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Una visita

[Cuento - Texto completo.]

Naguib Mahfuz

Estaba acostada en la cama, sin fuerzas, incapaz de hacer cualquier movimiento que no fuera mover los párpados y los ojos o levantar la mano hasta el pecho de vez en cuando. La enfermedad le había arrebatado la vitalidad y la carne, y no le había dejado más que una piel amarillenta y azul por la que parecía que iban a salírsele los prominentes huesos.

Miraba al vacío o cerraba los ojos y, en el mejor de los casos, no veía más allá de las paredes de la habitación.

Con voz débil y fina, similar a la de un niño, llamó:

-Adliya…

Pero Adliya no la oyó, o se hizo la desentendida, con la excusa de que la voz de la mujer era muy débil, que la cocina estaba lejos o que la estufa hacía mucho ruido.

La señora, sin poder alzar más la voz ni expresar su modesta exigencia, llamó nuevamente:

-Adliya…

Temía, como siempre, su reacción porque estaba completamente a su merced, aunque no la privara de un buen sueldo, de ropa y comida, a cambio de que se ocupara de las tareas de la casa, aunque en realidad era la verdadera señora. ¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Qué pasaría si Adliya decidiera algún día abandonarla?

Por eso evitaba molestarla más de lo necesario. Pero ¿qué podía hacer si su estímulo vital continuaba haciéndose sentir, aunque estuviera cerca del último suspiro?

Reuniendo todas sus fuerzas, llamó a la mujer por tercera vez;

-¡Adliya!

Se sentía enfadada, pero no quería ceder a aquel impulso. Era cierto que Adliya tenía mucho trabajo: barría, lavaba, cocinaba, hacía la compra… la sustituía en todo; era la única alternativa a sus manos, a sus pies y a sus facultades sensoriales.

Para la señora ella lo era todo: le daba de comer y de beber, la ayudaba a asearse y a sentarse, la acompañaba a dormir y la llevaba de un lado a otro. Alzó un poco la voz para llamarla con tono lastimero, llorando:

-Adliya…

Se oyó el rumor de unos pasos pesados y apareció Adliya en la puerta de la habitación. Con una expresión de mal humor, dijo en tono áspero:

-¿Me ha llamado, señora?

-Me he quedado afónica de tanto llamarte, Adliya.

Antes de que acabara de acercarse al lecho, la señora le dijo:

-Dame un cigarrillo, Adliya.

Esta alcanzó el paquete de tabaco de la mesa, encendió un cigarrillo y se lo puso en los labios diciendo:

-Sabe de sobra que el tabaco es perjudicial para la salud.

Luego salió de la habitación.

Si aquella mujer se cansara algún día de vivir con ella, la condenaría a muerte porque no tenía a nadie más en el mundo. ¿Quién de sus sobrinos se interesaba por la tía Uyún?

Estaba completamente olvidada, diciendo que deseaba la muerte pero aferrándose a la vida con miedo y desesperación, con el corazón lleno de tristeza por haber perdido a su único hijo en el transcurso de una sangrienta manifestación. Era paradójico que, sin haberse interesado nunca por la política ni haber tomado parte en modo alguno, esta le hubiera arrebatado a su único hijo.

Su marido había fallecido un año después que su hijo y ahora los recuerdos tristes se mezclaban con el sufrimiento de la enfermedad y el miedo a ser abandonada.

Un día festivo la visitó Buzayna, una de las hijas de su difunta hermana. Era directora de una escuela primaria y la única que se acordaba de ella en esas ocasiones. Le llevó un ramo de flores y una caja de dulces y se sentó en una silla al lado de la cama. Con los ojos llenos de lágrimas, Uyún le dijo:

-Gracias, Buzayna. ¿Cómo estás? ¿Cómo están todos? ¡Cuánto deseo verlos! Pero nadie se interesa por mí.

-La vida está llena de preocupaciones, tía -respondió Buzayna sonriendo.

-No tengo a nadie más que a ustedes. Hasta los muertos tienen quien les recuerde.

-Yo pienso mucho en ti, tía, pero estoy ocupada…

-Me han olvidado completamente, Buzayna.

Buzayna se quedó en silencio. Uyún continuó:

-Soy tu tía materna, la única que sigue viva. Si Adliya me abandonase, me moriría de hambre en esta cama.

Tras suspirar profundamente, continuó:

-Éramos tres hermanas felices: tu madre, tu tía y yo. Sí, eran días felices.

-Que Dios se apiade de ellas.

