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Purificación en la calle del Cristo

[Cuento - Texto completo.]

René Marqués

-La casa está sola -dijo Inés. Y Emilia asintió.

Aunque no era cierto. Allí también estaba Hortensia, como siempre, las tres reunidas en la gran sala, las tres puertas de dos hojas cerradas como siempre sobre el balcón, las persianas apenas entreabiertas, la luz del amanecer rompiéndose en tres colores (azul, amarillo, rojo) a través de los cristales alemanes que formaban una rueda trunca sobre cada una de las partes, o un sol tricolor, trunco también, cansado de haber visto morir un siglo y nacer otro, de las innumerables capas de polvo que la lluvia arrastraba luego, y de los años de salitre depositados sobre los cristales una vez transparentes, y que ahora parecían esmerilados, oponiendo mayor resistencia a la luz, a todo lo de afuera que pudiera ser claro, o impuro, o extraño (hiriente en fin).

-¿Recuerdas? -preguntó Inés. Y Emilia asintió.

No era preciso asentir a algo determinado porque la vida toda era un recuerdo, o quizás una serie de recuerdos, y en cualquiera de ellos podía situarse cómodamente para asentir a la pregunta de Inés, que pudo haber sido formulada por Hortensia, o por ella misma, y no precisamente en el instante de este amanecer sino el día anterior o el mes pasado o un año antes, aunque el recuerdo bien pudiera remontarse al otro siglo: Estrasburgo, por ejemplo, en aquella época imprecisa (impreciso era el orden cronológico, no el recuerdo ciertamente), en que las tres se preparaban en el colegio para ser lo que a su rango correspondía en la ciudad de San Juan, adivinando ella e Inés que sería Hortensia quien habría de deslumbrar en los salones, aunque las tres aprendieran por igual los pequeños secretos de vivir graciosamente en un mundo apacible y equilibrado, donde no habría cabida para lo que no fuese bello, para las terribles vulgaridades de una humanidad que no debía (no podía) llegar hasta las frágiles fräulein, protegidas no tanto por los espesos muros del colegio como por la labor complicada de los encajes, y los tapices, y la bruma melodiosa de los lieder, y la férrea caballerosidad de los más jóvenes oficiales prusianos. ¡Hortensia! Hortensia en su traje de raso azul cuando asistió a la primera recepción en La Fortaleza (el gobernador general bailando una mazurca con su hermana mayor bajo la mirada fría de papá Bukhart). Eso es. Hortensia ya en San Juan. El colegio, atrás en el tiempo. Y ella, Emilia, observando el mundo deslumbrante del palacio colonial en esa noche memorable, al lado de la figura imponente de la madre. (Mamá Eugenia, con su soberbio porte de reina; su cabello oscuro y espeso como el vino de Málaga sobre el cual tan bien lucía la diadema de zafiros y brillantes; con su tez pálida y mate que el sol del trópico inútilmente había tratado de dorar, porque el sol de Andalucía le había dado ya el tinte justo; con su traje negro de encajes y su enorme pericón de ébano y seda donde un cisne violáceo se deslizaba siempre sobre un estanque con olor a jazmín.) Y ella, Emilia, con sus trenzas apretadas (odiosas trenzas), hecha un ovillo de rubor cuando el alférez español se inclinó galante a su oído para murmurar: Es usted más hermosa que su hermana Hortensia.

Inés vio a Emilia asentir a su pregunta y pensó: No puedes recordar, Emilia. Los más preciosos recuerdos los guardo yo.

Porque a su pregunta, ¿Recuerdas?, supo que Emilia iría a refugiarse en el recuerdo de siempre. Que no era en verdad un recuerdo, sino la sombra de un recuerdo, porque Emilia no lo había vivido.

