Casa digital del escritor Luis López Nieves


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Un sitio donde pasar la noche

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

Eran los últimos días de septiembre de 1456 y nevaba sobre París con infinita persistencia. De cuando en cuando un viento racheado amontonaba la nieve aquí y allá, irregularmente, o la elevaba en el aire formando remolinos; las más de las veces, caía copo a poco, lentamente, pesadamente, como si arrojara su manto blanco sobre la ciudad. Las pobres gentes, que nada sabían de los fenómenos de la naturaleza, se preguntaban sorprendidas el porqué de aquello. Entonces François Villon preguntó lo que sigue: ¿Acaso Júpiter se había puesto a pelar los gansos del Olimpo, o quizás los ángeles del cielo estaban cambiando de plumas? Él, añadió, que no era más que un modesto maestro en Artes, y puesto que al parecer aquello tenía más que ver con la divinidad que con otra cosa, ninguna solución se atrevía a dar al enigma. Un viejo sacerdote que venía de Montargris, un hombre simplemente bobo, invitó al joven pícaro a una botella de vino, para celebrar su broma y los gestos con que la dijo, jurando por sus blancas barbas que también él había sido un joven irreverente a la edad de Villon.

El viento era fuerte, frío, desagradable; los copos que caían eran muy espesos y grandes. Todo un ejército hubiera podido hollar las calles de la ciudad sin que se dejaran sentir sus pasos. La nieve tapaba ya las bellas tracerías de la Catedral; aquellas cabezas santificadas aparecían ahora grotescamente cubiertas con blancos gorros; los nichos semejaban estar rellenos de algodón; las gárgolas parecían falsas narizotas aquilinas que le hubieran salido a la piedra; los ornamentos en forma de hoja que colgaban de los pináculos eran como grandes almohadas en vertical, algo hundidas por un lado; cuando se paraba el viento se escuchaba un débil mas continuo goteo en todo el recinto catedralicio.

También había caído la nieve abundantemente en el cementerio de Saint Jean; todas las tumbas estaban cubiertas; los tejados de las casas próximas daban la impresión de vencerse reverencialmente sobre el camposanto, altos y blancos, soberbios y solemnes. Los respetables burgueses de la ciudad llevaban ya largo rato en sus camas, tocados con sus gorros de dormir como sus casas lo estaban por la nieve.

En todo el vecindario no había otra luz que aquella, tan débil, que daba una lámpara colgada y pendulante en el coro de la iglesia, una luz que llevaba las sombras de la noche de un lado a otro, oscilantes como su propia luz temblorosa. Dio las diez el reloj cuando pasó la ronda de vigilancia con sus luces, pero nada extraño vio en el cementerio de Saint Jean. Había una casa, sin embargo, en la que todo estaba despierto aún a aquella hora; una casa, en aquel lugar donde todo parecía dormir, en la que se urdían malos propósitos. Era difícil suponer algo, siquiera verla, desde fuera; solo en el tejado, junto a la chimenea, se elevaba un vapor caliente, de la nieve que allí se derretía; solo unas huellas de pisadas, ya a punto de cubrirse por completo de nieve, había ante la puerta. Dentro de la casa, empero, tras las contraventanas cerradas, maese François Villon, el poeta, y algunos de sus amigos ladrones, daban vida a la noche pasándose de mano en mano la botella.

Los troncos del fuego del hogar chisporroteaban haciendo saltar rescoldos de un rojo intenso. Sentado a horcajadas en una silla, ante el fuego, estaba Dom Nicolás, el fraile de Picardie, con los hábitos recogidos y las piernas al aire, muy cerca del calor; su sombra gorda parecía dividir en dos aquel cuarto, pues la luz que arrojaba la chimenea chocaba contra él, tan grueso, pasando luego bajo sus piernas abiertas y extendidas hacia las llamas. Su rostro de bebedor más que habitual revelaba los efectos de la cerveza; tenía la cara cubierta por una tupida red de venillas rojas unas veces, púrpura otras, y ahora de un violeta leve, pues aunque tenía su ancha espalda cerca del fuego, no lo estaba tanto como para que aún no le mordiera el frío. Aquel cuerpo tan grande y grueso, ahora echado hacia atrás en la silla, parecía una rara excrecencia que le saliera en dos a partir del cuello también enorme. A horcajadas en la silla, mascullando maldiciones, parecía dividir en dos la habitación, él en el medio, arrojando sombras a cada lado.

A la derecha del fraile, maese Villon y Guy Tabary, muy próximos el uno al otro, se inclinaban sobre un pergamino; Villon escribía entonces un canto que pensaba titular como «La balada del pescado frito» y Tabary, sobre su hombro, no podía sino admirarse a cada poco de lo que iba leyendo. El poeta Villon era un hombre más que descuidado, en realidad andrajoso, cetrino, flaco y de baja estatura, con las mejillas hundidas y finos y grasientos rizos negros en la cabeza. No tenía más de veinticuatro años y demostraba en todo momento una actividad febril; avariento, de tanto mirar en busca de cualquier cosa tenía profundos surcos alrededor de los ojos; una sonrisa malévola le fruncía de continuo los labios finos; era como si un lobo y un cerdo pugnaran por reflejarse en su rostro. Maese Villon, el poeta, era un hombre astuto, de gran elocuencia, incluso verborreico; mundano pero muy feo… Sus manos eran pequeñas, con los dedos como anudados por una cuerda; se movían de continuo, mientras hablaba, frente a su cara; diestras en su reforzamiento de las pantomimas de quien las movía, pantomimas hoy amables y divertidas, mañana violentas, pero siempre expresivas. Tabary, por su parte, era un tipo con cara absolutamente imbécil: aplastada la nariz y los labios babeantes; era impresionante en su estupidez, pero dócil y maleable; se había dedicado a robar como hubiera podido ser el más honesto de los burgueses; era pues, un hombre llevado por esa suerte imperiosa que lo mismo se ocupa de la vida de los gansos que de la vida de los semovientes humanos…

Al otro lado de la habitación, o lo que equivale a decir que a la izquierda del fraile de Picardie, Montigny y Thevenin Pensete parecían entretenidos en un juego de azar. Montigny, a pesar de todo, conservaba aún cierta elegancia, un aire de buena cuna; era como un ángel caído, de buen porte, alto, la nariz elegantemente aquilina, de tez trigueña. A Thevenin, por lo que parecía, todo le iba de maravilla; había dado un buen golpe en el Faubourg Saint Jacques aquella misma tarde y llevaba la noche entera ganando apuestas a Montigny, por lo que no era extraño que tuviera aquella sonrisa alelada y feliz en el rostro; por lo demás, le brillaba la calva a la luz escasa, en medio de una suerte de corona de rizos pobres y rojizos; su abdomen, pequeño pero prominente, se agitaba hacia arriba y hacia abajo con su risa satisfecha, con su contento de sí mismo.

—¿Pares o nones? —dijo Thevenin.

Montigny, harto de perder, lo miró sombríamente.

—Algunos prefieren comer con ceremonia —leyó en alto el poeta Villon lo que escribía— aunque no tengan más que pan y queso… ¡Ayudadme a salir de esta!

