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Ulises y el perrero

[Cuento - Texto completo.]

O. Henry

¿Sabe usted la hora a que salen los hombres del perro?

Cuando el índice del crepúsculo comienza a difumar los claros contornos de la gran ciudad, se inaugura la hora dedicada a uno de los más melancólicos espectáculos de la vida urbana.

Desde los imponentes edificios de pisos o altas mansiones de departamentos de los insólitos moradores de Nueva York, surge un ejército de seres que antaño fueron hombres. Desde luego van erectos sobre las piernas y conservan los rasgos y el habla humanos, pero todos observamos que andan retrasados con respecto a los animales. Cada uno de esos entes sigue a un perro al que va unido por un ligamento artificial.

Todos esos hombres son víctimas de Circe. No se han convertido por su voluntad en servidores de Fido, mozos de servicio de un can y miembros del séquito de “Towzer”. La Circe moderna, en vez de convertirlos en animales, les ha dejado amablemente respecto a ellos una distancia de seis pies. Cada uno de los hombres de perro ha sido convencido, sobornado o mandado por su Circe particular a efectos de que saque a tomar el aire un rato a la monadita de la casa.

Los semblantes y maneras de los hombres de perro indican que se hallan bajo un maleficio incontrastable. Jamás un Ulises en forma de lacero acude a librarlos del horrible embrujo.

Los rostros de algunos aparecen rígidos como la piedra. Ya han rebasado las fases de la conmiseración, la curiosidad o las burlas de sus semejantes. Años de matrimonio y de continuo servicio obligatorio a los canes les han endurecido contra todo. Apartan a sus bestias de los faroles, o de los pies de los transeúntes distraídos, con la estólida serenidad de mandarines manipulando los hilos de sus cometas.

Otros, reducidos más recientemente a la calidad de escuderos de perro, siguen la receta de manera airada y sombría pero a la vez orgullosa. Sujetan el extremo de la cuerda del perro con el placer de la muchacha que ve picar en su anzuelo un pez de colores. Si uno les mira, corresponden con una expresión amenazadora, como si no tuviesen deleite mayor que el de disponerse a soltar los perros de guerra. Son hombres de perro todavía medio rebeldes, no completamente circecionados. Será conveniente no dar un puntapié a sus canes aunque éstos le huelan a uno los tobillos.

Otros miembros de la tribu no son tan vehementes. En general se trata de jóvenes no lozanos, con gorras amarillentas y cigarrillos colgándoles de la boca, que no están en relaciones armoniosas con sus perros. Sus animales suelen llevar lazos de raso en el cuello y los dichos jóvenes los pilotan tan asiduamente que uno no puede resistir la tentación de pensar que deben obtener algún personal beneficio en el cumplimiento de sus deberes.

Los perros a los que así se conduce personalmente son de muchas variedades. No obstante, coinciden en su gordcaráctermo, mal carácter e insolente y caprichosa conducta. Tiran aviesamente de la cuerda y hacen despacioso inventario nasal de todo poste, farol y barandilla. Cuando les parece se sientan a descansar, resoplan como el ganador de un campeonato de comer filetes en la Tercera Avenida, están a punto de hundirse en todas las carboneras o ventanas de sótanos y obligan al hombre de perro a ejecutar una especie de joyosa danza, casi de continuo.

Los infortunados amos secos de la perrería, atendedores de canes, representantes de cachorrillos, rascadores de pulgas, seguidores de perros de rastro, o cuidadores de pomeranias, siguen a sus señores con la benignidad a que les han acostumbrado sus Circes. Los animales no les temen ni les respetan. Los hombres que los llevan con una cuerda serán dueños de sus casas, pero de ellos no. Desde los rincones más cómodos a la salida de incendios, del diván al cojín, el perrillo fácilmente gobierna al ser a quien se ha comisionado para que empuñe su cuerda cuando sale de paseo.

Cierto crepúsculo, los hombres de perro salieron de sus moradas por halago, ruego o latigazo de sus Circes respectivas.

Entre ellos iba uno de apariencia recia, que parecía poco indicado para la profesión de paseacanes. Su expresión era melancólica y en sus ademanes se leía viva depresión. Iba encordado con un puerco perro blanco, aborreciblemente rollizo, diabólicamente irascible y gruñonamente intratable. Sobre todo para su despreciado conductor.

