Casa digital del escritor Luis López Nieves


Recibe gratis un cuento clásico semanal por correo electrónico

Los hijos espirituales

[Cuento - Texto completo.]

Miguel de Unamuno

¡Con qué mezcla de amargor y de dulzura recordaba Federico los comienzos de su vida de escritor, cuando vivía con su madre, los dos solos! ¡Pobre madre! ¡Con qué emoción, con qué fe seguía la carrera literaria de su hijo! Tenía en el triunfo de éste mucha más confianza que él mismo. «Llegarás, hijo, llegarás», le decía empleando ese término de la jerga literatesca. Y le rodeaba de toda clase de prevenciones y cariños.

El trabajo de Federico era sagrado para su madre. Las criadas tenían que andar con zapatillas o alpargatas y hasta de puntillas. A una que le dijo no haber llevado más que zapatos, la obligó a andar descalza hasta adquirir calzado silencioso. No les permitía berrear las cancioncillas en moda. «¡Está trabajando el señorito!». Tal era la consigna del silencio. No permitía que entrase nadie sino ella en el despacho de Federico a arreglarle los papeles. Arreglo que consistía en dejárselos exactamente donde estaban y como estaban. Ni que antes de limpiar la mesa de trabajo hubiese señalado, como quien acota, la posición de cada libro, de cada cuartilla, de cada objeto. No, las criadas no podían entrar allí, las criadas tienen la monomanía de la simetría, y por querer arreglarlo todo lo desarreglan.

¡Qué tiempos aquellos en que Federico vivía solo con su madre! Después se casó con Eulalia, bien que no a gusto de aquélla. «Pero si es un ángel, madre» -le decía él. «Sí, hijo, sí, todas las novias son ángeles, pero ya verás cuando tenga que quitarse las alas en casa… Porque con alas no se puede andar por casa, ni se cabe por la puerta de la alcoba, ni es posible acostarse con ellas… estorban mucho en la cama. No se sabe dónde ponerlas. Los ángeles, como los pájaros, vuelan o se están de pie, pero no se acuestan». Y así fue, que no aparecieron las alas del ángel en el hogar.

Al principio Eulalia fue una mujercita discreta y tímida, como en espera de algo y en constante actitud de espionaje. Un íntimo espionaje doméstico. «Te está estudiando, hijo mío», le decía a Federico su madre. Y otras veces: «Está buscando tu flaco, porque no piensa sino en dominarte». Y Eulalia, en efecto, no hacía sino escudriñarlo y avizorarlo todo y como si para algo se preparase. «Madre -le dijo una vez Federico a la suya-, parece en espera de algo». «Claro, hijo mío, claro; es natural -le contestó ella-, está en espera del hijo». Federico se quedó pensativo. Con aquello de su trabajo literario, con sus ansias de gloria y renombre, no había pensado que su mujer viviese de aquella espera.

Seguía la madre entrando en el despacho a arreglar los papeles de su hijo. La mujer apenas pisaba aquel cuarto de estudio y de trabajo; parecía tenerle aborrecimiento. Y rehuía de las aficiones y de la vocación literaria de su marido. Jamás le vieron leer ninguno de los escritos de Federico, aunque leyese otras cosas, sobre todo novelas de matar el tiempo de espera. Una vez que le oyó a su suegra que le decía a su hijo: «¡Llegarás, hijo mío, llegarás!», preguntó la mujercita con displicencia: «Llegar… ¿a dónde?». Y cuando se lo explicó la madre, hizo un mohín de desdén y agregó: «A donde hay que llegar es a otra parte… Total, para lo que todo eso vale…».

