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María Teresa monta en calesa

[Cuento - Texto completo.]

Emilio S. Belaval

Para el doctor Ramón Lavandero

Cuando era apenas una ñeña de quince, brava y flaca como una rabisa de caña, se la robó de su guariquitén un mayordomo solterón que la venía viendo crecer. Primer paseo en calesa —¡en calesa de mayordomía, caballeros!— de María Teresa, quien pasó a la historia de nuestra prostitución urbana, sin más artificio que un diente de oro, ni más ajuar que una bata japonesa.

El mayordomo pastoreó sus primeros ardores núbiles en una casita de la cantera, hecha dos por un cancel, con el dulce tacto de un hombre capaz de entender la cantaleta de una ñeña avancina. La tenía a ración de pajarita, que es lo mismo que decir a funche y a olán, como si la ñeña fuera un primoroso toconcito y él le estuviera trabajando un beneficio a su central. Protestaba la toconcita contra la tacañería de su amancebado:

—Miste, don Ramón, que me va usté a compral un poco de ropa, que estoy jarta de esta blusa marrón.

—Tú siempre serás bonita, muñeca.

—Con esta ropa paresco una niña ofresía.

—El color lo escogiste tú.

—Polque entoavía no había veído cosas en el pueblo, don Ramón. ¿No te gustaría velme vestía de colorao o de amarillo, raso de beldá?

—¡Ñeña!, esos son colores de mujeres malas.

La insolentona se le arremolinaba al cuello a su viejo, con los ojos llenos de lucesitas frambuesas, haciéndole cosquillas perversas para que se derritiera la macetería prócera de aquel aterrador de tocones. Pero llegaba el lunes, don Ramón se iba con el portamonedas ileso, y la ñeña se ponía a lavar la blusa para darle un restregón a su pena.

Así la sorprendió una mañana Felipe Medina, cochero de la media noche, punto filipino cocido en el barro de todos los barrios maleantes. Aquel alcatraz necesitaba una sola ojeada para tasar su sardina:

—¿Qué pretende usted sacarle a esa blusa con tanto puño, niña?

—Brillo.

—¿Es de oro?

—Es barata pero está paga.

—Pues no se rompa sus manitas, que la tela cuando está paga hay que botarla.

—Yo soy probe.

—¡Vaya con el apuro! La fortuna la tiene usted amarrada a la cintura para cuando le haga falta.

—¿Usté cree? —preguntó la ñeña, mordiendo el recuerdo de don Ramón.

—Hay hombres en esta ciudad que le mandan a usted una vitrina entera de batas, con pajaritos pintados en el raso, si usted se la pide.

—¡Njú! —articuló la jíbara¹, escamada con tanta finura, cortando la hilacha.

Pero Felipe Medina no se amostazaba así porque sí. El cochero sabía lo mucho que agradece un señorito cuando está metido en palos, que su cochero de confianza tenga la dirección de una prójima, que no sea la de la vulgar chancletera que ha arruinado una de las industrias más honorables que tiene nuestra tierra:

—¡Lo linda que se vería usted con una bata japonesa puesta sobre ese cuerpecito tan mal apreciado!

—Una, ¿qué?

—Una bata japonesa, prenda. Más colorada que tina flor de bucayo, que esa sí debe conocerla usted. ¿Quiere que le mande una árabe para que se las enseñe?

—No, gracias —respondió la ñeña, asustada—. A don Ramón no le gustan esas cosas.

—¿Y quién es don Ramón, si puede saberse?

—Es mi marío. Pol lo menos vivimos asina.

—Eso está muy bien. Lástima que el hombre me le haya salido tan maceta —comentó el otro, envenenando la yuca.

La ñeña no protestó de aquel insulto gratuito contra su padrino. Alguna venganza tiene que haber una mujer condenada a sacarle brillo a una blusa marrón. El cochero dejó que la ñeña rumiara durante toda la tarde la injusticia de haberse malogrado por una modesta pieza de vestir. Por la noche volvió a tentarle otra vez la calandria jíbara al mayordomo:

—¿Por qué no viene usted a darse un paseíto de amistad, ya que somos vecinos?

