslizó por el jardín y corrió a la granja donde la esperaba Nastia. Allí se cambió de traje, contestando distraída a su confidente que le hacía preguntas ávidas, y apareció en el comedor. La mesa estaba servida para el desayuno y miss Jackson, ya cubierta de blanquete y con el talle tan ceñido que parecía una copa, estaba cortando finas rebanaditas de pan. El padre elogió el paseo matutino.

—No hay nada más sano —dijo— que despertarse al amanecer.

Seguidamente relató varios casos de longevidad humana, procedentes de revistas inglesas, y observó que todas las personas que habían vivido más de cien años no probaron el vodka y se levantaron al amanecer tanto en invierno como en verano. Liza no lo escuchaba. Repasaba en su cabeza todas las circunstancias del encuentro de aquella mañana, toda la conversación de Akulina con el joven cazador y poco a poco empezó a sentir remordimientos de conciencia. En vano repetía que la conversación no había traspasado los límites de la decencia y que la travesura no podía tener consecuencias; la voz de la conciencia era más fuerte que la de la razón. Lo que más sufrimiento le causaba era la promesa que había dado para el día siguiente; casi estaba decidida a no cumplir su solemne juramento. Pero Alexey, después de una espera infructuosa, podría ir al pueblo a buscar a la hija del herrero, la verdadera Akulina, una muchacha gorda con la cara picada de viruela, y de esta manera descubriría su frívola ocurrencia. Este pensamiento horrorizó a Liza y decidió volver a la mañana siguiente al bosque haciéndose pasar por Akulina.

Por su parte, Alexey estaba entusiasmado y pasó todo el día pensando en su nueva amiga; por la noche la imagen de la belleza de tez morena siguió persiguiendo su imaginación. Apenas despuntaba la aurora cuando ya estaba vestido. Sin darse tiempo para cargar la escopeta salió al campo con su fiel Sbogar y corrió hacia el lugar de la cita prometida. Pasó cerca de media hora de espera insoportable; al fin vio entre los matorrales el sarafán azul y corrió al encuentro de la dulce Akulina. Ella recibió con una sonrisa su entusiasmo, fruto del agradecimiento, pero Alexey no tardó en descubrir en su rostro una sombra de abatimiento e inquietud. Quiso saber la causa. Liza confesó que se arrepentía de su conducta porque le parecía frívola, que por esta vez no había querido faltar a su palabra, pero que era la última cita y que le pedía que con ello acabara una amistad que no podía conducir a nada bueno. Naturalmente, todo fue expresado utilizando el habla de los campesinos; pero la idea y los sentimientos, inusitados en una muchacha del pueblo, causaron la admiración de Alexey. Utilizó toda su elocuencia para conseguir que Akulina renunciara a su decisión; procuró convencerla de la inocencia de sus deseos, prometió no darle nunca una razón para el arrepentimiento y obedecerla en todo, le rogó que no lo privara de una sola alegría: verla a solas, aunque fuera cada dos días, aunque fuera dos veces por semana. Habló con el lenguaje de la auténtica pasión y parecía verdaderamente enamorado. Liza lo escuchó en silencio.

—Prométeme —dijo ella al fin— que nunca me buscarás en el pueblo ni preguntarás por mí. Dame tu palabra de que nunca intentarás verme, salvo cuando yo lo diga.

Alexey quiso jurárselo por el Viernes Santo, pero ella lo paró con una sonrisa:

—No tienes que jurar nada, me basta con tu promesa.

Después de aquello conversaron amistosamente paseando por el bosque hasta que Liza dijo que era la hora de marcharse. Se separaron y Alexey, al quedarse solo, no podía comprender cómo una simple muchacha del pueblo había conseguido en dos encuentros tener ese poder sobre él. Sus relaciones con Akulina tenían para él el encanto de la novedad y, aunque los preceptos de la extraña campesina le resultaban difíciles, en ningún momento se le ocurrió faltar a su palabra. Lo que pasaba en realidad era que Alexey, pese al anillo fatal, a la misteriosa correspondencia y la sombría desilusión, era un joven lleno de bondad y apasionamiento, con un corazón puro capaz de sentir los placeres de la inocencia.

