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Los contrafuertes de Frosinone

[Cuento - Texto completo.]

Tommaso Landolfi

No es que en Roma haya penuria de lugares sórdidos y rebosantes de lo que se llama “el color local romano”, al contrario. Pero tal vez ninguno igual a esa ancha calle denominada romanamente, debido a unos cuarteles de hace dos mil años y de hoy, Castro Pretorio. Aquí, además, uno al lado del otro se ven en interminables filas esos innobles vehículos que llaman “correos” y que garantizan el transporte de pasajeros hacia no menos sórdidas provincias. En un lado se abren las taquillas con marquesina de una gran empresa de esos transportes, de las que, de cuando en cuando, parte uno de esos correos entre resonar de tétricas y arrastradas hablas. Con sosiego y greca en la gorra, un empleado de la empresa se coloca delante del armatoste a punto de partir y va llamando los números y deja subir a los pasajeros. En cuanto a los retrasados, a las cestas de cacareantes gallinas, a los pañuelos a cuadros rellenos de hortalizas, a las latas de aceite que gotearán en los hombros o en los zapatos de los pasajeros, que se acomoden como puedan, si pueden.

—¿Adónde va usted, señora? —pregunta el revisor a una última gorda que viene corriendo, arrastrando una maleta atada con una cuerda.

—Tengo que ir a Ferentino —responde sin aliento.

—Está bien, suba delante.

Y así, nos encaminamos traqueteando por calles sin rostro, por pasos subterráneos de suicidio y, por efecto del movimiento, humanidad y animalidad empiezan a acomodarse (o con locución de gallófilo, a “tasarse”) en el fondo del correo. Pero en Porta Maggiore, parada y nuevo asalto.

Por fin el armatoste corre fuera de la ciudad, compitiendo con los tranvías de cercanías y atravesando quién sabe qué barrio Finocchio o qué Tufello. Y los comedores de naranjas dan comienzo a su pegajosa tarea escupiendo semillas por todas partes, y el primer niño, con los ojos de par en par y poniéndose verde, empieza a vomitar, naturalmente entre las piernas de los viajeros compadecidos, en seguida imitado por alguna dama de espinilla peluda, hasta que una emperifollada maestra de escuela con su criadita al lado salta para amonestar al personal y a las propias vomitadoras: “Queridas señoras, ¿si se marean en coche, por qué no van en tren?” (entonces el vómito continúa por las ventanillas).

Y así, en el mejor de los casos, se llega a la ciudad que con feliz eufemismo ha sido definida como la capital de la Ciociaria, donde por hoy nos detendremos un momento. Con feliz eufemismo porque, para empezar, no hay nadie que no se dé cuenta de que tiene un nombre feo: Frosinone. Sus propios partidarios deben confesar la desagradable impresión producida por ese falso aumentativo (por seguir el lenguaje de los enigmistas). ¡Frosinone! Naturalmente, hay que apelar al propio sentido filológico y a la propia doctrina (generadores, todo el mundo lo sabe, de compostura espiritual) para no sentirse rechazados por tal nombre, que parece hecho adrede para evocar caras adustas y chatas de paletas con su correspondiente pañuelo en la cabeza (como en ciertos pintores de la realidad); resumiendo, todo lo que haya de tedioso, declamatorio y ciego. En particular, hay que recurrir a la erudita memoria de que ese nombre tal vez sea, en cambio, un antiguo ablativo y el Bellator Frusino de un escritor igualmente antiguo. Por otra parte, ¿en la eufemística perífrasis no se contiene un nombre a lo mejor más feo que el que se trata de evitar? Además, el sentido filológico va unido al histórico, de modo que, ¿cómo olvidar que en el teatro popular romanesco, el de los barrios, había siempre, antes de que el fascismo atribuyese a esta ciudad el grado de capital de provincia, algún personaje que para hacer reír a los espectadores y cubrir a otro de ridículo le preguntaba si era de Frosinone?

