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Luis López Nieves

Algunos temas se ponen de moda. En estos días, por ejemplo, es común que los escritores produzcan cuentos sobre el medio ambiente, los abusos de los sacerdotes violadores, el maltrato a los animales, la trata de blancas, los derechos homosexuales, el feminismo, etc. Y, por supuesto, todos estos temas son válidos y es probable que siempre lo sean. El problema no es el tema. El problema es cómo se trabaja un tema.

En cierto sentido podríamos decir que todo está escrito, no hay nada nuevo. ¿Un cuento o una novela sobre amor no correspondido? Desde antes de los griegos y los egipcios, hace miles de años, ya se había escrito muchos textos sobre amores no correspondidos. Entonces, ¿por qué se siguen escribiendo… y leyendo? Pues porque la situación podrá ser la misma (amor no correspondido), pero el tratamiento del tema, por parte del autor, no es igual; se ha trabajado el mismo tema, pero de forma nueva.

Como los textos narrativos son más largos, creo que la poesía sería útil en este momento para ejemplificar lo que digo. Veamos a dos poetas que tratan el mismo tema: la mujer. El primero es del siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer. Su rima XXI dice:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Bécquer idealiza a la mujer. No la trata como a una igual, sino como a un ser etéreo, angelical, que más o menos vive en las nubes y camina siempre como una diosa, sin tocar el suelo.

Como contraste, veamos ahora un fragmento de un poema del siglo XX: “Te quiero“, de Mario Benedetti:

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

En este fragmento vemos que Benedetti trata a la mujer como a una igual o compañera, y no como a una diosa etérea. Se trata de dos temas idénticos: la mujer o la mujer amada. Pero el tratamiento del tema es radicalmente diferente.

Volvamos, entonces, a la narrativa. Digamos que un autor escribe un cuento que resumo de esta manera:

Un niño es monaguillo. Visita la iglesia con frecuencia. El sacerdote lo viola. Un día el padre del niño los sorprende juntos en la parte de atrás de la sacristía. Mata al cura a puñetazos.

Tenemos que ser exigentes con nosotros mismos como autores. Más que exigentes, tenemos que ser despiadados y preguntarnos sin misericordia alguna: ¿qué aporta este cuento hoy día a la literatura?

La respuesta, si eres honesto y duro contigo mismo, es “nada”. Estos cuentos ya se han visto miles de veces. Se escriben todos los días. Y, peor aún, ni siquiera hay que ser escritor para escribirlos porque se publican, verbatim, con frecuencia hasta en los periódicos de poca calidad, en las redes sociales, etc.

No somos periodistas: somos escritores. No debemos publicar cuentos ni novelas que hemos leído mil veces en libros o periódicos. Queremos ser originales y sorprender con nuestra originalidad. Queremos ser diferentes.

Entonces, ¿quieres escribir sobre sacerdotes violadores? Vale. Pero no lo hagas como se ha hecho antes. No escribas el mismo cuento ya escrito por otros. Dale a la trama o estructura de tu cuento o novela un giro nuevo, diferente, asombroso o sorprendente. En esta forma tu literatura llamará la atención y los lectores querrán leerla. Luego les dirán a sus amigos: “Oye, tienes que leer el libro de Fulano. Es diferente”.

Un buen ejemplo de cómo crear una obra nueva y refrescante, a pesar de ser un tema conocido, es lo que ha sucedido con el famoso personaje “don Juan”. Tal parece que el creador moderno de esta leyenda es Tirso de Molina, quien escribió El burlador de Sevilla en el 1630. Tanta atención ha llamado este personaje que su misma historia, aunque con variables, se ha reescrito múltiples veces a través de los siglos. Algunos de los ejemplos más destacados de obras inspiradas en este personaje son las siguientes:

  • Molière: Don Juan, 1665 (Francia)
  • Antonio de Zamora: No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, 1713 (España)
  • Carlo Goldoni: Don Giovanni Tenorio, 1735 (Italia)
  • Choderlos de Laclos: Las amistades peligrosas, 1782 (Francia)
  • Mozart: Don Giovanni, 1787 (Austria)
  • Lord Byron: Don Juan, 1819-1824 (Inglaterra)
  • Aleksandr Pushkin: El convidado de piedra, 1830 (Rusia)
  • José Zorrilla: Don Juan Tenorio, 1844 (España)

Hay muchas versiones más. Esta es una brevísima muestra de las más conocidas. La pregunta es: ¿por qué se ha escrito la misma obra tantas veces? ¿Cómo puede interesarles a los lectores leer lo mismo? Y la respuesta es clara: porque en realidad no es lo mismo. Cada obra, a pesar de ser la misma, es diferente porque ha sido trabajada de manera distinta por el nuevo autor. No son copias literales de la obra original.

(Una de las más antiguas películas en la historia del cine mundial es precisamente Don Juan Tenorio, filmada en el 1898 por el mexicano Salvador Toscano. Luego se han producido nuevas versiones en 1913, 1922, 1926, 1956, 1969, 1970… hasta nuestros días.)

En resumen: es un defecto escribir más de lo mismo, lo mismo, lo mismo. Siempre debemos buscar una forma nueva de contar nuestras historias.

FIN


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