Si yo me dejara llevar únicamente por mi deseo, no dudaría en describir con todo detalle los encuentros de los dos jóvenes, la creciente inclinación mutua y confianza, sus ocupaciones y conversaciones; pero sé que la mayor parte de mis lectores no compartiría mi deleite. Estos pormenores por lo general resultan empalagosos, por tanto voy a omitirlos diciendo brevemente que antes de que hubieran transcurrido dos meses mi Alexey estaba perdidamente enamorado y Liza, aunque menos explícita, no era más indiferente que él. Ambos eran felices con el presente y no pensaban en el futuro.

La idea de unos lazos indisolubles pasaba por su pensamiento con bastante frecuencia, pero nunca hablaban de ello. La razón era evidente: Alexey, por mucho que se sintiera ligado a la dulce Akulina, no podía olvidar la distancia que le separaba de una pobre campesina; mientras que Liza conocía el odio que existía entre sus padres y no podía ni soñar en una reconciliación. Además, su vanidad se iba enardeciendo secretamente por la oscura y romántica esperanza de ver al fin al terrateniente de Tuguílovo a los pies de la hija del herrero de Prilúchino. De pronto un importante acontecimiento estuvo a punto de transformar sus relaciones.

Una mañana clara y fría (de aquellas que tanto abundan en nuestro otoño ruso) Iván Petróvich Bérestov salió a dar un paseo a caballo, llevándose por si acaso tres pares de galgos, al mozo de caballos y varios muchachos con carracas. Al mismo tiempo Grigory Ivánovich Múromsky, seducido por el buen tiempo, mandaba ensillar su yegua de cola recortada e iba recorriendo al trote sus posesiones a la inglesa. Al acercarse al bosque vio a su vecino montado orgullosamente a caballo, con un caftán corto forrado de piel de zorro, esperando a una liebre que los chiquillos echaban de los matorrales con sus gritos y carracas. Si Grigory Ivánovich hubiera podido prever aquel encuentro, sin duda alguna habría torcido en la dirección opuesta; pero se tropezó con Bérestov inesperadamente y de pronto se encontró con su vecino a la distancia de un disparo de pistola. No había nada que hacer: Múromsky, como buen europeo educado, se acercó a su enemigo y lo saludó cortésmente. Bérestov le contestó tan afanoso como un oso de feria saluda a los señores cumpliendo la orden de su dueño. En ese mismo instante la liebre salió del bosque y echó a correr por el campo. Bérestov y el mozo de caballos gritaron a todo pulmón, soltaron a los perros y los siguieron al galope. El caballo de Múromsky, que nunca había estado en una cacería, se desbocó del susto. Múromsky, considerándose un jinete excelente, lo dejó libre, contento para sus adentros de la circunstancia que le liberaba del desagradable interlocutor. Pero el caballo, al encontrarse ante un barranco que no había visto, dio un salto hacia un lado y Múromsky no consiguió mantenerse en la silla. Cayó pesadamente al suelo helado, maldiciendo, y su yegua, como si de pronto entrara en razón, se paró en seco en cuanto sintió que había perdido al jinete. Iván Petróvich acudió inmediatamente preguntando si se había hecho daño. El mozo acercó al caballo culpable, llevándolo de las riendas. Ayudó a Múromsky a encaramarse al caballo, y Bérestov le invitó a su casa. Múromsky no pudo negarse ya que se sentía en deuda, y gracias a ello Bérestov regresó a su casa cubierto de gloria, habiendo cazado una liebre y conduciendo a su enemigo herido y casi prisionero.

Durante el desayuno los vecinos entablaron una conversación bastante amistosa. Múromsky pidió a Bérestov que le prestara un carruaje, confesando que después del golpe no se sentía capaz de volver a su casa a caballo. Bérestov lo acompañó hasta la verja y Múromsky no se marchó hasta no obtener la palabra de honor de Bérestov de que al día siguiente iría a almorzar (junto con Alexey Ivánovich) a su casa de Prilúchino. De esa manera una antigua y profundamente arraigada enemistad parecía estar a punto de acabarse gracias a una yegua asustadiza.