 

¡Oh, muros de Volterra, oh, muros pelásgicos y ciclópeos, oh, murallas de Nínive y de Tebas, rocas del desierto! ¿Qué sois comparados con estos potentes contrafuertes que sostienen una casucha amarilla de “estilo novecientos” o un yesoso edificio público de estilo fascista? Pues Frosinone está situada en la cima de una colina que cae a pico por todos sus lados (de su encantadora posición me será grato informar más adelante) y hasta para construir un urinario público hay que levantar primero una maciza muralla. Bien es verdad que desde hace unos años la ciudad se va extendiendo al pie de la colina, hacia un paraje en el que la vulgar palabra “hostería” se alía bizarramente a una noble mansión con abundancia de haches y de diptongos a la latina, y que, en todo caso, estas imponentes construcciones son edificantes prendas de la humana laboriosidad.

Sin embargo, bien puede decirse que tantos contrafuertes, contraescarpas y espolones solo sostienen la nada. Es difícil encontrar en Italia una ciudad que no ofrezca algún testimonio de su glorioso pasado, que no se adorne de ruinas romanas o etruscas u oscas o marrucinas o, al menos, de una casucha o modesta choza medieval. Difícil, pero, como nuestra Frosinone demuestra, no imposible. ¿Entonces, dónde fue a parar toda su historia? Además, ¿no nacieron aquí (salvo error) un cierto San Ormisda, tal vez un papa Silverio y, en tiempos recientes, aquel gran patriota cuyo apellido Garibaldi, que es Garibaldi, puso de nombre de pila a uno de sus hijos, me refiero a Ricciotti? Y en tiempos calamitosos, los bravos frosinoneses (perdón: frusinates) se habrán defendido de los asaltos de todas las soldadescas que asolaban sus valles. ¿Dónde está, pues, esa brizna de castillo o de fortaleza o, en el peor de los casos, esa ruina tambaleante que el último pueblecito italiano custodia? ¡Ay de mí! En Frosinone encontrarán, a lo mejor, a lo largo de esa calleja que sube y baja por la ciudad, hundiéndose y empinándose, bonitas tiendas con todas las novedades de la capital, tal vez hermosos cafés, sin contar todas las variedades de la arquitectura contemporánea, pero nunca un trozo de muralla que les recuerde tiempos menos tristes y que proporcione argumento a su reflexión. El mismo Bertarelli (o los continuadores de su obra), siempre tan lleno de buena voluntad, llegado a Frosinone, no encontró nada que ver salvo (en honor a la verdad) presuntos restos románicos del campanario. “Frosinone… es importante centro agrícola y mercado ganadero…”, así, más o menos, se las arregla la Guía Breve. Pero debo advertir que transcribo de la edición de 1939 (XVII). Quién sabe si, mientras tanto, la ciudad no se ha ennoblecido con efecto retroactivo. Por ejemplo, hoy se atribuye a Frosinone no sé qué premio de pintura, cuyo anuncio descubre el malhadado viajero en pancartas extendidas entre casa y casa y, además, se publica una gaceta ciociara o de la Ciociaria que incluso tiene algo parecido a una tercera página.

 

Sin embargo, según sigue diciendo Bertarelli o el bertarelesco, Frosinone se halla “en espléndida posición panorámica”, con maravillosas vistas a una llanura de oro, a dulces y espesas colinas que, aquí y allá, recuerdan a las toscanas, frente a los abruptos y azules Montes Lepini. ¿Pero por qué intento robarle su oficio a otros más cualificados? Una simple cuarteta nos dirá mucho más de lo que yo podría. En su tiempo su autor fue un joven abogado del lugar, más tarde pasado a la política y, finalmente, devuelto a la abogacía más o menos forzosamente. Toda la composición fue premiada en un certamen, por supuesto. Pero ahí va, sin más, la cuarteta: “Cada tarde el sol se acuesta / Antes de dormirse nos bendice / ¡De oro se vuelve toda esta cuesta! / Y los pardales (alias los pájaros) cantan felices…” (Obsérvese que cito de memoria y que no tengo mucha práctica de esta grafía ni de esta lengua.) Cuarteta que he reproducido encantado, como para disculparme por alguna aspereza que pueda advertirse en el presente artículo, porque bien luce en ella lo convival, la amplitud de corazón, en fin, el sentido poético de estos habitantes que algunos se empecinan en considerar rudos.

