Casa digital del escritor Luis López Nieves


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Polzunkov

[Cuento - Texto completo.]

Fiodor Dostoyevski

Me quedé mirando atentamente a aquel hombre. Hasta en su aspecto externo había algo tan peculiar que, por muy distraído que estuviera uno, involuntariamente obligaba a mirarlo fijamente para estallar al instante en una incontenible risa. Exactamente eso fue lo que me sucedió a mí. Es preciso señalar que los ojillos de aquel caballero eran tan vivos o, mejor dicho, que todo él era tan receptivo al magnetismo de cualquier mirada que se le pusiera encima, que se percataba casi instintivamente de que lo observaban; al momento se daba la vuelta hacia el que lo estuviera observando, e, impaciente, se ponía a analizar su mirada. Por su continua movilidad e inquietud, se asemejaba enteramente a una veleta. ¡Cosa curiosa! Parecía temer la burla, cuando su forma de ganarse el pan era ser un eterno payaso que ponía sumisamente su cabeza para recibir capirotazos; ello, tanto en el sentido moral como en el físico, dependiendo de la compañía en que se encontrara. Los payasos que lo son por voluntad propia ni siquiera inspiran lástima. Pero yo enseguida me percaté de que se trataba de un ser extraño, de que ese hombre ridículo no era en absoluto un payaso de profesión. Aún conservaba algo de nobleza. Su nerviosismo y el eterno y enfermizo temor por su persona hablaban a su favor. Daba la impresión de que todo su deseo de agradar se debía más a su buen corazón que a las ventajas materiales. Consentía complacido que del modo más indecoroso se burlaran abiertamente de su persona; pero al mismo tiempo —y esto podría jurarlo— su corazón gemía y sangraba ante la sola idea de que sus oyentes fueran tan innobles y crueles como para reírse no ya de sus gracias, sino de él, de toda su persona, de su corazón, su cabeza, su apariencia y su ser de carne y hueso. Estoy convencido de que en aquellos momentos sentía plenamente la ridiculez de su situación; pero al instante la rebeldía se sofocaba en su pecho, aunque de nuevo volviera a encenderse noblemente. Estoy seguro de que todo ello era a causa de su generoso corazón y no de la desventaja material de que se le echara a empujones sin recibir el préstamo: aquel caballero pedía dinero prestado eternamente, es decir, que esa era su forma de pedir limosna, pues, tras hacer bastantes payasadas y divertir lo suyo al público, sentía que de alguna manera tenía derecho a pedir un préstamo. ¡Pero Dios mío! ¡Qué aspecto tenía al pedirlo! No podía ni imaginarme que en una superficie tan pequeña como era el rostro arrugado y anguloso de aquel hombre pudieran caber a la vez tantas muecas de diferente tipo, tantas extrañas y características sensaciones como insufribles impresiones. ¡Nada faltaba allí! Había vergüenza, falso descaro y despecho con repentino sonrojo de cara; cólera y timidez por el fracaso; súplica del perdón por el atrevimiento de importunar; conciencia de la propia dignidad y completa consciencia de su propia insignificancia: todo ello recorría su cara como un relámpago. Llevaba seis años abriéndose paso así en este mundo de Dios, sin conseguir hasta entonces mostrar un aspecto concreto en el momento crucial del préstamo. Claro está que jamás podía portarse enteramente de un modo duro y vil. ¡Su corazón era demasiado inquieto y ardiente! Diré algo más: en mi opinión, se trataba de un hombre de lo más honesto y noble que había sobre la faz de la tierra, pero con un pequeño defecto: podía cometer una bajeza, bondadosa y desinteresadamente, a la primera orden, con tal de agradar al prójimo. En una palabra, era una persona completamente blandengue. Lo que resultaba más gracioso era que se vestía casi igual que todos, ni mejor ni peor; iba aseado e incluso con cierto refinamiento y cierta pretensión de seriedad y dignidad personal. Aquella igualdad externa y aquella desigualdad interna, la inquietud por su persona a la vez que la continua humillación, producían un fuerte contraste, y el tipo era digno de risa y lástima. Si estuviera completamente convencido (cosa que siempre le sucedía a pesar de su experiencia) de que todos sus espectadores eran las personas más bondadosas del mundo, de que se reían solo de sus gracias y no de su condenado ser, se quitaría con agrado el frac, se lo pondría como pudiera del revés e iría por las calles con ese atuendo para agradar autocomplacido a los demás, con tal de hacer reír a sus protectores y darles gusto a todos. Pero jamás lograba sentirse en pie de igualdad en nada. Tenía otro rasgo más: el muy estrafalario tenía amor propio, y en ocasiones, solo en caso de no correr peligro, incluso era magnánimo. Había que ver y oír cómo sabía responder a veces, sin apiadarse de sí mismo y, por tanto, arriesgándose incluso heroicamente, a alguno de sus protectores que le hubiera sacado de quicio. Pero esto sucedía en contadas ocasiones… En una palabra, era un mártir en el pleno sentido de la palabra, pero, al mismo tiempo, el más enfermizo y, por lo tanto, el más cómico.