Liza corrió al encuentro de Grigory Ivánovich.

—¿Qué significa todo esto, papá? —dijo sorprendida—. ¿Por qué está cojo? ¿Dónde está su caballo? ¿De quién es este carruaje?

—Nunca lo adivinarías, my dear —contestó Grigory Ivánovich y relató todo lo ocurrido. Liza no daba crédito a sus oídos. Grigory Ivánovich, sin darle tiempo para recuperarse, anunció que al día siguiente vendrían a almorzar los dos Bérestov.

—¡Cómo! —exclamó Liza poniéndose pálida—. ¡Los Bérestov, padre e hijo! ¡Almorzarán aquí mañana! No, papá, diga lo que diga, yo no pienso aparecer.

—¿Qué te pasa, te has vuelto loca? —repuso el padre—. ¿Desde cuándo eres tan tímida? ¿O es que sientes hacia ellos un odio hereditario, como las heroínas románticas? Ya está bien, no seas boba.

—No, papá, por nada del mundo, aunque me ofrecieran todas las riquezas, no pienso aparecer ante los Bérestov.

Grigory Ivánovich se encogió de hombros y no discutió más, convencido de que llevando la contraria a su hija nada se podía conseguir, y se retiró a reposar después de su memorable paseo.

Lizaveta Grigóryevna se marchó a su habitación y llamó a Nastia. Estuvieron largo rato discutiendo acerca de la visita del día siguiente. ¿Qué pensaría Alexey al descubrir que su Akulina era una señorita educada? ¿Qué opinión le merecerían su comportamiento y costumbres o sensatez? Por otra parte, Liza tenía muchas ganas de ver qué impresión le haría un encuentro tan inesperado… De pronto tuvo una idea. Se la comunicó inmediatamente a Nastia; ambas la celebraron como un gran hallazgo y decidieron ponerla en práctica a toda costa.

Al día siguiente durante el desayuno Grigory Ivánovich preguntó a su hija si seguía pensando esconderse de los Bérestov.

—Papá —dijo Liza—, los recibiré si así lo desea, pero con una condición: independientemente de cómo aparezca y de lo que haga usted no me lo va a reprochar ni dará muestra alguna de sorpresa o descontento.

—Una nueva ocurrencia —dijo Grigory Ivánovich riendo—. Bueno, bueno; estoy de acuerdo, haz lo que quieras, diablillo de ojos negros —y con estas palabras le dio un beso en la frente y Liza fue corriendo a prepararse.

A las dos en punto un coche de fabricación casera, llevado por seis caballos, entró en el patio bordeando el círculo de césped verde oscuro. El viejo Bérestov subió las escaleras ayudado por dos criados de librea de Múromsky. Su hijo lo seguía a caballo; juntos entraron en el comedor donde ya estaba puesta la mesa. Múromsky recibió a sus vecinos de la manera más cariñosa, les sugirió que antes de comer visitaran el jardín y el pequeño zoo, y los condujo por los senderos escrupulosamente limpios y cubiertos de arena. El viejo Bérestov lamentaba para sus adentros la cantidad de tiempo y trabajo perdidos en caprichos tan inútiles, pero callaba por educación. Su hijo no compartía ni el disgusto del terrateniente calculador ni el entusiasmo del orgulloso anglómano; esperaba impacientemente la aparición de la hija del anfitrión, de quien ya había oído hablar en muchas ocasiones, y aunque su corazón, como sabemos, pertenecía a otra, una joven belleza siempre tenía derechos sobre su imaginación.