 

Y con esta benigna imagen dejemos en paz a la pobre Frosinone. Nuestro correo, aún más cargado de efluvios, aún más zumbador de tétricos estertores, reemprende su viaje. Estuvo parado un cuarto de hora en una plaza y el vendedor de gaseosas no dejó de subir a él ruidosamente invitando a todos a refrescarse, advirtiendo que no era necesario pagar a tocateja, que le fiaría a cualquiera y saludando a sus conocidos con afectuosos “que te den” o, en caso de conocimiento íntimo “que te den morcilla”. Yo bajé para estirar las piernas y, una vez enseñado el paisaje urbano, le dije a mi compañera de viaje: “Parece tal cual un barrio de Roma”, sorprendiendo en los ojos de un transeúnte un relámpago de orgullo.

Así pues, pronto llegaremos a Ceprano sul Liri (el Verde de Dante), al que la suerte conyugal de un personaje de Rigoletto, objeto de las burlas del protagonista, le ha dado una cierta mala fama. Pero Ceprano era puesto fronterizo en la época del Borbón de bendita memoria y, por tanto, allí el Reino de Nápoles nos abre sus brazos con el calor de su aire, su verde algo más intenso, su tierra más ardiente, su lengua más vivaz. Resumiendo, estamos en nuestra casa. Ya se perfilan en el horizonte las bizarras y poderosas formas de los Auruncos (detrás de los cuales está el mar de Formia y de Gaeta, los barrios septentrionales de la ciudad de Nápoles), heridas por el entramado y el curso de un maldito acueducto, ya se vislumbra ese pequeño monte Pote que, no obstante, arroja una sombra enorme sobre mi casa.

 

Sí. ¿Qué culpa tiene un infeliz de los caprichos de un régimen tiránico o de los chanchullos de un intrigante? Quiero decir que uno o dos de mis lectores, es decir, en sustancia, uno o dos caritativos amigos, pueden haber oído hablar de mi lugar de origen y de que éste actualmente forma parte de la provincia de Frosinone. Pues bien, figurémonos si ellos se abstendrán de comentar que, así como no se es profeta en su patria, tampoco hay patria que le guste a sus hijos. Pues no. ¿O es que debería creer que dichos amigos son de esos que en todas las cosas solo ven su aspecto administrativo? Sin duda, mi pueblo, que siempre estuvo en la provincia de Casería, actualmente está en la de Frosinone. ¿Por qué? Ni su lengua, antes de que el triste acontecimiento se produjera, ni sus tradiciones tuvieron nunca nada que ver con lo que todavía hoy algún viejo llama “el estado romano”. A este lado, longobardos, normandos, angiovinos; al otro, papas y sus acólitos. A este lado, una lengua de tipo napolitano-abruzés; al otro, una especie de romanesco suburbial, sin contar todo lo demás. Pero entiéndaseme: yo no estoy planteando aquí una cuestión más o menos personal, sino tomando partido por todos esos pueblos y por todos aquellos a los que un insensato poder arrancó o alejó de su centro natural. Que luego estos pueblos abandonados al enemigo hayan adoptado, por la bestial insensibilidad de muchos de sus habitantes, las costumbres de la actual capital de provincia, es otra cuestión. En este mundo todo se pierde, “todo se desvanece como bruma o sueño”.

Pero no nos lo tomemos tan trágicamente. Sin embargo, para acabar, me gustaría que mis detractores, aun los más benévolos, los que se divierten calificándome a mí o a otros compañeros de exilio de ciociaros, respondieran a esta sencilla pregunta: de nuevo, ¿qué culpa tiene un pobre hombre de que, administrativamente hablando, su pueblo pertenezca a la provincia de Frosinone? Amigos míos, se os pide un poco de lealtad y, sobre todo, un poco de caridad.

*FIN*


“I contrafforti di Frosinone”,
Se non la realtà, 1960


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