Emilia, con sus trenzas apretadas (hermosas trenzas) se había quedado en casa con la vieja nana. (Emilia, con su pequeño pie torcido desde aquella terrible caída del caballo en la hacienda de Toa Alta, obstinada en huir de la gente, aun en el colegio, siempre apartada de los corros, del bullicio; haciendo esfuerzos dolorosos por ocultar su cojera, que no era tan ostensible después de todo, pero que tan hondo hería su orgullo; refugiándose en los libros o en el cuaderno de versos que escribía a hurtadillas.) Y ella, Inés, no logrando lucir hermosa en el traje color perla que hacía resaltar su tipo mediterráneo, porque tenía el mismo color de tez de mamá Eugenia, el mismo cabello espeso y oscuro, pero inútilmente, porque nada había en sus rasgos que hiciese recordar la perfección helena del rostro materno (era francamente fea: desde pequeña se lo había revelado la crueldad del espejo y de la gente) y su fealdad se acentuaba entre estos seres excepcionalmente hermosos: papá Bukhart, con su apariencia de dios nórdico, Hortensia, mamá Eugenia, y aun la lisiada Emilia, con su belleza transparente y rítmica, como uno de sus versos. No debió entonces sorprenderle el haber escuchado (¡sin proponérselo, Dios Santo!) las palabras que el joven alférez deslizara al oído de Hortensia: Es usted la más deslumbrante belleza de esta recepción, señorita Hortensia (fue poco después de haber bailado Hortensia la mazurca con el gobernador general). Y en realidad no le sorprendió. Le dolió, en cambio. No porque ella dejase de reconocer la belleza de su hermana, sino porque las palabras provenían de él.

Emilia se levantó y, cojeando lastimosamente, fue a pasar con suavidad su pañolito de encajes por la mejilla izquierda de Hortensia.

-Le pusiste demasiados polvos de arroz en este lado -explicó al sorprender la mirada inquieta de Inés. Luego volvió a sentarse.

Las tres permanecían silenciosas e inmóviles (Emilia e Inés sin apartar los ojos de Hortensia).

-¿Verdad que está hermosa? -preguntó Emilia en voz baja.

Lo estaba. Amorosamente la habían vestido con sus galas de novia. Bajo la luz del cirio todo lo blanco adquiría un tinte maravilloso. O era quizás el tiempo. El velo se había desgarrado. Pero los azahares estaban intactos. Y las manchas del traje pudieron disimularse gracias a los pliegues hábilmente dispuestos por Inés. Lástima que la caja no fuese digna de su contenido: un burdo ataúd cedido por Beneficiencia Municipal.

Emilia suspiró. Esperaba. Pero Inés no parecía tener prisa. Estaba allí, encorvada, con su escaso pelo gris cayéndole sobre la frente, el rostro descuartizado por una red implacable de arrugas profundas, terriblemente fea en su callada determinación. Y a Emilia se le ocurrió pensar qué hubiese hecho Inés en el lugar de Hortensia. Aunque de inmediato se vio forzada a rechazar la proposición porque nadie pudo haber estado en el lugar de Hortensia. (Hortensia dijo no a la vida. Quienquiera que le hubiese revelado la verdad había sido cruel en demasía. ¿Hubo alguien que en realidad conociese a Hortensia? ¿Hubo alguien que previese su reacción?)