Entre los huéspedes estalló una discusión. De pronto vi cómo mi hombre estrafalario saltó sobre una silla y se puso a gritar con todas sus fuerzas intentando acaparar la palabra.

—Escuche —me susurró el dueño de la casa—: a veces cuenta cosas de lo más interesante… ¿No le interesa?

Asentí con la cabeza y me introduje en la muchedumbre. Y, realmente, el aspecto de un caballero bien vestido que se había subido a una silla, y que gritaba con todas sus ganas, acaparó la atención de todos. Muchos de los que no conocían al hombre estrafalario se miraban perplejos entre sí; otros se reían en voz alta.

—¡Yo conozco a Fedoséi Nicoláich! ¡Conozco mejor que nadie a Fedoséi Nicoláich! —gritaba el hombre ridículo desde su altillo—. Caballeros, permítanme contarles. ¡Les contaré cosas interesantes acerca de Fedoséi Nicoláich! ¡Conozco una historia que es una maravilla…!

—¡Cuéntela, Osip Mijáilych! ¡Cuéntela!

—¡Cuéntela!

—Escuchen, pues…

—¡¡¡Escuchen, escuchen!!!

—Allá voy; pero, caballeros, esta historia es muy particular…

—¡Está bien, está bien!

—Es una historia cómica.

—¡Muy bien, estupendo, maravilloso! ¡Manos a la obra!

—Se trata de un episodio de la vida de vuestro humilde servidor…

—Pero ¿para qué se esfuerza usted en anunciar que se trata de una historia cómica?

—¡Es incluso algo trágica!

—¡¿Ah?!

—En una palabra, se trata de aquella historia que les ofrece a ustedes el placer de escucharme ahora, caballeros; la historia a raíz de la cual me vi rodeado de una compañía tan interesante.

—¡Sin calambures!

—Aquella historia…

—En una palabra, aquella historia. Pues termine ya la introducción; aquella historia, que vale algo —añadió con voz queda un joven caballero rubio con bigote, metiendo la mano en su levita y haciendo que sacaba de ella sin darse cuenta un monedero en lugar del pañuelo.

—Se trata de aquella historia, señores míos, después de la cual me hubiera gustado ver a muchos de ustedes en mi lugar. Y, por último, ¡aquella historia por la cual no me casé!

—¡Casarse…! ¡Una mujer…! ¡Polzunkov quería casarse!

—¡Confieso que me habría encantado conocer ahora a madame Polzunkova!

—Permita la curiosidad de saber: ¿cómo se llamaba la tal madame Polzunkova? —gritó con voz estridente un joven, abriéndose paso hacia el orador.

—Y bien; capítulo primero, caballeros: esto sucedió hace ahora justo seis años, en primavera, el treinta y uno de marzo (anoten la fecha, caballeros), en vísperas de…

—¡El primero de abril! —exclamó el joven de pelo rizado.

—Es usted extraordinariamente perspicaz. Ocurrió una tarde. Sobre el distrito N* de la ciudad se condensaba el crepúsculo y la luna estaba a punto de salir… bueno, y lo que siga… Bien, a última hora del crepúsculo, en silencio, emergí yo de mi pisucho, tras despedirme de mi poco comunicativa y ya difunta abuela. Disculpen, caballeros, por utilizar una expresión tan moderna, que oí por última vez estando en casa de Nicolái Nicoláich. Pero lo cierto es que mi abuela vivía completamente aislada: era ciega, muda, sorda y algo mentecata, ¡no le faltaba de nada…! Confieso que yo estaba amedrentado, dispuesto para una gran hazaña. Mi corazón latía igual que el de un gatito cuando una mano huesuda lo agarra por el cogote.

—¡Disculpe, monsieur Polzunkov!

—¿Qué quiere?

—¡Cuente usted de un modo más sencillo! ¡Por favor, no se esfuerce demasiado!

—A sus órdenes —dijo algo turbado Osip Mijáilych—. Entré en la (bienadquirida) casa de Fedoséi Nicoláich. Como es bien sabido, Fedoséi Nicoláich no era precisamente un compañero, sino todo un jefe. Anunciaron mi presencia y enseguida me hicieron pasar. Parece que lo estoy viendo: la habitación estaba casi a oscuras y no habían llevado las velas. Veo que entra Fedoséi Nicoláich. Y así nos quedamos los dos solos y a oscuras…

—¿Qué ocurrió entonces entre ustedes? —preguntó un oficial.