Tabary se puso a hacer ruidos que nada decían.

—Dadme perejil en un plato de oro… —prosiguió con su lectura el poeta Villon.

El viento, en la calle, soplaba cada vez más helador y hacía remolinos con la nieve. En el interior, la chimenea emitía algo parecido a un lamento, como si también estuviera a punto de congelarse; a medida que corría la noche mayor era el frío también allí, en la casucha del cementerio.

Maese Villon imitaba el soplo del viento frunciendo sus labios; era aquella una de las gracias habituales del poeta, que por cierto molestaba sobremanera a Dom Nicolás.

—¿Acaso no oís cómo silba en la chimenea? —preguntó el poeta Villon—. Parece albergar a todos los demonios; es como si bailaran la danza del diablo llevados por el viento… ¡Bailad, bailad, queridos amigos, bailad como si os hubieran colgado en un patíbulo, que no por eso conseguiréis entrar en calor! ¡Oh, qué viento tan terrible! Acabará arrancando los árboles de la calle; sí, seguro que alguno se queda sin nísperos… ¡Eh, Dom Nicolás! ¿Crees que hará tanto frío en el camino que lleva a Saint Denis?

El fraile cerró los ojos en un amago de sonrisa forzada y le temblequeó la papada como si estuviera a punto a atragantarse con la nuez de Adán. Montfaucon, el terrible patíbulo público de París, estaba en el camino a Saint Denis, pero el fraile, abotargado, tardó en coger el chiste.

Tabary, sin embargo, comenzó a reírse como un tonto, aguantándose las costillas como si se le fueran a tronchar. El poeta Villon le dio un golpe en la nariz y el tonto dejó de reírse y se puso a toser.

—¡Cállate de una vez! —le dijo Villon—. Piensa, a ver si se te ocurre algo que rime con pescado.

—Pares o nones —se escuchó decir de nuevo al empecinado Montigny.

—Lo que quieras, me da igual —respondió Thevenin.

—¿Queda algo en la botella? —preguntó el fraile.

—Abramos otra —dijo Villon—. Pero ¿acaso crees que puedes llenar ese gran tonel que eres con algo tan pequeño como las botellas? ¿Y cómo harás para llegar al cielo? ¿Cuántos ángeles crees que harán falta para subirte, fraile de Picardie? Mas ¿y si fueras otro Elias? ¡Enviarán una carroza para que te recoja!

El fraile volvió a llenarse el vaso.

Homnibus impossibile —dijo.

Tabary parecía en trance extático mientras reía como un loco. Villon le sacudió de nuevo en la nariz.

—¡Vaya, hay que ver qué gracia te hacen mis chanzas! —le dijo.

—Es buenísimo —aseguró Tabary.

Villon lo miró haciéndole una mueca de imbécil.

—Vamos, idiota, piensa en algo que rime con pescado —le dijo de nuevo Villon y añadió—: ¿Qué sabes tú de latín? Bueno, preferirás no saber ni una palabra cuando te llegue la hora del Juicio Final y el demonio llame a Guido Tabary, clericus; será un demonio con chepa y las uñas ardientes… Pero, ya que al diablo nos referimos, ¡mirad a Montigny!

Miraron los tres al jugador, que no parecía gozar de buena suerte y ladeaba la boca en un gesto agrio al tiempo que le temblaban las aletas de la nariz como si hiciera un gran esfuerzo para respirar. Estaba gafado, como dice la gente, y parecía acusar la carga de su mala suerte.

—De un momento a otro le entrará a cuchilladas —dijo Tabary con ojos de loco.

Dom Nicolás se asustó, pero como seguía sintiendo mucho frío apartó la vista de la escena para extender las manos hacia el fuego del hogar; su escalofrío no fue consecuencia de una especial sensibilidad moral que lo adornara.

—Venid —dijo el poeta Villon—; veamos cómo suena a vuestros oídos esta balada.

Empezó a leer en voz alta, como si se dirigiera a Tabary, pero apenas llevaba los primeros versos cuando lo interrumpió un grito ahogado que brotó de la mesa en donde estaban los jugadores. No pasaba más que había llegado la partida a su final; pero en el instante en que Thevenin iba a cantar victoria de nuevo, Montigny se abalanzó contra él y acertó a partirle en dos el corazón de una certeza cuchillada. Thevenin no pudo exhalar sino aquel su ahogado grito y su cuerpo se estremeció convulso en dos o tres sacudidas violentas, al tiempo que abría y cerraba las manos. Después cayó al suelo de espaldas con los ojos desmesuradamente abiertos. Así salió el alma del cuerpo de Thevenin, para irse hasta el reino de aquel que la había creado.

Todos se pusieron en pie. Pero nada había que hacer. Los cuatro que aún quedaban con vida se miraron sin saber qué decirse.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó al fin Tabary, poniéndose a rezar.

Maese Villon comenzó a reírse entonces como un orate; dio unos pasos al frente y dedicó a Thevenin una reverencia ridícula; agotado después por su propia risa buscó asiento, pero no para sosegarse sino para continuar soltando furiosas carcajadas que parecían descoyuntarlo.

Montigny, sin embargo, fue el primero que aparentó calma y una tranquilidad enorme.

—Vamos a ver qué tenía consigo —dijo acercándose al muerto.

Con la destreza propia de los de su oficio le sacó rápidamente la bolsa, hizo cuatro montones con lo que había en ella, se guardó uno y muy digno se dirigió a los demás:

—Os lo podéis repartir —dijo.

—También nosotros habremos de pasar por trance semejante —dijo el poeta Villon, cesando brevemente en su loca risa—. Sí, todos acabaremos como este que aquí tenéis, todos menos esos que… —hizo entonces una mueca mientras se apretaba el cuello con las manos, como si representara a un ahorcado, y sacando su lengua larguísima.

Se guardó después lo que le correspondía en el reparto de los bienes del muerto y se puso a dar patadas en el suelo pues sentía entumecidas las piernas.

Tabary fue el último en recoger su parte; la guardó en un pañuelo, que anudó convenientemente, y luego se fue a un rincón para desanudarlo y contar ávido lo que le había tocado.

Montigny incorporó al muerto, lo sentó en la silla en la que había jugado y le sacó el puñal que aun tenía clavado en el pecho, del que brotó entonces un chorro de sangre.

—Será mejor, amigos míos, que os larguéis —dijo a los otros, mientras limpiaba su puñal en las ropas del muerto.

—Sí, será mejor hacer lo que dices —admitió el poeta Villon echándose un trago—. ¡Maldito imbécil! —añadió con furia—. Os aseguro que su sola visión me da náuseas… ¿Cómo puede un hombre tener roja la cabellera cuando ya está muerto? Decidme, ¿con qué derecho? —preguntó para sentarse de inmediato y agachar la cabeza cubriéndose el rostro con las manos.

Montigny y Dom Nicolás estallaron al unísono en una larga carcajada; Tabary se limitó a sonreír levemente.

—Llora, pequeñín —dijo el fraile.