En una esquina próxima a su casa, el hombre de perro embocó una calle lateral, anhelando encontrar menos testigos de su ignominia. La sobrealimentada bestia caminaba ante él, jadeando de tedio y del trabajo de moverse.

De pronto el perro se detuvo. Un hombre alto, moreno, con largo gabán y sombrero de anchas alas, se había plantado en la acera, obstruyendo el paso.

—¡Que me maten si…!

—¡Jim Berry! —exclamó el hombre de perro.

—¡Sam Telfair!

Y el hombre del ala ancha agregó:

—¡Venga acá esa pezuña!

Sus manos se apretaron con ese estilo del Oeste, capaz de matar el microbio del temblor de pulso.

—¡Grandísimo sinvergüenza! —prosiguió Ala Ancha—. Hace cinco años que no te veo. Llevo una semana en la ciudad, pero aquí no se encuentra a nadie. ¿Cómo vas, hombre casado?

Una cosa blanda como la masa de harina rozó la pierna de Jim mientras unos dientes mordían el borde de su pantalón.

—Oye —dijo Jim—, explica a este animal hidrófobo que hace tiempo que dejaste de manejar el lazo. ¿Acaso eres el perrero mayor de la ciudad? ¿Y llamas a esto un perro o qué?

El hombre de perro, abrumado, contestó:

—Vamos a beber algo. Ven.

Al lado había un café. Ello es corriente en la gran ciudad.

Se sentaron a una mesa. El perruno monstruo intentaba librarse de la cuerda para atacar al gato del establecimiento.

Jim dijo al camarero:

—Whisky.

—Dos —apoyó el hombre de perro.

—Estás más grueso —dijo Jim—, pero te noto algo así como… subyugado. ¿Te sienta bien vivir en el Este? Cuando salí del pueblo todos mis amigos me encargaron que te buscase. Sandy King se ha ido a Klondike. Watson Bureel se casó con la hija mayor de los Peters. Yo he hecho algún dinero en el negocio de colmenas y he comprado unas tierras en Little Powder. Pienso cercarlas el próximo otoño. Ya te acordarás de Bill…

—¿Bill?

—Sí, hombre. Bill Rawlins, el que cortejaba a Marcela. Perdona, Sam, pero…

Y el del Oeste añadió:

—Me refiero a la joven con la que te has casado y, que entonces era profesora en la escuela de Prairie View. Pero tú tuviste más suerte. Y, a propósito, ¿cómo está tu mujer?

El hombre de perro dijo:

—¡Chist!

E hizo una seña al camarero.

—¿Qué tomas? —preguntó a Jim.

—Whisky —dijo Jim.

—Dos —dijo Telfair.

Después de su observación, expresó:

—Mi mujer está bien. Se negó, cuando nos casamos, a vivir en otro sitio que en Nueva York, de donde tú sabes que procedía. Vivimos en un pisucho. Todas las tardes, a las seis, tengo que sacar al perro para que tome el aire. Marcela le quiere mucho. En la vida, Jim, no han existido dos animales que se odien tanto como este perro y yo. Se llama Lovekins. Marcela prepara la comida mientras los dos salimos. Y luego comemos en mesa redonda. ¿Sabes lo que es eso, Jim?

Jim reconoció:

—No, no. Yo creí que el nombre técnico era table d’ole. Y pensaba que era el nombre que dan los franceses a las mesas para varias personas. De todos modos esa moza, ¿qué tal resulta?

—Si vas a pasar algún tiempo en la ciudad…

—No; me voy esta noche, en el tren de las siete y cuarenta y cinco. Quisiera estar más tiempo, pero no puedo.

El hombre de perro dijo:

—Te acompañaré al embarcadero.

El perro, instalándose sobre un pie de Jim, al lado de una pata de la mesa, se había sumido en un sueño comatoso. Jim se movió y la cuerda del animal se puso un tanto tirante. La bestia, despertando, profirió unos aullidos que debieron oírse a una manzana de casas de distancia.

Cuando volvieron a la calle, Jim dijo:

—Si ese perro es tuyo, ¿qué te impide suprimir la especie de habeas corpus que llevas a su cuerpo, y alejarte y no pensar más en él?

El hombre de perro se asombró de tan audaz propuesta.

—No puedo —repuso—. Duerme en nuestra cama. Y yo en un diván. Si le miro con furia, corre, ladrando, hacia Marcela. Pero, desde luego, Jim, una noche voy a hacer un escarmiento con este animal. Voy a cortar con un cuchillo el mosquitero que le cubre y a tirarlo por una ventana, para que los laceros puedan cogerle. ¡Que me maten si no lo hago!