—¿Y usted qué cree? —preguntó Polzunkov, volviéndose inmediatamente con la cara estremecida hacia el joven de cabello rizado—. Así pues, caballeros, aquí se dio una situación un tanto extraña. Mejor dicho, allí no había nada raro, sino que se trataba de una cuestión cotidiana: sencillamente, yo saqué de mi bolsillo un fajo de papeles, y él a su vez otro del suyo, solo que del de los oficiales…

—¿Papel moneda?

—Sí; y nos los intercambiamos.

—Apuesto a que aquí la cosa huele a soborno —dijo un caballero joven, bien vestido y de cabello corto.

—¡Soborno! —replicó Polzunkov—. ¡Ah! ¡Pueden considerarme un liberal, de los muchos que he visto!

—Y si alguna vez le tocara a usted prestar servicio en una provincia y no pudiera calentarse las manos en el fogón de la patria… Como dijo un poeta: «¡Hasta el humo de la patria nos resulta dulce y agradable!». ¡Nuestra querida patria, caballeros, es nuestra madre, nuestra madre, señores! ¡Y nosotros, sus crías que nos amamantamos de ella…!

Estalló una carcajada general.

—Solo créanme, caballeros: yo jamás me dejé sobornar —dijo Polzunkov mirando con desconfianza a todos los presentes.

Pero una risa homérica, incapaz de sofocarse, apagó de golpe las palabras de Polzunkov.

—Es cierto, caballeros…

Pero en ese momento se quedó callado mirando a todos los asistentes con una extraña expresión en la cara. Puede que (¿quién sabe?) en aquel momento se le pasara por la cabeza que era más honrado que muchas de las personas de aquella honorable compañía… Solo que la expresión seria de su cara no se le fue del semblante hasta finalizar la algarabía general.

—Y bien —dijo Polzunkov cuando todos se hubieron callado—, aunque jamás me había prestado yo a un soborno, en aquella ocasión me reconozco culpable; me guardé en el bolsillo el dinero del sobornador… La cuestión es que me había encontrado con unos cuantos documentos que, de haber querido enviárselos a alguien, podían hacer que Fedoséi Nicoláich lo pasara mal.

—¿De modo que él se los compró a usted?

—Así es.

—¿Y pagó mucho?

—Pagó por aquello la cantidad por la que hoy día uno hubiera vendido su alma en todas sus variaciones… si quisieran comprársela. Solo que yo me puse hecho una grana cuando me metí el dinero en el bolsillo. A decir verdad, no sé por qué siempre me sucede esto, caballeros… El caso es que yo estaba petrificado, moviendo los labios y temblándome las piernas; bueno, pues tengo la culpa, soy culpable, me sentía avergonzado y dispuesto a pedirle perdón a Fedoséi Nicoláich…

—Y bien, ¿le perdonó?

—No lo hice… únicamente estoy contando lo que sucedió en aquel momento; yo, bueno, tengo un corazón apasionado. Veo que me mira fijamente a los ojos:

»—No teme usted a Dios, Osip Mijáilych.

»Pero ¿qué iba a hacer? Yo, por cumplir, me quedé parado con la cabeza inclinada hacia un lado:

»—¿Por qué no había de temer a Dios, Fedoséi Nicoláich? —pero lo decía por decir, por decoro… cuando lo cierto era que quería que me tragara la tierra.

»—¡Siendo durante tanto tiempo amigo de la familia, podría decirse que como un hijo… y quién sabe lo que aún nos puede deparar la suerte, Osip Mijáilych! ¡Y de pronto, una denuncia! ¡Está dispuesto a denunciarme! ¡Vaya cosa!… Después de esto, ¿qué puede uno pensar de la gente, Osip Mijáilych?

»¡Pues sí, señores, fue como una exhortación!

»—No —me dijo—. Dígame, ¿qué es lo que puede pensar uno después de esto, Osip Mijáilych?

»¡Y qué había de pensar! ¿Saben? Me carraspeaba la garganta, me temblaba la vocecilla, y, ya sintiendo mi vergonzosa actitud, eché mano al sombrero…

»—¿Adónde va usted, Osip Mijáilych? ¿Es posible que en vísperas de un día así…? ¿Acaso también ahora me va usted a guardar rencor? ¿Qué es lo que le he hecho?

»—¡Fedoséi Nicoláich! —le dije yo—. ¡Fedoséi Nicoláich!

»Bueno, es decir, me ablandé, caballeros, me derretí como un azucarillo. ¿Qué iba a hacer? Incluso el fajo de billetes que tenía en el bolsillo parecía gritarme: «¡eres un desagradecido, un bandido, ladrón condenado!»… como si pesara cinco pudes… (¡Y, si fuéramos sinceros, eso era lo que pesaba…!).

