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Una resolución enérgica

[Cuento - Texto completo.]

Rómulo Gallegos

I

 

 

Martín Garcés se separó de sus compañeros cerca de la medianoche. Como de costumbre se había quedado hasta tales horas en la cervecería, bebiendo bocks y refiriendo, entre bocanadas de “egipcios” sus aventuras amorosas, que eran muchas y diversas, pues él se jactaba de tener un gran partido entre las mujeres y vivía para eso solamente.

Dos cocheros de esos coches que en el argot caraqueño se denominan “lechuzas” y que estaban apostados a la sombra de la catedral, le ofrecieron sus servicios.

—¿Te llevamos, Martincillo?

—Estoy a tu orden, Martin.

—Hum, valecitos —les respondió el elegante—. Lo que es a mí no me sacan esta noche ni agua.

—¿Estás limpio? Eso parece.

—¡Guá, chico! Pagas después. Tú sabes que…

—No, no. Me voy en mi auto de dos cilindros. ¡De lo más famoso!

Celebraron los cocheros el burdo gracejo en el cual el joven había agotado todo el ingenio de eso que llaman esprit caraqueño, y uno le gritó:

—¡Cuidado como pierdes la dirección!

—Yo no la pierdo ni perdiéndola, vale. ¡Está siempre como como un chey!

Y continuó pedestremente, calle abajo, muy orondo de su popularidad, como oyera a uno de los cocheros hacerle el elogio:

—¡Ah, Martincito! ¡Es un tipazo! Y tan decente. No tiene nada suyo; cuando uno lo necesita siempre lo encuentra.

Una leve sonrisa dio a la faz barbilinda de Martín un aire de superioridad. Sus acompasados taconazos resonaban imperiosos en las aceras que el silencio nocturno hacía sonoras y, aunque no era capaz de sutilezas mentales se complacía en oír el ruido que su marcha levantaba en la soledad de las calles. Esto le producía la vaga conciencia de una afirmación de su personalida sobre el alma de la ciudad natal, cuyo carácter burlón y alegre, chispeante de ingenio y de mordacidad, se condensaba en el suyo.

Para Martín Garcés esto era uno de los más sabrosos fundamentos de su orgullo. Llenábase la boca con decir que él era un caraqueño neto, que no tomaba nada en serio y vivía en una perenne “mamadera de gallo”, gastando la vida donosamente, en alegría y en francachela, tirando el dinero a manos llenas y captándose las simpatías de todo el mundo. Prueba de ello era la popularidad que tenía entre choferes, cocheros y botiquineros.

Hubiera podido agregar: tahures y rufianes, pues si las palabras no acudieron a su mente en aquella revista que pasaba a las filas de su prestigio, sí se le ocurrieron las ideas; pero un imprevisto pudor, uno de esos chispazos del alma que atraviesan por momentos las vidas más oscuras y envilecidas y que podía ser la instantánea rebelión de alguna ancestral nobleza, dormida en su sangre, lo hizo agregar, siempre para sus adentros y a manera de desagravio:

—Y entre la gente chic también tengo mi cartel. Si no que lo diga Luisa Teresa Ávila, que es de lo mejor de Caracas, y está chinga porque yo le diga algo. Y Altagracia Arguíndegui, y la otra… y la otra.

Efectivamente, era un predilecto. La corrección en el vestir, la inmaculada pulcritud de su persona, la soberana elegancia de sus maneras, hacían de él una gentilisima figura que volvía el seso a las jovencitas que atraviesan esa edad pizpireta, en la cual se oyen los primeros galanteos y se paladean, a hurtadillas, los primeras amoríos; y como para complacer el gusto goloso de tales criaturas se requiere, precisamente, la almibarada insustancialidad de un bombón, nada más natural que esta confitura fuese Martín Garcés, el peripuesto y amartelado Martincito, tan cuidadoso de su traje en el cual nunca se podía encontrar ni una arruga ni una mota, que fumaba cigarrillos egipcios y olía a las propias rosas.