—Siempre dije que era una nena —dijo Montigny, despectivo, señalando al muerto—. Vamos, hombre, ¿quieres sentarte bien de una vez? —añadió mientras soltaba un golpe al cadáver—. Venga, Nick, apaga el fuego con tus pies…

Pero Dom Nicolás estaba entretenido en un asunto más provechoso, pues trataba de robar entonces la bolsa del poeta Villon, que seguía sentado en donde poco antes había escrito su balada, triste, tembloroso.

Montigny y Tabary le hicieron señas para decirle silenciosamente que también ellos querían una parte de aquel botín con el que trataba de hacerse el fraile, que les dijo que sí con un movimiento de su cabeza. Se hizo al fin con la bolsa del poeta, que se guardó en las faltriqueras de sus hábitos. De nuevo se demostraba que si bien es verdad que la Naturaleza dota artísticamente a algunos hombres, no lo hace en igual medida con esas habilidades prácticas que son necesarias para valerse en la vida.

Apenas le había sido robada la bolsa, cuando François Villon se puso en pie de un salto, se sacudió la ropa y comenzó la tarea de apagar el fuego. Montigny, a su vez, abría cuidadosamente la puerta de la calle para echar un vistazo al exterior; nada había que temer, no se avistaba la ronda de vigilancia; no obstante, decidieron salir de uno en uno, para llamar menos la atención.

Maese Villon, que estaba deseoso de escapar de la presencia del muerto cuanto antes, y como los otros estaban deseosos de escaparse de él antes de que descubriera que le habían robado la bolsa, salió el primero. En la calle imperaba aquel viento que había barrido las nubes del cielo. Solo algún hilo de gasa, leve y transparente, se veía entre las estrellas. El frío que hacía era crudo, brutal; merced a un efecto óptico causado por el frío y por la nieve que flotaba en el aire mecida por las rachas de viento, las cosas que había a cierta distancia no mostraban su forma habitual. La ciudad estaba sumida en un silencio absoluto. Ahora que había dejado de nevar Villon maldijo su suerte. ¿Por qué no seguía nevando?, se dijo, pues entonces, por cualquier parte que pisara, dejaba sus huellas en la nieve antes caída, señalando sus pasos desde la lóbrega casa del cementerio de Saint Jean; allí estaban, sus huellas, atadas por la misma cuerda que le unía al crimen cometido; la misma cuerda, acaso, que lo condujera al patíbulo. Aceleró el paso como si su miedo fuese el propio muerto que lo perseguía, sacudió sus dedos y se frotó las manos, a medias para darse calor y a medias para insuflarse ánimos, y se metió inopinadamente por una calle cualquiera, pisando por donde más espesa y cuajada era la nieve.

Iba en su veloz caminar, sin embargo, acompañado por dos imágenes igualmente aterradoras, la del patíbulo de Montfaucon y la del muerto de la calva brillante y los rizos rojos; dos cosas que al recordarlas le oprimían el corazón. Apretó el paso como si quisiera alejarse de sus propios pensamientos. A veces, temiendo que alguien lo seguía, giraba la cabeza; era el único ser, empero, que había en aquel lugar. En algunas calles la nieve se iba trocando en duro y consistente hielo.

De repente vio ante sí, aún a distancia considerable, una especie de bulto negro y dos luces. El bulto se movía a la par que las luces, temblorosas como si las portaran dos hombres de andar despacioso. No le cupieron dudas de que se trataba de una ronda; maese Villon se aprestó de inmediato a apartarse de aquella dirección; ni cruzarse de lejos con la ronda quería… Naturalmente, no le quedaban ganas de bronca y volvía a asaltarlo el temor de ir dejando sus huellas por doquier… Justo a su izquierda vio entonces una gran casa coronada por dos pequeñas torres, que lucía un gran pórtico a la entrada. La casa estaba casi en ruinas; como la conocía, sabía que llevaba ya algún tiempo sin que nadie la habitara, por lo que rápidamente se dirigió al pórtico para ocultarse aprovechando aquella oscuridad que contrastaba con el blanco refulgente de la nevada. Allí, avanzó a tientas con los brazos extendidos y toparon sus pies con algo que ofrecía a su paso gran resistencia; era algo a la vez duro y maleable, firme y blando. El corazón le dio un vuelco en el pecho y comenzó a palpitarle desbocado. Retrocedió unos pasos, superada la sorpresa inicial, para tratar de ver de qué se trataba y soltó una risa de alivio; no había tropezado más que con una mujer muerta. Se agachó para cerciorarse de que estaba muerta, y lo estaba: fría como el hielo, rígida como una tabla; llevaba en el pelo unos adornos baratos, lazos que el viento movía, y en las mejillas un colorete puesto no mucho antes y tan abundante como espeso; tenía además los bolsillos vacíos, pero en las medias, bajo las ligas, encontró dos whites. Menos es nada, se dijo el poeta Villon, aun sintiendo un profundo patetismo que hizo estremecer a su sensibilidad; le pareció terrible, sobre todo, que hubiera muerto antes de poder gastarse aquel dinero, lo que le llevó a preguntarse por qué. Sin duda, se decía, algún misterio había en ello. Algo tan penoso como difícil de descubrir. Quitó los ojos de las monedas con las que se había hecho, para mirar detenidamente a la mujer. Quitó ahora los ojos de la mujer para mirar de nuevo las monedas. Negó con la cabeza y se dijo el poeta Villon cuán incierto es el destino del hombre en esta vida. Pensó entonces en la muerte del rey Enrique V de Inglaterra, acaecida en Vincennes después de conquistar Francia, y se dijo que aquella pobre furcia había perdido la vida, quizás por una mala corriente de aire, a la entrada de la que fue la casa de un hombre importante, sin poder gastarse lo que antes se había ganado.

Era de aquella manera tan cruel, sin embargo, como sucedían las cosas en el mundo, con lo poco que se tarda en gastar dos whites… Aquella pobre mujerzuela no pudo darse el gusto de relamerse los labios con lo que más le placiera antes de que el diablo le arrebatase la vida, abandonando su cuerpo en un pórtico para que se lo comieran los pájaros y los gusanos.

El poeta François Villon se dijo que era preferible agostar el sebo antes de que se rompiera la lámpara.

En todas esas cosas pensaba cuando en un gesto reflejo se llevó la mano al lugar donde guardaba su bolsa. El corazón se le paró de golpe al comprobar que no la tenía consigo. Un escalofrío le recorrió el espinazo y le asestó un golpe tremendo en la nuca, como un mazazo. Quedó inmóvil durante unos instantes, sin saber ni qué pensar ni qué hacer, pero reaccionó de inmediato con movimientos violentos, palpándose aquí y allá… Tan turbado estaba, tanto se había agitado en la búsqueda vana, que cuando se dio por vencido y aceptó la pérdida le corría el sudor por la frente.