De todos modos lo supo: el rapacillo de la mulata (la mulata que tenía su puesto en un zaguán de la calle Imperial), el que gateaba entre los manojos de saúco y albahaca y yerbabuena, tenía azules los ojos. Un alférez español puede amar hoy y haberle dado ayer el azul de sus ojos al rapacillo de una yerbatera. Hasta la imponente mamá Eugenia dio sus razones para excusar el hecho. (Papá Bukhart no. Papá Bukhart siempre dejó que el mundo girara bajo su mirada fría de naturalista alemán convertido en hacendado del trópico.) Pero Hortensia dijo no, aunque antes había dicho sí y aunque los encajes de su traje de novia hubiesen venido de Estrasburgo. Y la casa de la calle del Cristo cerró sus tres puertas sobre el balcón de azulejos. El tiempo entonces se partió en dos: atrás quedóse el mundo estable y seguro de la buena vida; y el presente tornose en el comienzo de un futuro preñado de desastres, como si el no de Hortensia hubiese sido el filo atroz de un cuchillo que cercenara el tiempo y dejase escapar por su herida un torbellino de cosas jamás soñadas: La armada de un pueblo nuevo y bárbaro bombardeó a San Juan. Y poco después murió mamá Eugenia (de anemia perniciosa según el galeno, solo para que papá Bukhart fríamente rechazase el diagnóstico porque mamá Eugenia había muerto de dolor al ver una bandera extraña ocupar en lo alto de La Fortaleza el lugar que siempre ocupara su pendón rojo y gualda). Y cuando el lujoso féretro de caoba desapareció por el zaguán, todos tuvieron conciencia de que el mundo había perdido su equilibrio. Como lo demostró papá Bukhart al pisar ya apenas la casa de la calle del Cristo. Y pasar semanas enteras en la hacienda de Toa Alta desbocando caballos por las vegas de caña. Hasta que un día, su cuerpo de dios nórdico fue conducido por cuatro peones negros a la casa de los soles truncos (casi no podía reconocérsele en su improvisado sudario de polvo y sangre). Y el mundo se hizo aún más estrecho, aunque a su estrechez llegaran luego noticias de una gran guerra en la Europa lejana, y cesara entonces la débil correspondencia sostenida con algunos parientes de Estrasburgo, y con los tíos de Málaga. Pero habrían de transcurrir dos años más para que en San Juan muriera la nana negra, y en Europa Estrasburgo pasara a manos de Francia, y el mundo fuese ya un recinto cerrado al cual solo tuviese acceso el viejo notario que hablaba de contribuciones, de crisis, de la urgencia de vender la hacienda de Toa Alta a los americanos del Norte, y Hortensia pudiese acoger siempre la proposición con su sonrisa helada: Jamás nuestras tierras serán de los bárbaros.

Inés casi se sobresaltó al ver a Emilia levantarse e ir a pasar su destrozado pañolito de encajes por la mejilla de Hortensia. Le pareció pueril la preocupación de Emilia por los polvos de arroz. Si ella le había puesto más polvos en la mejilla izquierda a Hortensia había sido sencillamente para ocultar la mancha negruzca que desde hacía años había aparecido en aquella zona de la piel de su hermana. Nunca hacía cosa alguna sin motivo. Nunca.

Emilia estaba nerviosa (era obvio que estaba nerviosa) y sin embargo se mostró decidida cuando le comunicó su plan. Había temido alguna resistencia de parte de su hermana. Pero Emilia había alzado hacia ella su mirada color violeta y había sonreído al murmurar: Sí. Purificación. Sin duda interpretaba el acto de un modo simbólico. Era una suerte. Hacía tanto tiempo que Emilia no escribía versos. En el cofre de sándalo descansaba el manojo de cuartillas amarillentas. Mamá Eugenia siempre sonrió leyendo los versos de Emilia. (Papá Bukhart no. Y es que Emilia jamás osó mostrarle su cuaderno.) A ella, a Inés, le producían en cambio un extraño desasosiego. Soy piedra pequeña entre tus manos de musgo. Le desconcertaba la ausencia de rima. Y, sin embargo, sentía como el vértigo de un inasible ritmo arrastrándola a un mundo íntimo que le producía malestar. Emilia nunca explicaba sus versos. Y ese misterioso estar y no estar en el ámbito de un alma ajena la seducía y la angustiaba a la vez. Tu pie implacable hollando mis palabras, tu pie de fauno sobre una palabra: amor. No podía precisarlo, pero había algo obsceno en todo esto, algo que no era posible relacionar con el violeta pálido de los ojos de Emilia, ni con su pie lisiado, ni con su gesto de niño tímido y asustadizo. O quizás lo obsceno era precisamente eso, que fuese Emilia quien escribiese versos así. Lo peor había sido el tu innombrado, pero siempre presente en las cuartillas amarillentas. Soy cordero de Pascua para TU espada, valle del Eco para TU voz. ¡La angustia de ese tu…! ¿Podía ser otro que él?