No obstante, Martín Garcés no iba aquella noche todo lo satisfecho que a tan privilegiado caraqueño convenía. Uno de sus amigos, Joaquín Arizaleta, su mejor compañero de parrandas, lo había dejado esperando. Díjole que pasaría por la Cervecería a buscarlo, en su automóvil, entre las nueve y las diez de la noche, y no fue.

Esto lo contrariaba, no solo por la frustrada noche de jolgorio, sino también porque ya él venía notando que, desde algunos días atrás, Arizaleta evitaba su compañía. Algo se le alcanzaba de la causa de esta conducta, tan extraña en el amigo; pero Martín hacía esfuerzos para no pensar en aquello.

Mas, como no hay peor manera de librarse de una idea que negarle acogida en la mente, el ingrato pensamiento que no quería pensar Martín estaba allí dándole vuelta, acosándolo, metiéndosele de lleno y por sorpresa en la plena luz de la conciencia: Arizaleta evitaba su encuentro porque estaba enamorándole una hermana, Clarita, la menor de las Garcés.

Ante esta certidumbre —que adquiriera una noche sorprendiendo a Arizaleta parado en la ventana de su casa, conversando con Clarita— Martín no había sabido que actitud adoptar. Hacer el hermano celoso era soberamente ridículo —penbsaba— en un hombre civilizado como él; continuar en la camaradería de antes era también hacer un papel desairado.

—¡Qué diablos! Después de todo a mi no me corresponde. Ahí está el viejo, que es el representante de las niñitas. Y el responsable…

¿Y el responsable? ¿Por qué pronunció esta palabra? ¿Había acaso algo de qué responder? Arizaleta era un caballe… ¡Hum! Arizaleta…

Y al rabo de un indescriptible vaivén de pensamientos, concluyó a media voz, tirando el cigarrillo, y encogiendo los hombros, como para echar lejos de sí aquella inoportuna preocupación, incompatible con la esencia caraqueña de su carácter:

—Lo dicho: ahí está el viejo… A mí no me correspende meterme en estos líos. No tengo el derecho…

Comno todo buen venezolano, confundía la noción de deber con la del derecho. Mejor dicho: no pensaba que tenía deberes, sino derechos.

 

II

 

Llegado a su casa se sorprendió de encontrar el portón abierto a tales horas. Un súbito terror, completamente inconsciente, lo hizo detenerse en la acera. Espió ruidos interiores. ¡Nada! En la sala, que estaba iluminada, no se oían voces. Luego no había visitas. El corazón se le encogió, sin que él supiese por qué. Buscó qué pensar, pues aquella ausencia de ideas le producía una angustia mortal. Comprendió que tenía miedo de sus pensamientos. Por fin una idea:

—¿Será que le ha dado otra vez el síncope al viejo?

La sospecha no tenía nada de tranquilizadora y sin embargo se sintió aliviado cuando la formuló. Al cabo se resolvió a entrar.

, En el corredor estaban las dos hermanas mayores. Con las mejillas en las manos, doblaban las cabeza abrumadas, manteniendo fijas en el suelo las mirada que no veían. Se sentía en torno de ellas un hálito siniestro; algo estaba pasando sobre aquellas frentes abatidas: el vuelo invisible de la vida trazaba allí agoreros círculos de fatalidad.

Martín se detuvo en el umbral de la entrepuerta, sin atreverse a trasponerlo, presa de un súbito temblor de todo el cuerpo. Era un frío mortal, convulsivo, que le estremecía los miembros y le clavaba en la garganta una garra dolorosa.

Una de las hermanas salió a su encuentro, como si tuviera algo que decirle; pero no hizo sino quedárselo viendo a los ojos, con una expresión animal, indescriptible. Martín hizo un esfuerzo enorme para preguntar:

—¿Qué pasa aquí?

Y la hermana respondió con la voz velada, como un tambor funeral a la sordina:

—Que Clarita salió después de comida, diciendo que iba ahí mismo, casa de las Orozco, y no ha vuelto.