—¡Quite usté, contrayao! ¿Usté me haberá tomao a mí de bayoya?

—Es que da pena verla encerrada toda la semana, esperando su sábado.

—Asina lo quié don Ramón.

—Tiene usted un padrino muy exigente, niña. Con el tiempo se va usted a poner más pálida que el ajonjolí. Hasta las matas se sacan de noche a que les dé el sereno.

—¿Me quié desil, pa que gasta usté tanta saliva conmigo?

—Simpatía que le coge uno a la gente.

—Pos esa simpatía suya me va a costal a mí una suruca, ¿sabe?

—Ahora sí que me voy —remató riendo el punto filipino. Pero antes de irse le caracoleó la calesa a la jíbara, dándose tres vueltas al callejón. La calesa de Felipe Medina tiene el caballo alcahuete, brancales con clavos de plata y alfombrilla de peluche colorado. Su timbre es pizpireto y en cada farolla lleva medio velón. Cuando echó a andar, le dejó en las orejas a nuestra púdica conciudadana de la cantera, esa rumorosa farfulla que tiene el coche de punto de la baja noche.

A la mañana siguiente aún la esperaba otra tentación más agobiante. Felipe Medina le ha explicado el caso a una árabe, que sale con dos hules repletos a medir su astucia legendaria de vendetrapos, con la malicia terciaria de una jíbara de Puerto Rico. Aquel fue un diálogo que nunca ha debido perder nuestra historia. Desgraciadamente por aquel entonces, aún no habíamos decidido fomentar el turismo en esta tierra, y ningún cuentista respetable le hubiera visto posibilidades literarias a la biografía de una prostituta. La árabe luchó toda la mañana con aquella guabina de agua dulce, que decía siempre que no, con los ojos llenos de lucesitas frambuesas, poniendo las condiciones de pago en armonía con la modesta matemática de don Ramón. La árabe salió en busca de una rama quebradiza para ahorcarse, pero dejó a María Teresa envuelta en su primera bata de pajaritos pintados. Cuando llega don Ramón el sábado, al prócer le tiembla el tabaco entre las comisuras, como si en el pequeño estipendio hubiera descubierto que se le estaba matizando la caña de su pieza favorita:

—¡Pero ñeña!, ¿de dónde has sacado esa bata estrafalaria?

—Me la compré, yo, pa que usté me la pague, don Ramón. ¿No te gusta velme asina vestía de colorao, raso de beldá?

—Esa es una bata de mujer mala, ñeña.

—¡Pero, don Ramón!

—¡Quítatela enseguida, para que la devuelvas el lunes!

La ñeña estuvo toda la noche del sábado y parte del domingo arremolinada en el cuello de su viejo, haciéndole cosquillas perversas, tratando de salvar su primer caprichito de la macetería prócera de su aterrador. Pero llegó el lunes, don Ramón se fue con el portamonedas ileso y la ñeña se puso a liar la bata que tenía que devolver. Por entre las juntillas del balcón le salió la cara amistosa de Felipe Medina:

—¿Por qué está usted liando tanto esa bata, niña?

—Polque la voy a devolvel.

—¿No le gusta?

—Me gusta pero no está paga.

—Pues no se rompa la cabeza que la tela cuando no está paga, le toca a los amigos.

—Yo soy probe.

—¡Vaya con el apuro! Si yo le cuento esto a don Diego, se le saltan las lágrimas al pobrecito.

—¿Usté cree? —preguntó la ñeña, tirándole un bocado al cuello de don Ramón.

—Don Diego es capaz de mandarle a usted una vitrina entera de batas, con pajaritos de todos los países, pintados en el raso, si usted se la pide.

—¡Njú! —articuló la jíbara, otra vez escamada con tanta finura, cortando de nuevo la hilacha.

Pero Felipe Medina no se amostazaba así porque sí. El cochero sabía lo mucho que le estimaría don Diego aquel polvillo de gofio tan apetecible, jibarita ingenua, con más eses que una farfallota, cuerpecito bravo y flaco acostumbrado al chorro doncel de la quebrada. Esperó a que la ñeña devolviera su bata, calentándose bien las mejillas con la árabe, que vociferaba viendo su venta deshecha. Aquella noche volvió Felipe a asomar la cabeza por entre las juntillas del balcón de la calandria:

—Perdone, vecina, pero tengo un paquetito para usted de un amigo.