No tenía prisa. Sabía que Emilia estaba impaciente. Pero ella no podía tener prisa. Necesitaba esos minutos para volcarse toda dentro de sí misma. Porque habían sido muchos los años de convivencia y miseria, de frases pueriles y largos silencios, de hambre y orgullo y penumbra y vejez. Pero nunca de estar a solas consigo misma. Viviendo Hortensia había sido imposible. Pero ahora…

El tiempo era como un sol trunco (azul, amarillo, rojo) proyectando su esmerilada fatiga sobre la gran sala. Sin embargo, el tiempo había sido también transparente. Lo había sido en el instante aquel en que viera allí a Hortensia con su bata blanca de encajes. Estaba casi de perfil y el rojo de un cristal daba sobre su cabeza produciendo una aureola fantástica de sangre, o de fuego quizás. Ella la observaba a través del espejo de la consola. Y deseó de pronto que la vida fuese un espejo donde no existieran las palabras. Pero las palabras habían sido pronunciadas. La fría superficie de la luna había rechazado su voz, y las palabras flotaban aún en la gran sala, irremediablemente dispersas, sin posibilidad alguna de recogerlas (de aprisionarlas de nuevo en su garganta) porque la vida no cabía dentro del marco del espejo, sino que transcurría más acá, en el tiempo, en un espacio sin límites, donde otra voz podría responder a sus palabras:

-Gracias por decírmelo -y era la voz de Hortensia. Luego un silencio corto y agudo como un grito, y de nuevo la voz-: No me casaré, desde luego.

Sus ojos se apartaron entonces del perfil reflejado junto al piano y resbalaron por la imagen de su propio rostro. Y toda su carne se estremeció. Porque jamás había visto su fealdad como en aquel instante. Y vio a Hortensia (su imagen en el espejo) apartarse del piano de palo de rosa y acercarse a ella lentamente. Y en su movimiento había abandonado la zona del cristal rojo y pasado por la zona del cristal azul, pero al detenerse a sus espaldas ya había entrado en la zona del cristal amarillo, de modo que su rostro parecía envuelto en un polvillo de oro como si después del tiempo de la vida y del tiempo del sueño entrase en un tiempo que podía ser de eternidad, desde el cual sus ojos fuesen capaces de romper el misterio del espejo para buscar los otros ojos angustiados, y aunque la voz de Hortensia no tuviese el poder de traspasar la superficie límpida, no era preciso que así fuese porque las palabras, de ser pronunciadas, rebotarían como imágenes para penetrar en su fealdad reflejada, y hacerla sentir el pavor de esa fealdad (o acentuar el pavor ya desatado):

-Es mejor así. Porque jamás compartiría yo el amor de un hombre. ¡Jamás!

Y ella sintió verdadero espanto, pues le pareció que Hortensia no se refería a la yerbatera de la calle Imperial. Y pensó en Emilia. Pero el espejo no contenía en su breve mundo la imagen de Emilia, sino la suya propia. Y de pronto todas las palabras pronunciadas, las suyas también: Tiene una querida, Hortensia: y un hijo en esa mulata, le golpearon el pecho con tal ímpetu que le impidieron respirar. Y el espejo fue convirtiéndose en una bruma espesa que crecía, y crecía, y su cuerpo empezó a caer en un abismo sin límites, cayendo, cayendo más hondo, hasta chocar bruscamente contra un suelo alfombrado de gris.

El cuerpo de Hortensia permanecía en una zona a la cual no llegaba la luz tricolor del alba. Solo el cirio derramaba su débil claridad de topacio sobre el rostro enmarcado en azahares y tul.