Una vez en el salón, los tres se sentaron juntos: los viejos recordaron tiempos pasados y anécdotas del servicio, y Alexey meditó el papel que debería adoptar en presencia de Liza. Decidió que en cualquier caso lo más adecuado sería aparecer frío y distraído, para lo cual tomó las medidas necesarias. La puerta se abrió; Alexey volvió la cabeza con tal indiferencia, con una desenvoltura tan orgullosa, que haría temblar el corazón de la coqueta más empedernida. Desgraciadamente, en lugar de Liza entró la vieja miss Jackson, empolvada, encorsetada, con los ojos bajos y una pequeña reverencia, y la maravillosa maniobra militar de Alexey se desperdició totalmente. Apenas tuvo tiempo de volver a prepararse, cuando la puerta se abrió de nuevo y esta vez entró Liza. Todos se levantaron; el padre inició las presentaciones de los invitados, cuando de pronto se detuvo y se mordió los labios precipitadamente… Liza, su Liza de tez morena, estaba cubierta de blanquete hasta las orejas y con las cejas más pintadas que miss Jackson; llevaba unos tirabuzones falsos de un color mucho más claro que el de su pelo, cardados como la peluca de Luis XIV; las mangas à l’imbécile se alzaban como el miriñaque de madame de Pompadour; el talle estaba tan ceñido que parecía la letra «x», y todos los brillantes de su madre que todavía no habían empeñado refulgían en sus dedos, cuello y orejas. Alexey no podía reconocer a su Akulina en esta señorita tan brillante y ridícula. Su padre le besó la mano y Alexey lo imitó con disgusto; al rozar sus dedos blanquísimos tuvo la impresión de que temblaban. En ese momento se fijó en el pie de la dama, expuesto con cierta intención y calzado con la mayor coquetería. Esto le permitió reconciliarse algo con el resto de su atuendo. En lo que se refiere al blanquete y a las cejas pintadas hemos de confesar que, debido a su candor, no reparó en ello al principio y más adelante tampoco llegó a sospecharlo. Grigory Ivánovich recordó su promesa y procuró no mostrar la menor sombra de sorpresa; pero la ocurrencia de su hija le pareció tan divertida que consiguió dominarse a duras penas. Quien menos pensaba en la risa era la estirada inglesa. Adivinó que el blanquete y la pintura de las cejas habían sido extraídos de su cómoda y el intenso rubor de la irritación estuvo a punto de atravesar la blancura artificial de su rostro. Lanzaba miradas encendidas a la joven traviesa, la cual, aplazando cualquier explicación para otro momento, hacía como si no las notara.

Se sentaron a la mesa. Alexey seguía jugando el papel de joven distraído y meditabundo. Liza hacía remilgos, hablaba entre dientes estirando las palabras y solo en francés. El padre se le quedaba mirando frecuentemente, sin comprender el fin que perseguía, pero encontrándolo todo bastante gracioso. La inglesa estaba furiosa en silencio. Solamente Iván Petróvich estaba como en su casa; comía por dos, bebía a su medida, se reía de su propia risa y a cada momento se hacían más amistosas tanto su conversación como sus carcajadas.

Por fin se levantaron de la mesa; los invitados se marcharon y Grigory Ivánovich dio rienda suelta a la risa y a las preguntas.

—¿Por qué has decidido tomarles el pelo? —preguntó a Liza—. ¿Sabes lo que te digo? Te sienta muy bien el blanquete; no quiero entrar en los secretos de la belleza femenina, pero en tu lugar empezaría a usarlo, sin exceso, naturalmente, solo un poco.

Liza estaba entusiasmada con el éxito de su ocurrencia. Abrazó al padre, le prometió pensar en su consejo y se precipitó a aplacar a la irritada miss Jackson, quien consintió a duras penas abrir las puertas y escuchar las explicaciones. A Liza le había dado tanta vergüenza aparecer ante gente desconocida con una tez tan morena; no se había atrevido a pedir… estaba segura de que la buena, la querida miss Jackson la perdonaría… etc. Miss Jackson, habiéndose asegurado de que Liza no había querido burlarse de ella, se calmó, le dio un beso y como señal de reconciliación le regaló un botecito de blanquete inglés, que Liza aceptó con expresiones del más sincero agradecimiento.

El lector se podrá imaginar fácilmente que a la mañana siguiente Liza no faltó en el bosque de las citas.

—¿Estuviste ayer en casa de nuestros señores? —preguntó en seguida a Alexey—. ¿Qué te pareció la señorita?

Alexey contestó que no se había fijado en ella.

—Es una lástima —repuso Liza.

—¿Por qué? —preguntó Alexey.

—Porque quería preguntarte si es verdad eso que dicen…

—¿Qué dicen?