-Yo era la menor, y no me contentaba con nada.

-Que Dios te devuelva la salud, tía.

-Es una invocación que no podrá realizarse, Buzayna. Estoy sola y abandonada hasta el punto de que he tenido que encargar a un vecino que cobre la pensión por mí.

Se secó las lágrimas con la delgada mano de prominentes venas azules y añadió:

-Tengo miedo, Buzayna. No hago más que pensar en el día que Adliya me abandone.

-Pero ella no encontrará otra casa como esta, tía.

-Ocuparse de mis necesidades personales es un trabajo duro y poco reconfortante. Por eso estoy tan preocupada.

-Si ella es en realidad quien dirige esta casa y la administra, ¿cómo va a pensar en abandonarla?

-Pero yo estoy angustiada, siempre estoy angustiada. No dejo de pensar en Adliya, y el miedo que le tengo no es inferior al que ella siente hacia mí.

Buzayna no respondió, ya fuera porque no sabía qué decir o porque estaba cansada de repetir siempre lo mismo. Uyún prosiguió:

-Perdóname, Buzayna. Sé que no tengo una conversación agradable, y no quiero afligir a la única persona que se muestra fiel.

Tras decir esto, abandonó su tono lastimero y preguntó:

-Cuéntame cómo va la relación con tu marido.

Buzayna suspiró profundamente y dijo:

-Regular, tía.

-¿Cómo puede ser? Tú no eres una chica cualquiera.

Luego, para puntualizar, sonrió con sus labios secos y dijo con añoranza:

-Eres muy guapa, Buzayna. Todo el mundo dice que te pareces a mí cuando tenía tu edad.

Buzayna, sonriendo, bajó la cabeza como para asentir.

-Cuando caminaba por la calle o me asomaba a la ventana, era como si los ojos de la gente quisieran devorarme.

Buzayna se rió mirándola con afecto.

-Y dices que la relación con tu marido va regular. ¿Cuándo se dará cuenta del favor que Dios le ha concedido?

-Así es la vida, tía.

-¡Maldita sea la vida, Buzayna!

-No hay nada seguro, tía.

Más tarde, y después que Buzayna se hubiera marchado, se presentó Adliya con la bandeja de la comida. Ayudó a Uyún a incorporarse, apoyándole la espalda contra la almohada, y le empezó a dar de comer.

La anciana, intentando ganarse a la mujer, le dijo:

-La comida está deliciosa, Adliya.

Pero la mujer no sonrió ni le dio las gracias, como si no la hubiera oído. Como de costumbre, las palabras amables de una persona débil se dispersaban en el aire.

-¿Qué te pasa, Adliya?

-Pienso en mi hija -respondió la mujer con cierta aspereza.

-Que Nuestro Señor la haga feliz, Adliya.

-Pero ella es desgraciada con ese hombre.

-A pesar de todo, él no abandonará a la madre de sus siete hijos.

-Usted no la conoce, señora.

-Tienes que hacerla razonar y decirle que tenga paciencia.

-Pero ¿qué haremos si él la repudia?

Sí, ¿qué hacer? ¿Qué hacer si Adliya se presentaba en casa con su hija y toda la prole? Si hiciera algo así, ella no sería capaz de oponerse, pues estaba completamente a su merced. La casa resultaría aún más pequeña y se transformaría en un mercado. ¿Cómo soportaría el alboroto y la desgracia? ¿Y de dónde iba a sacar el dinero para darles de comer y vestirlos? «Una nueva amenaza -pensó Uyún-. Recuerda lo que te dijo el sheij Taha al bendecirte en tu boda: “Tendrás felicidad y buena suerte.”»

¿Y su madre no se sentía orgullosa de ella hasta la exaltación?

El destino le había reservado un matrimonio verdaderamente feliz con un juez de buena familia. El hombre la había visto un día, en compañía de su padre, en un palco del cine Cosmograph. Había sido una esposa mimada y una madre feliz. Él la cogía del brazo y la llevaba a la ópera, orgulloso de su belleza. Y una vez estuvo a punto de iniciar una pelea a causa de un pacha que le hacía la corte…

Pero todo eso había concluido en aquel triste lecho, a merced de aquella dura y despiadada mujer que le negaba hasta una sonrisa.

Sonó el timbre de la puerta principal y se le aceleró el pulso de impaciencia. ¿Se trataba de una nueva visita?

-Adliya, ¿quién es?

-Es el fontanero, señora.