El dinero es, para los avarientos, lo que da acceso a los placeres, sin otro límite que el que supone la cantidad de la que se disponga; para los viciosos avarientos, pues, perder el dinero es privarse de lo único que tiene un interés cierto en esta vida; un vicioso con dinero, además, se siente más feliz y poderoso que un emperador de Roma… Mientras lo posee, claro… Para estos hombres, perder el dinero es como pasar del cielo al infierno, es perderlo todo. Jamás piensa que acaso el día de mañana pueda perder hasta el cuello, precisamente a causa de su dinero.

Maese Villon se maldijo y gritó contra todo lo que hay en el cielo y en la tierra; en su furia, tiró a la nieve las dos whites y comenzó a soltar patadas sobre el cadáver de aquella pobre mujer, sin reparar en lo que hacía, sin el menor remordimiento. Salió rápidamente de donde se había escondido para regresar a la casa del cementerio; ya no le importaba la posibilidad de que la ronda nocturna le diera el alto; no tenía otra preocupación que la de recuperar su bolsa. Según caminaba, desparramaba la vista a derecha e izquierda, buscando su preciada bolsa, aunque estaba seguro de que no se le había caído en la nieve. ¿Y si la hubiera dejado en aquella casucha pestilente? Ansiaba llegar y comprobarlo, aunque la posibilidad de encontrarse de nuevo con el muerto le ofrecía algún reparo… Ya a cierta distancia, sin embargo, comprobó que su afán por apagar el fuego del hogar había sido en vano, pues la luz se reflejaba en las ventanas y por la chimenea del tejado seguía saliendo una lenta columna de humo… De nuevo se estremeció al pensar en un prendimiento y en la horca, así que decidió atemperarse y volver otra vez sobre sus pasos, ahora para dirigirse a la casa del pórtico en donde se topó con la pobre furcia muerta. Ya frente a la casa, casi se arrodilló en la nieve para buscar las dos whites que en su tonta furia había tirado, pero no dio más que con una de las monedas; poca cosa, no podía darse con eso el gusto que pretendía en alguna taberna que permaneciese abierta; estaba claro, pensó el poeta Villon, que no era solo la posibilidad de placer lo que se alejaba de él, sino que le aguardaba una terrible noche de frío a la intemperie en aquel tétrico pórtico, el único lugar del que ahora disponía para guarecerse.

Ya se le había secado el sudor de antes; ya había cesado el viento inclemente; mas el frío, empero, era más crudo; una cierta rigidez, un envaramiento debido a ese frío, comenzaba a invadir al poeta François Villon. En esas circunstancias y con la amargura que sentía en lo más hondo de su pecho, ¿qué podía hacer?

Dada la hora tardía, y aunque poco podía esperar del capellán de Saint Benoít, su padre putativo, se dirigiría a su casa. Lo hizo a toda prisa, corriendo para llegar cuanto antes; nada más verse ante la puerta, la golpeó con los nudillos, sin encontrar respuesta. Lo intentó de nuevo, ahora golpeando con más fuerza, y animándose según lo hacía, hasta que al fin oyó unos pasos en el interior, cada vez más cercanos a la puerta. Se abrió a fin el postigo con barrotes de hierro que había en la puerta dejando ver el resplandor de una vela.

—Acerque la cara para que lo vea —dijo el capellán.

—Soy yo —casi lloró el poeta Villon.

—¡Ah, vaya, eres tú! —dijo el capellán.

Acto seguido comenzó a soltar mil y una maldiciones por la boca, cosa impropia de un sacerdote, diciéndole de paso que cómo se le ocurría despertarlo a tales horas, y añadiendo que debería irse al infierno, de donde provenía.

—Tengo mucho frío, las manos se me han amoratado hasta las muñecas —se lamentó François Villon—. Ya no me circula la sangre en los pies y siento pinchazos heladores en las piernas; tengo la nariz y hasta el corazón helados… Te juro, padre mío, que nunca volveré a pedirte nada, pero dame asilo esta noche o moriré antes de que amanezca…

—Tenías que haber venido antes —dijo con indiferencia el sacerdote—. Sea; los jóvenes necesitan recibir una buena lección de vez en cuando…

Cerró entonces el postigo con barrotes y se oyeron en el interior sus pasos alejándose de la puerta.

Maese Villon pareció enloquecer; comenzó a golpear la puerta con las manos y con los pies mientras llamaba a voces al capellán. No obtuvo lo que pretendía.

—¡Viejo avaro! ¡Maldito seas! —le gritó—. Si algún día te cruzas en mi camino, juro que te enviaré al infierno para que te sientas como en tu propia casa…

Se escuchó un portazo en el interior de la casa y al cabo todo quedó en silencio. El poeta Villon lanzó al aire de la noche una blasfemia y se pasó la mano por la boca para reafirmarla.

Poco después, sin embargo, comenzó a encontrarle el aspecto cómico a aquel su avatar; se echó a reír mirando las estrellas que refulgían en el cielo, unas estrellas que parecían hacerle guiños promisorios de dicha. Pero el recuerdo de la mujer muerta en el pórtico le heló de nuevo el corazón; otra vez sus más negros pensamientos: morirse de frío en mitad de la noche, sin un techo bajo el que cobijarse; lo que le había ocurrido a ella bien podía pasarle a él en cualquier momento, antes del amanecer, a él que estaba en la flor de la vida, a él que sabía gozar de la vida y reírse y cantar y beber como nadie.

Dio entonces en sentir pena de sí mismo, como si lo hiciera de otra persona; hasta se le pasó por la cabeza hacer un dibujo al día siguiente, si llegaba a verlo, representando el momento, tétrico y a la vez cómico, en que se tropezó con el cuerpo de la pobre furcia muerta.

Trató de serenarse, sin embargo, y de ver qué podía hacer para no quedarse a la intemperie, mientras daba vueltas entre los dedos a la única moneda que había recuperado de la nieve. Lamentablemente para él, había roto su amistad con otros hombres que antes se la brindaron, por lo que no podía acudir a ellos en solicitud de ayuda; a varios, los había ridiculizado en verso; a otros, les había agredido a golpes; a los más, los había engañado de mala manera para sacarles los cuartos… Había uno, empero, que quizás se dejara ablandar el corazón… ¿Por qué no lo intentaba, tal y como estaban las cosas?

Echó a correr de inmediato hacia su casa.

Pero dos cosas que le acontecieron al poco cambiaron su rumbo. La primera, que casi se da de bruces con una ronda nocturna, a la que pudo esquivar en el último momento; la otra, que al doblar una esquina se vio justo en el mismo lugar en el que años atrás una mujer y sus hijos fueron devorados por los lobos en una noche como aquella. Dadas las circunstancias, pensó Villon, bien podía ocurrir que de nuevo los lobos, hambrientos, se acercaran y adentraran incluso en París otra vez, en busca de algo que llevarse a los colmillos… No le debía extrañar, por ello, la posibilidad de toparse en cualquier calle con una manada de lobos, un peligro aún mayor que el que corría si se encontraba con una ronda, aunque ya hubiera descubierto el cadáver en la casucha del cementerio… Asustado, pues, se detuvo y comenzó a mirar hacia uno y otro lado; estaba justo en un punto en el que se cruzaban varias calles, que procedió a escrutar atentamente una a una, empavorecido por la posibilidad de escuchar un aullido en cualquier momento, de ver el negro pelaje de los lobos corriendo para comérselo.