Pasaron los días y los meses, y la mujercita se iba poniendo más huraña y más recelosa. Se le habían caído del todo las alas y pisaba fuerte; a las veces parecía patear el suelo. Hasta que un día estalló. Y fue que estando la madre en el despacho de su hijo, arreglándole los papeles, quitándole el polvo con la recogida devoción con que sé limpia el altar de un templo, entró Eulalia y de repente, como en un acceso, le dijo: «¡Deje eso, madre!». «Pero, hija…». «¡Yo lo arreglaré!». Y tomando unas cuartillas escritas que había sobre el pupitre, las rasgó diciendo: «Así, así; para lo que valen…». La madre estuvo al pronto por lanzarse sobre su nuera y arrebatarle de las manos los sagrados papelillos, mas luego se contuvo, la miró con lástima, y asomándole a los ojos las lágrimas, le dijo: «Vamos, sí, Eulalia, que tienes celos». «¿De quién? ¿De usted?». «De mí no, hija mía, de mí no… de la literatura, de la vocación de tu marido». «¿Celos? Celos… ¡no! Que escriba lo que quiera, pero…». «Pero, ¿qué, hija, qué?». «¡Nada!». Y se separaron.

Y seguían corriendo los meses, y habían pasado ya tres años que Federico y Eulalia se casaran. Y la pobre madre observaba que se cernía sobre la casa una muerte; algo peor que una muerte, pues ésta supone que se ha nacido. Eulalia se pasaba las horas muertas encerrada en su alcoba y Federico en su despacho, leyendo y escribiendo como un desesperado. Una vez que por descuido madre e hijo, en la mesa, hablaron de literatura -se llegó al convenio tácito de no hablar de ella, ni casi de otra cosa-, la mujercita estalló, diciendo: «¿Y para qué escribes, si con las rentas que tenemos nos sobra para los tres?». Madre e hijo se miraron acongojados: «¡Para los tres nos sobra! -añadió ella con recogida furia y como silbando-. ¡Nos sobra para los tres!». Y como los otros dos se callaran, agregó: «¡Ahora para los tres… muy pronto para los dos!». «¿Quieres matarme, hija?» -preguntó la suegra. «No; pero a su edad y con los achaques se morirá usted pronto, y quedaremos los dos solos, ¡sólo los dos! ¡Y para eso no vale la literatura!

Desde aquel día los achaques de la pobre madre se recrudecieron y murió a los pocos meses. «Ahora escribe una elegía a la muerte de tu madre -le dijo Eulalia a su marido-, ya que no puedes escribir una oda triunfante al natalicio de tu primer hijo». Federico hundió la cabeza sobre el pecho y rompió a llorar. Es que había oído, de voz viva de su mujer, el secreto que ya había adivinado. «Tú crees -agregó ella- que no leo tus cosas… Pues bien, he leído algunas y he visto que a esos poemas, a esos cuentos, a esas fantasías, a todas esas necedades que se lleva el viento, las llamas tus hijos… espirituales. ¡Espirituales! ¡Espirituales! ¿Y qué es eso del espíritu? ¿Crees que voy yo a vivir de espíritu?».

Y estalló la guerra, una guerra terrible. Federico tenía que ir a estudiar y a escribir fuera de su casa, porque su mujer perseguía con saña todo lo que fuese escritura suya. Le rompía los manuscritos y las cuartillas y hasta las cartas que recibía. «Mejor si te quedases tonto -le dijo una vez, agregando-, con tal de que…». «¿Qué» -preguntó él. Y ella se limitó a añadir: «Con que espirituales, ¿eh? Espirituales… ¡Buen espíritu nos dé Dios!».

La mujercita, convertida ya en una diablesa, perseguía a su marido por dondequiera. Una vez se atrevió a ir a buscarle a la redacción de un periódico y al encontrarle escribiendo le pidió las cuartillas, y allí, delante de los otros redactores, se las hizo añicos diciendo: «Es lo que hay que hacer con los hijos… espirituales». Federico lloraba. Y acabó por encerrarse en casa, a no escribir, a no leer, a hacer penitencia, a constituirse prisionero de su mujer. A la que empezaban a brotar alas, pero alas de diablesa. Y él, a todas horas, temblaba creyendo oír el zumbar de aquellas alas negras en el silencio.