—Yo no quieo trato con ningún amigo suyo, ¿sabe?

—Si don Diego no quiere trato con usted, niña. Solo que es un caballero caritativo, se ha muerto de pena con el cuento que le ha hecho la árabe, y me ha dado este paquete para usted.

—Pos se lo lleva usté mesmo.

—Ahorita vuelvo por él —remató riendo el punto filipino, afoeteando su caballo.

La ñeña no pudo resistir la tentación de abrir el paquete que le enviara don Diego. El paquete de don Diego era un paquete de viejo galán, que sabe cómo hay que tentarle la gula a una calandria jíbara cuando el padrino le sale maceta. Tres batas japonesas, con pájaros y flores y frutas, medias de seda, refajos de siete cuchillas, hasta un collar de cuentas azules, en el bolsillito de uno de los trajes.

No habían de pasar muchos días sin que la calesa de Felipe Medina realizara el milagro de cargar con el alma de María Teresa para el infierno. Don Diego quería beberse una copa de amistad con la ñeña, enterarse de sus problemas por si acaso él podía servirla, ponerse a las órdenes de una amiguita, a quien aún no conocía. Felipe Medina logró convencer a su vecina de que era casi un deber de humanidad darle las gracias a un señor tan caritativo, que todos los días le preguntaba a Felipe Medina si la ñeña necesitaba algo. Segundo paseo en calesa de María Teresa —¡en calesa de punto, caballeros!—; segundo paseo, que es casi un momento musical, porque tras la calesa de Felipe Medina corre el más melódico buscapié de la tierra, el canto hondo de los arrabales de Puerto Rico, el bordón sensual de nuestra plena. El barro colorado de noche, relumbra más que el tabonuco y produce alucinaciones; la calesa es demasiado blanda para que en ella no se desborde la laxitud de una viandante de cascarrales, y yo estoy en el deber literario de poner en ridículo la macetería prócera de un aterrador de tocones.

Don Diego es una flor de nuestro jardín americano, que abre su bolsillo de pétalos lo mismo en verano que en invierno, que florece lo mismo de noche que de día. Cuando en mi tierra un galán se pone viejo, tiene que ser lo mismo que esta generosa flor: tener siempre el bolsillo abierto lo mismo en verano que en invierno, hacer que florezca su libreta de cheques lo mismo de noche que de día. El don Diego que le había buscado Felipe Medina a la ñeña era el más currutaco de todos los dondiegos de la ciudad. Tenía cien carates de brillantes en cada mano y se daba manicure en la pezuña; era un viejo que miraba lánguido, con el habla cariciosa de un señor que ha bajado hasta el vicio para desahogar en los arrabales de Puerto Rico la bondad de su alma cristiana. Cuando llegó la ñeña, brava y flaca como una rabisa de caña, a don Diego se le cayó el befo ante aquel buchecito de bacalao, tan poco común en el mísero mercado de nuestra prostitución:

—Muchas gracias, ñeña, por haber condescendido a hacerle compañía a este viejo.

—Yo hubiera venío ante, pero usté sabe cómo son las cosas.

—Lo sé y se lo agradezco. Desde ahora en adelante usted puede mandarme como guste. Yo debía meter en presidio a este pícaro de Felipe Medina.

—¿Pol qué, don?

—Por no haberme dicho que es usted la más linda muchacha que tiene este pueblo.

¡Pitre que se pone un viejo cuando le gusta una mujer! Aquella noche quedará en la memoria de María Teresa como una noche perfumada con flores de antojo. Lo bien que movía el viejo sus manitas de lobo, para meterle por los ojos a la jibarita todos los reflejillos que despedían los carates. Venga asopao, y percheras de cerveza, y bomboncitos en papel de plata, para que la ñeña se ensuciara su boca chiquitína de mujer desdeñosa. Cuando el viejo tendió su garra, María Teresa lanzó un bufido de felicidad, como si hubiera agarrado a la fortuna por una pechera blanca.