Aquella trágica anécdota se la había contado su madre cuando fue niño y siempre se la recordaba cuando pasaban por aquel lugar… ¡Su madre! Si al menos supiera dónde vivía, seguro que encontraba asilo esa noche… No obstante, y en previsión de que le ocurriera algo parecido cualquier otra noche, decidió averiguar dónde vivía la pobre vieja, al día siguiente, y visitarla… Al fin, sin embargo, y tras dar un gran rodeo por miedo a los lobos, enfrascado en tantos y tan dispares pensamientos, llegó al lugar en donde pretendía encontrar ayuda. Era su última esperanza aquella noche.

La casa, como las otras del vecindario, estaba completamente a oscuras. Llamó con unos golpecitos suaves en la puerta, sin embargo, y al poco escuchó pasos, una puerta que se abría en el interior de la casa, una voz recelosa que preguntaba quién era. Dijo el poeta Villon su nombre claramente, aunque sin alzar mucho la voz, temeroso de ser rechazado, a la espera de respuesta… No pasó mucho tiempo antes de que se abriera de golpe una ventana por encima de su cabeza y cayese un cubo de agua sucia; no le cogió por sorpresa aquello; suponía que algo así podría ocurrirle, por lo que tuvo tiempo de guarecerse en la entrada de la casa cuanto le fue posible, aunque sin evitar que el agua lo empapase de cintura para abajo, congelándosele al instante las medias. Temió una muerte próxima, a consecuencia de la congelación, por causa de la prolongada intemperie sin ropa de abrigo suficiente. Se tuvo entonces el poeta por proclive a la tisis, y cual si ensayara, comenzó a toser.

La gravedad del trance por el que vivía fue lo que le dio los ánimos que precisaba. No muy lejos de la puerta en la que le había caído el cubo de agua, se detuvo cuando ya había iniciado la fuga, y mientras se metía un dedo en la nariz, para hurgarse convenientemente, comenzó a cavilar… Acaso, se dijo, la única manera de obtener asilo por esa noche fuera tomándolo al asalto… Había visto, no muy lejos de allí, una casa que parecía no ofrecer mayores dificultades para introducirse en ella. Echó a caminar de nuevo, repentinamente feliz con la idea de meterse en alguna habitación tibia, de encontrar una mesa de la que no hubieran retirado las sobras de la cena y pasar allí las horas que restaban hasta el amanecer, para salir a la calle con el nuevo día y las manos llevándose una vajilla de oro o de plata… Hasta se puso a pensar en qué viandas y en cuáles serían los vinos que encontraría en la casa a la que iba… En esas estaba cuando consideró la posibilidad de encontrarse también algún pescado frito, lo que le produjo una extraña mezcla de contento y espanto… «No seré capaz de acabar jamás esa balada…», se dijo el poeta François Villon, y no pudo evitar, acto continuo, que le llegara el recuerdo del muerto: «¡Ah, maldito sea ese idiota!»

La casa, ante la que ya estaba, permanecía a oscuras, o eso le pareció, pues cuando se acercó más buscando el mejor lugar para asaltarla, vio, sin embargo, un leve resplandor detrás de las cortinas de una de las ventanas. «Maldita sea, hay aún alguien despierto ahí adentro; o es un estudiante, o un santo varón; un imbécil, en cualquier caso, por estar despierto a estas horas… Si no conseguía dormir, ¿por qué no se emborrachó hasta caer roncando en su cama como cualquiera? ¿De qué sirve, así las cosas, el toque de queda, de qué sirve el esfuerzo de quienes tocan las campanas para dar la hora, colgándose los pobres de la cuerda? ¿De qué sirve el día si hay gente que permanece despierta por la noche? ¡Que los buitres los despedacen a todos!», se decía Villon, no sin una sonrisa ante el encadenamiento de cosas que le procuraban sus pensamientos. «Bueno, cada cual a lo que más le interesa; si hay alguien despierto ahí adentro, por Dios juro que conseguiré cenar decentemente y engañar así al diablo que me corroe las tripas», siguió diciéndose.

Decidido, se fue hasta la puerta y llamó con golpes firmes, no como en las dos casas anteriores, donde lo hizo con timidez, cauteloso. Ahora, a fin de cuentas, había descartado la primera idea de meterse furtivamente en la casa, y llamar a la puerta, como cualquier hijo de vecino, era cosa de lo más común, incluso inocente.

Resonaron en la casa sus golpes en la puerta fantasmagóricamente, como si sus estancias estuviesen vacías, pero antes de que se apagara el eco de sus llamadas escuchó desde el exterior un paso vivo acercándose a la puerta; sin más, de inmediato, oyó también cómo se descorrían dos cerrojos y la puerta se le abrió de par en par, como si quienes habitaban aquella casa fueran gente confiada o muy valiente, sin preguntar nada. Apareció en el umbral un hombre alto, fuerte, algo encorvado, de cabeza grande pero bien conformada, altiva; su nariz, chata en la punta, se afinaba sin embargo hacia las cejas muy pobladas; leves arrugas circundaban la boca y los ojos de aquel hombre; todo su rostro, en fin, parecía recogido por una barba blanca y abundante, muy digna y bien recortada. Aquel hombre, a la luz del candil que llevaba en su mano, parecía de una nobleza absoluta; acaso, según lo que pensó Villon, de una nobleza inmerecida; le tranquilizó observar que, más que inteligencia, su rostro denotaba rectitud y sencillez.

—No son estas horas de llamar a una puerta, muchacho —le dijo aquel hombre, con voz fuerte pero a la vez cortés.

Maese Villon hizo una leve reverencia pidiéndole disculpas; en tales circunstancias, prevalecía en él lo que es propio en un mendigo por encima de la soberbia del hombre de talento.

—¿Tienes frío y hambre? —le preguntó el anciano—. Bien, pues pasa —añadió franqueándole el paso con un gesto tan elocuente como educado.

«Es todo un Seigneur», se dijo Villon mientras el anciano, después de poner el candil en el suelo de losetas de la entrada, corría de nuevo los cerrojos de la puerta.

—Permite que te muestre el camino —dijo después, dirigiéndose al interior.

Precedió el anfitrión al poeta hasta llegar a una gran sala en el piso superior, en la que el ambiente era grato merced a un gran brasero de cisco y a la luz de la lámpara que pendía del techo. No estaba amueblada, sin embargo, más que con lo justo; pero destacaba especialmente una vajilla de oro que había a la vista en un aparador; se veían igualmente, sobre una mesa, varios infolios; y una vieja armadura montada en un podio, frente a la ventana. En las paredes, dos o tres tapices de mucho mérito y valor; uno de ellos representaba la crucifixión de Cristo y otro una escena bucólica presidida por un arroyo. Sobre la chimenea, el escudo de armas de la familia.