»—Estoy viendo… —dijo Fedoséi Nicoláich—, estoy viendo su arrepentimiento…; sabe usted que mañana…

»—Es el día de santa María de Egipto.

»—Bueno, no llore —dijo Fedoséi Nicoláich—, está bien: pecó y se arrepintió. ¡Vamos! ¡Quizá todavía consiga conducirle de nuevo por el buen camino!… Tal vez mis modestos penates —recuerdo que dijo exactamente, eso, penates, el muy bandido— le hagan otra vez entrar en calor a su endu… —no dijo endurecido, sino «extraviado corazón»…

»Me cogió del brazo, caballeros, y me condujo donde sus familiares. Yo sentía escalofríos en la espalda. ¡Temblaba! Y pensé: «¿con qué cara voy a mirarlos…?». Pero han de saber, caballeros… ¿cómo decirlo?… que había aquí, en el fondo, una cuestión delicada.

—¿No sería, tal vez, la señora Polzunkova? —le preguntaron.

—María Fedoséievna. Solo que, por lo que se ve, no le estaba destinado ser la tal señora, como usted la llama. ¡No tuvo el honor! Pero Fedoséi Nicoláich tenía razón al decir que en su casa me trataban como si fuera un hijo. Esto sucedía hace medio año, cuando aún estaba en vida el llamado Mijaíl Maksímych Dvigáilov, un cadete retirado. Solo que la voluntad de Dios dispuso que falleciera habiendo dejado siempre su testamento para otro momento; y así fue como sucedió que después no encontraron el testamento por ningún sitio…

—¡Ah!

—Bueno, ¡qué se le va a hacer! ¡Disculpen, caballeros! Me fui de la lengua. Es malillo el calambur; pero no pasa nada porque sea malillo; ya que la cosa se puso aún peor cuando me hube de quedar, por así decirlo, con cero perspectivas; porque el cadete retirado, aunque no me dejaban poner los pies en su casa (vivió como un marqués, porque tenía la mano larga), puede que no se equivocara considerándome como un hijo natural.

—¡Ah!

—¡Sí, así fue! Bueno, y empezaron a ponerme malas caras en casa de Fedoséi Nicoláich. Yo me daba cuenta de ello, me hacía el fuerte, pero de pronto, para mi desgracia (y puede que también para mi suerte), como un aluvión de nieve que cae sobre la cabeza de uno, llegó a nuestra ciudad un remontista. Su trabajo, a decir verdad, era de mucha movilidad, nada duro, de caballería ligera; solo que se estableció en casa de Fedoséi Nicoláich como una bala que se incrusta en la pared. Yo, que era amigo de la casa, me sentí relegado y le dije suavemente a Fedoséi Nicoláich:

»—Entre otras cosas… ¿por qué me ofende?

»En cierto modo a mí ya se me consideraba como un hijo… ¿cuánto tiempo más había de esperar… lo paternal… lo paternal? Y él, señor, me contestó. Bueno; se puso a hablar recitándome todo un poema en doce cantos; no me quedó más remedio que escuchar, relamerme y hacer dulces gestos con las manos, sin que tuviera sentido alguno, es decir, ¿qué sentido tenía? No se entendía ni comprendía nada. Me sentía como un estúpido, y él venga a nublarme la vista dando vueltas como una peonza y volviéndose del revés; con talento, con verdadero talento, es un don que da miedo. Me puse a dar vueltas de un lado para otro. Me dejé llevar por sus romanceros, escuché sus frases acarameladas, sus calambures; entre ayes y suspiros le dije:

»—¡Ah! Me duele el corazón —le dije—; de amor me duele —y solté las lágrimas para las confidencias. ¡Qué ingenuas somos las personas! ¡Él no había comprobado con el sacristán los libros de la parroquia e ignoraba que yo ya pasaba de los treinta! ¡Vaya! ¡Venirme a mí con astucias! ¡Hasta allí podíamos llegar! Las cosas no me salían bien, mientras que en torno a mí se oían risas y burlas. ¡Y bueno! ¡Me entró una rabia como si me cogieran por el pescuezo! ¡Y me escabullí pensando no poner más el pie en esa casa! Estuve dándole vueltas y tramando poner la denuncia. Reconozco que actué vilmente, quise denunciar a un amigo, confieso que había suficiente material para ello, y un material glorioso, un asunto capital. ¡Me dieron mil quinientos rublos en plata cuando fui a cambiarlos junto a la denuncia!

—¡Ah! ¡Y ya está aquí el soborno!