Por unos cuantos meses María Teresa es la ahijadita recogida de un viejo con alma de cristiano, que pastorea sus segundos ardores núbiles en una casita tapiada por enredaderas y por persianas, que queda por detrás de la iglesia. El galán viejo tiene una maldición que lo persigue mientras no endereza su vida: tiene que cambiar su lozanía de pirigallo. La ñeña ve acercarse el desenlace, sin un solo pesar en su boca chirriquitína. Tiene un baulito lleno de collares y sortijas, pero está un poco perpleja ante un amor que necesitaba tantas pildoras. Una noche, por poco se le muere el viejo entre los brazos. La ñeña le dejó a otra el primoroso trabajito de enterrarle a su viejo.

Susto, el que se llevó Felipe Medina, cuando al doblar el callejón, se encontró de nuevo a María Teresa en su casita de la cantera.

—¿Qué diablo haces tú por aquí, niña?

—Contando la ropa que me quea, Felipe.

—¿Y el viejo?

—Prefiero no comel a seguil enjaulá buscándole agua pa las pildoras.

—¡Bah! La fortuna la tienes tú amarrada a la cintura, para cuando te haga falta.

—¿Tú crees?

—No hay un solo señorito de esta ciudad que no te abra de nuevo la vitrina, si tú se lo pides.

—Los señoritos no le ponen casas a sus muchachas.

—Pero pagan dinero, linda. ¿Por qué no vienes conmigo a dar una vueltecita de amistad, ya que has estado tanto tiempo encerrada?

—Espéreme un momentito pa pintalme.

Felipe Medina paseó a la ñeña por entre su clientela de paracocheros, y por la tasa que hacen los demás, se da cuenta de que puede apuntarse para su honor de cochero, no menos de cien carreras de señoritos, que si van metidos en palos, pagan doble. Tercer paseo en calesa de María Teresa —¡en calesa de compadrería, caballeros!— paseo que es casi una invitación a la contradanza de la lujuria, pues la nena hasta ahora solo ha tenido amores de ahijada.

Un polvillo de gofio tan apetecible, jibarita ingenua, con más eses que una farfallota, cuerpecito bravo y flaco acostumbrado al chorro doncel de la quebrada, tenía que sobrepasar el cálculo de las carreritas, que había hecho ese formidable perito de nuestro transporte nocturno que se llama Felipe Medina. María Teresa se convierte por un par de años en la reina de nuestros paracocheros, altos del camino, donde el diablo se tira tres gritos para que no se acerque el timorato. ¡Paracochero, trinchera de barro colorado de la mala vida, horqueta humosa de lechón asado, con piso que tiembla y cama que llora, música brava que suelta la cintura, para que el hombre recuerde que solo existe el placer cuando el cuerpo se descoyunta, y que el mejor marchante es el que tiene las tres gulas capitales!

En aquellos sucuchos del infierno, María Teresa lidia sus terceros ardores núbiles con el señorío bochinchero de la media noche, el pálido y puntilloso juerguista de nuestra tierra, decorada siempre su solapa por una fragante flor venérea, que vive la ronda de nuestra prostitución urbana, junto al pueblo bajo que le aplaude su extravagancia, por no retorcerle el pescuezo, o tal vez, por la explotación a que lo tiene sometido el cocherito de punto, el asador en vara, el tocador de bordonúa o la última ñeña de moda, libertos de la miseria del arrabal. María Teresa es, sin duda, la más popular de estas almas atrabiliarias. El pueblo bajo la adora, por esa ternura indecentona que siente el pueblo por sus héroes, aunque no tenga más palmito que una bata japonesa, o su rango no pase del rango de diosa del gofio callejero. María Teresa es alegre, descarada y sentimental y los cantaores de nuestra plena le inmortalizan su bata japonesa de pajaritos pintados, en una canción que es otro buscapié melódico tras la calesa de Felipe Medina:

—María Teresa no montes en calesa
Que se te rompe la bata japonesa;
—Que se me rompa, que se me rompa
Que mi amorcito, me compra otra.