—Dicen que me parezco a la señorita.

—¡Qué disparate! A tu lado parece un verdadero monstruo.

—¡Qué dices, señor! La señorita es tan blanca, tan presumida… ¡Cómo me voy a comparar con ella!

Alexey le juró que era mejor que todas las blancas señoritas y para tranquilizarla del todo se puso a describir a su señorita en unos términos tan divertidos que Liza se rió de todo corazón.

—De todos modos —dijo suspirando—, aunque puede que la señorita sea ridícula, a su lado soy una tonta analfabeta.

—¡Vaya! —dijo Alexey—. Pues sí que es una razón para lamentarse. Si quieres te enseño a leer en un momento.

—Es verdad —dijo Liza—, ¿y si probáramos?

—Cuando quieras, empecemos ahora mismo.

Se sentaron. Alexey sacó del bolsillo un lápiz y un cuaderno de notas, y Akulina aprendió el alfabeto con una rapidez sorprendente. Alexey no salía de su asombro. A la mañana siguiente Liza intentó escribir; al principio el lápiz no la obedecía, pero al poco rato logró dibujar unas letras bastante aceptables.

—¡Qué milagro! —decía Alexey—. Avanzamos más que si fuera el sistema de Lancaster.

Efectivamente, durante la tercera lección Liza ya leía lentamente Natalia, hija de boyardo, interrumpiendo la lectura con unas observaciones que maravillaban a Alexey, y llenó una página entera con garabatos: aforismos sacados del cuento.

Al cabo de una semana empezaron a escribirse. Instalaron la oficina de correos en el hueco de un viejo roble. Nastia desempeñaba en secreto las funciones de cartero. Alexey llevaba al roble sus cartas, escritas con grandes letras, y encontraba allí mismo hojas de un papel azul sencillo cubiertas de garabatos de su amada. Era evidente que Akulina iba asimilando una forma de expresarse más refinada y que su inteligencia se cultivaba y se desarrollaba de forma notable.

Entretanto el conocimiento que habían trabado Iván Petróvich Bérstov y Grigory Ivánovich Múromsky cada vez se fortalecía más y pronto se convirtió en amistad gracias a la siguiente circunstancia: Múromsky pensaba a menudo que con la muerte de Iván Pétrovich todas sus posesiones pasarían a Alexey Ivánovich, con lo cual Alexey Ivánovich se convertiría en uno de los terratenientes más ricos de la provincia y que no existía razón alguna para que no se casara con Liza. Por su parte el viejo Bérestov, aun reconociendo en su vecino cierta propensión al disparate (como él decía: la chifladura inglesa), no podía negarle muchas cualidades excelentes, como, por ejemplo, una rara habilidad para los negocios; además, Grigory Ivánovich era pariente del conde Pronsky, hombre notable e influyente, quien podía serle muy útil a Alexey, y Múromsky (así pensaba Iván Petróvich) seguramente se alegraría de casar a su hija de una manera tan ventajosa. Durante un tiempo los viejos estuvieron meditándolo sin confesárselo a nadie, hasta que un buen día lo hablaron, se abrazaron, prometieron trabajar bien el asunto y se pusieron manos a la obra cada uno por su lado. A Múromsky se le planteaba una dificultad: convencer a su Betsy de que entablara amistad con Alexey, a quien no había visto desde aquella comida memorable. No parecía que se gustaran demasiado: Alexey no había vuelto a Prilúchino y Liza se marchaba a su habitación cada vez que Iván Petróvich les honraba con su visita. Sin embargo, pensaba Grigory Ivánovich, si Alexey viniera todos los días, a Liza no le quedaría más remedio que enamorarse de él. Es lo normal. El tiempo lo arregla todo.

Iván Petróvich estaba menos preocupado por el éxito de su empresa. Aquella misma tarde llamó a su hijo a su despacho, encendió la pipa y después de un silencio, dijo:

—¿Cómo es eso, Aliosha, que no has vuelto a hablar de tu carrera militar? ¿Ya no te seduce el uniforme de húsar?

—No, papá —respondió Alexey respetuosamente—, veo que usted no quiere que me haga húsar; mi deber es obedecerle.