—Sí señor, eso habría sido un soborno; y el sobornador me habría dado el dinero. (Y no sería pecado, en verdad que no). Bueno y ahora vuelvo a mi historia: ni vivo ni muerto me condujo, si me permiten ustedes recordarlo, al cuarto del té; me recibieron todos como si estuvieran ofendidos, es decir, no exactamente eso, sino sencillamente afligidos… Bueno, destrozados, completamente destrozados, y, al mismo tiempo, refulgiéndoles los rostros de importancia, y con la mirada seria, es decir, algo paternal, familiar… el hijo pródigo ha regresado a casa. ¡Eso es! Me invitaron a tomar el té, cuando yo, con los pies helados, sentía hervir el samovar en mi pecho. Estaba rezando, asustado. María Fominishna, su esposa, la consejera del juzgado de provincias (y actualmente consejera colegiada) desde el principio se dirigió a mí:

»—¿Cómo es que has adelgazado tanto, padrecito? —me dijo.

»—Pues nada, que estoy indispuesto, María Fominishna… —le dije. Me temblaba la vocecilla. Y ella, la muy hipócrita, va de pronto y, sin ton ni son, me suelta:

»—¡Parece que la conciencia te viene grande al alma, padrecito mío, Osip Mijáilych! ¡Has querido traicionar nuestra sal y nuestro pan familiar! ¡Las lágrimas de sangre que habré vertido yo por ti!

»Lo juro por Dios, que eso fue lo que dijo, yendo contra su propia conciencia. ¡Qué tipa más astuta! Y así permaneció, sentada y sirviendo el té. Y yo pensando para mis adentros: «si te vieras en el mercado, querida, gritarías más que todas esas mujeres juntas». ¡Así es como era nuestra consejera! Y he aquí que, para mi desgracia, entró la hija, María Fedoséievna, con toda su inocencia, un poco pálida, los ojillos enrojecidos de haber llorado, y yo, como un estúpido, me quedé petrificado en el sitio. Después resultó que había estado llorando por el remontista, mientras que este se largó, sencillamente desapareció, porque han de saber ustedes (viene ahora al caso mencionarlo) que le llegó el momento de partir, se le pasaba el plazo, pero no precisamente el oficial, sino… Ya después fue cuando se enteraron los disgustados padres. Pero ¿qué iban a hacerle? Guardaron a cal y canto la pena en casa. ¡Vi que yo no tenía salida! ¡La miré y me sentí perdido, sencillamente perdido! Miré de reojo mi sombrero, me entraban ganas de agarrarlo y salir corriendo; pero no: me cambiaron el sombrero de sitio… He de confesar que estaba dispuesto a salir corriendo incluso sin él; pero vi que no podía ser, pues habían cerrado la puerta con el pestillo. Y empezaron las risitas amigables, los guiños de ojos y el embaucamiento; yo estaba confuso, solté una mentira, me puse a hablar sobre el amor; y ella, mi palomita, se sentó a tocar el clavicordio y, en tono melancólico, se puso a cantar la romanza de un húsar apoyado en su sable. ¡Santo Dios!

»—Y bien —dijo Fedoséi Nicoláich—, ¡todo está olvidado! ¡Ven, ven a mis brazos!

»Y yo, tal y como estaba, apreté mi cara contra su chaleco.

»—¡Mi bienhechor, mi padre natural! —le dije, y me eché a llorar a lágrima viva. ¡Dios mío, la que se montó! Lloraba él, su mujer, Máshenka… también una pequeña rubia que había por allí… y empezaron a salir de todos los rincones niños (¡Dios había bendecido su hogar!) que también lloraban… ¡cuántas lágrimas, es decir, cuántos perdones, qué alegría, el encuentro con el hijo pródigo, como si fuera un soldado que regresa a la patria! Se pusieron a servir dulces, a jugar a las prendas: «¡Oh, cómo duele!»; «¿Qué te duele?»; «El corazón»; «Y ¿por qué?». La palomita se puso toda colorada. El viejo y yo nos tomamos un ponche, y después nos separamos; me sentía completamente almibarado…

»Regresé a casa con la abuela. Estaba mareado; durante todo el camino me iba riendo y al llegar estuve un par de horas dando vueltas por el desván; desperté a la vieja y la hice partícipe de la felicidad.

»—Pero ¿te dio el dinero, el muy tunante? —me preguntó.

»—¡Me lo dio, abuela, me lo dio, querida; la dicha ha llegado a nuestra casa, abre la puertas!

»—¡Bueno, y ahora cásate, que ya va siendo hora! —me dijo la vieja—; ¡se ve que mis plegarias han sido escuchadas!

»Desperté a Sofrón.

