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La tenia mística

[Cuento - Texto completo.]

Tommaso Landolfi

Habiéndose quedado dormido el padre Le Coëdic, alrededor del año 1749 en un espeso bosque, fue arrebatado por un viento impetuoso que lo llevó a un antro oscuro de los gélidos reinos de la Laponia. Allí encontró una enorme roca donde habitaba el padre Marsenne, el fiel cartesiano, y muchos otros discípulos del maestro, también él mismo retirado bajo tierra. Y allí el padre Le Coëdic aprendió todo lo que deseaba y el origen de todas las cosas: “Con qué fuerza el imán atrae el hierro, de dónde proceden los terremotos, de qué está formada la cola de los cometas, por qué el trueno gruñe en el luminoso seno del éter, cuál es la naturaleza del sol”.

Apenas unos años antes que él, Nicholaus Klimius, o vulgarmente Niel Klim, visitaba una caverna de su Noruega natal de la que salían sonidos semejantes a sollozos. Quiso bajar hasta el fondo, la cuerda se rompió y se precipitó. Al final se halló en un aire claro como el nuestro y puso pie en el planeta Nazar.

Nazar está situado en el centro de la tierra y únicamente está habitado por árboles. Pero no solo Nazar, otros muchos astros llevan a cabo aquí sus revoluciones, como La Martinia, Mezendor, habitados por instrumentos musicales, monos y monstruos y portentos de toda guisa; gente de extrañas costumbres, a veces singularmente más razonables que las nuestras… En las regiones glaciales de Mezendor se halla el imperio de los Seres Universales. Cada animal, cada planta, está dotado de razón; un senado de elefantes, una corte de camaleones, tribunales presididos y formados por árboles, un Foro de urracas son algunas entre las meritorias instituciones de este Imperio. Y los zorros son embajadores, los cuervos ejecutores testamentarios, los carneros o machos cabríos gramáticos y los caballos cónsules.

Pero por desgracia no puedo extenderme aquí en las varias aventuras y en los varios hallazgos del noruego y, además, no entraba, de momento, en mis intenciones. En cambio, será conveniente observar de pasada que la sabiduría de Niel Klim (que era un eximio bachiller) no parece haber sido muy apreciada allí abajo. Los árboles de Nazar, a los que la naturaleza acababa de conceder la capacidad de andar y la velocidad de las tortugas comunes, lo emplearon, todo lo más, como correo recadero de corte (en efecto, el príncipe pronunció las palabras “spik autri flok skak mak tabu mihalatti”, que sancionan tal nombramiento; repárese en el malfamado “tabú”.) Los monos de La Martinia, que se pasan todo el tiempo poniéndose lazos en el rabo, lo consideraron tan lento y obtuso que le pusieron de mote “Kakidoran”, es decir, el Tonto. Solo los habitantes de la tierra de Quama, verdaderos salvajes sin idea de nada, lo elevaron a la dignidad real con el título de “Pikil-fu”, o Enviado del Sol.

Las cuales cosas referidas más arriba nos ofrecen materia bastante para considerar de qué poca monta es, lector, todo lo que se halla y sucede sobre la corteza terrestre comparado con lo que se halla y sucede en las profundidades, donde árboles y fieras hablan, la sabiduría humana no es apreciada y muchas cosas se ven más claras, y de muchas (si no de todas, como afirma el padre Le Coëdic) se descubre su origen. El seno de la tierra, ya lo hemos visto, solloza; en él giran astros. Pues, al igual que las otras estrellas del espacio, la Tierra entera es un gran cuerpo vivo (es más, es nuestro verdadero cuerpo y nosotros mismos sus errantes pajuelas) y ciertamente encantadores y bellos, o por el contrario terribles y amenazadores, son sus mil aspectos. Pero más violenta y abundante vida se agita en sus entrañas, y ante esta vida interior, ¿qué es la de afuera?

En prueba de lo cual citaré aquí la opinión del divino Restif (de la Bretonne, del que en otra ocasión hablaré como se merece; Restif, por supuesto, por encima de cualquier vulgar prejuicio), el cual lo dijo como no se podría decir mejor: “Más allá de la animación de la Tierra, de todos los demás planetas y del sol, en la que creo firmísimamente, sigo pensando que su interior está poblado de grandes animales cuyo tamaño es mucho más considerable que el de aquellos generados por la basura, por los humores y por las partes calientes de su epidermis” (sic).

Es más, el mismo divino Restif calculó en 9000 leguas la longitud de la tenia solitaria de la Tierra. En cuyo nombre, justamente (no en el de la tenia solitaria, sino en el del divino Restif) quiero que se dé principio a esta serie de anotaciones.

FIN


“La tenia mistica”,
La spada: preceduta da una ristampa de Il mar delle blatte, e altro storie, 1942


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