—¿Quieres tomar asiento? —dijo a Villon aquel hombre—. Si me disculpas, iré a buscarte algo de comer; estoy solo en casa esta noche…

Apenas hubo salido de allí su anfitrión, el poeta Villon saltó de la butaca en la que había tomado asiento para echar un vistazo a cuanto había en la sala; parecía un gato que se deleitara husmeándolo todo. Sopesó entre sus manos la vajilla de oro pieza a pieza, abrió los infolios, estudió las armas del escudo y hasta calibró el coste del tapizado de las butacas. Corrió además las cortinas y comprobó así que las ventanas no tenían cristales comunes sino vitrales de colores con figuras que representaban aspectos de la vida militar… Volvió al centro de la sala, echó desde allí un nuevo vistazo a cuanto había, respiró profundamente, tanto que acabó por retener el aire en sus carrillos hinchados, y girando sobre sus talones, mientras volvía a mirarlo todo, lo fue soltando poco a poco a la vez que intentaba que todo aquello se le quedara impreso en la memoria… «Solo siete piezas de la vajilla; si hubieran sido diez me habría arriesgado… Pero estoy en una buena casa y me atiende un hombre excelente… ¡Que todos los santos del cielo me ayuden a salir con bien de aquí!», se dijo.

Escuchó entonces los pasos del anciano, que regresaba a la sala, y volvió Villon a tomar asiento en la butaca, calentándose las piernas ante el brasero. Parecía en verdad un pobre hombre honesto.

El anciano le llevó un plato de carne y una jarra de vino; puso aquello sobre la mesa e invitó con una seña a Villon para que se acercara; después tomó dos copas del aparador y sirvió vino.

—Brindo por que cambie tu suerte —dijo alzando su copa y tocándola levemente con la de Villon.

—Y yo brindo por que nos conozcamos mejor —dijo el poeta Villon, seguro ahora de sí mismo.

La cortesía de aquel hombre, su gran educación y su amabilidad, hubieran bastado para impresionar a cualquiera, pero el poeta Villon no era nada sensible a tales valores. Ya antes había gozado de la hospitalidad de grandes señores, que sin embargo le parecieron auténticos sinvergüenzas, tanto o más que él mismo… Se dedicó a saciar el hambre voraz que tenía, y el anciano no podía por menos que mirarle con gran curiosidad.

—Tienes sangre en el hombro —observó.

Debió de teñirlo Montigny con la sangre del muerto, al apoyarse en él, cuando salía de la casucha del cementerio. Maldijo Villon a Montigny.

—No es sangre que haya derramado —respondió.

—No pensé que lo fuera —le respondió su anfitrión—. ¿Una pelea, quizás?

—Algo parecido —respondió Villon, muy turbado.

—¿Un crimen? —siguió preguntando el anciano.

—¡Oh, no, nada de eso! —dijo el poeta, muy confuso—. En realidad no fue un asesinato, fue una lamentable casualidad, una desgracia, en la que yo nada he tenido que ver… ¡Que me quite Dios ahora mismo la vida, si miento!

—Bueno, da igual; un ladrón menos —dijo el dueño de la casa.

—Así es —admitió Villon, más tranquilo—. Bien decís, pues era el ladrón más grande qué pueda encontrarse por los caminos que llevan de París a Jerusalén… Digamos que cayó al suelo como un cordero degollado, aunque confieso que me resultó muy desagradable verlo… Aunque, supongo yo, señor, que habréis visto morir a mucha gente en tiempos —dijo señalando con un dedo la armadura.

—He visto morir a muchos —respondió el anciano—. Ya te has dado cuenta de que he combatido en el campo de batalla…

Villon dio descanso a los cubiertos y preguntó:

—¿Ha visto morir a algún calvo?

—Unos sí, otros con el cabello blanco como el mío…

—No, eso no me importaría… Pero el de aquel hombre era pelirrojo —dijo el poeta Villon y a punto estuvo de echarse a reír bestialmente, como en otras ocasiones, pero lo evitó bebiendo un largo trago de vino—. Me molesta pensar en esto —prosiguió—, porque le conocía… El frío, además, le hace a uno imaginar cosas, ver cosas raras… O a lo peor, eso, imaginar cosas, ver cosas extrañas, es lo que hace que uno se muera de frío…

—¿Tienes algo de dinero? —le preguntó el anciano.

—Una moneda —dijo el poeta riéndose comedidamente—. La encontré en las medias de una pobre mujerzuela muerta en un pórtico… Sí, estaba más muerta que César y más fría que una iglesia… El viento le movía los lazos que llevaba en el cabello… El invierno es muy duro para los lobos, las rameras y los mendigos como yo, os lo aseguro…

—Permíteme que me presente… Soy —dijo el anciano—. Enguerrand de la Feuillée, señor de Brisetout y administrador de Patatrac… ¿Quién eres tú y a qué te dedicas?

—Me llamo François Villon —dijo el poeta poniéndose de pie y dedicando una reverencia al anciano—, un pobre hombre de letras de la Universidad de París… Os diré, señor, que sé un poco de latín y bastante de los vicios todos… Compongo cantos, baladas, romances, poemas cortos, rondós… Y además gozo con el vino… Vine al mundo en un desván y es más que posible que muera en el patíbulo. Puedo añadir, caballero, que a partir de esta noche podréis contar conmigo para lo que os sea preciso, que me mostraré como el más humilde de vuestros servidores, y que será para mí un honor atenderos en lo que os sea más necesario.

—No serás mi sirviente, solo mi huésped por una noche —le dijo el caballero.

—Vuestro más agradecido huésped, entonces —dijo el poeta Villon alzando su copa en honor de su anfitrión.

—Eres listo —dijo el anciano tocándose la frente—, sí, muy listo… Además tienes estudios… ¿Cómo es que le has quitado una moneda al cadáver de una mujer? ¿No lo consideras un hurto?

—Sí, lo admito —dijo el poeta—; un hurto que se da mucho en las guerras, como bien lo sabéis, caballero.

—No, muchacho, no; las guerras son los campos del honor —dijo el anciano, altivo—; en la guerra un hombre arriesga su vida por una causa y lucha en nombre de Dios, de su Rey, de su dama…

—Yo tengo que admitir, sin embargo, que soy un ladrón, señor —dijo el poeta Villon—, aunque os aseguro que también me he jugado la vida más de una vez contra enemigos poderosos.

—Pero lo habrás hecho por afán de ganancia, no por la llamada del honor —objetó el anciano.

—¡Por afán de ganancia! —exclamó Villon con un deje de amargo sarcasmo—. Señor, os aseguro que el pobre que tiene hambre toma donde puede aquello que le ayuda a aliviarse; solo digo que el soldado, en la guerra, hace lo mismo… ¿Y qué son esas requisas que sufre de continuo el menesteroso? Os aseguro que, cuando menos, son una pérdida para el que se ve sometido a ellas… Los hombres de armas, los hombres de honor, beben plácidamente su vino ante un buen fuego. El pobre burgués, mientras tanto, tiene que roerse las uñas para darles leña y vino… Señor, os aseguro que he visto a muchos ahorcados; una vez vi treinta en un solo día… Cuando pregunté qué habían hecho, me respondieron que su delito no había sido otro que el de no tener dinero suficiente para satisfacer lo que les pidieron los soldados.