No hay aguaje de la mala suerte que le pueda tender su mano negra a esta alocada María Teresa, con pulpa de tamarindo en la boca arenosa. Tiene el corazón tan alegre como el timbre pizpireto de la calesa, como el bordón sensual de nuestra plena. Cada noche, su alma infatigable pega una nueva aventura en la carcomanía aviesa del paracochero. A la ñeña le preocupa más el goce de su carne que los resplandores que se pueda llevar en el nudo de su media.

Hasta que una noche, María Teresa conoció al hombre, que por el resto de sus días hábiles, debía desempeñar junto a ella, el noble papel de administrador de sus encantos. Es un mulato de entorchada pasa, domesticado en juergas de blancos, con dedos de ángel para su guitarrón y una gran labia en el arreglo de alteraciones de la paz con la policía; se le acercó a la ñeña, con su moral arrabalera, propuesta en doce palabras:

—María Teresa, tú lo que necesitas es un hombre a tu lado.

—¿Pa qué?

—Para que te haga respetar de estos señoritos miqueros.

—¿Y quién me va a defendel?

—Yo —contestó el mulato en sublime hidalguía—. ¿No ves que estoy enamorado de ti?

Ay, María Teresa es demasiado romántica, para que sobre ella resbale sin consecuencias, una frase de amor. Aquella noche, en la calesa de Felipe Medina, corre hasta la casita de la cantera un rumboso escabeche, coronado con hojas de laurel y una mujer que tiene sonándole en el cuero íntimo, tres entorchados de seda. A su mulato le entrega su sueño de mujer de altura, un sueño cuasivirginal, prendido en las motitas de un ramillete de velo de novia. El cochero comete la trágica equivocación de transigir con el mulato porque sabe de su privanza con los señoritos. Cuarto paseo en calesa —¡en calesa de mancebía, caballeros!—; paseo que es casi un desfile nupcial, porque Felipe Medina no sabe que lo que carretea aquella noche, hasta la casita de la cantera, es una desposada, una mujer enamorada, que ha emperijilado un sueño de amor, nacido en el barro ocre del paracochero.

Al otro día, cuando Felipe Medina va a buscar la más productiva niña de su colección, se encuentra de frente al nuevo administrador de la ñeña:

—¡Eh, mi amigo! ¿Qué busca usted por aquí?

—Vengo por María Teresa. Tengo un avisito para ella.

—Pues se va usted como vino. Porque desde ahora en adelante la ñeña no sale sin mi permiso.

Felipe Medina se tiró de su calesa, blandiendo el foete de faena. El mulato lo esperó, palpándose la camiseta. Se agarraron los hombres; terció la desposada. Fue un minuto breve, en que la historia deja sobre nuestra biografiada su primera cicatriz, pues en la refriega, María Teresa recibe en la mejilla un tajo de cuatro pulgadas, que le había dedicado la nueva administración al administrador saliente. Quinto paseo en calesa —¡en calesa de beneficencia, caballeros!—; con un cochero asustado y un mulato que le aguanta la hemorragia, usando como apósito la blusa de don Ramón. ¡Pobre María Teresa, malograda flor de bucayo de nuestra altura, tajeada en plena luna de miel, por un pequeño conflicto en el título usufructuario de sus encantos!

El mulato la indemniza con una absurda prebenda, que es su único artificio para el balance de su vida. La pone un diente de oro, rebajándole su auténtico marfil, para que le encaje el casquillo. Nuestra protagonista ha recibido el simbólico tatuaje que la hace apta para poder ofrecer su refresco de tamarindo a la marinería ambulante. Lo único que falta es que la miseria le deslumbre su bata japonesa para que forme parte de nuestro paisaje urbano y entre en el fichero de nuestras posibilidades turísticas.

Pronto la miseria empieza a prenderle los primeros abrojos a su bata japonesa. María Teresa se ha enamorado sinceramente de su hombre; lo tiene siempre vestido de espejeante dril, con la pasa chorreando perfume, las mazamorras bien despellejadas y frente a la moral conspicua de la cantera, comete el fantástico error de seguir su credo de hembra de altura, acostumbrada a morir de fatiga junto al rancho. La prostitución es una de nuestras industrias menos lucrativas, a pesar de todos los chismorreos de nuestros moralistas. María Teresa se da cuenta de ello con demasiada rapidez. Ese tremendo pathos que deja la fatiga en la cara de nuestra mujer de pueblo, ha caído sobre ella, haciéndole más difícil la manutención de su hombre. El mulato se deja querer, pero exige dril blanco, cigarrillos, una cuarta de alcohol que le temple los bordones, y alguna que otra chuchería de oro para el dedo. Algunas noches la fatiga de la mujer es tanta, que solo se mantiene en pie ingiriendo pequeños sorbos de ron.