»—¡Sofrón —le dije—, quítame las botas! —Sofrón se puso a quitarme las botas—. ¡Bueno, Sofrosha! ¡Felicítame, dame un beso! ¡Me caso, hermano, sencillamente me caso! ¡Emborráchate mañana y pásatelo bien —le dije—, que se casa tu señorito!

»Tenía el corazón juguetón y alegre… Ya me estaba quedando dormido cuando de pronto me desperté; me quedé sentado y pensando. Entonces se me pasó por la cabeza que el día siguiente iba a ser el primero de abril, un día tan claro y bullicioso. ¿Y qué sucedería si…? ¡Y se me ocurrió la idea, señores! Me levanté de la cama, encendí la vela y, tal como estaba, me senté al escritorio; quiero decir, que estaba totalmente despierto y fuera de mí: ¿saben, caballeros, cuando uno está completamente fuera de sí? Me di con toda la cara en el lodo, señores. Vamos, que es una cuestión de carácter: ellos te cogen un poco, y tú les entregas mucho. En efecto, tomen ustedes también esto. Ellos te dan una bofetada y tú, encantado, vas y les ofreces la espalda entera. Después, te seducen con un pedazo de pan, mientras tú, con toda el alma, les pones las patitas encima y les das lametones. ¡Si al menos ahora, señores…! ¡Están ustedes riendo y hablando en voz baja, si lo estoy viendo! Después, cuando ya les cuente todo el intríngulis, se reirán de mí y se burlarán de mí, pero tengo que contarles todo. Pero ¿quién me habrá mandado? ¿Quién me apresura? Pues uno que está detrás de mí susurrándome: ¡vamos, dilo, cuéntalo! Y yo cuento y penetro en sus almas cual si fueran todos ustedes para mí hermanos, amigos íntimos… ¡Eh!…

La risa que poco a poco empezaba a subir de tono por todos los rincones sofocó finalmente la voz del narrador, que realmente había llegado a una especie de éxtasis; se quedó callado recorriendo con la mirada al público durante unos minutos, y después, cual si se dejara de pronto llevar por un vendaval, hizo un ademán con la mano, soltó una carcajada, como si realmente le pareciera ridícula su situación, y de nuevo se puso a narrar:

—Apenas pegué ojo aquella noche, caballeros; estuve toda la noche dejando correr la pluma. ¿Han visto lo que me inventé? ¡Ah, señores! ¡Con solo recordarlo me remuerde la conciencia! ¡Y además por la noche! ¡Con la vista nublada, me sentía ahogado, me enredé con las sandeces, y, cómo no, mentí! Por la mañana, cuando me desperté, vi que solo había dormido un par de horas. Me vestí, me lavé, me ricé el pelo, me di pomada, me puse el frac nuevo y me fui directamente a la fiesta de Fedoséi Nicoláich con el papel metido en el sombrero. Me recibió él mismo con los brazos abiertos y de nuevo me invitó a que me apoyara en su chaleco paternal. Yo me mantuve firme, pues lo ocurrido el día anterior me daba vueltas en la cabeza. Retrocedí un paso.

»—¡No! —le dije—; Fedoséi Nicoláich, si es tan amable, ¡haga el favor de leer este papelito! —y le tendí la nota. ¿Y saben lo que decía el papel? Que Osip Mijáilovich, por esto y por lo otro, se despedía de él y firmaba la solicitud. ¡Eso fue lo que se me ocurrió, señores! ¡No se me había ocurrido nada mejor! Es decir, como era el uno de abril, para bromear, adopté la postura de que no se me había pasado la ofensa; de que durante la noche cambié de opinión, lo pensé mejor, me puse echo un basilisco y me enfurecí aún más; en definitiva: «aquí tienen, mis queridos bienhechores, que no quiero saber nada ni de ustedes ni de su hija; el dinerito me lo metí ayer en el bolsillo, estoy bien servido, de manera que le entrego mi renuncia. ¡No deseo prestar servicios bajo una dirección como la de Fedoséi Nicoláich! Buscaré otro trabajo, y después pondré la denuncia». ¡Representé ese papel tan vil! ¡Se me ocurrió darles el susto! ¡Y encontré con qué dárselo! ¿A que está bien, señores? O sea, como se mostraron tan cariñosos el día anterior, me permití gastarles una bromita familiar, burlarme del corazoncito de Fedoséi Nicoláich…

»En cuanto él cogió el papel y lo abrió, vi que le cambió la expresión de la cara.

»—¿Y bien, Osip Mijáilych?

»—¡Es el uno de abril! —le dije como un estúpido—. ¡Le felicito la festividad, Fedoséi Nicoláich! —como un niño pequeño que se esconde a hurtadillas detrás del sillón de la abuela y después le da un susto gritándole al oído. ¡Se me ocurrió darle un susto! Sí… sí, sencillamente me da vergüenza incluso contarlo, caballeros. ¡Que no! ¡No voy a contarlo, señores!