—Son las necesidades de la guerra, que los villanos deben sufrir pacientemente —dijo el caballero, de nuevo altivo—. Admito que algunos capitanes se exceden en el ejercicio de sus funciones, pero en todas las clases hay almas insensibles al amor que es debido hacia el prójimo… Y admito igualmente que no pocos villanos siguen la carrera de las armas por afán de lucro.

—Pues ahí tenéis, señor, el mejor ejemplo de lo que os digo: no se puede separar al soldado del malhechor —dijo Villon—. ¿Qué es un ladrón, sino un soldado con un campo de batalla más reducido? Si yo robo un cordero sin alterar con ello el sueño de su pastor, aunque me maldiga al descubrir que se lo he robado, no dejará de comer ese día, no le habré causado un grave perjuicio… Pero si llegáis vos con vuestros clarines y tambores, arrasáis los pastos, os lleváis el ganado, matáis al pastor, ¿qué? Yo no tengo clarines ni tambores, solo soy un miserable, peor que un perro, carne de horca… Pero preguntad al pastor a quién detesta y teme más cuando llega la noche y no puede conciliar el sueño, si a mí o al soldado…

—Si nos comparamos tú y yo —dijo el anciano levantándose lentamente, demostrando su imponente estatura—, creo que salgo ganando; soy viejo, pero fuerte y honesto; si me viese obligado a dejar mi casa por cualquier razón o fuerza del destino, muchas, acaso cientos de personas, me acogerían gustosa y orgullosamente. Son innumerables las familias de campesinos que dejarían sus modestas casas para que pudiera alojarme en ellas, incluso en mitad de la noche, si yo les pidiera asilo y manifestase mis ganas de estar solo… Tú, sin embargo, vagas por ahí, obligado a hacerte con las monedas miserables de una pobre mujer muerta. Yo no temo a nada ni a nadie; a ti te he visto cambiar varias veces de color a lo largo de la noche a causa de una u otra palabra que yo dijera… Yo espero tranquilamente a que Dios quiera llevarme a su lado, en mi propia casa; y si el rey volviera a reclamar mi presencia, allí acudiría dispuesto a enfrentarme a la muerte, con honor, en el campo de batalla… Tú, sin embargo, esperas tu hora temblando de miedo a que te llegue en la horca; será la tuya, con toda seguridad, una muerte deshonrosa, y vivirás hasta que te llegue sin esperanza, de manera infame y deshonesta… ¿Y dices que no hay diferencias entre tú y yo?

—Sí las hay, señor; tanta como entre esta luz de vuestra lámpara y la de la luna —admitió Villon—. Mas si yo hubiera nacido en la casa del señor de Brisetout, e hijo de él, y si vos fuerais el pobre estudiante François, ¿la diferencia no sería la misma? ¿Acaso no habría sido yo, entonces, quien se calentara las piernas en ese magnífico fuego de vuestro hogar, y vos quien robara las monedas de un cadáver y quien tiritase de frío en mitad de la nevisca? ¿Quién sería entonces, señor, el caballeroso soldado, y quién el ladrón?

—¡Yo, un ladrón! —exclamó el viejo caballero sin dar crédito a lo que oía—. Si al menos alcanzaras a comprender la imbecilidad de tus palabras, es posible que te arrepintieras de ellas ahora mismo…

—Si Su Excelencia me hubiera hecho el honor de escuchar atentamente lo que le decía… —replicó Villon frotándose las manos con dignidad cínica.

—Me parece que ya te he hecho bastante más honor del que mereces solo con tolerar tu presencia en mi casa —le dijo el anciano bastante molesto, harto ya de él—. Deberías aprender a moderar tus expresiones y a cuidar tus palabras, al menos cuando estés ante un hombre de edad y honor… De lo contrario, cualquier día, estoy seguro, te encontrarás con un hombre que no sea tan condescendiente como yo y te trate como mereces —añadió el caballero y comenzó a recorrer la sala con pasos inquietos, tratando de dominar la cólera que lo ganaba por momentos.

Maese Villon, sin prestarle mucha atención, volvió a llenar de vino su vaso; estiró las piernas y se puso aún más cómodo en la butaca que ocupaba. Se sentía bien; había comido, había bebido y estaba al fin caliente; además, había logrado saber al fin cuál era el carácter de su anfitrión, lo que le hacía sentir tranquilo, ya que era por completo diferente al suyo. Iba pasando muy bien la noche y se decía que nada podría impedirle salir de allí, aún mejor, a la mañana siguiente.

—Dime una cosa —le dijo de pronto el caballero, deteniéndose ante él—. ¿De verdad eres un ladrón?

—Me acojo a los sagrados deberes y derechos de la hospitalidad, señor, y os contesto con absoluta sinceridad: sí, lo soy —dijo François Villon.

—¡Eres tan joven! —exclamó aquel hombre, compasivo.

—Pues de no haber procedido con astucia, ni a mi edad de hoy habría llegado —dijo Villon mostrando los dedos de sus manos—. Estos son los diez talentos que me han guiado hasta ahora, los que me han apadrinado, los que me han dado de comer, los que me han cuidado, educado, vestido…

—Todavía estás a tiempo de arrepentirte y cambiar de vida…

—Pero, señor, si yo me arrepiento todos los días de lo que hago —dijo el poeta Villon con fingida modestia—; os aseguro que pocos hombres indignos habrá tan bien dispuestos al arrepentimiento como yo mismo… En cuanto a lo de cambiar de vida, entendido como cambiar de oficio, señor, habrán de cambiar antes, necesariamente, mis circunstancias; un hombre no puede dejar de comer, aunque solo sea para poder seguir arrepintiéndose…

—Para cambiar de vida primero tendrá que experimentar un cambio sincero tu corazón —le dijo el caballero con gran solemnidad.

—Pero, mi querido y admirado milord —replicó Villón—, ¿de verdad creéis que yo robo por el simple placer de hacerlo? Odio el robo tanto como el trabajo y los peligros; me rechinan los dientes de pánico solo con pensar en imaginarme el patíbulo esperándome; mas, si robo, al menos tengo algo para comer y beber, y para concederme también algunos placeres, ¡vive Dios!, que el hombre, como animal social que es, gusta de la compañía… Si me hicierais mayordomo real o Abad de Saint Denis… Dadme la administración de Patatrac y veréis qué cambio tan inmediato se obra en mí… Ahora bien, en tanto no sea más que el pobre estudiante François, no me quedará otro remedio que seguir como estoy.

—La gracia de Dios es todopoderosa —observó el caballero.

—No lo pongo en duda, pues no soy un hereje —dijo Villon—; es la gracia de Dios, sin duda, lo que os ha convertido en administrador de Patatrac y en señor de Brisetout; es la misma gracia de Dios, sin embargo, la que me ha dado a mí, no títulos ni dineros, sino cierto talento y un poco de ingenio que me guardo bajo la gorra y estas diez herramientas para mi trabajo que albergan mis manos… ¿Puedo servirme más vino? ¡Gracias, señor! La verdad es que vuestros viñedos son magníficos…

Seguía el señor de Brisetout caminando por la sala, ahora con las manos a la espalda, meditabundo, atormentado acaso, pues hacía mucho tiempo que sus pensamientos no se veían sometidos a tantas y tales réplicas como las que recibía del poeta.