Llega el momento sintomático en que la descalesada María Teresa, otra vez viandante de cascarrales, ha deambulado por todos los barrios maleantes, sucia de pena, con la cicatriz clásica doliéndole como una mordida de la suerte y regresa donde su mulato sin un solo resplandor en el nudo de la media. Ha caído de bruces sobre el soberado, con la agonía de expoliación que arrastra una mujer que ha tenido que abortar tres veces en un mismo año, para que la maternidad, vedada a las mujeres que se dedican a su industria, no le estropee el espiritual ejercicio. Es un tocón mal aterrado, sin pulpa de tamarindo en la boca malgastada, sin brío alegre que pueda conquistar la lujuria de los honorables horteras, que aún mantienen la tan decantada institución, por encima de todas las protestas sanitarias. El mulato la mira despacio, con la carnicera calma con que puede mirar un alcatraz desilusionado a una sardina varada. El hombre está francamente irritado. ¡Pensar que él ha vivido cerca de un año con aquella cuera, aguantándole su baba de borrachona, para que ahora la mujer le venga sin un solo resplandor en el nudo de la media! Le da una patada en la barriga, descuelga el guitarrón y los driles, y se larga.

La cantera es una ilustre academia de la miseria donde tarde o temprano se gradúan las almas que carga para el infierno la calesa de Felipe Medina. Esta noche se ha doctorado, envuelta en su toga de mártir, María Teresa, diente de oro, refresco ambulante de la marinería, banderín mugriento, bañado en luna salobre, de la noche del trópico. Le duele terriblemente la cintura. No hay droga que pueda curar este dolor, que proviene de un vientre de mujer encanallecido por toda la inmundicia de la vida, este dolor que es casi una dolencia del alma, un derrumbamiento de la voluntad alegre, una expoliación de la belleza.

¡Pero tiene que seguir viviendo! Ya no es la jibarita brava y flaca, como una rabisa de caña, que protesta de su blusa marrón, ni la ñeña avancina que le saca un baulito de prendas al cristiano señor que proteje muchachas bonitas por detrás de la iglesia. Apenas tiene veinte años y su cara parece una máscara grotesca de albayalde; su bata no tiene pajarillos pintados en el raso harapiento, ni bajo su camastro chinchoso, espera la chinela con borlas de plumilla, para el salto mañanero.

Ahora anda descalza, pintarrajeada hasta la oxidación, con el cuerpo traslúcido, con un costurón en la cara que todo el mundo cree que procede de alguna liviandad de la hembra, sin que nadie se atreva a pensar que puede ser la condecoración insensata que le impuso la codicia de un hombre.

La policía la persigue como a una perra sarnosa, que dice palabras obscenas, que se embriaga todas las noches y se disputa los hombres en riñas de mujeres malas. Sus últimos paseos han sido todos en la guaguita de la prevención. Felipe Medina todavía le lleva, alguna que otra vez, un bisoño que quiere tener amor con mujer de experiencia o don Ramón le tira unas pesetas para acallarse el remordimiento. O alguna noche, de buen mercado lunar, en que la policía la deja quieta, su banderín de raso mugriento engancha un marino borracho en el malecón.

Con mucha maña ha podido comprarle a la árabe otra bata de pajaritos pintados. Pero ya no se atreve a montar en calesa, porque ahora sí que tiene miedo que la rueda de la calesa le rompa la bata japonesa.

FIN


Cuentos para fomentar el turismo, 1946
 1. Jíbaro: perteneciente o relativo al campesino de ascendencia española, generalmente en las regiones montañosas de Puerto Rico.
Agradecemos a José A. Benítez su aportación de este cuento a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.


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