—¿Y qué sucedió después?

—¡Que no, que no, cuéntelo! ¡No! ¡Cuéntelo! —se empezó a oír de todos los lados de la sala.

—Pues comenzaron los comentarios, chismorreos y exclamaciones. Yo era un pilluelo y un chistoso que les había dado un buen susto, pero, a pesar de ello, oía tantas palabras dulces, que de lo avergonzado que me sentí me quedé pensativo y asustado: ¿cómo un pecador así puede estar en un lugar tan sagrado?

»—¡Ay, querido! —gritó la consejera—, ¡vaya susto que me has dado, que hasta ahora me siguen temblando las piernas, apenas me tengo en pie! Enloquecida, salí corriendo donde Masha: «¡Máshenka!», le dije, «¿qué va a ser de nosotros? ¡Mira lo que ha resultado ser tu novio!». ¡Como he pecado, perdona querido a esta vieja, que no da pie con bola! ¡Se me ocurrió pensar que ayer cuando se fue a su casa se puso a darle vueltas y posiblemente creyera que le habíamos hecho demasiado la corte; que pretendíamos engatusarle; y me quedé helada! ¡Bueno, Máshenka, está bien, Osip Mijáilych no es ningún extraño para nosotros! ¡Soy tu madre, no diré nada de más! ¡Gracias a Dios no tengo veinte años, sino cuarenta y cinco…!

»¿Y qué creen, caballeros? ¡Me faltó poco para ponerme a sus pies! ¡Y de nuevo se pusieron a llorar! ¡Y otra vez a darse besos! Empezaron a bromear. A Fedoséi Nicoláich también se le ocurrió gastar una broma por el primero de abril. Dijo que vino volando el Ave Fénix con su pico de diamantes y le traía una carta. ¡También quería engañar! ¡Y qué risa les entró! ¡Qué conmovedor! ¡Uf! ¡Hasta da vergüenza contarlo!

»¡Y bien, señores míos! ¡Eso es todo! Pasó un día, otro, y otro más, y una semana. A mí ya se me consideraba formalmente como su novio. Se habían encargado las alianzas, se fijó el día de la boda, únicamente querían guardar el secreto hasta que llegara el momento; se aguardaba al inspector. La espera se me hizo eterna y mi suerte parecía detenerse en ella. «Cuanto antes me lo quite de encima, tanto mejor», pensé. Mientras, Fedoséi Nicoláich, entre broma y broma, fue descargando sobre mí todo su trabajo: yo llevaba las cuentas, hacía informes, llevaba libros de contabilidad, balances, etc. Había un terrible desorden, todo estaba manga por hombro, el enredo era grande. «¡Bueno, me esforzaré por mi suegro!», pensaba yo. Siempre estaba pachucho, se puso enfermo y a medida que pasaban los días se iba encontrando cada vez peor, mientras que yo me iba quedando más delgado que un alfiler, no dormía por las noches y temía caer enfermo. ¡Sin embargo, terminé felizmente el trabajo! ¡Lo acabé a tiempo! De pronto, me envían un recado. «¡Date prisa!», me dicen, «¡Fedoséi Nicoláich se encuentra mal!». Salgo corriendo a toda velocidad. «¿Qué habrá pasado?», pensé. Veo que mi Fedoséi Nicoláich está sentado con la cabeza envuelta en compresas de vinagre, frunciendo el ceño y quejándose:

»—¡Ay, ay! ¡Alma mía, querido! —me dijo—. Me estoy muriendo. ¿Quién se encargará de mis polluelos? —vino su mujer con los niños y también Máshenka llorando. Bueno, y yo mismo también me eché a llorar—. ¡Pues no! —dice—, ¡Dios será justo! ¡No os hará pagar a todos vosotros por mis pecados!

»Y, llegado ese momento, les hizo salir a todos, y les ordenó cerrar la puerta tras ellos para quedarnos él y yo a solas:

»—¡Tengo que pedirte algo!

»—¿De qué se trata?

»—Entre otras cosas, hermano mío, ni en el lecho de muerte tendré paz: necesito dinero.

»—¿Cómo es eso? —en aquel momento me delató el sonrojo y se me paralizó la lengua.

»—Pues así, hermano, tengo que pagar al fisco. ¡No he reparado en gastos para el bien común, sacrificando incluso mi propia vida! ¡No vayas a pensar mal de mí! Me siento triste porque me han calumniado ante ti… Te equivocaste y desde entonces la pena me hizo encanecer. El inspector está a punto de llegar, a Matvéiev le faltan siete mil rublos y yo soy el responsable. ¡Imagínate! ¡Me los pedirán a mí, hermano! ¡No se los van a pedir a Matvéiev! ¡Para qué ponerle el hacha encima al pobre!