—¿Y por qué no la han mandado a buscar? Ya son más de las doce.

Replicó Martín sin saber lo que decía; pero movido por una secreta necesidad de creer que su hermana estaba todavía casa de las Orozco, a pesar de que acaballa de ver que la casa de éstas, situada frente a la suya, estaba cerrada.

La hermana estalló, sollozante:

—¡Clarita se fue, Martín!

Martín permaneció clavado en el sitio, con la boca entreabierta, comno si las inútiles palabras que iba a decir se le hubiesen helado en los labios. Ya no había para qué engañarse con pensamientos tranquilizadores; la verdad estaba dicha. El vago presentimiento que lo asaltara al llenar a la casa, se acababa de confirmar plenamente. Tuvo una idea absurda: preguntar con quién se había ido la hermanita; pero se arrepintió cuando ya iba a formularla. ¡Bien sabía él con quién se había ido! ¡Ese canalla de Arizaleta!

Vaciló un momento, todavía en la entrepuerta; luego echó a andar, como un autómata, hacia su cuarto. No se atrevía a arrostrar la presencia de sus padres; tenía vaga noción de la culpabilidad que le pertenecía en lo que acababa de sucederles a todos. Al cabo de un rato oyó la voz paterna que decía:

—Bien. Cierren el portón.

Un sentimiento filial le llenó de lágrimas los ojos. Rauda y eficaz como una centella, había pasado por su mente la comprensión de la horrible significación de aquella frase de su padre. ¡Ya pueden cerrar la puerta! Es decir: ¡Ya no hay nada que esperar; ya está consumada la desgracia irremediable!

Sintió un impulso generoso: acercarse a los padres, echarse en sus brazos, llorar con ellos el infortunio de todos. Pero algo más recóndito, más firmemente afincado en su ser se lo impedía. No quería pensar por qué, pero se reconocía culpable.

Fumó copiosamente, sentado en la orilla de la cama, todavía con el sombrero puesto. Su pensamiento era una rueda movida por una fuerza loca. A ratos giraba frenéticamente, abriendo en su alma vórtices de locura; a ratos se detenía de súbito y era entonces como si toda su vida se hundiese definitivamente en vorágines de absoluta indiferencia, de total abyección. ¡La honra! La reparación del agravio sufrido, la infamia lavada con sangre, con la sangre del traidor Arizaleta, del libertino Arizaleta, con quien había parrandeado tanto. Ya una vez. completamente borrachos ambos, se lo había dejado entender aquel canalla:

—No, valecito. Yo no me caso ni a tiros. La vida es para gozarla y las mujeres son una parte de la vida.

—¿Todas, Arizaleta?

—Todas, todas. Uno propone y la que acepta es porque quiere. Y la que no acepta lo agradece.

¡Qué vergüenza! ¡Qué ignominia! ¡Cómo no le dio entonces una bofetada a aquel depravado que, sabiendo por quién se lo preguntaba, le había respondido: “¡Todas!”!… Su deshonra, la de él, estaba consumada desde entonces… Esto era evidente. No era ahora cuando venía a comprenderlo; él lo había sentido con toda la fuerza de una convicción; pero no había querido nunca proceder en consecuencia. ¡Qué miserable era!

Y entonces Martín Garcés, por primara vez en la vida, sintió que el fondo de su alma, envilecida por los hábitos licenciosos, surgía, como aguas claras de un pozo oscuro, un deseo de purificación espiritual.

Pera no fue sino un deseo fugaz. Imediatamennse se desvistió y se metió en la cama.

 

III

 

Al día siguiente, bastante avanzada la mañana, despertó de un sueño lleno de terribles pesadillas, muchas de las cuales eran de la cerveza que había ingerido en la noche. Se lavó, se empapó la cabeza con agua colonia, experimentando la deliciosa sensación del desembargamiento del cerebro y comenzó a afeitarse. De pronto, se dio cuenta de la situación. ¿Para qué se afeitaba si no iba a salir a la calle?