¡Otra vez el fontanero! Siempre el plomero. Quizá había ido para arreglar la cocina o el baño, o tal vez los grifos o el desagüe. Era mejor evitar las preguntas para no recibir una respuesta desagradable. El fontanero volvería una segunda, una tercera y una cuarta vez, siempre que le apeteciera o que aquella cerda lo llamara.

Adliya cerró la puerta de la habitación de la señora con el pretexto de que el hombre podría verla. Hacía mucho tiempo que Uyún sospechaba, pero ¿qué podía hacer? Así eran las cosas en su pequeña casa, fuera de aquella habitación cuya puerta había sido cerrada sin su permiso, sin que ella lo quisiera, con la excusa de protegerla. Y no podía hacer nada, débil e indefensa como estaba. ¿Y si aquel hombre aspiraba a algo más de lo que tenía delante y pensaba que ella era un obstáculo en su camino? Si se le ocurría cualquier pensamiento diabólico, ¿quién la defendería?

Aguzó el oído, muy preocupada e inquieta. Sin duda, su pobre marido había tenido que soportar una amargura parecida a la suya que le fue minando la salud hasta conducirlo a una muerte prematura. Pero ella estaba medio muerta, postrada en aquel lecho.

Adliya abrió la puerta diciendo:

-Ya se ha marchado.

El hombre no se había quedado más tiempo de lo que ella había imaginado. Sin hacer alusión a sus pensamientos, Uyún le preguntó:

-¿Qué ha hecho?

-Ha arreglado el grifo de la bañera…

Cuando Uyún logró controlar su irritación, replicó:

-Pero el grifo de la bañera…

Adliya la interrumpió bruscamente:

-Es viejo y hay que estar arreglándolo a menudo.

Aquellas constantes reparaciones no cesaban. Aunque hubieran cambiado el grifo por otro nuevo, Adliya encontraría una excusa para llamar al fontanero todas las semanas. Que fuera, pues, siempre que ella quisiera o lo deseara. No le quedaba más remedio que aceptar la situación, porque Adliya era sus manos, sus pies y todos sus sentidos, y su tarea en la casa nada fácil ni agradable. A todo eso, había que añadir el continuo sufrimiento y el tormentoso insomnio.

Un día, llamó a la puerta un desconocido y Adliya le anunció a Uyún:

-Señora, es un sheij ciego que dice que la conoce desde hace mucho tiempo.

Y antes de que dijera algo más, se oyó la voz del hombre:

-Soy el sheij Taha Al Sharif, señora Uyún.

Aquella voz, aquel nombre… La memoria agonizante la ayudó y su agitado corazón sintió un estremecimiento, un diluvio de recuerdos, un soplo de brisa fresca. La mujer se sintió embargada de felicidad.

-Entra, sheij Taha. Adliya, dale la mano.

El hombre entró, ayudado por la criada, tanteando el suelo con la punta del bastón. Llevaba un turbante raído que le cubría solo una parte de la prominente frente. Tenía los ojos hundidos y la espalda encorvada a causa de la vejez, y una galabeya descolorida, con los bordes desgastados, cubría su cuerpo famélico.

Se sentó y Uyún le dijo:

-Toma la mano que te tiendo, sheij Taha, pero no la aprietes porque es débil.

Él le estrechó la mano con delicadeza y cariño.

-Me alegro de que estés bien, Uyún.

-Alabado sea Dios por tu buena salud, sheij Taha. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

El sheij movió respetuosamente la cabeza y dijo:

-Hace mucho tiempo.

-¡Qué días tan bellos, sheij Taha!

-Que Dios te dé días mejores.

-Pero ¿cómo, si tengo que estar siempre en el lecho, completamente sola, sheij Taha?

Señalando hacia arriba, el hombre susurró:

-Él es misericordioso.

-¿Y cómo has dado con mi casa?

-Me la ha indicado Umm Adam, el portero de la casa de al lado.

La mujer, con su débil vista, se fijó en las profundas arrugas del rostro del sheij, sentado en la silla como una estatua de la miseria.

¡Qué fuerte y vivaz era cuando recitaba el Corán en la vieja casa! Los visitaba cada mañana, tomaba café, recitaba versículos fáciles del Corán y le daba a la madre de Uyún todas las explicaciones que esta necesitaba. Él fue quien le dijo cuando se casó: «Tendrás suerte y felicidad.»

Al recordar el pasado, la invadieron sentimientos de bienestar mezclados con nostalgia y lágrimas.