Un día apareció Eulalia trayendo una gran muñeca, una pepona que había comprado. La acariciaba y besaba como una loca. Se la presentó a su marido y le chilló: «¡Anda, hombre, bésala, bésala!». Federico se quedó lívido; sentía que las alas negras de la diablesa le abanicaban la frente helada, y tembló: «¡Bésala, te he dicho, bésala!». El pobre hombre, aterrado, puso sus labios secos y fríos en aquella carita de porcelana. «Así, hombre, así; es mi hija… ¡espiritual! Me ha costado diez duros… No es cara, ¿eh?». Y como él callase, ella agregó: «¿Te parece cara?». «¡No!» -dijo el pobre. «Pues bien -continuó la mujercita, estremeciéndosele las invisibles alas negras-, ahora puedes escribir y dedicaremos lo que ganes con la pluma a comprar hijos de estos, ¡también espirituales!». Federico fue aquella tarde a visitar la tumba de su madre y a pensar allí en el suicidio. Pero una voz silenciosa que salía de bajo tierra le dijo: «¡Aguarda y sufre hijo mío, que ya llegarás!».

Cuando volvió a su casa su mujer le llevó al despacho, y allí, en uno de los estantes de la librería, le enseñó la muñeca acostada en una camita. «¿Y los libros que aquí había? -preguntó como alelado Federico, y comprendiendo que la pregunta era una inocentada de sainete en aquel lúgubre drama. «¿Los libros? -dijo ella- ¿Los libros? Pero habla bajito, que no se despierte… Los he echado a la calle, y no les he dado fuego porque el humo habría de molestar a la pobrecilla… no la despiertes…».

A los quince días volvió a entrar en casa la mujercita con otro muñeco. «Mira, Federico, mira qué pronto ha venido otro… no ha hecho falta diez meses; ha bastado con quince días. Y eso que tú no has querido escribir nada en este tiempo. Y debes escribir, sí, debes escribir, hay que hacerles ropita, hay que cuidarles… Gracias que nada gastarán en escuela… Aunque, ¿quién sabe? ¿A éste qué le haremos? ¿Qué será? ¿Llegará? ¿Crees tú que llegará? ¡Vamos, dale un beso!». El pobre esclavo besó al nuevo muñeco. Y la mujercita arrojó a la calle otros cuantos libros para instalar la cunita de su nuevo hijo espiritual. Es como les llamaba. Y cada mañana, al levantarse, y cada noche, le obligaba a su marido a besar a los muñecos. «Son mis hijos… espirituales», le decía. Y llegó a más, y es a acostar un día a uno de ellos entre ella y su marido. Pasó éste la noche toda en una fiebre de locura, delirando. Y a la mañana le dijo su mujer: «Te has pasado la noche llamando a tu madre… Es decir, supongo que sería a ella, porque decías: ¡madre! ¡madre! ¡Ya mí no podías referirte!… Aunque sí, yo soy madre, madre espiritual de mis muñecos, como tú padre espiritual de tus escritos». Y se echó a reír exclamando: «¡Padre espiritual! ¡Padre espiritual!». Y en adelante le llamaba así: el padre espiritual.

Y un día estalló la tragedia y dieron marido y mujer un terrible espectáculo. Y fue que él entró en el despacho y empezó a coger muñecos -había ya varios- y a echarlos por el balcón a la calle, mientras ella, furiosa, echaba a la calle libros y más libros. Y cuando no quedó en el despacho nada, y los vecinos, alarmados, acudían, dijo la mujercita con terrible calma: «Así, así, ni unos ni otros; ni los tuyos ni los míos. Y ahora hagamos las paces y vamos a rezar juntos junto al sepulcro de tu madre, que ya llegaremos, Federico, ¡ya llegaremos!». Federico huyó de su casa. Y vino la separación, y desde entonces vaga solo por el mundo, sin querer leer nada, sin escribir una letra, odiando toda literatura. Y ella se encerró donde no viera un niño.

*FIN*


La Esfera, Madrid, 1916


Más Cuentos de Miguel de Unamuno