Aquel paralelismo que trazara François Villon entre soldados y ladrones había cautivado su interés y su atención; más aún, había iluminado en él una suerte de simpatía a su pesar en favor de su huésped… Aunque acaso no fuese más que la fatiga causada por un trabajo mental, por una necesidad de pensar a la que no estaba acostumbrado… Era como si intentase buscar una justificación para seguir teniendo como huésped a un joven tan insolente como Villon, pues le molestaba la sola idea, que de vez en cuando se le pasaba por la cabeza, de echarlo de su casa en mitad de la fría noche.

—La verdad es que hablas de cosas muy difíciles de entender por mi ruda inteligencia de soldado —le dijo—. De tu boca salen sin desmayo sutilezas diabólicas, que me parecen propias de las desviaciones a que lleva el diablo a los hombres… Pero también te digo que el demonio, en el fondo, es muy débil cuando se manifiesta con todo su poder la voluntad de Dios; cualquier pretensión del demonio se desarma ante una palabra honrosa igual que se desvanece la oscuridad cuando llega la mañana… Escúchame… Hace mucho tiempo que comprendí que la vida de un caballero en nada debe separarse de sus principios de servir a Dios, a su rey y a su dama… He visto cosas deshonrosas, extrañas aun en no pocos caballeros; mas siempre mantuve mis principios bajo cualesquiera circunstancias, incluso en las más desfavorables, para que relucieran como es debido. Tú hablas de comer y de beber; yo sé bien, porque lo he visto en muchos hombres, que el hambre es una dura prueba; sin embargo, nada dices de otras exigencias morales, como el honor, la fe en Dios y la dignidad de los demás hombres… Tampoco te he oído hablar de la necesaria indulgencia, ni del amor… Acaso me equivoque, pero creo que no, mas tengo por seguro que eres un buen hombre que se ha perdido en un mal camino cuando buscaba el más recto… Eso te ha llevado a un error fundamental en tu vida, un error de partida… Después, las necesidades han hecho que repares nada más que en minucias, olvidándote de los grandes valores, de las verdades eternas… Eres como un hombre que se preocupara por un simple dolor de muelas cuando le llega el día del Juicio Final. Te aseguro que el honor, la fe, la búsqueda de la verdad, son cosas más honorables y dignas de ser vividas que el ansia de comer y de beber, por mucha necesidad que haya… ¿Quizás, por decirlo claramente, no has descuidado esos principios de tanto preocuparte por la satisfacción de tus apetitos más inmediatos? ¿Y tu corazón? ¿Por qué no lo atiendes en la misma medida que atiendes a las exigencias de tu barriga?

—Según Vuecencia —dijo Villon, muy irritado con el discurso y la actitud del viejo soldado—, yo soy un hombre sin honor… ¡Bien sabe Dios, sin embargo, lo pobre que soy, caballero! No sabe Su Excelencia lo duro que es ver a los ricos con sus guantes cuando uno lleva las manos ateridas; no sabe lo que es sentir el vacío en la barriga, por eso habla tan fácilmente de otras cosas que no la llenan; si alguna vez hubiera pasado hambre, seguro que no decía semejantes tonterías… Sí, caballero, soy un ladrón, no tengo el menor reparo en admitirlo y piense Vuecencia lo que le venga en gana… Pero puedo jurar que no soy un diablo escapado del mismísimo infierno… ¡Que Dios me quite la vida ahora mismo si lo soy! Tengo honor, mi propio honor, que no ha de ser menos valioso que el suyo, señor… Claro que yo no hablo todo el día de mi honorabilidad, como si fuera un milagro, una gracia de Dios… ¡Como si eso fuera algo que no puede tener cualquiera, al contrario que el dinero! Como me parece que el honor es consustancial a los hombres, me limito a guardarlo en su cajita, que solo abro cuando las circunstancias así lo mandan… Repare en una cosa… ¿Cuánto tiempo llevamos juntos en esta gran sala de su casa? ¿Recuerda que me dijo que estaba solo en ella? ¡Pues mire su vajilla de oro! ¿Le falta algo? Su Excelencia es un hombre fuerte, pero viejo; no está armado, y yo, sin embargo, oculto un puñal… No hubiera tenido que hacer más esfuerzo que el de darle un golpe y meterle el frío hierro de mi puñal en las tripas, para echar a correr por las calles con las manos llenas de oro… ¿O acaso creyó que era tan tonto que no me había fijado en sus valiosas piezas de oro? Sin embargo, decidí no robarle… Así que ahí tiene intactos sus platos, sus grandes copas, que están igual de a salvo que las de las iglesias… Y ahí estáis vos, con el corazón palpitándole tranquilamente, con todas vuestras posesiones intactas, mientras yo saldré de aquí cual llegué, tan pobre como las ratas, con esa única moneda que tanto me reprocha usted porque la tomé del cuerpo sin vida de una pobre furcia… ¡Y encima me dice que no tengo honor…! ¡Pues que Dios me quite la vida ahora mismo si soy deshonesto!

—Te diré lo que eres —le dijo el anciano señalándole admonitoriamente—. Eres un canalla, muchacho, un vagabundo insolente, artero y malvado… Llevo una hora hablando contigo y no puedo más que decirte que ahora me siento profundamente avergonzado de mí mismo por haberte hecho semejante favor… Ahora me arrepiento de haberte dado de comer y de beber, ya me he hartado de verte la jeta, maldito… Así que, como en breve se hará el nuevo día, y cual búho que vuelve a su rama, ve preparándote para largarte…

—Como lo mande Vuecencia —respondió el poeta Villon poniéndose en pie con mucha dignidad—. Me parecéis un hombre tan estricto como honorable —y vació su copa de un trago, apurándola—. Me gustaría decir que Su Excelencia es un hombre inteligente, pero —y se golpeó cómicamente la cabeza con los nudillos—, acusáis la edad, señor… Sí, tenéis ya muchos años encima… Y el cerebro reblandecido, caballero… O reumático…

El anciano, muy digno y severo, echó a andar hacia la puerta; François Villon lo seguía silbando, con los pulgares de sus manos metidos en el grueso cinturón de cuero con que se sujetaba los calzones.

—Que Dios te guarde y proteja —le dijo el caballero, ya en la puerta.

—Adiós, señor —dijo Villon mientras bostezaba—. Muchas gracias por la carne, aunque estuviera fría…

Oyó cómo se cerraba la puerta a sus espaldas.

La mañana comenzaba a levantarse sobre los tejados blancos de nieve de París. Era fría, cruda, desapacible. Maese Villon se detuvo tras unos pasos para desperezarse a gusto… «No era más que un viejo aburrido… Tengo que saber cuánto me darán por sus copones de oro», se dijo.

*FIN*


“A Lodging for the Night”,
Temple Bar, 1877


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