Inés observaba los labios secos, petrificando la sonrisa enigmática, los mismos labios que en tantos años de miseria (y soberbia y hambre y frases pueriles) jamás abordaron la palabra que hubiese dado sosiego a la eterna incertidumbre, la palabra que hubiese hecho menos infernal su tarea de proteger el orgullo de Hortensia y la invalidez de Emilia, de fingirse loca ante los acreedores, y vender sus joyas más valiosas (y la plata), de cargar diariamente el agua del aljibe desde que suspendieron el servicio de acueducto, y aceptar la caridad de los vecinos, y rechazar las ofertas de compra por la casa en ruinas, e impedir que los turistas violaran el recinto en su búsqueda bárbara de miseria (alejando los husmeantes hocicos ajenos de la ruina propia y el dolor).

Emilia no podía apartar su mirada de la tenue llama del cirio, y le parecía la manecita dorada de un niño que se abría y cerraba así, a intervalos caprichosos, y le vinieron a la memoria unas palabras incomprensibles: Solo tu mano purificará mi corazón. ¿Isaías? No era un texto sagrado. Algo más próximo (¿o remoto?) en el tiempo. Solo tu mano… ¡Sí! En las cuartillas amarillentas del cofre de sándalo. ¡Eran palabras suyas! Sonrió. Su corazón en el cofre de sándalo. Donde no habría de llegar la sonrisa helada de Hortensia ni la mirada inquisitiva de Inés. (El único lugar donde puede sobrevivir el corazón en un mundo sin razón alguna para la vida.)

Volvió sus ojos hacia Inés. Esperaba la realización del acto. Un bello acto, ciertamente. ¿Cómo pudo ocurrírsele a su hermana? Bien, se le había ocurrido. Y ella aprobaba aquel acto de purificación. Porque todo lo bello, lo que había sido hermoso, estaba contenido en aquella caja tosca que proveía la Beneficencia Municipal. (Todo lo que es bello y debe perecer, había perecido.)

Vio en ese instante a Inés ponerse de pie y tuvo un ligero estremecimiento. Le pareció más alta que nunca y creyó descubrir en su gesto y su mirada algo terriblemente hermoso que hacía olvidar momentáneamente su horrible fealdad. ¡Al fin!, pensó, y poniéndose de pie, preguntó sonriendo:

-¿ Ya?

Inés vio la sonrisa de Emilia y sintió una punzada en un lugar remoto de su pecho porque inexplicablemente aquellos labios de anciana habían sonreído con la frescura y el encanto de una niña. Oyó luego la voz cascada decir:

-Espera por mí.

Y vio a Emilia alejarse, con su horrible cojera más acentuada que nunca, hacia la habitación de la izquierda. Sola ya con Hortensia, echó una ojeada a la sala. Sus ojos se detuvieron en la enorme mancha irregular que, como el mapa de un istmo que uniera en la pared dos mundos, partía desde el plafón hasta el piso. Sobre el empapelado que una vez fuera gris y rosa el agua había grabado su huella para hacer eterno en la sala el recuerdo del temporal. Y fue en ese mismo año de San Felipe cuando ella supo de la otra catástrofe. Y es que el viejo notario le ahorró en esa ocasión todos los preámbulos: la hacienda de Toa Alta había sido vendida en subasta pública para cubrir contribuciones atrasadas. Desde entonces la miseria fue el girar continuo de un remolino lento, pero implacable, que arrastraba y arrastraba, por lustros, por décadas, hasta llegar al tiempo en que los revolucionarios atacaron La Fortaleza, y se descubrió el cáncer en el pecho de Hortensia. Y ya no era posible tener conciencia del hambre porque el torbellino había detenido su girar de tempo lento ante la avasallante destrucción de las células (y el huir de la sangre, y el dolor hondo que roía sin gritos). Pero sangre y dolor petrificáronse en el pecho sin células y la sonrisa se puso fría en los labios de Hortensia. Y ayer su cuerpo no tenía aún la rigidez postrera (ella lo sabía porque acababa de lavar el cadáver) cuando al zagúan llegaron los extraños con sus ademanes amplios y sus angostas sonrisas de funcionarios probos: el gobierno había decidido que la casa (la de la calle del Cristo, la de los soles truncos) se convirtiese en hostería de lujo para los turistas, y los banqueros, y los oficiales de la armada aquella que bombardeó a San Juan. No fue preciso fingirse loca porque en esta ocasión estaba enloquecida. Y sus largas uñas con color a muerta claváronse en el rostro que tenía más próximo (hasta que saltó la sangre, y desaparecieron las sonrisas). Y después sus puños golpearon despiadadamente, con la misma furia con que habían combatido la vida; golpeando así, ¡así!, contra la miseria, y los hombres, y el mundo, y el tiempo, y la muerte, y el hambre, y los años, y la sangre y de nuevo la vida, y el portalón de ausubo que los otros habían logrado cerrar en su precipitada huida. Y en la pared de la sala, la enorme mancha del tiempo dibujaba el mapa de dos mundos unidos por un istmo. Y era preciso destruir el istmo.