El hombre se quitó los desgastados zapatos y, sentándose con las piernas cruzadas, empezó a recitar: «Por la mañana, por la noche cuando reina la calma. Tu Señor no te ha abandonado ni te ha aborrecido.»

Tras tomar café, se quedaron solos en la habitación. Uyún empezó a lamentarse:

-Estoy sola, sheij Taha.

-Pero Dios está siempre presente, Uyún.

-Estoy angustiada y atemorizada.

-Dios está siempre presente, Uyún.

-Ojalá vinieras a visitarme más veces, siempre que te fuera posible.

-Lo deseo de verdad.

-¿Cómo te van las cosas, sheij Taha?

-Dios quiso que se cerrara la radio, nuestro medio de vida, pero Él no olvida a sus siervos. Lo importante es que no te rindas a la tristeza ni a la desesperación.

-Es la angustia. No tengo a nadie más que a Adliya, y si ella me deja…

-Dios no te dejará.

-Pero estoy sola, en el verdadero sentido de la palabra.

El anciano hizo un gesto con la mano para manifestar su pesar y exclamó:

-¡Qué desgracia!

-¿No tengo razón en quejarme, sheij Taha?

-No. Lo que ocurre es que no tienes fe.

-Soy creyente. He perdido a mi hijo y a mi marido en dos años; a pesar de todo, sigo teniendo fe.

-No tienes fe, Uyún.

Llena de turbación, la mujer se quedó en silencio. Entonces el sheij prosiguió:

-No te enfades. El verdadero creyente tiene un corazón que no conoce el miedo, la angustia ni la desesperación.

-Yo soy creyente, pero me veo obligada a estar siempre en la cama, a merced de Adliya.

-El creyente no está a merced de nadie, solo de Dios.

-Qué fácil es hablar y qué difícil es actuar.

El hombre meneó la cabeza y repitió con voz triunfal:

-Sí, qué fácil es hablar y qué difícil es actuar.

-No entiendo nada.

-Permíteme que venga a visitarte todos los días.

-Te lo pido por Dios.

-Pero sin fe, un viejo ciego como yo no te servirá de nada.

Tras dudarlo un poco, la mujer dijo:

-Aunque temo que te resulte embarazoso, quiero decir por Adliya.

-Vendré de todas formas.

-Pero ¿y si… y si se enfada?

-Créeme, vendré a visitarte todos los días, y si no le gusta, que se dé cabezazos contra la pared.

-Baja la voz, sheij Taha, no debemos enfadarla -susurró Uyún con inquietud.

-Uyún, olvídate de que estás a su merced. Tú solo dependes de la misericordia de Dios.

-Sí, sí, todos dependemos de la misericordia de Dios. Sin embargo, imagínate lo que me sucedería si Adliya se enfadara conmigo.

-Solo te sucederá lo que Dios te haya predestinado.

-¡Qué razón tienes, sheij Taha! Mas imagina, en nombre de Dios, mi estado de soledad si ella me abandona.

-No te abandonará, Uyún, porque te necesita más que tú a ella.

-Pero yo estoy inválida mientras que ella es fuerte y puede trabajar en cualquier casa.

-Puede trabajar en cualquier casa, mas como criada, mientras que aquí es la señora.

-Tus palabras son bellas y sensatas, pero la verdad es más amarga y yo estoy completamente inválida.

El sheij golpeó el suelo con su grueso bastón y replicó:

-Buena parte de tu invalidez se debe a tu absoluta dependencia de ella.

-Pero mi enfermedad es real, una realidad confirmada por el diagnóstico de los médicos.

-Yo no creo en las enfermedades ni en los médicos, mas me adaptaré a tu forma de pensar. Si esta mujer te abandona, como imaginas, puedes ir con mi hija mayor, que ha sido repudiada.

-¿De verdad? -preguntó ella con impaciencia y un brillo fugaz en los ojos.

-Yo prescindiré de ella por ti.

-Pero tú no puedes vivir solo -le dijo un poco avergonzada.

El hombre se rió por primera vez y repuso:

-¿Un viejo ciego no puede vivir solo? Pues yo vivía solo antes de que mi hija fuera repudiada.

-No quiero ser una carga para ti.

-Eres una carga para ti misma. Que Dios te ayude.

Se quedaron en silencio, un silencio rebosante de serenidad y paz. El anciano carraspeó y luego empezó a recitar: «Alabado sea Dios, Creador de los cielos y de la tierra.»

Al marcharse, el anciano saludó a la mujer con ternura.