Y fue entonces cuando el verdadero Martín, el Martín Garcés de todos los días, apreció la magnitud de la desagracia que había caído sobre ellos. ¡No salir a la calle! Privarse de la exhibición dominical de su persona, en la Plaza Bolívar en la mañana, en la vespertina del cinematógrafo o el paseo por el Paraíso en automóvil, en retreta de la noche; renunciar, quién sabe por cuánto tiempo, a la compañía de sus amigos, enterrarse en la vida, anularse tal vez para siempre… ¡Qué lata!

La entrada de la madre interrumpió su soliloquio. La atribulada mujer, con los ojos encarnizados por el llanto y por el insomnio, se echó en sus brazos, deshech en lágrimas.

Entonces, como si el tibio contacto del pecho materno el dolorido corazón de ella hubiese transfundido en el del hijo la sangre generosa, Martín exclamó: —¡Mataré a ese canalla! —No, hijo, por Dios. Ni lo pienses. Dios te libre de hacerlo. —¿Y la deshonra, mamá? ¿Crees que yo podré soportarla? —¡Ay, hijo! No harías sino añadir una sobre otra. Y me matarías, me acabarías de matar. No se te ocurra tal cosa. —Eso es. ¡Que no se me ocurra! ¡Que se ría de nosotros el muy cnanalla! No, mamá: me pides un imposible. Mi dignidad se rebela. ¡Se rebela! Y, repitiéndolo, Martín acabó por creer que era verdad. Luego, con reminiscencia de sus escasísimas lecturas, comenzó a declamar: ¡La vida rota! ¡La vida rota!, mientras se paseaba por el cuarto, como un actor por la escena para oír mejor al apuntador.

Pero como los hombres no son de una sola pieza, ni para el bien ni para el mal, Martín tuvo de pronto un acceso laudable: ¡pegarse un tiro!

Saltó la madre al oírselo decir y echándosele encima empezó a suplicarle:

—Martín, ¡por Dios! Evítame este sufrimiento más. Mira que ya tenemos bastante con lo que nos ha sucedido. Piensa en tu pobre padre, que está enfermo. Le darías una puñalada.

—No me queda otro camino, mamá. Piensa tú en lo que será la vida para mí, de ahora en adelante. Yo no puedo dejarme ver con nadie. Yo no puedo vivir más aquí.

—Te irás, Martín. Te irás de Caracas.

—¿Y para dónde voy a irme? ¿A meterme en un pueblo de ésos? No. Prefiero pegarme un tiro.

—Te irás al extranjero, a Europa. Anoche hemos estado hablando de eso tu padre y yo. Comprendíamos que para tí iba a ser muy duro quedarte en Caracas. Él hará un sacrificio: te dará lo necesario para el viaje. Aunque nos lo quitemos de la boca. Yo sé cómo ere tú, y si te encuentras con ese bandido, ¡quién sabe qua desgracia va a suceder! Ya sabes, hijo, no te opongas; lo hacemos por tu bien. Te suplico que no te opongas.

¡Irse a Europa! ¡A Europa! ¡Su sueno dorado! ¡Cuántas veces suspiró por aquello, cuando la vida anodina, aburridora, vulgarísima de Caracas, pesó sobre su espíritu como duras prisiones! Precisamente la noche anterior, en la Cervecería, había estado ha blando de eso con sus amigos. ¡Quién le iba a decir que horas más tarde se decidiría aquel viaje contra su voluntad!

Frunció el ceño, adoptó una actitud desolada y exclamó:

—¡Mamá!

Y le salió como un balido, triste, quejumbroso.

—Sí, hijo. Tu padre lo ha resuelto, después de haberlo pensado mucho. Fue la Vírgen quien se lo inspiró.

Martín pareció reflexionar. Al cabo dijo:

—Está bien, mamá. Me iré.

Y continuó afeitándose…

*FIN*


Actualidades, 1919


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