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Mateo Falcone

[Cuento - Texto completo.]

Próspero Mérimée

Al salir de Porto-Vecchio, con dirección noroeste, hacia el interior de la isla, se ve rápidamente elevarse el terreno, y después de tres horas de marcha por tortuosas sendas, obstruidas por grandes trozos de rocas y cortadas a veces por barrancos, uno se encuentra al borde de un “malezal” muy extenso. El “malezal” es el refugio de los pastores, corsos y de cuantos tienen algo que ver con la justicia. Es preciso que se sepa que el labrador corso, para ahorrarse el trabajo de abonar su campo, incendia una cierta extensión del bosque, y tanto peor si el fuego se extiende más allá de lo que es necesario; ocurra lo que ocurra, se puede estar seguro de recoger una buena cosecha sembrando en la tierra fertilizada por las cenizas de los árboles. Cortadas las espigas, los tallos se dejan, para evitarse el trabajo de recogerlos; las raíces sobrantes, si no se han agostado, arrojan a la siguiente primavera espesísimos retoños, que en pocos años alcanzan una altura de siete u ocho pies. A esta especie de montuoso soto se le llama “malezal”. Lo componen variadas clases de árboles y arbustos, mezclados y confundidos a la buena de Dios. Sólo con un hacha en la mano, acertaría el hombre a abrirse paso por allí, y hay “malezal” tan espeso y tupido, que ni aun a los mismos cameros montaraces les sería dado penetrar en su interior.

Si usted ha matado a alguien, váyase al “malezal” de Porto-Vecchio, y allí vivirá seguro, con pólvora, balas y un buen fusil; no se olvide de una manta oscura, con su capucha correspondiente, que sirve de tapa y de colchón. Los pastores le proporcionarán leche, queso y castañas, y nada tendrá que temer de la justicia ni de los parientes del muerto sino cuando le sea preciso ir al pueblo para renovar las municiones.

Mateo Falcone, cuando yo estaba en Córcega en 18…, tenía su casa a una media legua de ese “malezal”. Era un hombre lo bastante rico para el país; vivía dignamente, esto es, sin hacer nada, del producto de sus rebaños, que algunos pastores, especie de nómadas, llevaban a pacer, de acá para allá, por los montes. Cuando lo vi, dos años antes del acontecimiento que motiva este relato, me pareció, sobre poco más o menos, de unos cincuenta años de edad. Imagínate, lector, un hombre pequeño, pero robusto, de encrespados cabellos, negros como el azabache, nariz aguileña, labios delgados, ojos grandes y vivos y una tez color de cuero. Pasaba, aun en su misma comarca, en la que tan buenos tiradores había, por ser un tirador extraordinario. Mateo, por ejemplo, no disparaba nunca a un carnero montaraz con postas, pero lo derribaba, en cambio, a ciento veinte pasos de un balazo en la cabeza o en la espalda, según su gusto. De noche se servía de sus armas tan fácilmente como de día, y de él se me ha referido el siguiente rasgo de destreza, que acaso parecerá increíble al que no haya viajado por Córcega. Se ponía a ochenta pasos una vela encendida detrás de un papel transparente del tamaño de un plato. Mateo apuntaba, se apagaba la luz después, y al cabo de un minuto, en la oscuridad más completa, disparaba y atravesaba el transparente tres de cada cuatro veces.

Con tales méritos, Mateo Falcone gozaba de una gran reputación. Se le tenía por tan buen amigo como enemigo peligroso; por lo demás, era servicial y caritativo y vivía en paz con todo el mundo en el distrito de Porto-Vecchio. Se contaba de él que en Corte, en donde se había casado, se había desembarazado muy expeditivamente de un rival, al que se tenía por tan temible en lances guerreros como en lides amorosas; al menos se le atribuía a Mateo un cierto escopetazo que sorprendió a su rival en el instante de afeitarse, frente a un espejo que pendía de su ventana. Se echó tierra al asunto y Mateo se casó. Su mujer, Giuseppa, lo hizo padre primeramente de tres hijas -para su disgusto-, y por último de un hijo, llamado Fortunato; éste era la esperanza de la familia y el heredero del apellido. Las hijas se habían casado bien: en caso necesario su padre podría disponer de los puñales y las escopetas de los respectivos maridos. Diez años tenía tan sólo el chico, pero anunciaba ya felices disposiciones.