Emilia salió de la habitación y vio a Inés de pie, inmóvil, con la vista fija en la pared de enfrente. Avanzó penosamente y fue a depositar el pequeño cofre de sándalo a los pies del féretro. Mi corazón a tus pies, Hortensia. Luego volviose hacia Inés y quedose en actitud de espera. La vio apartar los ojos de la pared y dejarlos resbalar por su rostro hasta fijarlos por un instante en el cofre de sándalo y luego alejarse hacia la cónsola y tomar una bolsa de seda negra que ella no había observado sobre el mármol rosa, y regresar junto a Hortensia. Estaban ambas ante el féretro abierto e Inés derramó el contenido de la bolsa negra sobre la falda de Hortensia. Emilia observó con asombro aquellos ricos objetos que había creído devorados por el tiempo, o por el hambre (en fin, por la miseria y el tiempo).

Inés tomó la sortija de brillantes y trabajosamente pudo colocarla en el anular izquierdo de Hortensia. Luego colocó la de perlas en el dedo de Emilia. La ajorca de oro y rubíes fue a adornar la muñeca de Hortensia. Con la diadema de zafiros y brillantes en su mano, se detuvo indecisa. Echó una ojeada a la cabeza postrada, ceñida de azahares, y con gesto decidido volviose y ciñó la diadema de mamá Eugenia en la frente de Emilia. Tomó al fin la última prenda (el ancho anillo de oro de papá Bukhart) y, colocándolo en su propio dedo anular, salió presurosa de la estancia, sus pasos haciendo crujir la casa en ruinas.

El leve resplandor del cirio arrancaba luces fantásticas a los brillantes en el dedo de Hortensia. Y Emilia vio pasar como una sombra a Inés, por el fondo, con un quinqué en la mano. El olor a tiempo y a polvo que caracterizaba la sala empezó a desvanecerse ante el olor penetrante a petróleo. De pronto a los rubíes de la ajorca se les coaguló la sangre. Porque la sala toda se había puesto roja. Y Emilia vio a Inés acercarse de nuevo y detenerse junto a Hortensia. Y encontró la figura erguida de su hermana tan horriblemente hermosa sobre el trasfondo de llamas, que con gesto espontáneo apartó la diadema de sus propias sienes y ciñó con ella la frente marchita de Inés. Luego fue a sentarse en el sillón de Viena y se puso a observar la maravilla azul de los zafiros sobre las crenchas desteñidas, que ahora adquirían tonalidades de sangre, porque el fuego era un círculo purificador alrededor de ellas.
Y estaban allí, reunidas como siempre en la gran sala; las tres puertas de dos hojas sobre el balcón, cerradas como siempre; los tres soles truncos emitiendo al mundo exterior por vez primera la extraordinaria belleza de una luz propia, mientras se consumía lo feo y horrible que una vez fuera hermoso y lo que siempre fuera horrible y feo, por igual.

FIN


Nota del editor: En este cuento (“Purificación en la calle del Cristo”) René Marqués basó su célebre drama Los soles truncos (1958).


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