—Bien —contestó Iván Petróvich—, veo que eres un hijo obediente; esto me consuela; yo tampoco quiero forzarte ni obligarte a ingresar… ahora mismo… en el servicio civil; mientras tanto, quiero casarte.

—¿Con quién, papá? —preguntó asombrado Alexey.

—Con Lizaveta Grigóryevna Múromskaya —contestó Iván Petróvich—, es un buen partido, ¿no te parece?

—Papá, todavía no pienso casarme.

—Tú no pensarás, pero yo lo he pensado por ti.

—Como usted quiera, pero Liza Múromskaya no me gusta nada.

—Ya te gustará, el tiempo lo arregla todo.

—No me siento capaz de hacerla feliz.

—Su felicidad no es asunto tuyo. Entonces, ¿es así como respetas la voluntad paterna? ¡Muy bien!

—Como usted guste, pero yo no quiero casarme ni me casaré.

—Te casarás, o si no, te maldigo, y toda la propiedad, vive Dios, la vendo o la dilapido, sin dejarte ni un kópek. Te doy tres días para pensarlo, y mientras tanto apártate de mi vista.

Alexey sabía que si a su padre se le metía algo en la cabeza, no se podía sacar de allí ni con un clavo, como decía Tarás Skotinin; pero Alexey había salido al padre y era igualmente difícil hacerle cambiar de idea. Se retiró a su habitación y se puso a pensar en los límites de la autoridad paterna, en Lizaveta Grigóryevna, en la solemne promesa del padre de convertirlo en mendigo y, finalmente, en Akulina. Por primera vez se daba cuenta de que estaba perdidamente enamorado; se le pasó por la mente la idea romántica de casarse con una campesina y vivir de su propio trabajo, y cuanto más meditaba este paso tan decisivo, más razonable le parecía. Desde hacía unos días los encuentros en el bosque se habían acabado a causa de las lluvias. Alexey escribió una carta a Akulina con su letra más clara y su estilo más apasionado, le comunicó el peligro que les acechaba y le ofreció acto seguido su mano. Sin perder un momento llevó la carta a correos, al hueco del roble, y se acostó bastante satisfecho de sí mismo.

Al día siguiente Alexey, firme en su intención, fue por la mañana temprano a casa de Múromsky para explicarle todo sinceramente. Tenía la esperanza de despertar su generosidad y de atraerlo a su campo.

—¿Está Grigory Ivánovich? —preguntó deteniendo al caballo ante la puerta del castillo de Prilúchino.

—No, señor —contestó un criado—. Grigory Ivánovich ha salido esta mañana.

«¡Qué mala suerte!», pensó Alexey.

—¿Y no estará Lizaveta Grigóryevna?

—Sí, señor.

Alexey saltó del caballo, entregó las riendas al criado y entró en la casa sin que lo anunciaran.

«Se va a solucionar ahora mismo —pensó acercándose al salón—, se lo explicaré a ella». Entró en el salón… y se quedó petrificado. Liza… no, Akulina, su dulce Akulina de tez morena, vestida con un traje blanco de mañana, no con el sarafán, estaba sentada junto a la ventana leyendo su carta; estaba tan absorta que no lo oyó entrar. Alexey no pudo contener una exclamación de júbilo. Liza se estremeció, levantó la cabeza, dio un grito y quiso huir. Alexey se precipitó para detenerla:

—¡Akulina, Akulina! —Liza intentaba desasirse.

Mais laissez-moi donc, Monsieur; mais êtes-vous fou¹? —repetía escondiendo la cara.

—¡Akulina, mi querida Akulina —repetía él, besándole las manos. Miss Jackson, testigo de esta escena, no sabía qué pensar. En ese momento se abrió la puerta y entró Grigory Ivánovich.

—¡Ajá! —dijo Múromsky—. Parece que ya han arreglado las cosas…

Los lectores me excusarán de la innecesaria obligación de describir el desenlace.

FIN


“Барышня-крестьянка”,
Повести покойного Ивана Петровича Белкина,
(Los relatos de Belkin)
, 1831
1. Pero déjeme, señor; pero ¿está loco?


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