Uyún, sintiendo una alegría desconocida para ella desde hacía mucho tiempo, llamó a Adliya para decirle:

-Adliya, cuando venga el sheij Taha recíbelo con delicadeza y cortesía.

Esta frunció el ceño y respondió con aspereza:

-Pero si es un hombre sucio, señora.

-Él recitaba el Corán en nuestra antigua casa y era amigo de mis padres.

-He visto un piojo en su galabeya, señora.

-Eso no me interesa, es un hombre bueno -respondió ella enfadada.

-Yo ya tengo bastantes preocupaciones… -replicó la mujer, visiblemente fastidiada.

-Que Dios te dé paciencia. Ese es mi deseo y espero que lo sepas respetar -insistió Uyún.

-He dicho que he visto…

La anciana la interrumpió bruscamente:

-Es un hombre bendito, y tú debes respetar mi voluntad.

Adliya puso mala cara e intentó hablar, pero Uyún insistió:

-Tienes que respetar mi voluntad sin discutir.

Adliya cambió su gesto habitual de indiferencia por otro de estupor. Uyún, por su parte, consiguió sostener por primera vez aquella mirada penetrante, reuniendo fuerzas para resistir aquellos ojos que se clavaban en ella como una espada. Por primera vez, Uyún sintió que podía superar su invalidez y su temor, y se dio cuenta de que era capaz de enfrentarse a Adliya, lo cual le producía una sensación de victoria y le hacía sentirse fuerte.

Adliya, por su parte, se quedó confusa un momento, luego agachó la cabeza y salió de la habitación murmurando palabras incomprensibles. Pero Uyún, sintiéndose ahora más tranquila y segura de sí misma, la llamó de nuevo. Adliya volvió refunfuñando, visiblemente nerviosa:

-La comida está en el fuego.

Uyún le preguntó en tono desafiante:

-Dime lo que harás cuando venga el sheij Taha.

Adliya la miró con perplejidad; luego preguntó:

-¿Quién es el sheij Taha?

-¿Es que te quieres burlar de mí? -replicó Uyún, encolerizada.

-¿Por qué se enfada tanto? Solo he preguntado quién es el sheij Taha..

-¿Acaso no sabes quién es el sheij Taha?

-Es la primera vez que oigo ese nombre.

-¿Es que no has visto al sheij que estaba sentado aquí hace unos minutos? ¿No le has traído una taza de café? -dijo la anciana, firmemente decidida a entablar una dura lucha.

-Nadie ha venido hoy a esta casa, ningún sheij ni efendi. ¿A quién se refiere? -respondió la mujer, mirando fijamente a la señora con expresión seria y preocupada.

-¿Que a quién me refiero? -gritó Uyún muy enfadada-. ¿A tanto llega tu descaro?

-Usted me asusta. ¿Quién es el sheij Taha?

-¿Es que te has vuelto loca o quieres volverme loca a mí?

-Juro por Dios y por mi hija -dijo Adliya, preocupada- que no he visto al sheij Taha, ni he oído hablar nunca de él.

La voz de Uyún se elevó como no lo había hecho durante muchos años para gritar:

-¡Y también juras! Quieres dominar mi cerebro, hacerme creer que veo cosas inexistentes, que estoy loca. ¿Es ese tu objetivo? ¿Es ese tu último plan para impedir la entrada a mi casa de mi único amigo?

Los ojos de Adliya se abrieron desmesuradamente a causa del miedo. Tan solo se atrevió a decir con voz trémula:

-Invoco a Dios por su mente, señora.

-Cállate, no te tengo miedo. No estoy a tu merced. El sheij vendrá a visitarme todos los días; esa es mi voluntad y tú debes respetarla sin discutir. Y si le impides que entre, te despediré.

Adliya, pálida y con los ojos muy abiertos, replicó:

-No se sofoque, señora, tranquilícese. Respetaré su voluntad escrupulosamente.

-¡Embustera, sinvergüenza, ladrona, puta! Te he soportado durante años sin necesidad. No necesito tu asquerosa cara. Tú no vales ni un céntimo sin mí. No quiero verte más. Vete al infierno. ¡Mala centella te coma por tu mala conducta! No te has conformado con tener todo lo de esta casa sino que has hecho lo posible por someterme, atemorizarme y atormentarme. Pues ahora te echo. No quiero volver a verte. ¡Vete! ¡Vete al infierno mil veces, mil millones de veces!

Adliya retrocedió unos pasos, presa del pánico. Dio media vuelta y salió corriendo como el viento, gritando con todas sus fuerzas.

FIN


1969


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