Cierto día de otoño, muy de mañana, salió Mateo con su mujer para visitar uno de sus rebaños, en un claro del “malezal”. Fortunato quiso acompañarlos, pero el claro aquel estaba muy lejos, y, además, era preciso que alguien se quedara guardando la casa; por lo tanto, el padre se opuso; ya se verá si tuvo motivo para arrepentirse de ello.

Algunas horas después, Fortunato, tranquilamente tendido al sol, contemplaba las montañas azules y pensaba en su visita al pueblo, el próximo domingo, para comer en casa de su tío el “caporal”, cuando fue interrumpido de pronto en sus meditaciones por el disparo de un arma de fuego. Se puso en pie y miró a la parte de la llanura de donde vino aquel ruido. Otros disparos se oyeron, con intervalos diferentes, y cada vez más próximos; al poco, en la senda que conducía desde la llanura a la casa de Mateo, apareció un hombre tocado con un gorro puntiagudo, como el que usan los montañeses, barbudo, harapiento y arrastrándose trabajosamente apoyado en su escopeta. Acababa de recibir un balazo en el muslo.

Aquel hombre era un bandido que había salido de noche para comprar pólvora en la ciudad, y había caído a su vuelta en la emboscada que le prepararon los tiradores corsos1. Después de una vigorosa defensa, se vio obligado a buscar la retirada, tiroteado de roca en roca y perseguido de cerca; pero los soldados le estaban dando alcance, y su herida le imposibilitaba llegar al “malezal” sin ser atrapado.

Se acercó a Fortunato y le dijo:

-¿Eres el hijo de Mateo Falcone?

-Sí.

-Pues bien, yo soy Gianetto Sampiero, y me persiguen los cuellos amarillos2. Escóndeme, pues ya no puedo más.

-¿Y qué dirá mi padre si te escondo sin su permiso?

-Dirá que has hecho bien.

-¡Quién sabe!

-Escóndeme pronto, que se acercan.

-Espera a que regrese mi padre.

-¿Que espere? ¡Maldición! Dentro de cinco minutos estarán aquí. ¡Vamos, escóndeme o te mato!

Fortunato repuso con la mayor sangre fría:

-Tu escopeta está descargada, y ya no te quedan cartuchos en tu canana.

-Pero tengo mi puñal.

-Pero ¿correrás tanto como yo?

Y de un salto se puso fuera de su alcance.

-¡Tú no eres el hijo de Mateo Falcone! ¿Dejarás que me prendan delante de tu casa?

El muchacho pareció conmoverse.

-¿Qué me darás si te escondo? -le dijo, aproximándose.

El bandido buscó en un bolsillo de cuero que pendía de su cintura y saco de él una moneda de cinco francos, reservada acaso para comprar pólvora. Al ver la moneda de plata, Fortunato sonrió, y apoderándose de ella dijo a Gianetto:

-No temas nada.

En seguida abrió un gran boquete en un montón de heno colocado cerca de la casa. Gianetto se agazapó en él, y el muchacho lo cubrió de modo que pudiera respirar, sin levantar sospechas de que aquel heno ocultaba a un hombre. Se le ocurrió, además, una astucia bastante ingeniosa y propia de un salvaje. Cogió a una gata con sus hijuelos y los puso encima del montón de heno, para hacer creer que no se había removido poco antes. Y como observara que en las cercanías de la casa había rastros de sangre, se apresuró a cubrirlos con arena muy cuidadosamente, y, hecho esto, se tumbó otra vez al sol con la mayor tranquilidad.

Algunos minutos después, seis hombres con uniforme oscuro y cuello amarillo, mandados por un sargento, se detenían ante la puerta de Mateo. El sargento era pariente lejano de Falcone. (Sabido es que en Córcega los grados de parentesco se extienden mucho más que en