—No pareces el mismo que antes, Sam Telfair. No sé qué os hacen estas ciudades y estos pisos. Con mis propios ojos te he visto contender con los dos hermanos Tillotson, desafiándoles a sacar el grifo del barril de la cerveza. Y también te he visto apresar y dominar al más fiero de los potros salvajes en Little Powder, en el 39 1-2.

Un momentáneo relámpago brilló en los ojos del que escuchaba.

—¿Verdad que lo hice? Pero eso fue antes de que me dogmatizaran.

—¿Es que tu esposa…? —comenzó Jim.

El hombre de perro interrumpió:

—¡Calla! Aquí hay otro café.

Se apoyaron en el mostrador. El perro quedó dormido a sus pies.

—Whisky —dijo Jim.

—Dos —dijo el hombre de perro.

—Cuando compré mis tierras, todavía sin roturar, pensaba en ti sin saber por qué —expuso Jim—. No sabes lo que me agradaría que estuvieses allí para ayudarme a encerrar el ganado.

El hombre de perro confió:

—El martes último este animal me mordió porque pedí que se me pusiese crema en el café. Es él siempre quien se come la crema.

—Te gustaría ver cómo está Prairie View —señaló Jim—. Hay mozos que vienen a ver aquello desde cincuenta millas a la redonda. Uno de los ángulos de mi finca dista dieciséis millas de la población. Y por uno de sus lados la protegen unas cuarenta millas de alambrada.

El hombre de perro explicó:

—En nuestro piso hay que pasar por la cocina para ir al dormitorio, y por el gabinete para ir al baño, y entrando en el comedor se llega al dormitorio, y por él se vuelve a la cocina. Y el perro gime y ladra cuando duerme, y tengo que fumar en el pasillo para no perjudicarle, porque tiene asma.

—Pero tu mujer… —empezó Jim.

—¡Calla! —dijo el hombre de perro—. ¿Qué bebes ahora?

—Whisky —dijo Jim.

—Dos —dijo el hombre de perro.

—El caso es que ya tengo que bajar al embarcadero —apuntó el otro.

El hombre de perro gritó:

—¡Vámonos, sarnoso, lomo de tortuga, cabeza de serpiente, patas de banco, tonelada y media de espuma de jabón! ¡Vámonos!

Y, con aquellas conminaciones, añadió a su voz una nota inédita y un nuevo acento a su tirón de la cuerda. El perro, asombrado del insólito lenguaje de su guardián, siguió a los dos hombres gruñendo.

Al llegar a la calle Veintitrés, el hombre de perro precedió a sus compañeros por una puerta giratoria.

—Todavía nos queda un sitio —indicó—. ¿Tú, qué bebes?

—Whisky —indicó Jim.

—Dos —confirmó el hombre de perro.

El ranchero expuso:

—No sé dónde encontrar un buen encargado para mis tierras de Little Powder. Quisiera que fuese alguien entendido. En tu vida has visto mejor pradera y mejor bosque, Sam. Yo quisiera…

El hombre de perro dijo:

—Ya que hablabas de hidrofobia, el otro día el perro me mordió en la pierna porque arranqué una pulga del brazo de Marcela. Ella dijo que había que cauterizar aquello y a mí me pareció lo mismo. Llamamos al médico y cuando éste llegó, Marcela dijo: “Procura sujetar al pobrecito, mientras el doctor le cura la boca. Es de desear que sus encías no cogieran virus alguno cuando te mordió”. ¿Qué te parece, Jim?

—Es posible que Marcela… —murmuró Jim.

—¡Deja en paz a Marcela! —dijo el hombre de perro—. ¿Qué bebes?

—Whisky —dijo Jim.

—Dos —dijo el hombre de perro.

Se dirigieron al embarcadero. El ranchero se detuvo ante la ventanilla.

Percibióse de repente el casi unánime fragor de tres o cuatro puntapiés, caninos aullidos rasgaron el aire y un dolorido, ultrajado y renqueante perro, que parecía una torta de dulce, huyó frenéticamente por la calle, solo.

—Un billete para Denver —dijo Jim.

—Dos —dijo el ex hombre de perro, echando mano al bolsillo.

*FIN*


“Ulysses and the Dogman”,
New York Sunday World Magazine, 1904


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