»«¡Qué santo!», pensé. «¡Esto es un hombre pío! ¡Esto es un alma!». Y él va y me dice:

»—No quiero coger el dinero de la dote de mi hija; es dinero sagrado. Es verdad que tengo dinero, solo que se lo he prestado a otros, ¿cómo podría reunirlo todo ahora?

»Y yo, según estaba, caí de rodillas ante él.

»—¡Eres mi bienhechor! —exclamé—. ¡Te he ofendido y faltado, los difamadores han levantado calumnias contra ti; no lo rechaces y coge nuevamente tu dinero!

»Me miró y de sus ojos brotaron las lágrimas.

»—¡Esperaba esto de ti, hijo mío! ¡Levántate! En su día te perdoné por las lágrimas de mi hija; y ahora también te perdona mi corazón. Has curado mis úlceras —me dijo—. ¡Te bendigo por los siglos de los siglos!

»Y en cuanto me hubo bendecido, caballeros, me eché a correr a toda prisa a casa para traerle el dinero que le había prometido:

»—¡Aquí tiene todo, padrecito; solo gasté cincuenta rublos! —le dije.

»—No pasa nada —dijo—, no hay que poner peros a todo; hay prisa, de modo que escribe una nota con fecha atrasada, diciendo que a cuenta del sueldo solicitas un adelanto de cincuenta rublos. Y yo enseñaré a los jefes que se te dio el anticipo…

¡Y bien, caballeros! ¿Qué creen ustedes? ¡Escribí la nota!

—Bueno; bien. Pero ¿en qué quedó todo eso?

—Después de escribir la nota, señores míos, así terminó la cosa:

Al día siguiente, por la mañana temprano, me trajeron un sobre certificado y sellado. Lo miré, ¿y qué creen que vi? ¡El despido! Es decir, que entregara los asuntos, que terminara las cuentas y a mí que me partiera un rayo.

—¿Cómo era posible?

—¡Cómo era posible, señores!, exclamé yo lanzando blasfemias. ¿Por qué me pitarían los oídos?, pensé. Creí que no era nada, que quizás el inspector iba a llegar a la ciudad. ¡El corazón se me estremeció! «Está bien», me dije. Y, según estaba, salí corriendo a casa de Fedoséi Nicoláich.

»—¿Qué? —le dije.

»—¿Qué qué? —me respondió.

»—¡Pues el despido!

»—¿Qué despido?

»—¿Y esto qué es?

»—¡Pues eso, el despido!

»—¿Acaso lo he solicitado?

»—Pero ¡cómo!, ¿acaso no lo solicitó el uno de abril? —(¡yo no me había quedado con la nota!).

»—¡Fedoséi Nicoláich! ¿Son mis ojos los que le ven y mis oídos los que le escuchan?

»—¡Es una lástima, señor mío, me da mucha pena que haya decidido usted retirarse tan pronto del servicio! Un hombre joven tiene que estar en activo, y a usted, señor, le ha dado una ventolera. Y en cuanto al certificado, estese tranquilo, yo me encargaré de él. ¡Tiene usted unos informes excelentes!

»—¡Pero si fue una broma, Fedoséi Nicoláich! ¡Yo no tenía intención, y entregué el papel como una broma familiar… eso es!

»—¿Cómo? ¿Qué broma?… señor. ¿Acaso se puede bromear con cosas de este tipo? Cualquier día, por una cosa así, le deportan a Siberia. Y ahora, adiós. Tengo prisa, estamos esperando al inspector y el servicio está antes que nada. Usted puede quedarse de brazos cruzados, mientras que a nosotros el deber nos espera. Ya le redactaré un certificado como Dios manda. Por cierto, compré la casa de Matvéiev; nos mudaremos uno de estos días; y espero tener el placer de no verle en mi nuevo domicilio. ¡Suerte!

»Eché a correr a toda prisa a casa:

»—¡Estamos perdidos, abuela! —exclamé. Ella sollozaba. Y en aquel momento vimos que venía corriendo un mensajero de parte de Fedoséi Nicoláich, y que traía una nota y una jaula con un estornino dentro; el estornino se lo había regalado yo un día que me sentía generoso. La nota solo decía: «Primero de abril», y nada más. ¡Esto es, caballeros! ¿Qué opinan?

—Y bien, ¿qué más?

—¿Que qué más? Un día me crucé con Fedoséi Nicoláich, y me dieron ganas de decirle que era un sinvergüenza…

—Y ¿qué?

—¡Pues nada, señores! ¡Que no pude articular palabra!

*FIN*


“Ползунков”,
Современник, 1848


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